19. Scarlett. No seas como la protagonista del libro
Scarlett No seas como la protagonista del libro
No sabría decir en qué momento me he levantado de la cama de Claudia y me he quedado en mitad de la habitación mirando al suelo y abrazándome a mí misma como si tuviera frío.
Siento un pellizco en el corazón que me resulta molesto, y ni siquiera encuentro con exactitud el motivo que lo provoca.
A mi prima solo se le ha quitado la cara de preocupación cuando le hemos dado lo que quería, salseo, el momento en que Xander y yo nos besamos. Después de eso, ha vuelto a poner esa cara de «sé que vais a morir y no entiendo cómo no sois capaces de verlo».
—En fin —Xander da una sonora palmada y, como si esta le hubiera dado impulso, se pone en pie de un salto—, hasta aquí nuestra pequeña aventura y la razón de que hayamos irrumpido sin previo aviso en tu hogar.
—Se acerca con un par de zancadas a Claudia, que sigue sentada en el borde de la butaca, como si relajarse y pegar la espalda al respaldo fuera a hacer que se perdiera algún dato importante; se acuclilla ante ella y apoya las manos a cada lado, en los reposabrazos—.
Tu prima Scarlett necesitaba desahogarse porque, yo lo entiendo, en pocos días han pasado muchas cosas en su vida.
Pero tienes que entender, Claudia, que ahora posees en tu cabecita información confidencial.
—Aunque no ha perdido la sonrisa, su voz se me antoja fría y distante, tanto que llega a erizarme la piel—.
Si alguna vez te vas de la lengua, morirás.
El aire me entra de sopetón en las vías respiratorias y ahogo una exclamación. Mis dedos se aprietan tan fuerte en mis brazos que creo que me estoy provocando hematomas. ¿Qué está diciendo?
Claudia se ha quedado muda, y no es de extrañar: ¿cómo respondes a algo así? Xander parece ajeno a nuestra estupefacción y continúa, como si lo que fuera a decir después pudiera suavizar la amenaza.
—Por supuesto, no seré yo quien te asesine; al fin y al cabo, Scarlett y yo estamos vinculados, así que somos como familia.
Pero sé cómo se las gasta la organización, y créeme cuando te digo que no se andan con chiquitas.
Así que tú no digas nada de lo que has oído aquí con respecto a la SOF, las misiones, las criaturas que cazamos, los helsings, el tema del eclipse y demás, y no tendrás problemas.
Sobre la relación entre Scarlett y yo puedes hablar lo que quieras. —Le guiña un ojo, como si tal cosa.
—Joder, Xander... —murmura mi prima, que parece haberse quedado afónica de repente—. Tú sí que sabes relajar el ambiente.
Claudia da un bote cuando el helsing golpea con la palma de la mano el reposabrazos y se yergue de nuevo.
—Listo —comenta, girándose hacia mí—, pues yo diría que ya podemos...
—No, no, espera —lo interrumpe Claudia poniéndose también en pie—. Voy a... Voy a hacer como que no has dicho que pueden venir a matarme en cualquier momento.
—Solo si hablas de la organización. No tienes de qué preocuparte.
—Claro... No tengo de qué preocuparme...
—Lo mira arqueando una sola ceja como si intentara descifrar un misterio por resolver—.
De verdad que resulta inquietante cómo normalizas tanto los asesinatos y las torturas...
Bueno, que me lías. Lo que quiero saber es: has dicho que mañana irás a interrogar a Ryan, ¿correcto?
—Correcto.
—Vale, Scarlett. —Miro a mi prima a los ojos y me encuentro con los de una leona defendiendo a sus cachorros—. Imagino que tú no te moverás del piso franco.
—Entiendo que no.
—Ella se quedará refugiada mientras yo me encargo de modificarle la sonrisa perfecta a la araña.
—Genial. ¿A qué hora pretendes ir? —continúa mi prima.
—Por la tarde. Por la mañana me dedicaré a repasar fichas y escenarios con Johnny para terminar de pulir el plan para ponernos en movimiento en cuanto le saque toda la información a Ryan.
Además —sonríe como un demonio revoltoso—, he aprendido que por la tarde la gente suele bajar la guardia; parece que después de comer creen que los monstruos se echan la siesta.
—Eso ha sido bastante tétrico —le confieso, sin saber muy bien qué expresión poner.
—Entonces —prosigue mi prima—, cabe la posibilidad de que el ex de los cojones venga a mi casa a preguntar por Scarlett, ¿verdad? Para encontrarla antes de la celebración esa del cumpleaños de una vampira.
—Sí —confirma Xander—, yo creo que ya debe de estar buscándola. En cuanto pasen unas horas y siga sin dar con ella, lo más probable es que tire de conocidos para averiguar dónde se esconde.
—Y entonces yo me hago la tonta, no tengo ni idea de dónde ni con quién está mi prima, no me da señal en el móvil y lo mando a paseo. —Hace una pausa, como si estuviera recapitulándolo todo—. Pan comido.
—Por cierto, chicas —interviene Xander, paseando la mirada de una a otra—. Vosotras, que lo conocéis más, ¿adónde creéis que irá cuando siga sin encontrar a Scarlett y se sienta acorralado?
—Al White Dreams —decimos mi prima y yo al unísono.
