Eclipse en Shadow City 16. Armas y viales #2
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16. Armas y viales #2

—El coronel Aldan y el comandante Hudson Woods de la SOF se encargan de seleccionar a los mejores soldados de cada país cada diez años para que se incorporen a la agencia como nuevos helsings.

No es obligatorio: ellos te seleccionan, te explican de qué va la movida y, si quieres, te mutan y, si no quieres, te pegan un tiro por saber más de la cuenta.

—Una risa ronca cortó el aire cuando Xander me vio abrir los ojos como un búho—.

No te preocupes, nena, casi todos acaban aceptando.

—Y... ¿la mutación? —Me mataba la curiosidad. Si sus genes no eran humanos..., ¿qué era Xander?

—No tengo ni puta idea de lo que es exactamente.

Solo puedo decirte que esa mierda que nos inyectan nos vuelve medio vampiros, medio lobos, aunque seguimos manteniendo una mínima parte humana.

Podemos morir, no nos regeneramos, pero tampoco nos afecta la luz del sol.

Eso es lo poquito que nos queda de humanos.

Por lo demás, tenemos la misma fuerza y velocidad que los chupasangres, y el oído, el olfato y el instinto cazador de los lobos.

La cosa mola bastante, si sobrevives al cambio, pero perdemos la capacidad de saborear.

—¿No tenéis sentido del gusto?

—No, nena. Todo me sabe a arena.

—Qué mierda.

—Pues sí. Pero el resto merece la pena.

—¿Cuándo te mutaron a ti?

—He perdido la cuenta, pero hace más de cincuenta años, seguro.

Cincuenta años... No aparentaba más de veinticinco. Al percibir mi duda, Xander entró más en detalle.

—Apenas envejecemos. Otra de las ventajas.

«Vaya... Pero yo sí envejeceré...». No sabía por qué le daba importancia a ese detalle.

—Y entiendo que estás aquí por algún trabajo en concreto.

—Así es —me confirmó—. Tengo la misión de acabar con uno de los vladers más peligrosos del planeta.

Por eso persigo a tu ex, porque nos podría llevar hasta él o, al menos, hasta su hermano, el Boss de la mafia nocturna.

Y de paso me llevo a unos cuantos vampiros por el camino.

Si además destruyo su colmena, mejor que mejor.

—Donde desperté la otra vez y la vivienda en la que estamos ahora, ¿son pisos francos?

—Chica lista.

Me llevé las manos a la cabeza y cerré los ojos. Era demasiada información de golpe, pero, al menos, todo empezaba a cobrar cierto sentido.

Entonces recordé algo que, según lo que me acababa de explicar, no cuadraba. Así que volví a abrir los ojos y busqué los suyos.

—Dices que no tienes la capacidad de regenerarte. —Asintió—. Pero yo vi con mis propios ojos cómo te recuperaste de una herida de bala de un día para otro.

Un escalofrío me recorrió cuando su sonrisa se ensanchó. Tan rápido que pareció transportarse, bajó de la cama y se situó delante de mí con el brazo estirado para que yo hiciera lo mismo. Tomé su mano y me puse en pie, con curiosidad.

—Ven conmigo, quiero enseñarte algo.

Esquivamos a Cenizas en el pasillo y me llevó de la mano hasta la cocina, un espacio estrecho, pero en el que no faltaba de nada. De hecho...

—¿Por qué hay dos neveras? —Era algo que me llamó la atención, pues con lo pequeño que era el piso, y sabiendo que vivirían en él no más de dos personas, con una nevera me parecía más que suficiente.

—Es justo lo que quería mostrarte, mahni.

Xander rodeó el tirador del frigorífico de la derecha con una mano y, acto seguido, se oyeron unos sonidos metálicos, como de engranajes friccionando. Al cabo de unos segundos, abrió la puerta.

Me asomé a ella en cuanto la luz en su interior dejó de parpadear e iluminó una estancia oculta, repleta de armas.

Di un paso atrás, atónita y un poco asustada. Tanta herramienta de la muerte junta me provocaba escalofríos; yo no estaba acostumbrada a ver armas, y ya llevaba dos días rodeada de ellas.

—Mola, ¿eh? —comentó Xander. No contesté. A mí esa sala me provocaba rechazo.

Por suerte, el helsing cerró de nuevo la puerta y abrió la de la nevera de la izquierda.

Había poca cosa. Algo de comer, una jarra con agua y unos tubos cilíndricos que contenían un líquido morado, colocados en una especie de soporte que parecía diseñado específicamente para ellos.

Xander cogió uno de los tubos y me lo entregó para que lo estudiara.

—Estos son los viales que nos ayudan a cicatrizar y sanar. Cuanto más grave es la herida o más sangre has perdido, más viales debes consumir —me explicó—. Tenemos diez para cada misión.

Conté los que había.

—Te quedan siete.

—Y me sobrarán, nena, no sufras. Uno se me rompió en el Golden Sword. Tuve que tomarme dos después de la fiesta porque, como me quedé ligando con una pelirroja que quitaba el hipo, perdí demasiada sangre.

Sonreí como una estúpida y, para disimular el gesto, dejé el vial en su sitio.

—Oye —cambié de tema, porque había otra cosa que también me intrigaba. Y no me había acordado de ello hasta ese momento, cuando Xander había vuelto a mencionarlo—, ¿qué es «mahni»?

Su actitud, que por norma general era chulesca y canalla, cambió de repente.

Su semblante se transformó, adoptando una expresión tan seria que no encajaba en él.

Pude ver cómo la nuez se le movía al tragar saliva y, por un momento, pensé en obviar el tema.

Pero no podía quedarme con la duda, y menos después de ver cómo esa palabra lo había transformado.

—Me... me has llamado así en dos ocasiones —especifiqué, intentando hacerlo salir de allí donde se hubiera encerrado—. Una, en el coche, cuando los vampiros nos rodearon. —Me obligué a hacer una pausa—. Y hace un momento has vuelto a hacerlo.