Eclipse en Shadow City 14. Chispazos y corrientes eléctricas
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14. Chispazos y corrientes eléctricas

Chispazos y corrientes eléctricas

Dejé que todo lo dicho en aquel salón desconocido resbalara con el agua y se me metiera por los poros.

Era curioso cómo en ocasiones yo misma actuaba de una forma que no encajaba conmigo.

Tiempo atrás jamás habría creído que me desnudaría en el baño de un hombre al que apenas acababa de poner nombre, que no me sentiría incómoda mientras me metía en modo zombi en su ducha y que me quedaría completamente quieta bajo la alcachofa durante más de una hora.

No busqué gel, tampoco me preocupé por cómo se estaban empapando las vendas de mis pies. Simplemente me quedé inmóvil bajo el agua templada, mirando un punto fijo en la pared.

Poco a poco, mi cerebro empezó a despertar.

Tuve la misma sensación que cuando dejas atrapado el brazo entre tu cuerpo y el sofá y, al levantarte, este te hormiguea al permitir que la circulación vuelva a activarse en la extremidad.

No sentí cosquilleos en la cabeza, pero sí fui consciente de cómo espabilaba.

Me repetí lo que Xander había dicho y me quedé con los puntos que consideré relevantes.

Uno: por cómo se habían expuesto los hechos en aquel salón, el lobo tenía que ser una especie de agente o espía y estaba siguiendo a Ryan.

Ese debía de ser el motivo por el que nuestros caminos se habían cruzado.

Dos: los vampiros existían. Tres: estaba en su punto de mira.

Cuatro: el muy hijo de perra de mi ex pretendía sacrificarme.

Lo intentó en la fiesta, permitió que me drogaran y quería ofrecerme en bandeja y, encima, luego volvió a intentarlo viniéndome a buscar a mi propia casa.

Decidí que el punto número cuatro era el mejor. Porque avivaba una parte en mí que no tenía ni idea de que existía. No pensé solo en sobrevivir. Es que quería sobrevivir para vengarme del cabronazo y enterrarle el tacón de aguja en un ojo después de restregarle que nunca consiguió lo que quiso.

Esa sería, a partir de ese momento, mi mayor motivación.

Por supuesto, consideré la opción de que Xander y su compañero fueran unos psicópatas chiflados que creían en cosas inexistentes y que se obsesionaban con temas raros.

Pero, a pesar de que a mi lobo lo rodeaba un aura de peligro casi visible, sentí que no querer estimar como veraces sus palabras era algo forzado por mi parte.

Que intentaba convencerme a base de empujones de que todo aquello era mentira y una locura.

Porque, en cuanto mencionó lo de los vampiros, lo creí.

No lo dudé hasta que quise dudarlo.

Además, tenía el vago recuerdo de que Ryan también los mencionó en la fiesta. Me resultaba imposible localizar el momento exacto en que lo hizo, pero sabía que sí me había hablado de ellos. ¿Fue antes de encerrarme en el lavabo?

Inspiré hondo. Sí, ahora podía ahogarme en la sensación de que nada de lo que conocía y había vivido era real.

Resultaba todo tan descabellado... Ya de por sí sospechaba que había mucho más mal oculto entre las sombras de lo que suponíamos.

Había oído hablar de la deep web , de las mafias y sus pirámides, las redes de secuestro y extorsión y, de verdad, ya imaginaba que conocía muy poco del infierno. Pero... ¿vampiros?

Lo más inquietante de todo ello era que, en lugar de escalofríos, la situación removía mariposas en mi estómago. Similar a cuando te enamoras.

Supe que se debía al hecho de asumir que mi vida pendía de un hilo. Mi cara estaba en un cartel de búsqueda y captura para asesinos. Y eso me hizo desear sentirme viva.

Sí, sentirme viva. No recordaba la última vez que experimenté realmente la vida. Hasta que esas mariposas negras no bailaron en mi barriga, no entendí la diferencia entre estar de paso o dar los pasos.

Y yo quería darlos subida a unos buenos tacones rojos. Pisando fuerte y dejando huella.

«Yo puedo con esto. Yo puedo con todo».

El sonido de la puerta al abrirse me sacó de mis cavilaciones. Instintivamente, me cubrí los pechos con los brazos y observé en silencio los movimientos de la alta figura tras la semitransparencia de la mampara. Al cabo de un par de minutos, volvió a salir del baño.

Cerré el paso del agua y me asomé, abriendo un poco la puerta acristalada. Xander había dejado sobre el mueble del baño una toalla blanca bien doblada, unos calzoncillos bóxer limpios, gasas y un par de calcetines gruesos.

Sonreí.

—Pues yo creo que Johnny tiene razón —le comenté a Xander mientras aparcaba el indiscreto vehículo.

—¿Ahora te pones de su parte?

—Es que mírame... No quiero ni moverme por si un pelito mal depilado en las piernas roza la tapicería. Es incómodo e innecesariamente caro. Sí, en esto estoy de su parte.

