13. Xander. Cambio de planes en la colmena
Xander Cambio de planes en la colmena
Me había ganado su nombre.
Así lo sentí, como una victoria.
No volvimos a intercambiar palabra y, desde ese instante, el silencio reinó en la habitación. Incluso parecía que Cenizas disfrutaba del momento tranquilo. Porque algo cambió en el aire; la incomodidad que impregnaba el oxígeno había dado paso a una sensación de paz a la que no estaba acostumbrado.
Inesperadamente, me gustó.
Estaba terminando de vendar los pies de mi mahni cuando Cenizas saltó de la cama y ella volvió a incorporarse.
Rápido, me deshice de las pinzas, los algodones, las gasas y el paño con el que la había limpiado para que no viera la sangre.
Lo dejé todo de mala manera sobre el lavamanos y cerré la puerta tras de mí cuando volví a la habitación.
Y allí seguía ella, sentada, acariciando el lomo de mi pequeña.
—Gracias —me dijo. Y sentí que sus ojos verdes me atravesaban hasta el tuétano.
—No hay de qué —contesté y, como ser un capullo es lo más destacado en mi fabulosa personalidad, añadí—: ya me lo pagarás.
Volví a sonreírle de medio lado, sabía que era un gesto que la irritaba, pero que también la volvía loca.
—¿Y cómo se supone que voy a hacerlo? No me dejas volver a mi casa, listillo, así que no tengo nada con que pagarte.
Las comisuras de mis labios se ensancharon y pude ver cómo ella ya sabía por dónde iba a tirar antes incluso de que comenzara a hablar.
—Ahora mismo, te follaría encantado.
Dejó caer la mandíbula y diría que incluso Cenizas me miró mal.
—No puedo creer que hayas tenido el descaro de decirme eso.
—¿Qué? Es un cumplido. —¿Qué mujer no estaría feliz de que quisiera tirármela? De desagradecidos estaba lleno el mundo.
Scarlett fue a ponerse en pie y salí disparado hacia ella.
—No te levantes —le dije, pero empezaba a descubrir que era una mujer terca, y lo hizo igualmente.
Como era de esperar, en cuanto apoyó el peso en los pies, hizo un gesto de dolor y flaqueó. Llegué a tiempo para sujetarla por la cintura de avispa que tenía, pero ella reaccionó dándome un manotazo para apartarme y plantar las palmas de las manos sobre la cama.
—Ni se te ocurra tocarme después de soltar semejante burrada.
—¿Qué he hecho ahora? —Lo sabía perfectamente, pero me encantaba provocar, y a veces no sabía cuándo parar.
Cenizas me gruñó, se puso al lado de Scarlett y dejó que ella utilizara su lomo como apoyo. Las dos, con cara de pocos amigos, comenzaron a avanzar despacio hacia la puerta.
—¿Que qué has hecho? Acabas de insinuarme que te pague con sexo. Básicamente, me has llamado pu...
—Aquí no se dicen palabrotas —la interrumpí, provocando que mi mahni profiriera un sonido frustrado de lo más gracioso.
La adelanté y le abrí la puerta—. Y te equivocas.
Yo solo te he expresado el deseo que despiertas en mí —dije con voz inocente—; tú has sido la que ha malinterpretado mis palabras.
Pude atisbar cómo ponía los ojos en blanco antes de que cruzara al pasillo.
—Sí..., lo que tú digas.
—¿Ves? Así me gusta, que sepas quién tiene siempre la razón y el poder en esta casa.
La seguí, entrelazando los dedos detrás de la cabeza y apoyando esta en las palmas, dejando los codos abiertos a los lados. No creía que fuera la mejor manera de conquistar a mi mahni, pero sentía que merecía la pena solo por ver cómo su personalidad crecía y se hacía notable conforme la enfadaba.
—Oh, tú no tienes límite con tus tonterías. ¿Alguna vez te escuchas? Y, perdona que te diga esto y te devuelva a la realidad, pero eres un necio si crees que tienes algún tipo de poder sobre mí.
—Tú deja que alguna noche te lo demuestre.
Me tuve que reír cuando ambas, Cenizas y Scarlett, se volvieron a la vez para enseñarme los dientes. Al final, acabarían siendo mejores amigas.
—Voy a ignorar el comentario porque me estoy muriendo de sed y necesito que me digas dónde está la cocina para coger un vaso de agua.
La adelanté y, cogiéndola del codo, la insté a entrar en el salón. No quería que llegara a la cocina, de momento, y empezara a hacer preguntas con respecto a la nevera que no podría abrir y la otra donde guardaba los viales que me ayudaban a recuperarme de las heridas.
Johnny estaba en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas y el mando de la consola entre las manos. En los cristales de sus gafas se reflejaba el videojuego en el que estaba tan enfrascado que ni se enteró de que venía acompañado.
Ayudé a Scarlett a que tomara asiento en una de las sillas que rodeaban la mesa de la zona comedor, ignorando su «no me trates como a una anciana de noventa años».
Fue entonces cuando Johnny pausó el juego y nos miró con los ojos entornados.
Primero a uno, luego al otro, después a Cenizas, que parecía que se había propuesto ser la guardiana de mi mahni, pues no se despegaba de su lado.
—Johnny —me adelanté a cualquier comentario que pudiera hacer mi colega relacionado con la responsabilidad—, ella es Scarlett.
