Eclipse en Shadow City 17. Tormentas turquesas #2
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17. Tormentas turquesas #2

—Estoy pensando que nada de esto es real.

—Al fin, pude poner en palabras mis pensamientos y, por la cara que puso, parecían estar afiladas como cuchillos.

Me supo mal, pero no quería enmascarar aquello que me carcomía, porque ya había aprendido que ponerle una capa gruesa de maquillaje a un problema no lo eliminaba, sino que lo pudría y terminaba apestando.

No quería que ese tipo de hedor nos afectase a Xander y a mí—.

Estoy pensando... que nos han obligado a sentir algo el uno por el otro.

Que la atracción que me arrastra hacia ti, el calor que me inunda cuando te tengo cerca...

, es todo falso. Una preciosa mentira inducida por una cadena mágica.

Tú mismo acabas de admitir que no querías esto, que no querías que tus acciones dependieran de algo que es impuesto por una marca, por este eclipse que me abrasa las venas cada vez que deseo besarte.

—¿Deseas besarme? —Sonrió, pero el gesto no le llegó a la mirada.

—Sabes que me muero por hacerlo —confesé.

No era propio de mí dejar tan claras mis intenciones, pero estaba cansada de disimular, fingir o negarme cosas a mí misma.

Engañarme no iba a servir de nada. Y no temía que pudiera rechazarme; tenía clarísimo que él también deseaba besarme mucho antes de explicarme que estábamos vinculados.

Xander soltó un suspiro y me arrancó otro a mí cuando, con un movimiento tan rápido que no lo vi venir, me apretó las rodillas con los dedos y empezó a subir las manos por mis muslos, dejándome caminos rosados allí por donde sus ásperas extremidades se deslizaban exentas de delicadeza.

Sus uñas, sus nudillos y después sus muñecas desaparecieron por debajo de mi falda y se detuvieron pellizcando mis caderas.

Arqueé la espalda sin haberlo pretendido. Mi cuerpo parecía tener sus propios planes y jugaba con sus propias normas.

Él alineó su boca con la mía y me pasé la lengua por el labio inferior, saboreando el frescor de su aliento flotando entre nosotros. Estaba segura de que sabía a lo que olía. A humo, menta, cuero y... al peligro de la gasolina.

Deseaba comprobar esa hipótesis.

No obstante, las dudas de que todo eso no fuera más que una ilusión inventada me aterraban. Así que ejercí un poco de presión con las manos sobre su pecho desnudo, una señal de que no estaba preparada.

No me besó. Pero tampoco se apartó, y casi di gracias por ello.

—No debería —susurré jadeando. Me faltaba el aire—. No me gustaría precipitarme.

—Solo los tontos se precipitan, y tú eres una chica curiosa pero inteligente.

—Y tú eres un peligro.

Me estaba empezando a sobrar la ropa. Y me estaban empezando a sobrar las palabras y a faltar los motivos.

—No puedo negarlo, nena.

—No eres bueno para mí.

—Mahni... —Alargó la palabra a propósito, la paladeó y me la devolvió envuelta en terciopelo—. Yo no soy bueno para nadie.

A tomar por culo el querer hacer las cosas bien y evitar enamorarme de alguien con un montón de advertencias luminosas en la cara.

Cerré los ojos y mi lobo entendió la invitación. Ya no hubo vuelta atrás.

Lo primero que sentí fue un mordisco tierno en el labio inferior.

Las ganas de aferrarme a su boca y colgarme de su cuello me tenían con el corazón galopando, pero decidí aguantar y averiguar hasta qué punto le gustaba dar juego.

Y, sí, Xander era de los que tanteaban el tablero antes de lanzar los dados.

Su lengua me humedeció las comisuras y, con ella, ejerció presión primero en el labio superior, luego en el inferior, obligándome de una forma para nada sutil a abrir la boca y darle paso.

Por supuesto, yo la recibí como la mejor de las anfitrionas.

La deslizó hacia mi cavidad y encontró la mía con precisión.

Nos lamimos, y entonces Xander coló un gemido ronco que me vibró en el paladar.

Separó nuestras bocas y echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Yo mantuve los míos abiertos, pues era casi como verlo teniendo un orgasmo.

Inspiró hondo y, cuando abrió los párpados, buscó mi rostro y me contempló como si no hubiera visto mayor maravilla en el mundo.

—Perdóname, nena —murmuró, volviendo a bajar el mentón hacia mí—. Ha sido...

—¿Malo? —Arrugué el morro al pensar que no había estado a la altura.

Xander se carcajeó, todavía respirando con dificultad.

—No, en absoluto. Ha sido sorprendente... Impactante. —Acarició mi nariz con la suya y volvió a cerrar los ojos—. Sabes a frutos rojos.

«Oh, vaya».

—¿Y eso es bueno?

—Es increíble. A mí todo me sabe a arena, ¿recuerdas? Todo... —sonrió sobre mis labios y me contagió— menos tú. —Me besó y me arrancó un gruñido cuando, divertido, volvió a apartarse—. Ahora quiero averiguar a qué saben otras partes de ti.

Le pellizqué el pezón y, sin dejar de sonreír, volví a buscar su boca como una muerta de hambre. Un sonido rasgado se unió a mi gemido cuando nuestras lenguas se encontraron de nuevo.

Subí mis manos por su pecho, entrelacé los dedos detrás de su nuca y deslicé el trasero por la encimera hasta quedar justo en el borde, persiguiendo esa sensación que se me acumulaba entre los muslos.

Deseaba que me arrancara la ropa, que nuestros cuerpos se entremezclaran y llevar a Xander al límite. Quería ver cómo se rompía y ser yo la causante.

Enredé los dedos en sus mechones blancos y pasé la lengua por esos colmillos afilados que me volvían loca.

La cocina se impregnó de ansia, deseo, lujuria, alientos desbocados, besos insaciables.

Jamás me había sentido así. Llamas de pasión me abrasaban por dentro, anhelantes, en busca de más. Quería y necesitaba más.

En un arrebato de desesperación, le mordí la boca y él me respondió con un movimiento de cadera posesivo y brusco.

—Scarlett... —gimió mi nombre como si lo venerara.

—No hables y sigue.

Comió de mí. Me saboreó y yo lo disfruté atrapada en una especie de éxtasis antinatural.

Buscó con los dedos las tiras laterales de mi tanga y empezó a deslizarlas por mis caderas cuando...

—Oh, vaya. ¿Interrumpo algo?

No sabría decir quién le dio más miedo a Johnny, si Xander mostrándole los dientes como un animal o yo fulminándolo con la mirada.