Cenizas gruñó, encajonada en la parte de atrás, sumándose a mi razonamiento.

—No tenéis ni idea...

—Lo único bueno que le veo al coche es que me deja claro que manejas pasta y, ya que por ahora no voy a poder volver a mi casa y mi bolso desapareció..., será un honor aceptar tu tarjeta de crédito para abastecerme.

—Tienes un morro que te lo pisas, nena —canturreó al tiempo que, para mi sorpresa, me tendía su tarjeta de crédito—. Todavía no me has presentado a tus padres y ya me estás sangrando...

—Gracias. —Le arranqué la tarjeta de entre los dedos a toda prisa, no fuera a ser que se lo replanteara, y me la guardé en el escote—. Y todavía no te he sangrado... —Lo miré con malicia—. Deja que pasen un par de horas, que no vas a poder coger la tarjeta sin quemarte.

En cuanto detuvo el motor, bajé del coche y me tragué la vergüenza de ir vestida con ropa de tío, como si me hubieran arrancado la mía en una noche de desenfreno sexual.

Si hubiera sido el caso, al menos podría pasearme de esta guisa con cierto orgullo.

Pero, como no lo era, caminar por el centro comercial en calcetines hizo que deseara cubrirme la cabeza con una bolsa del McDonald’s para eliminar toda posibilidad de reconocimiento facial por parte de algún conocido.

—¿Quieres que te acompañe?

La pregunta de Xander me desconcertó. Di por hecho que no me dejaría sola ni en los probadores, pero que ahora me diera la oportunidad de tener ese momento para mí... No supe cómo tomármelo.

—¿De verdad me dejarías ir sola?

Asintió y me alargó un minúsculo aparato gris.

—Déjate esto puesto en la oreja. Es un intercomunicador; con él podré escuchar todo lo que haces y, si necesitas ayuda, solo tendrás que decírmelo. Además, lleva incorporado un chip de seguimiento.

Se acercó a una velocidad sorprendente. En un pestañeo lo tuve tan cerca que pude notar el calor que emanaba de su cuerpo.

Xander me apartó las ondas rojizas del hombro con una delicadeza contenida, casi cruel.

Fue la primera vez que me estremecí bajo su contacto.

Dibujó con los dedos ásperos la curvatura de mi oreja, pellizcó con suavidad el lóbulo y posicionó el intercomunicador de un modo pausado, tomándose su tiempo en hacerlo.

No se apartó cuando terminó. Capturó mi pendiente en forma de luna entre las yemas y se mantuvo en esa posición.

Observé quieta, como un animal que sabe que está a punto de ser cazado, cómo sus ojos turquesas seguían el contorno de mi mandíbula, se demoraban en mis labios entreabiertos, a través de los cuales dejé escapar un suspiro, y se detuvieron en mis pupilas.

Entonces, ocurrió algo extraño. En sus ojos bailaron unos rayos plateados, vetas eléctricas que cruzaron sus claros iris al mismo tiempo que una corriente intensa latigueó en mi antebrazo, justo a la altura de la quemadura que me hice la primera vez que nos vimos.

Pequeñas descargas corretearon por mis venas en sentido ascendente hasta detenerse en el centro del pecho, se desvanecieron y, un segundo después, mi corazón se disparó como si miles de fuegos artificiales explotasen en él.

Movida por algo que no comprendía, coloqué los dedos de mis pies sobre sus botas y me puse de puntillas, apoyándome en su pecho. Él no se movió. Solo parecía que se esforzaba por respirar. También a mí me costaba.

El olor a humo y a menta danzó en la punta de mi nariz y me embriagó de un modo agradable.

Levanté la barbilla y mis labios rozaron la suya.

No supe por qué esperaba que estuviera rasposa, que notaría el asomo del vello duro de su barba afeitada.

Pero no, estaba suave, como si se hubiera acicalado aquella misma mañana.

Quise sacar la lengua y averiguar si podía encontrar el sabor de su piel bajo la loción.

Pero entonces él inclinó la cabeza de tal modo que sus labios hubieran encajado perfectamente en los míos. Y eso fue lo que me sacó de aquella especie de hipnosis.

Pestañeé al percatarme de que volvía a recuperar el control de mis latidos y de que había estado a punto de besar a un completo extraño.

Él debió de darse cuenta de mi cambio de actitud, pues me ofreció una de sus sonrisas torcidas, le dio un toque a mi pendiente de luna y me ayudó a bajar de sus pies como si se estuviera quitando a una niña pequeña de encima.

—Recuerda —dijo, rompiendo el silencio—, si me necesitas, solo di mi nombre e iré por ti.

—¿Tengo que decirlo tres veces en voz alta y aparecerás a mi lado, o con una será suficiente? —me burlé.

El lobo ensanchó su sonrisa y abatió el asiento del conductor para dejar salir a Cenizas, que parecía excesivamente feliz por poder estirar las patas en condiciones.

—Anda, ve, antes de que me arrepienta de haberte dado la tarjeta.

