Eclipse en Shadow City 16. Armas y viales
57%

16. Armas y viales

Armas y viales

Lo de despertarme en camas desconocidas iba a comenzar a convertirse en costumbre.

El olor a sábanas limpias me hizo sentir extraña. Tenía que cambiar las mías desde hacía ya dos semanas, por lo menos, y las de Xander... olían a Xander. Estas eran unas sábanas sin personalidad, nuevas, las que menos me gustaban.

Me estiré enredada en ellas y, a la que fui a girarme para quedar de espaldas al colchón, noté un cuerpo caliente detrás de mí. Tuve que detenerme a medio camino para no aplastar esa presencia. A través del algodón blanco capté el movimiento de su respiración, tranquila y profunda.

No me moví. Me quedé tendida sobre mi lado izquierdo, sintiendo el corazón latiéndome en la garganta.

Tragué saliva y el recuerdo de lo que hice sobre Xander en su coche me calentó la sangre y me incendió las mejillas.

El peligro y la adrenalina me excitaron tanto que terminé corriéndome en las bragas, aunque sabía de buena mano que él también lo había disfrutado, y ahora estaba en su cama durmiendo con...

Un lametazo áspero y mojado me empapó media cara, seguido de una nariz húmeda que se puso a olisquear mi oreja como si tuviera un tesoro escondido en ella.

Liberé un sonido que expresaba el asco que sentí, me limpié la baba con la sábana y aparté a Cenizas como pude.

Me decepcionó un poco descubrir que quien dormía a mi lado era esa bestia cariñosa y no el lobo que, ahora podía reconocerlo, me habría gustado.

—Sí, sí, déjame ya —le pedí a la insistente criatura, enviada por el diablo para desgastarme a base de amor desmedido—. Buenos días para ti también.

Al hacer a un lado a la rottweiler, sentí una punzada de dolor que me atravesó el brazo derecho y subió un poco por el cuello.

Inspeccioné la zona que me hizo rechinar los dientes y vi un apósito cubriendo buena parte del hombro y un fuerte tono morado en la piel alrededor del mismo.

Esperé a experimentar la ya tan conocida vergüenza por haberme vuelto a desmayar, pero no apareció. No me sentí ridícula por primera vez en mi vida. Porque, joder, había sobrevivido a un ataque vampiro y les había disparado. Yo. Increíble.

Sin levantarme, eché una ojeada a la habitación.

Era bastante más pequeña que la de Xander; el armario medía la mitad del otro, buena parte del suelo quedaba cubierta con las compras que había hecho en el centro comercial y no había una segunda puerta que pudiera dar a un lavabo privado.

Aun así, me gustaba más que donde había despertado la última vez, quizá porque había menos gris y más blanco.

Empecé a acariciar a Cenizas cuando la puerta del dormitorio se abrió, dando paso a un adonis desnudo con una toalla liada a la cadera.

Xander entró alborotándose los blancos cabellos húmedos con otra toalla más pequeña y, al dar un par de pasos, se detuvo y me miró a través de los mechones que le caían goteando por la frente.

Tuve que hacer un esfuerzo por cerrar la boca, porque se me había abierto sola al verlo aparecer así. Eso eran unos buenos días en condiciones, sí, señor.

No disimulé al comérmelo con los ojos; total, seguro que él sabía de sobra lo buenísimo que estaba. Así que no dudé en recrearme con las vistas que me ofrecía. ¿A qué dios tenía que ponerme a rezar para agradecerle ese monumento?

Mis ojos se engancharon a esa comisura suya a la que tanto le gustaba trepar de un modo travieso, mostrándome un colmillo que me recordó a los mismos vampiros a los que se dedicaba a matar.

Se giró hacia mí dándome una mejor perspectiva de sí mismo y, sin poder evitarlo, volví a recorrer su torso con la mirada.

Esta vez, me atreví a continuar el camino hacia abajo y deseé averiguar qué se escondía más allá de los músculos marcados que descendían en diagonal desde las caderas hacia el pubis y terminaban bajo la toalla.

—Te ves endiabladamente arrebatadora así, despeinada... en mi cama —murmuró como si le faltara el aliento.

Nuestras miradas se encontraron, y me ahogué en el turquesa mientras sus palabras aniquilaban mi cordura de un plumazo.

No supe por cuánto tiempo sus iris navegaron por los míos y viceversa. Fue un ronquido suave de Cenizas lo que interrumpió ese intercambio de intenciones.

—Voy a ver qué me pongo.

Xander se volvió y, en un visto y no visto, se deshizo de la toalla, movió las caderas a un lado y a otro y se azotó con ella en la nalga, mirándome con diversión por encima del hombro.

Podría haberme enfadado, gritado, muerto de vergüenza, mirado hacia otro lado..., pero no: me reí. Y lo hice con ganas.

Esta vez sí decidí que no quería ver más de la cuenta. ¿Y si la tenía enana y me llevaba una tremenda decepción? ¿Y si la tenía enorme y no podía frenar mis instintos más básicos? Peor aún, ¿y si la tenía normal? Qué aburrido... Tenerla de la medida estándar no le pegaba nada.

Y por no decepcionarme, excitarme o aburrirme, decidí dejarme caer sobre la almohada y mirar el techo.

Lo malo cuando haces eso es que la cabeza empieza a ponerse filosófica y a darle vueltas a temas que no te habías estado planteando mientras estabas a otras cosas.

