Eclipse en Shadow City 12. Encantada de conocerlo, lobo
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12. Encantada de conocerlo, lobo

Encantada de conocerlo, lobo

Me quedé contemplando la calle por la que había desaparecido Ryan sin dar crédito a lo que acababa de suceder.

—No me lo puedo creer... —murmuré.

—No, ¿verdad? —El chico del tupé accionó alguna especie de palanca y me quedé perpleja al ver cómo la ballesta se transformaba en una pistola al uso—. Ya cuando salió por patas del Golden Sword me pareció ver que corría como una gallina con un palo metido por el culo. Ahora acabo de corroborarlo.

Me crucé de brazos y miré al lobo con el ceño fruncido mientras este volvía a guardar el arma, metiéndola por la cinturilla del vaquero negro.

—¡Así que me dejó tirada porque lo amenazaste!

—No, nena, te dejó tirada porque no te merece.

No encontré palabras para responder a eso.

—¿Cómo has escapado? —Lo preguntó como si no le diera importancia, como si en lugar de eso hubiera dicho «¿cómo te ha ido el día?».

—Por la ventana.

No iba a mentirle. Estaba segura de que lo descubriría de todos modos. Elevó una ceja y se acomodó la chupa, dejando el cuello alzado.

—Has salido por la ventana y luego has venido hasta aquí corriendo, en calzoncillos y... ¿descalza?

—Es justo lo que he hecho, sí. ¿Por qué me miras así los pies?

Fue decirlo y sentirlos. Las plantas me escocían y, de pronto, apoyar mi peso en ellos se me hizo bastante doloroso.

Bajé la cabeza para echar un vistazo al estado de mis pobres y maltratados pies, pero los dedos fuertes del lobo me sujetaron la barbilla y me obligaron a mirar a mi secuestrador a los ojos.

¿Cómo era posible que existiera el color turquesa en los iris de una persona? Esas tonalidades tan hipnóticas deberían estar prohibidas. Son colores venenosos. Alertan de un peligro irresistible.

—Mejor no mires —dijo con esa voz ronca que arañaba mis sentidos.

Podría haberme deshecho del agarre con un simple movimiento de cabeza. No lo hice.

—¿Por? —Me sentí indefensa cuando mi pregunta lo hizo sonreír.

—No quiero que vuelvas a vomitarme encima.

No recordaba haberlo hecho, pero sabía a qué se refería, y eso explicaba el hedor del vestido de fiesta. La sola idea hizo que mis latidos se dispararan al momento y mi respiración se volviera errática.

—Ay, por favor, no —empecé a decir mientras mis ojos buscaban anclarse en los suyos para no sucumbir al pánico—. No. No, por favor, no. Dime que no hay sangre.

Apretó los labios en una mueca que consiguió disparar mi ansiedad.

Sentí el momento exacto en el que mi estómago subía y se hacía una bola a la altura del ombligo. Empecé a agacharme para abrazarme la barriga, pues esa sensación era tremendamente desagradable y solo así parecía aliviarse.

De nuevo, el lobo me lo impidió.

Como si contara con una confianza que no existía entre nosotros, pasó un brazo por detrás de mis rodillas, el otro por mi espalda y me cogió cual princesa de cuento. Irónico, el príncipe había salido corriendo y era el villano el que me prestaba ayuda.

—No tienes sangre —me mintió—, pero están realmente asquerosos y seguro que apestan. Mejor ni mirarlos.

Me acogí a esas palabras como si mi vida dependiera de ello. Decidí tragarme esa mentira, saborearla y repetírmela en bucle hasta convencer a mi cabeza de que eran ciertas.

Tan concentrada estaba, con los ojos apretados para aferrarme a esa trola infantil, que tardé en darme cuenta de que mi acosador estaba caminando conmigo en brazos.

—¿Pensando en secuestrarme otra vez?

No forcejeé. Solo tenía que sumar dos más dos para darme cuenta de que ese tiarrón no me soltaría y, en caso de conseguir zafarme, no llegaría muy lejos.

Malgastar fuerzas para acabar todavía más agotada, con más dolor de pies y más frustrada con la vida, me parecía algo del todo innecesario.

—Le estoy cogiendo el gusto. —La frase retumbó en mi cabeza a través de la vibración de su pecho, en el que estaba apoyada—. Puede que se convierta en mi nuevo hobby. Por favor, intenta huir de mí otra vez, así será más divertido.

—La verdad es que no me apetece jugar contigo. —Cerré de nuevo los ojos y continué con la sien pegada a su camiseta. Inhalé. Olía realmente bien—. Lo que quiero es volver a mi casa.

—Eso no va a ser posible, Red.

Red. ¿Por qué le había dicho que me llamaba así? Un color... Habiendo nombres atractivos como Kate o Natalie, se me tuvo que ocurrir darle justamente ese, el que me puso una cría que tenía tres años por aquel entonces.

