Scarlett
Scarlett
Xander se puso a dar órdenes y a organizar los próximos días como un verdadero soldado.
Fue como descubrir otro aspecto de él. Al centrarse en la misión, se olvidó de todo lo demás.
El humor que solía caracterizarlo se había esfumado; la conversación superflua había dado paso a un conjunto de directrices que escapaban a mi entendimiento y mi cabeza no hacía más que traducir: «fiesta», en su idioma, era carnicería; «visita» equivalía a interrogatorio con tortura; «dar un paseo» significaba perseguir y aniquilar.
Las ganas de seguir bebiendo café se ahogaron en la misma taza. Solo de pensar lo que estaba por venir, me revolvía el estómago.
Tras hacer una lista mental, en la que había muchos contras y ningún pro, me di cuenta de que lo que de verdad me traía de cabeza era eso último. Me consumía, me martirizaba y me llenaba de terror imaginar que existía la posibilidad de no volver a ver a Xander. De que le hicieran daño.
Era una sensación terrible y, si no soltaba todo eso que no paraba de hacer bola en mi cerebro, iba a estallar.
—Nena —Xander se encorvó hacia mí, haciendo lo posible para quedar más o menos a mi altura. Me recogió un mechón de cabello y lo pasó por detrás de mi oreja en un gesto tan tierno que sentí que estaba fuera de lugar—, ¿estás bien?
—Necesito hablar con mi prima.