Apenas había terminado la frase cuando yo ya estaba entrando al centro comercial.

Me tomé mi tiempo. Sentía que, con todo lo que había pasado desde la última vez que me emborraché con Claudia, merecía una tarde de compras sin remordimientos y gozando cada segundo.

Xander se mantuvo en silencio todo el tiempo, tanto era así que, a veces, se me olvidaba que tenía el intercomunicador puesto.

Pero, de vez en cuando, lo oía respirar y sabía cuándo estaba fumando por el sonido que hacía al expulsar el humo.

Cadencias casi imperceptibles que me proporcionaban paz y seguridad.

No escatimé en gastos. Tenía la sospecha de que nada de eso lo costeaba Xander, así que me hice con lo que sentía necesario. Para mi supervivencia, para mi estilo y para mi simple satisfacción.

Compré calzado —todo stilettos de infarto, excepto las zapatillas de deporte que me puse porque aún me dolían las heridas de los pies—, cremas, perfume, enseres de higiene, sábanas, todos los libros sobre vampiros que encontré, ropa —mucha—, lacas de uñas, una plancha para el pelo, ropa interior, accesorios indispensables para completar los outfits y artilugios varios para poder defenderme de los demonios que me perseguían.

Estaba saliendo de una de las tantas tiendas, arrastrando no sabía cuántas bolsas, ataviada con un vestido negro con topos blancos cuya falda de vuelo terminaba a medio muslo y las deportivas puestas, cuando Xander me asaltó por la espalda y me cubrió la boca para amortiguar el grito que pegué.

—Tenemos que irnos ya, Caperucita —me susurró al oído.

—¿Qué pasa? —pregunté con un hilo de voz. De repente sentí todo el peso del miedo en la garganta—. ¿Están aquí?

Asintió sobre mi hombro.

—He visto a un par de sanguijuelas merodeando por el parking. No estoy seguro de que vengan a por ti, pero es mejor que nos vayamos ya.

No sabría explicar por qué hice lo siguiente, pero antes de que volviera a erguirse, me giré, lo agarré de la camiseta y con voz trémula le rogué:

—No dejes que me lleven con ellos.

Era posible que mis ojos expresaran mi miedo a morir, porque sin apartar la vista de ellos, el lobo elevó una de las comisuras y me contestó:

—Nena, tú y Cenizas sois lo único por lo que lucharía hasta el final.

Y en eso, también lo creí.

Tenía muchas preguntas en la lengua, a la espera de ser disparadas. Necesitaba respuestas a todas y cada una de ellas, pero tendrían que esperar, pues Xander recogió todas las bolsas y me obligó a correr hacia el coche.

Cenizas nos esperaba frente al vehículo con una postura visiblemente amenazadora, con sus cuartos traseros rígidos y los pliegues en los laterales del hocico retraídos.

Veloz como su amo, de un salto pasó a la parte de atrás en cuanto Xander abrió la puerta del conductor, con tanta agilidad que no hizo falta ni que moviera el asiento delantero.

Sin detenernos, nos situamos frente al maletero de su querida Eleanor y empezamos a maldecir al compás al ver que no cabían más de dos de mis paquetes en ese hueco inútil.

Aproveché que Xander comenzó a apilar mis compras en los asientos de atrás, ignorando las quejas de la pobre rottweiler, atrapada entre cajas de cartón y bolsas de papel, para sacar un par de cosas y equiparme como era debido.

Tomé asiento, Xander entró en el vehículo a los pocos segundos, me miró y... el cretino estalló en una de esas risas a mandíbula batiente. Hasta las lágrimas vi que se le saltaron.

Me sentí tan ridícula que, cabreada con él, conmigo y con el mundo cinematográfico, me quité bruscamente la ristra de ajos que me había colgado del cuello y lancé el crucifijo por la ventanilla.

—Ya puedes dejar de reírte, imbécil —le gruñí con los brazos cruzados. Era incapaz de mirarlo a la cara. Sentía las mejillas calientes, ruborizadas en extremo por la humillación y la rabia.

—Lo único que funciona contra un vampiro, aparte de cortarles la cabeza o arrancarles el corazón, es la plata.

—Su risa fue menguando poco a poco, entre inspiraciones cortas y movimientos de cabeza.

Estuve a punto de sonreír, pero mi terquedad consiguió mantener la línea de mis labios recta—.

Ah, bueno, y la luz del sol, por supuesto.

Arrancó el motor.

Iba a preguntar si el agua bendita también funcionaba, pero un estruendo metálico a mi derecha, seguido de unos ladridos ensordecedores, me lo impidió.

Todo ocurrió muy deprisa. La puerta del acompañante salió volando por los aires, dejándome completamente expuesta a un motorista con casco negro que estiró sus garras enguantadas hacia mí.

Jamás había gritado tan fuerte en mi vida. Mi instinto de supervivencia me dio un extra de agilidad y salté al lado del conductor sin pensarlo, quedando a horcajadas sobre Xander, justo antes de que él pisara el acelerador a fondo.