Eclipse en Shadow City 15. Xander. Su miedo provocó mi incendio
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15. Xander. Su miedo provocó mi incendio

Xander Su miedo provocó mi incendio

El grito histérico que Scarlett profirió con una potencia que por poco no me reventó los tímpanos fue la cerilla que prendió la gasolina que corría por mis venas.

Yo era así; un chispazo me bastaba para provocar un incendio.

Los ladridos amenazadores de Cenizas y la estridencia metálica de la puerta de mi Eleanor siendo desmembrada se sumaron a la agonía que supuraba de Scarlett.

La puerta del vehículo, en el lado del acompañante, salió disparada y por ella asomó un tipo equipado de arriba abajo como un motorista de élite.

Qué bonito, todo lo llevaba a juego, de color negro, como su futuro.

No supe cómo lo hizo, pero Scarlett trepó por la consola central a lo Catwoman y se me aferró al cuello con la fuerza de un oso. Cenizas aprovechó el cambio de posición para saltar al lugar que segundos antes ocupaba mi pelirroja y, sin esperar órdenes por mi parte —no le hacía falta—, atacó.

De un mordisco destrozó la protección de barbilla del casco del motorista y, acto seguido, en cuestión de medio segundo, le clavó los afilados dientes en la garganta.

El tipo se retorció, y el gorjeo macabro que emitía se entremezcló con el rugido que el motor hacía cada vez que yo presionaba el pedal del acelerador. A Cenizas y a mí nos encantaba componer, y la nota final, protagonizada por mi pequeña, fue apoteósica.

Menos mal que Scarlett tenía la cabeza enterrada en mi cuello, porque la lluvia de sangre que estalló dentro del coche en cuanto Cenizas se quedó con la tráquea del vampiro entre las fauces le habría provocado otro ataque de pánico.

Pisé el acelerador a fondo, el monigote de Halloween en el que se había convertido el vampiro rodó por el asfalto del parking, y sonreí a mi pequeña mientras esta se daba un crujiente festín con su «Premio a la perra más violenta», otorgado por el ya difunto motorista.

Con una mano, rodeé la cintura de Scarlett y la atraje más hacia mí. Estaba temblando de miedo, y eso me tocaba los cojones.

—Nena, pase lo que pase, oigas lo que oigas, no mires.

Ella asintió, con la nariz haciéndome cosquillas en el cuello.

—¿Hay sangre? —Me hizo gracia la inocencia infantil de su pregunta, y mi pecho rebotó contra el suyo cuando dejé escapar una risa gutural.

—Lo que hay son monstruos. Y yo soy el que más asusta.

Apreté con suavidad el brazo con el que rodeaba a mi mahni y dirigí el vehículo a toda velocidad hacia la salida del parking del centro comercial.

Capté el sonido de, al menos, cuatro coches arrancando y pude ver, a través de los retrovisores, tres motos saliendo a nuestro encuentro.

Sin reducir la velocidad, tomé la pendiente que nos llevaría al exterior. Agarré con más fuerza a Scarlett, quien, a su vez, apretó los muslos contra los míos.

El coche quedó suspendido en el aire en cuanto alcanzamos la cima de la rampa y aterrizamos de nuevo en el asfalto con una brusquedad que me pilló desprevenido.

No me sorprendió el aterrizaje en sí, eso lo tenía controlado.

Fue la forma en que Scarlett dio un salto y terminó de encajar sobre mí, el momento en que dejó escapar una exclamación ahogada en mi oído y el instante en el que fui plenamente consciente de todas las partes de ella que no quedaban cubiertas por el sencillo vestido de lunares y que estaban en contacto directo conmigo.

«Joder, la cosa se me complica».

No podía mezclar conducción temeraria, con asesinato, con la adrenalina de una persecución en un cochazo como Eleanor y mi mahni abierta de piernas sobre mí. Porque esa combinación de cosas excitantes desviaba mi concentración y mi sangre a zonas menos sensatas.

Sacudí la cabeza para centrarme de nuevo y volví a pisar a fondo a tiempo de ver cómo los tres motoristas enfundados en negro querían pisarme los talones.

Curiosamente, para ser Shadow City, la noche se presentaba abierta, libre de nubes, y la luna iluminaba la carretera con un misterioso tono azul. Las farolas encendidas se deformaban, creando estelas de luz a nuestro paso.

Enfilé la avenida principal de la ciudad y comencé a zigzaguear entre vehículos que pisaban el freno en cuanto nos veían cortar el viento al pasar por su lado.

Al ver que las motos cogían ventaja, giré bruscamente a la derecha y me metí en contradirección. Un latigazo de placer me recorrió la zona inguinal cuando Scarlett apretó los muslos y contoneó las caderas para recolocarse cómodamente sobre mí en cuanto retomamos la recta.

Maldije entre dientes cuando la erección parecía querer reventar la bragueta y siseé al sentir la molestia de los vaqueros sobre el glande abultado.

Scarlett pareció percatarse de mi incomodidad e hizo ademán de enderezarse, pero le sujeté la nuca para que se mantuviera en su sitio.