—Suponía que dirías eso, pero debía intentarlo.

No me soltó ni siquiera cuando entramos en su piso. Nada más abrir la puerta, el rottweiler nos dio la bienvenida saltando sobre nosotros como loco. Alargué la mano para acariciarlo y permití que les pegara algunos lametazos felices a mis dedos.

—Yo no puedo decir que me alegre de volver a verte, amiguito.

—Es hembra —me corrigió su dueño—. Se llama Cenizas.

—Oh. —Me sentí mal por la confusión. Como cuando ves a un bebé recién nacido y va vestido de color amarillo o tonos neutros; lo mejor en esos casos es decantarse por algo genérico como «es una monada» o «qué preciosidad»—.

Perdóname, Cenizas. No sé cómo he podido pasar por alto tus andares elegantes y femeninos.

Mi secuestrador resopló, gritó «¡Ya estoy aquí, Johnny!», por lo que supuse que habría alguien más en el piso, y continuó avanzando por un pasillo con el animal pisándole los talones.

Abrió una puerta lacada en blanco y gruñí al reconocer la misma habitación en la que me había despertado un par de horas antes. Valiente estúpido circuito el que hice en una sola mañana.

—¿Qué gruñes? ¿No te gusta mi dormitorio? —preguntó con sorna.

—Es frío. Le falta decoración y personalidad y, aunque la cama está bastante bien, no es nada acogedora.

Me sentó sobre el colchón, con cuidado y sin dejarme caer. Ese detalle, por absurdo que pareciera, me llamó la atención.

—A ver, se supone que te estoy secuestrando, ¿no?

—Hizo una «O» con los labios, dejando escapar un par de silbidos cortos.

Cenizas respondió al sonido ipso facto , obediente.

Se sentó a mis pies y clavó sus ojos redondos en mí.

La perfecta guardiana, aunque su rabo delataba que no sería capaz de hacerme daño y que mi compañía le agradaba—.

Da gracias porque no te encierro en un sótano mugriento sin ventanas por las que escapar y, lo peor de todo, sin baño.

El chico se quitó la chupa de cuero y la colgó en su debida percha dentro del maravilloso armario que ya me habría gustado tener a mí.

Después, recogió del suelo el vestido rojo que me había quitado antes de huir, se lo acercó a la nariz y aspiró con fuerza.

Torcí los morros porque me parecía algo totalmente depravado —al menos, no eran mis bragas—, pero al mismo tiempo me ruboricé al contemplar cómo lo hacía, cómo cerraba los ojos al absorber mi olor.

Luego me entró la incomodidad de reconocer que había bailado con él puesto y tenía manchas de la emesis que sabía de buena mano que no olían bien.

Giré la cara porque, si él hacía algún mal gesto, yo no quería verlo.

Volví a mirar en su dirección cuando oí el sonido de una puerta al abrirse. Mi secuestrador se metió en lo que parecía un cuarto de baño privado, cosa que me sorprendió porque no me había fijado cuando había estado allí antes, y volvió a aparecer con una caja de zapatos en las manos.

Ni rastro de mi vestido.

—Veo que me has hecho caso y no te has mirado los pies. —Me dedicó una sonrisa torcida que me mostró un canino demasiado afilado, o eso me pareció—. Buena chica, así me gusta.

Me subió el calor a las mejillas. No estaba acostumbrada a que me hablaran de esa manera y me soltaran el tipo de frase que me haría suspirar si se lo dijeran a la protagonista de uno de mis libros. A ella. No a mí.

—De buena chica, nada —le contesté un poco brusca.

Me sentía incómoda. Estaba en casa de un tío al que no conocía, sentada sobre su cama, con su ropa puesta, y luego me avergonzaba y me enfadaba por igual que me tratara con esas confianzas.

¿Qué era eso de oler mi ropa, llamarme «nena» y decirme «buena chica»?

Lo peor era que me enfadaba más el hecho de no estar supercabreada por esa situación surrealista.

—Ahora quiero que te tumbes. —Lo atravesé con los ojos.

—Ni de coña.

—Vamos, ya sabes que mi cama es cómoda —dijo, y el guiño travieso que me dedicó encendió mi chispa rebelde.

—Mira. No te conozco de nada. Es más, lo poco que sé de ti es que vas con armas por la vida, que me has apuntado a la cabeza, que me quemaste el brazo, que me echaste la culpa de que te destrocé, a saber cómo, la vida, que desde entonces me persigues como un acosador de campeonato y que me has secuestrado dos veces.

También sospecho que me drogaste en la fiesta, ¿y pretendes que baje la guardia y me tumbe en tu cama? Estás loco.