Nena, te presento a Johnny, mi segunda mascota.
—Tras considerar que ya había cumplido con las debidas presentaciones, señalé al hacker con toda la intención de intimidarlo y después, con ese mismo dedo, la marca del eclipse en la palma de mi mano—.
Ni se te ocurra decir una sola palabra que pueda darme ganas de darte tal colleja que tus gafas saldrían volando, ¿estamos?
—Hice una pausa teatral para que el mensaje calara—. Ahora vuelvo.
Fui a la cocina a por ese vaso de agua que quería mi pelirroja y se lo llevé lo más rápido posible.
Las prisas no se debieron a que estaba deseando complacerla (que sí, pero de otra forma). Se debieron a que algo parecido a la ansiedad empezó a carcomerme nada más dejar a Scarlett sola con otro hombre.
Era absurdo, pero nada más alejarme y cruzar la puerta del salón, miles de ideas ridículas vinieron a mi cabeza.
¿Y si había cruce de miradas? Llegué a la cocina.
¿Y si Johnny se pasaba de simpático? Cogí el vaso.
¿Y si ella se sentía atraída? Lo llené de agua.
¿Y si él se levantaba para saludar y tocaba lo que era mío?
Hice rodar el cuello hasta hacerlo crujir.
¿Y si cuando volviera le reventaba el vaso en la cabeza por no respetar lo de los demás?
Antes de regresar al salón, me detuve. Respiré hondo varias veces porque sabía que ninguna de esas ideas tenía fundamento.
Estaba seguro de que era culpa de esa parte salvaje de mí, ese instinto de dominio y posesión que se activaba por culpa del eclipse.
Tuve que tomarme unos minutos para convencer a mi cuerpo de que el hombre que había al otro lado no era una amenaza, que no debía partirle el cráneo en dos y triturarle los sesos.
«Es amigo, y a los amigos no se les hace eso».
Aunque conseguí controlar mi impulso de marcar territorio y reclamar a mi hembra, sí que entré con cierta tensión y ganas de jaleo.
—Bien, aprovechando que estamos todos juntitos, te diré, querido colega, que tienes suerte de que no te arranque esas bolas que te cuelgan en los calzoncillos y me ponga a jugar a las canicas con ellas, por no servir para una mierda.
Le ofrecí el vaso de agua a Scarlett, que parecía curiosa por saber cómo se desarrollaría esa nueva escena frente a su campo de visión. No intervino, se limitó a beber a sorbitos de pajarillo mientras alternaba la mirada entre Johnny y yo.
Mi compañero, en cambio, parecía bastante desubicado. Así que, haciendo un gesto hacia mi pelirroja, añadí:
—Se escapó delante de tus narices y ni te enteraste.
—¿De dónde dices que se escapó? —Se rascó la cabeza.
—De aquí, del piso.
Se me quedó mirando del mismo modo que un niño a un orangután rascarse el culo en el zoo.
—Ni siquiera sabía que estaba aquí.
Me quedé pensativo unos segundos, rumiando. El chico tenía razón, no lo sabía. Haciendo memoria, cuando la traje de esa fiesta, era cierto que fui directo a mi habitación con ella sobre el hombro y jamás informé a Johnny del tema.
Como no supe qué hacer a continuación, porque mi motivo para meter leña se había disuelto con demasiada rapidez, me senté a los pies de Scarlett y dejé que Cenizas apoyara la cabeza en mi hombro.
—¿Te cuento lo que he hecho esta mañana? —propuse de sopetón.
Johnny se ajustó las gafas sobre el tabique y carraspeó con nerviosismo.
—No sé si quiero saberlo.
—Sí. Quieres.
Eché la cabeza hacia atrás, descansé la nuca sobre las rodillas de Scarlett y la miré. Hasta del revés me parecía preciosa.
—Nena, estás a punto de oír cosas que probablemente no entenderás, otras que te parecerán una locura y, con otras, estoy seguro de que vas a alucinar en colores.
—Sonreí de medio lado—. Tengo muchas ganas de llegar a esa última parte.
Pero, por absurdo que te parezca todo, necesito que tengas la mente abierta y trates de entender y analizar toda la información que vas a recibir ahora, sin interrumpir, ¿de acuerdo?
Ella me miraba con los ojos más abiertos de lo habitual, y supe que, detrás de esos iris primaverales, su cabecita estaba tratando de adivinar el tema que íbamos a abordar. Casi me eché a reír. Pensara lo que pensase, no iba a acercarse ni un poquito a la realidad.
Asintió y volvió a dar un sorbo al agua, expectante.
—Genial. —Me levanté del suelo, situé otra de las sillas del comedor frente a Scarlett y Johnny y me senté en ella abriéndome de piernas, con el respaldo delante de mí para recostar los antebrazos.
—Esta mañana, nuestro querido Ryan me ha llevado hasta una nave abandonada, al sur de la ciudad y, al fin, nos ha dado algo interesante.
—¿Ryan? —preguntó Scarlett. Se había inclinado hacia delante con el vaso entre las manos.
—Sin interrupciones, nena —le recordé—. Después, podrás hacer todas las preguntas que quieras y las responderé encantado.
Pensé que me iba a morder, que me lanzaría algún dardo verbal, pero no. Mantuvo una expresión seria y analítica, ansiosa por saber.
—¿Qué descubriste? —Fue Johnny quien habló.