—Su despacho es su lugar seguro —aporto—. Es el único sitio donde se permite desquiciarse.
Xander asiente en respuesta y me rodea la cintura.
Ejerce como un pequeño empujón con el que pretende que vaya con él, pero yo me planto como si me hubieran crecido raíces en los pies —los cuales todavía me duelen un poco, pero prefiero aguantar sobre unos stilettos que volver a ponerme zapatillas deportivas— y permanezco en mi sitio.
—Nena, ha empezado a anochecer y deberíamos marcharnos ya.
Sé que no le falta razón, pero...
—Mi prima ha venido a desahogarse —lo informa Claudia, como si pudiera leerme la mente— y, conociéndola como la conozco, no le basta con ponerme al día.
Suelto un suspiro largo y me aparto a regañadientes del agarre de Xander.
—Tiene razón, necesito un momento a solas con ella.
—El helsing frunce el ceño, imagino que tratando de comprenderme—.
Digamos que tengo ciertos nudos emocionales que solo una amiga puede deshacer.
—Le pongo una mano en el pecho y algo cálido anida en el mío al sentir sus latidos vibrando a través de su camiseta de algodón.
Busco su mirada y trato de hacerme entender con el brillo de la mía—. Por favor.
Cierra los ojos como si la decisión que fuera a tomar le pesase, expulsa un aire que me impregna de olor a menta y me agarra la mano que aún mantengo sobre él.
—Está bien —dice, y yo sonrío con alivio—, pero no os mováis de aquí. Estaré de vuelta dentro de dos horas.
Asiento y, por primera vez, lo abrazo.
Hay algo extraño en el gesto, pues es algo que me ha salido sin pensar, ha nacido de la necesidad de hacerlo, y ahora que le rodeo la cintura con los brazos y siento el calor de su cuerpo en mi mejilla, no quiero separarme de él.
En cambio, Xander parece no saber cómo reaccionar por una vez en su vida, y tarda en apretarme contra sí.
Aspiro su aroma, percibo cómo él hace lo mismo al hundir la nariz en mi cabello, y me separo. No porque quiera, sino porque realmente necesito ese momento a solas con mi prima.
Lo acompañamos a la salida y, en cuanto se cierra la puerta tras él, me aplasta con el peso de mil ladrillos la sensación de que le pueda ocurrir cualquier cosa, de que esa pueda ser la última vez que nos veamos.
Sacudo la cabeza para quitarme esa presión de encima, pero no desaparece, e inconscientemente me llevo un puño al pecho, como si así pudiera aliviar la carga.
Claudia no deja de mirarme con preocupación, y tengo ganas de decirle que poniendo cara de basset hound no me ayuda en absoluto. Me lleva cogida del codo, como si fuera a darme un vahído en cualquier momento, hasta el sofá en el comedor, donde un Robin en calzoncillos está apagando la televisión.
—¡Tita Red! —Lis salta desde su asiento y corretea en mi dirección hasta darme un abrazo con tanto ímpetu que hace que me tambalee hacia atrás—. ¿Ya se ha ido tu novio?
—No es... Da igual. Sí, tenía cosas que hacer.
—¿Te vas a quedar a dormir conmigo?
Le doy un beso de hada antes de contestar.
—No, peque, yo también me iré dentro de un ratito.
Lis arruga la nariz con desaprobación, pero el enfurruñamiento le dura entre poco y nada.
—Pues yo ya me iba a la cama. —Se pone de puntillas y yo me agacho para que pueda hablarme al oído—. Papá ha dejado que me quede hasta más tarde, pero no se lo digas a mamá.
Como si su madre no supiera la hora que es.
Me echo a reír y cruzo con ella el dedo meñique, prometiéndole lealtad.
Me despido de la pequeña y de su padre y me dejo caer entre los mullidos cojines a la espera de que Claudia vuelva tras acostar a su hija y abandonar a su marido en su habitación, como si estuviera castigado.
Aunque imagino que, para él, encerrarse en el dormitorio con la consola queda lejos de ser un castigo.
—Está bien, amiga —dice Claudia antes de sentarse sobre sus rodillas a mi lado—, desembucha.
Suspiro.
—¿Qué quieres que te diga? —Tengo tanto lío en la cabeza que no sé ni por dónde podría empezar.
—Mmm... Vayamos un poco por orden. A ver, ¿cómo te sientes con respecto a la traición de tu cabronazo, asqueroso, cucaracho, insufrible, comemierda, ex?
Tengo que reírme ante la cantidad de calificativos desagradables que se le acaban de venir a la cabeza. Todos acertados, por eso.
—Pues, la verdad, jamás creí que le desearía ningún mal a nadie, pero en este caso espero que Xander se divierta de lo lindo con él.
—Genial. Me gusta por dónde vamos.
Claudia se frota las manos como si fuera una mosca a punto de darse un festín.
—Sigamos —continúa—, ¿con el innegable hecho de que tu vida está en peligro porque unos vampiros te quieren como tarta de cumpleaños?
—Eso... —lo medito un poco antes de responder— me inquieta.
—Te inquieta.
—Eso he dicho.
—Vale. —Arrastra la palabra más de lo debido, y me resulta chirriante—. Sabes que deberías estar cagada de miedo, ¿no?