Pasó de mirarme a mí a mirar a la rottweiler y asintió para sí antes de volver a posar sus ojos en los míos.

—Yo no te drogué, fue el camarero. —Arqueé las cejas sorprendida.

Jamás habría pensado en el camarero—. Y por lo demás...

Pues tienes razón, no hemos empezado con buen pie, precisamente.

Aunque —volvió a sonreír con picardía. Empecé a pensar que ser canalla formaba parte de su alma— reconoce que hemos tenido un inicio intenso.

Ahora que lo has resumido, nuestra historia me gusta.

Suspiré. Ese chico era un caso perdido.

Entonces se movió y yo puse los ojos como platos y mi corazón empezó a galopar como un caballo salvaje.

—¿Qué haces? —le pregunté, supuse que roja como un tomate. ¿Por qué me pasaban a mí esas cosas?

Él se arrodilló a mis pies y, con una delicadeza inesperada, sujetó uno de mis tobillos y apoyó mi talón descalzo sobre su rodilla.

Me miró con una ceja alzada, como si no entendiera la pregunta.

—Voy a limpiar y a curar esta desgracia que te has hecho en los pies.

Tiré de la pierna hacia mí, pero él atrapó mi tobillo, obligándome a mantener el talón donde lo había puesto.

—¡¿Qué dices?! Me muero de vergüenza; deben de dar asco.

—Tranquila, lo soportaré —dijo, y me gustó la risa ronca y áspera que salió de su garganta—. Ahora, por favor, mi damisela, Caperucita, princesa o lo que quieras ser, échate sobre el colchón. Es posible que escueza porque tienes... —Vi cómo dudaba— cosas clavadas y voy a tener que... tirar y...

Entendí lo que estaba haciendo. Trataba de no darme detalles para que no me mareara.

No supe por qué lo hizo, pero algo parecido al sosiego se instaló en mi pecho; decidí confiar y me dejé caer de espaldas sobre la cama.

Oí cómo suspiraba de alivio por no tener que continuar convenciéndome y curó mis heridas.

El primer tirón me hizo tragar saliva y cerrar los ojos.

Mi mente me llevó a imaginar unas pinzas sacando un trozo de cristal y una herida de la que empezaba a manar sangre.

Luego una aguja e hilo atravesando la carne abierta.

Traté de desechar la imagen, pero cada aguijonazo que sentía en la planta del pie me llevaba a evocar escenarios escabrosos.

Empecé a sudar y a sentir el peso de la bola que me subía del estómago. Estuve a nada de retorcerme, pero entonces noté un peso cálido y suave a la altura del pecho.

Abrí los ojos y sonreí al ver a Cenizas. Se había tumbado junto a mí y tenía la cabeza apoyada sobre mi esternón. Internamente, agradecí su compañía. Comencé a acariciarla, distrayendo mi mente con cada pasada de mi mano sobre el pelaje de la perra.

—Antes has dicho que no me conoces de nada. —El chico rompió el silencio. Pasó algo húmedo, un paño, quizá, por mi pie, dando toquecitos cuidadosos como si fuera a romperme—. Y yo de ti solo sé... —pareció titubear— que eres mi luna.

Me reí, suave, para no molestar a Cenizas con el movimiento.

—¿Tu luna?

—Bueno, no puedo ser un lobo si no tengo luna a la que aullar, ¿no?

—Supongo que tiene sentido —contesté, sin dejar de sonreír.

—Entonces, ¿qué? ¿Me vas a decir algo sobre ti?

—¿Qué quieres saber?

—Tu nombre, por ejemplo.

Me mordí el labio con cierta diversión.

—Ya te dije que me llamaba Red.

—Sí, pero no te creo. —Rodeó con sus dedos largos y ásperos mi tobillo, bajó mi pie hasta dejarlo colgando a ras del colchón y cogió el otro—.

Está bien, empezaré yo. —Inesperadamente, un gusanillo de anticipación y nervios se removió por mis tripas.

Me di cuenta de que sí quería saber su nombre, de que quería conocer a ese hombre que estaba arrodillado a mis pies, sanando mis heridas.

Cuidando de mí—. Me llamo Alexander Rivers, pero mis colegas me llaman Xander.

—Colegas —me burlé—. ¿De verdad has usado esa palabra?

—¿Qué le pasa?

—Suena como arcaico.

Me gané un pellizco en el dedo gordo del pie que volvió a hacer vibrar la risa en mi pecho.

—Oye, no te metas con tus mayores.

Después de eso se hizo el silencio y, en el transcurso de esos pocos minutos, tomé la decisión de darle mi nombre a cambio del suyo.

—Scarlett. —Permaneció callado, pero noté un temblor en sus manos—. Mi nombre es Scarlett Joy. Encantada de conocerlo, lobo.

—Encantado de conocerla, Caperucita.