—Como mires, te desmayas —le dejé claro. En parte porque era verdad. En parte porque no quería que cambiara de postura.

—Me ha parecido oír que te quejabas. ¿Te han herido? —preguntó, acariciándome el cuello con su aliento templado.

—No me han herido, pero algo sí que me duele.

Era un indecente, lo sabía, pero con el peso de Scarlett sobre mí y el roce de los vaqueros, que empezaba a dejar de ser agradable, no me concentraba como correspondía en la huida.

Esquivaba coches como quien nadaba en un mar lleno de condones, con miedo de rozar alguno de ellos y con la velocidad de querer llegar a aguas limpias cuanto antes.

Cuando la cosa se puso fea por la cantidad de vehículos que me impedían el paso, me subí a la acera y, al ver cómo los transeúntes gritaban y saltaban hacia los lados, me reí.

Qué le íbamos a hacer, me hacían gracia ese tipo de actuaciones de la gente mundana.

Uno de los motoristas se mantuvo a la zaga y empezó a dispararnos. «Conque fardando de armas, ¿eh?».

Volví a incorporarme a la carretera, giré el volante, Cenizas se tumbó en el asiento y, tan rápido como me lo permitieron mis genes mutados, saqué la pistola que guardaba a la espalda, apunté a través de la inexistente puerta del lado del acompañante y le atravesé la visera al motorista de un balazo.

«Uno menos».

Pisé el freno para detener el derrape y aproveché el momento para continuar siendo el villano oscuro que nunca podría ocultar, el que era un asco de persona que no haría algo así si fuera decente.

Con la misma rapidez con la que disparé, agarré a Scarlett por las caderas haciendo uso del brazo con el que ya la tenía rodeada, deslicé la otra mano entre nosotros para desabrochar el pantalón que tanto me estaba jodiendo la entrepierna y volví a dejarla caer sobre mí.

Suspiré de puro gusto y aceleré de nuevo.

Sentí el calor húmedo que emanaba de su tanga hacia mis calzoncillos y gruñí al percibir lo bien que encajaba su cuerpo con el mío.

—¿Acabas de desabrocharte los pantalones?

—Sí, la presión contra la bragueta me estaba matando.

—Eres un cerdo —dijo, y me gané un puñetazo débil en el brazo.

—Ya te estoy salvando la vida. Con eso he superado mi límite de cosas buenas por hacer en un día, y me he ganado mi derecho al roce de consolación.

Volvió a darme un puñetazo, esta vez ejerciendo un poco más de fuerza. Así que decidí castigarla.

En el retrovisor se reflejó mi sonrisa lobuna, esa que se anticipaba a mis acciones.

Deslicé el brazo con el que rodeaba a Scarlett por su espalda hasta situar mi antebrazo en la curvatura baja de sus nalgas, agarré con fuerza la falda de su vestido, arrugándola en un puño que apreté para controlar el impulso de arrancarle el tanga, y alcé y bajé rápidamente el brazo.

Con el movimiento, la obligué a deslizarse a lo largo de mi erección. Apreté las caderas contra ella, para que sintiera lo que era suyo por derecho, y me estremecí cuando respondió a mi falso castigo con un leve gemido.

Aquello despertó todos mis demonios y me hizo bailar entre la realidad y la locura. Me decanté por perder la cabeza y repetí el movimiento. Y ella volvió a hacer ese sonidito, al que me enganché como un adicto en aquel preciso instante.

Por culpa del breve momento en que cerré los ojos para entregarme al ramalazo de placer que sentí, atropellé a un tío que, por lo visto, no tuvo tiempo de hacerse a un lado.

¿Quién no salía por patas si oía tiros y ruedas derrapando?

Pues él, ese tío, el que me dejó el parabrisas hecho una mierda.

Ahora tendría que apañármelas mirando a través de un vidrio lleno de telarañas.

Scarlett se sacudió, asustada por el escandaloso ruido producido por el tío temerario al que había atropellado, pero lejos de gritar o de querer mirar a ver qué había pasado, volvió a balancear las caderas, buscando ese roce que la hacía aferrarse fuerte a mi chupa y suspirar contra mi oído.

Deduje que la adrenalina le ponía tanto como a mí y decidí animarla a seguir moviéndose en mi regazo, repitiendo los ligeros empujones que le daba con el brazo con el que rodeaba sus caderas.

Como me sentía en un momento cumbre, quise que Cenizas también tuviera el suyo. Compañeros, ante todo.

Viré, dando media vuelta con las ruedas humeando, y volví a acelerar, deshaciendo el camino. Sin dejar de sentir el baile de Scarlett y su respiración agitada, encaré el vehículo hacia uno de los motoristas que venía disparándonos, ahora de frente.

Cuando ya lo teníamos casi encima, solté el volante, agarré a Cenizas por el collar y la sujeté con fuerza cuando esta se lanzó por el lado del acompañante, libre de puerta, a por el brazo armado del vampiro.

Le arrancó la extremidad con un desgarro brutal de dientes y el motorista acabó deslizándose bajo las ruedas de un autobús.

El corazón martilleaba tan fuerte en mi caja torácica que creí que iba a atravesarme los huesos.

