17. Tormentas turquesas
Tormentas turquesas
Xander daba cortos paseos de un lado a otro en el estrecho espacio de la cocina. Yo permanecí inmóvil mientras lo veía debatirse entre darme una respuesta o huir de allí.
Durante toda su lucha interna no dejó de pasarse los dedos por el cabello todavía húmedo.
Se me hacía raro verlo sin su habitual tupé perfectamente peinado, pero me encantaba observarlo en esa faceta suya más desenfadada.
Aproveché su saturación mental para retener detalles.
Por ejemplo, todavía me sorprendía el contraste de su piel morena con su cabello blanco y el color turquesa de sus ojos.
Tuve tiempo de memorizar cada surco que dividía los músculos en su torso, cómo se tensaban o se marcaban más según sus movimientos. Y, después de eso, me dispuse a inspeccionar su tatuaje.
Era mucho más grande de lo que había imaginado. Hasta el momento solo había podido ver la punta de flecha que le llegaba al dedo corazón, el arco de una ballesta sobre los nudillos y los ojos fieros de un lobo que cubría todo el dorso de la mano. Pero la tinta negra no se detenía ahí.
Sin tener en cuenta las consecuencias de romper sus murmullos con mi contacto, me acerqué a él y la curiosidad me llevó a rozar con los dedos esos ojos lobunos dibujados en su piel.
Se detuvo abruptamente y me clavó la mirada. Pude sentirla sobre mí, como el calor de una llama que estaba demasiado cerca, a punto de quemar.
—No debería haberte llamado así.
Por fin salió del búnker en el que se había encerrado a solas. Imaginé que un montón de murmullos y gritos en su cabeza se acallaron en cuanto toqué el dorso tatuado de su mano.
—Pero lo has hecho —le respondí casi en un susurro, como si temiera que mi voz sonara demasiado fuerte para una paz recién instaurada.
La fiera ahora estaba mansa, y yo tenía toda su atención. Quería que se abriera y no mordiera.
Continué el recorrido con los dedos y subí por esa parte del tatuaje que no había descubierto hasta el momento. El pelaje del lobo se difuminaba tras el cuerpo de la ballesta y daba paso a un frondoso bosque. La piel decorada se erizó con mi caricia y sentí una especie de presión en el corazón.
Lo miré a los ojos y el círculo de la quemadura que rodeaba el tallo de la rosa roja que yo misma tenía tatuada empezó a emitir pulsaciones que ardían, pero sin llegar a doler. Pensé que ese mismo calor se reflejaba en sus ojos, donde ya danzaban rayos plateados.
—Sí, lo he hecho, y me arrepiento —dijo con la voz áspera, lijando el aire—. No estás preparada para entender la magnitud de esa palabra..., mahni. Yo no estoy preparado.
Cerró el puño con fuerza, provocando que el antebrazo por el que deslizaba mis dedos se ensanchara y se endureciera. Subí por ese bosque ilustrado en su piel y llegué a la noche estrellada; luego continué el camino hasta delinear la luna llena con las uñas.
Con un movimiento fluido se cernió sobre mí, imponente como solo él podía serlo cuando se lo proponía. Con cada paso que daba, yo retrocedía, pero no dejé de tocar sus oscuros dibujos.
—Pues deberías intentar hacérmelo entender. —Un paso atrás. La voz me temblaba por más que quisiera que saliera nítida. Dos pasos—. Porque ahora siento curiosidad y no puedo irme de aquí sin saberlo.
Tres pasos.
Choqué con la encimera y ya no tuve escapatoria, pues yo no podía seguir huyendo y él sí podía avanzar para acorralarme.
Mis brazos empezaron a temblar tanto como mi respiración y, en un burdo intento por ocultarlo, abrí los dedos de la mano y apoyé la palma al completo en su hombro; luego la arrastré hasta el pecho, donde el tatuaje explotaba con rosas negras, revólveres, cuchillos y balas que le llegaban hasta el cuello.
—Nena —su sonrisa trepó con malicia por un lado—, eres demasiado curiosa y tienes una increíble capacidad para conseguir lo que quieres. Aunque la de provocarme y volverme loco la supera con creces.
Se inclinó hacia mí y mi mente se quedó vacía, solo ocupada por humo mentolado. Pude sentir la sangre correr descontrolada, como si comenzara a fluir envenenada desde la marca caliente en mi brazo.
Cogí aire y traté de hablar sin que pareciera que me había dado un golpe fuerte en la cabeza.
—Y a ti se te da de maravilla esquivar los temas que te resultan incómodos.
—Se me escapó el aire de los pulmones al sentir sus manos rodeando mi cintura.
Aun así, traté de seguir, como si nada estuviera pasando y mi cerebro no se estuviese derritiendo por segundos—.
¿De qué tienes tanto miedo? Dime de una vez qué significa la palabra «mahni».
Lo miré a los ojos y contuve el aliento, fascinada por ese baile eléctrico en sus iris. Bajó la cabeza y acarició mi nariz, del tabique a la punta, con la suya.
—Mi miedo es demostrarte de una forma tan evidente lo egoísta que soy. —Xander me levantó como si no pesara más que una pluma y me sentó en la encimera. El frío bajo mis muslos me hizo expulsar el aire con labios temblorosos.