En esta ocasión, lo que me mareaba el cerebro no era la traición de Ryan ni mi posibilidad de morir desangrada por vampiros, sino el hecho de que me sentía cómoda.

Era algo que me resultaba extraño, porque no lo entendía.

Pensé que era por él. No era el espacio, ni la circunstancia, sino él.

Y es que, además de esa sensación de comodidad, también me rodeaba un aura agradable en esos momentos.

Como si estar entre Cenizas y Xander fuera mi lugar seguro, mi hogar.

Pensé que, aunque fuera algo raro, porque era una pieza de un puzle diferente que encajaba a la perfección en este, podría acostumbrarme a ello. ¿Por qué no? Despertarme con tremendo espectáculo de músculos cada mañana no estaría nada mal.

Ya en serio. Lo que tenía claro era que no me apetecía nada renunciar a la compañía de esos dos. Se habían anclado en mi vida de forma perenne.

Lo sentía tan natural y correcto... Parecía que esa inusual unión estaba destinada a suceder.

Pegué la barbilla al pecho para asomarme y ver qué estaba haciendo Xander. Casi habría preferido que siguiera desnudo, porque verlo con un sencillo pantalón fluido que daba la sensación de que se sujetaba a sus caderas a fuerza de voluntad me secó la garganta.

El lobo se giró hacia mí y, con una sonrisa maliciosa, se lanzó a la cama, dando tal susto a la pobre Cenizas que la rottweiler dio un salto hasta el suelo y miró a un lado y a otro sin comprender qué la había sacado de su pacífico sueño.

Ofuscada con la vida y gruñéndole a la nada, hizo sonar sus patitas hasta salir de la habitación.

—Buenas tardes, Bella durmiente.

Parpadeé desconcertada. ¿Cómo que «buenas tardes»? ¿Tanto tiempo llevaba dormida?

Xander se tumbó de lado junto a mí, con el codo sobre las sábanas y la cabeza apoyada en la palma de su mano.

En esa posición, yo tumbada y él observándome desde arriba a tan solo un palmo y medio de distancia...

, mi cabeza desvariaba porque se puso sola a desear que el lobo se inclinara y me besara.

Mis latidos se dispararon con la idea. Mis ojos volaron por un segundo a sus labios. Mis propios labios fueron mordidos por mis dientes. Mis...

Y ya tuve que frenar, decirme que dejara de fantasear y me diera una ducha de agua fría, porque llevar casi tres meses sin follar me estaba pasando factura.

O podría ser que los meses sin sexo no tuvieran nada que ver y tuviera todo que ver con Xander en sí.

Como fuere, tenía que salir de esa espiral calenturienta.

—¿Qué pasó? —«Qué gran pregunta. Bravo, Scarlett».

—¿De verdad no lo recuerdas? —Me sonrió mostrando de nuevo uno de sus dientes afilados y alzó las cejas repetidas veces.

—Eso no, idiota.

—Fue maravilloso.

—Fue una locura.

—Una locura maravillosa.

Le di un manotazo para que se centrara y me señalé el apósito del brazo, para que entendiera a lo que me refería.

—Ah, eso —dijo con aburrimiento—. Tenías un trozo de cristal bien clavado; supongo que ocurrió cuando reventaron la ventanilla a tiros. Te desmayaste, te traje aquí y aproveché que no te enterabas de una mierda para curarte. De nada.

De repente se me vinieron a la cabeza la cantidad de cuerpos humeantes que tuvimos que dejar en la carretera. Era una asesina. De vampiros, sí, pero no sabía hasta qué punto la excusa serviría cuando la policía me interrogase.

—Madre mía, voy a morir en la cárcel... —dije para mí.

Xander se carcajeó con ese sonido rasgado, tan propio en su voz.

—No vas a ir a la cárcel.

—Pero los cuerpos...

—Lo más seguro es que ya no quede ni rastro del numerito que montamos. Avisé a la agencia y probablemente ya haya acudido el servicio de limpieza.

—¿Agencia? —pregunté algo confundida—. ¿Servicio de limpieza?

—La agencia para la que trabajo es una subdivisión de la CIA. —Me guiñó un ojo sin interrumpir su sonrisa torcida—. Aunque no te lo parezca, lo que hacemos es legal, nena.

Parpadeé. Busqué en su rostro cualquier señal de que se estaba quedando conmigo, algo que me indicara que aquello era una broma. Pero, en el fondo, yo sabía que lo que me decía tenía que ser verdad, porque le daba un poco de sentido a toda esa locura que estaba viviendo.

—¿Quién eres? —Lo pregunté despacio, casi con cautela.

Xander exhaló, como si estuviera cansado. Se echó el cabello mojado hacia atrás, aunque en cuanto retiró la mano volvió a caerle sobre la frente, y habló.

—Me llamo Alexander Rivers. Soy un helsing, un soldado mutado genéticamente para cazar criaturas paranormales.

Trabajo para una agencia llamada Supernatural Operations Force.

Nosotros la llamamos SOF, para abreviar, ya sabes.

—No apartaba los ojos de mí, analizando todo lo que mi rostro pudiera transmitirle—.

Supongo que ahora querrás saber qué es un helsing exactamente y de qué modo hemos sido mutados.

Asentí sin mediar palabra. Quería que continuara.