Mi respiración ya no tenía ritmo y sonaba tan descompasada como la de Scarlett.

Mi pelirroja se había dejado llevar. Se rozaba con movimientos rápidos y cortos contra mi carne dura, y dejaba escapar pequeños gemidos entre los resuellos.

No sabía bien si lo hacía para distraerse de la muerte que nos rodeaba o porque realmente lo estaba gozando tanto como yo.

Oí cómo los coches que nos seguían desde el centro comercial se acercaban. También el inconfundible rugido de la moto que quedaba. Pero no retomé la huida; me entregué por completo a mi mahni.

Solté el volante y con esa mano le rodeé el cuello desde atrás. La imagen de hacer eso teniéndola de cara y debajo de mí impulsó mis ganas de arremeter contra ella con las caderas.

El traqueteo de los motores me indicó que ya estaban aquí.

Scarlett aceleró el ritmo y yo lo seguí por instinto. La agarré más fuerte, la apreté contra mí porque necesitaba sentirla hasta que no supiera si era su respiración o la mía la que reverberaba en mi pecho.

Cenizas ladraba a todo pulmón, y lo siguiente que oí fueron las ruedas chirriando para detenerse.

Nos estaban rodeando.

Pero los gemidos de Scarlett eran cada vez más fuertes, cada vez más seguidos. Mis gruñidos se transformaron en exclamaciones roncas y la humedad que traspasaba los tejidos de nuestras prendas interiores me volvió completamente loco.

—No deberíamos estar haciendo esto —murmuró mi pelirroja entre bocanadas de aire.

—Probablemente no. Pero, te lo ruego, nena... No pares ahora.

Otro sonido. Puertas abriéndose, seguros de armas de fuego desactivándose.

Iban a disparar.

—Hora de acabar con esto —le gruñí al oído. Busqué su entrada y encontré el punto en el que la fricción la llevó a temblar—. Córrete, nena.

Y lo hizo. Atrapó mi aro haciendo gancho con la lengua cuando gritó de placer, sin contención, sin querer disimular lo que acababa de ocurrir.

Y eso me llevó a mí también al clímax, de un modo tan intenso que no pude evitar inhalar su aroma a rosas, llevar mis colmillos a su trapecio y morder.

Por suerte, aún me quedaba una pizca de cordura y no llegué a traspasar la piel.

No me perdonaría abrirle una herida sabiendo lo que eso suponía para ella.

Un segundo después de exhalar el último aliento de gloria, oí el primer disparo.

Veloz como solo los helsings podíamos serlo, alcancé la metralleta que guardaba en la guantera de Eleanor.

—Cierra los ojos —le ordené a Scarlett, que todavía respiraba con dificultad.

La aparté un momento de mí y atrapé su cara entre las manos para llamar su atención por encima de los disparos.

—Necesito que hagas algo por mí, ¿vale, nena?

—Ella asintió con nerviosismo—. Bien, esto que te estoy poniendo en la mano es una metralleta.

—Noté cómo empezaba a sacudirse descontrolada.

El cristal de la ventanilla estalló en mil pedazos—.

No tienes que mirar, mahni. Solo necesito que vuelvas a colocarte como antes, escondiendo tu preciosa cara en mi hombro, que estires el brazo y aprietes el gatillo cuando yo te lo ordene. ¿Lo has entendido?

No respondió. Temblando como las hojas en otoño, acomodó la cabeza en el hueco entre mi cuello y el hombro y, tal y como le había dicho, estiró el brazo a un lado, sacando el arma por la ventanilla.

Los tiros resonaban en la carrocería de Eleanor, y decidí que ya era el momento de acabar con esa escena como un puñetero dios.

Tarareé la banda sonora de Terminator . Metí primera. Saqué la pistola de mi espalda. Presioné gradualmente el acelerador. Giré el volante y dejé que el vehículo empezara a derrapar dando vueltas sobre sí mismo.

—¡Cenizas, atrás! —Mi pequeña obedeció rauda y saltó a los asientos traseros, atestados de bolsas de compra—. Caperucita, ¡ahora!

Scarlett apretó el gatillo y yo disparé a su vez hacia el lado contrario, a través del hueco que había dejado la puerta del acompañante.

Aquello se convirtió en un baile de balas cruzadas, ruedas quemadas, humo tóxico, sangre y carne abierta.

Yo estaba eufórico. Perdí completamente la noción de la realidad y recuerdo reír, disparar y acelerar hasta que me dolieron los abdominales y me quedé sin balas.

Detuve el coche y esperé a que la humareda se disipara. Allí no quedaba vampiro con vida. Conté nueve cuerpos agujereados como quesos gruyer, abrasándose lentamente por donde las balas de plata se habían abierto paso.

Scarlett dejó de disparar y un silencio vacío se coló entre nosotros.

Poco a poco, mi mahni se incorporó sobre mí. Un surco se me formó entre las cejas cuando automáticamente se llevó una mano al hombro derecho.

Se me aceleró el pulso cuando vi sangre manar de entre sus dedos y, esta vez, no reaccioné lo suficientemente rápido. Scarlett abrió los ojos y, tal como lo hizo, se desmayó.