Apretó los dedos en mi carne y arrastró mis caderas hasta el borde, donde el helsing se acomodó entre mis piernas y me hizo notar la dureza de su erección contra mi ropa interior. De nuevo, el vestido de lunares que todavía no me había quitado era testigo de cómo se excitaba conmigo.
—Estás en peligro por mi culpa —continuó.
Subió una mano por mi espalda y luego se aferró con el puño a mis ondas rojizas.
Tiró de ellas hasta obligarme a inclinar la cabeza, dejando el cuello expuesto y los labios al alcance de los suyos—.
No tuve la decencia, y sigo sin tenerla, de hacer lo correcto.
—¿Y qué es lo correcto? —ronroneé como una gata buscando que le rascaran el lomo.
—Lo correcto habría sido llevarte a casa después de la fiestecita que se montó en el Golden Sword.
—Estábamos tan cerca que sus palabras se colaban por mi boca húmeda, y mi respiración le proporcionaba el aliento para continuar—.
Lo correcto habría sido protegerte desde las sombras hasta que encontraran otro pedazo de carne en el que hincar los colmillos.
Eso habría terminado por ocurrir, de no haber sido por mi incapacidad de separarme de ti y mucho menos de permitir que otro macho se te arrimase.
Con lentitud, su otra mano reptó por mi abdomen y pasó por el canal de mis pechos hasta rodearme el cuello expuesto. Temblé, y lo peor era que lo hice porque me ponía saber que tenía la fuerza suficiente como para asfixiarme si quisiera.
—No pude evitarlo, nena. Amenacé a la araña y, con ello, dejé que vieran cuál era mi debilidad. —Apretó el agarre alrededor de mi garganta y me sorprendí deseando que lo hiciera más fuerte—. Los vampiros se han obcecado contigo por mi culpa, porque ahora saben lo que eres para mí.
Quise preguntar qué era yo para él, pero entonces Xander ladeó la cabeza para acariciarme con su aliento de humo y menta la barbilla, recorrió la forma de mi mandíbula, se detuvo a la altura del lóbulo de mi oreja y mis pensamientos se quedaron en blanco cuando enterró la nariz en esa porción de cuello que quedaba libre de su agarre, por debajo del pulgar, y me olió con deleite.
—Es este puto vínculo que tenemos. —Su voz rasgada vibró sobre los labios cuando volvió a concentrarse en ellos—. No me deja pensar.
—¿Vínculo?
Estaba jadeando. Sentía el calor de mis venas derramarse por mi entrepierna, y solté un pequeño gemido cuando él se apretó más contra mí.
—El eclipse.
Un momento de lucidez me llevó a las marcas que teníamos en común. Él, en la palma que ahora mismo formaba un apretado collar alrededor de mi cuello, y la que me había aparecido a mí en el tatuaje, esa que palpitaba tanto como mi corazón.
Xander se separó un poco, no mucho, pero lo suficiente como para echar en falta su calor en mis labios.
—El vínculo entre compañeros, entre parejas destinadas, es algo tan antiguo como la creación.
La mayoría de las criaturas mágicas lo experimentan.
Vampiros, licántropos, ninfas, elfos, los ilusionistas de la yakuza que son descendientes directos de las sirenas...
A causa de la mutación, esto también lo heredamos los helsings.
—Aflojó el agarre en mi cuello, aunque no soltó mis cabellos—.
«Mahni» es el concepto de compañera en esos casos.
La mujer vinculada a un helsing, eclipsada, pasa a ser la mahni de este.
Fue rápido. De haber pestañeado, me habría perdido el breve destello de miedo en sus ojos. Y entonces lo entendí.
Por eso me creía tan segura y a salvo a su lado. Esa era la razón por la que me sentía como en casa estando al lado de alguien a quien acababa de conocer.
Fue entonces cuando la palabra «mahni» se astilló y se me clavó en el pecho. Empecé a razonarlo todo demasiado deprisa.
—Lo intenté —me dijo. Como si intuyera lo que se me pasaba por la cabeza—. Te juro que intenté que no nos afectara. Traté de ignorar el eclipse la misma noche que nos marcamos. Pero pronto aprendí que no puedo huir de lo que soy, de mis instintos... De ti.
—No puedes... Porque el vínculo te ata a mí. —No lo pregunté. Solo estaba reafirmando lo evidente.
Xander asintió, y no me gustó la sensación amarga que me subió desde el estómago y anuló la calidez del momento. Me convertí en un amasijo de emociones contradictorias.
El helsing pareció percibirlo, y con la mano tatuada liberó mi cuello y me pasó los nudillos con suavidad y afecto por la mejilla. Temblaba. Lo noté en su caricia. Y eso no mejoró las cosas.
—Dime en qué estás pensando —dijo como si fuera una orden, aunque sonó a plegaria.
Hizo ademán de apartarse, pero yo lo retuve apretando los dedos en su piel de caramelo tostado. Todavía no tenía claro qué era lo que quería, peor aún, por qué lo quería. Pero que se alejara no iba a contribuir a que me quedara más tranquila.