11. La infructuosa huida
La infructuosa huida
Desperté con un dolor de cabeza importante. Acompañando el movimiento con soniditos extraños que hacía mi garganta, entre animal herido y gato ronroneando, me llevé el antebrazo a los ojos y me quedé así un buen rato.
Esperé a sentirme capaz de abrirlos y, mientras eso ocurría, traté de hacer memoria sobre los acontecimientos de la noche anterior.
No recordaba cómo había llegado a casa. No recordaba prácticamente nada de lo que había sucedido, para ser exactos.
Sí supe con certeza que tuvieron que drogarme, porque todo en mi cerebro estaba nítido hasta el momento en que bebí del cosmopolitan y...
, a ver, no es que me emborrachara por costumbre, pero las incontables noches de chicas con las amigas de la universidad y con mi prima hacían que mi nivel de tolerancia al alcohol estuviera por encima del tercer cóctel y medio.
Fragmentos extraños e inconexos acudían a mí, y yo trataba de cogerlos y organizarlos para que tuvieran algún tipo de sentido.
Bailé con Ryan. Hasta ahí todo bien en mi «Diario de mi primer contacto con las drogas en el Golden Sword».
Después, recuerdo sentir mucha ira hacia él, por cómo me agarró del brazo y...
La madre que lo parió, ¿me obligó a encerrarme en el baño?
Quiso esconderme de la sociedad como quien recoge la mierda del suelo con una escoba y la mete bajo la alfombra.
Esa me la iba a pagar, como que me llamaba Scarlett.
«Red».
El nombre por el que me llamaba Lis retumbó entre mis sienes y, entonces, como accionada por un resorte, la imagen del chico del tupé blanco acaparó toda mi periferia mental.
No supe bien si era por lo drogada que iba o si, realmente, el lobito llevaba traje, pero sin camisa. ¿Por qué sin camisa? Y qué pectorales... Si los imaginé, lo que mis pensamientos crearon fue, sin lugar a dudas, una obra maestra digna de Miguel Ángel.
Y ya está. Eso era todo lo que recordaba de la que iba a ser una gran noche en un local exclusivo del que apenas disfruté. O sí lo disfruté, pero no lo recordaba, que, para el caso, era lo mismo.
Liberé mis ojos de la presión de mi propio brazo cuando lo estiré sobre las sábanas, abrí los párpados y traté de ubicarme. Me sentí un poco descolocada.
Miré a mi alrededor, pestañeando rápido para aclarar la vista, al tiempo que boqueaba porque sentía la boca asquerosamente pastosa.
Estaba tan aturdida que no reconocí mi habitación. No. No me sonaban las sábanas grises, ni la lámpara plateada del techo, ni el enorme espacio que había de pared a pared...
Me senté de golpe en el colchón y la punzada de dolor en la parte de atrás de la cabeza hizo que me arrepintiera al momento.
No reconocía mi habitación porque no era mi habitación.
Me permití un breve momento de pánico. En unos pocos segundos pensé que había sido secuestrada, que no iba a volver a ver a mis padres, que me iban a prostituir, que no podría escapar nunca y sería desdichada toda la vida, o, con suerte, me matarían antes de pasar por todo ese calvario...
Quería gritar, pero no lo hice para no alertar a los maleantes. ¿Cuántos serían? ¿Uno, dos..., cinco? Me palpé de arriba abajo y constaté que no tenía huesos rotos, ni heridas, ni posibles cicatrices en caso de que me hubiesen quitado algún órgano.
Seguía teniendo cada una de las partes del cuerpo en su sitio y, lo más importante, estaba vestida.
Sin mis tacones, pero todavía con el vestido rojo que llevé a la fiesta, puesto.
En un último gesto de chequeo, me subí la falda y pasé los dedos por el tanga para comprobar que no hubiera fluidos indeseados ni dolores en la zona.
Todo bien. No parecía que me hubiesen agredido ni había sido violada.
Respiré entonces con calma y mi cabeza pasó a la acción, a trazar un plan de escape. Miré a mi alrededor y, una vez que me aseguré de estar sola en esa estancia sosa y fría, me levanté de la cama king size . Que no era la mía..., pero que tampoco me habría disgustado que lo fuera.
Sentí el frío del parqué en los dedos de los pies y caminé de puntillas por la estancia hasta llegar a la puerta. Pegué el oído a la madera y esperé. Silencio.
Al no oír nada al otro lado, decidí arriesgarme a salir. Aguantando la respiración, bajé poco a poco la manilla de la puerta y abrí despacio, muy lentamente. Cuando la rendija me permitió echar un vistazo fuera, casi se me salió el corazón del pecho.
A los pies y bien firme, como buen perro guardián, estaba el gigantesco rottweiler que me tiró al suelo en el cruce frente a la boutique.
Primero, inclinó la cabeza hacia un lado y me miró intensamente con sus ojos de botón, poniendo una carita adorable, como si no hubiera roto un plato en la vida.
Después, empezó a menear la cola y movió las patas delanteras con nerviosismo.
Supe que estaba haciendo un esfuerzo titánico por no echárseme encima otra vez, así que reforcé su determinación cerrando de nuevo la puerta.
Por lo menos, ya sabía que quien me había raptado era el tarado del revólver. Me pareció curioso no sentir miedo. Debería haber estado preocupada; mi parte racional me decía que lo lógico habría sido asustarme y ponerme a temblar porque el tío, clarísimamente, no estaba bien de la azotea.
Pero no. Estaba segura de que el tipo, por lo que fuera, no me haría daño. ¿De dónde salía esa idea sin fundamento? Pues... a saber. ¿Intuición femenina?
De todos modos, no podía quedarme allí a la espera de lo que pensara hacer conmigo.
Una cosa era creer que no estaba en peligro y otra muy distinta que mi corazonada fuera cierta.
A lo mejor había sido él quien me había drogado en la fiesta...
Pero ¿cómo? No recordaba haber perdido la copa de vista en ningún momento.
Como fuere, ya pensaría en ello más tarde. Lo importante en ese momento era salir de allí, y tenía toda la pinta de que no iba a poder hacerlo por la puerta principal.
Se me pasó por la cabeza que, si el chucho estaba de guardián, posiblemente el dueño no estuviera en la casa. Eso podría darme ventaja. Tenía que actuar rápido.
La única vía de escape era la ventana; no había otra opción. Así pues, me acerqué a ella, descorrí las cortinas, abrí y me asomé al vacío. Podría haber sido peor.
La niebla que se cernía sobre las calles de Shadow City jugaría a mi favor si el lobo se acercaba al edificio. Sería imposible verme haciendo equilibrios desde la calzada.
Seguí con la vista el alféizar de la ventana, calculé que, de ahí, podría llegar fácilmente a la cornisa que había un poco más abajo y que parecía rodear el edificio.
Alto, por cierto. Al menos las alturas no me afectaban.
Después, con suerte, ese también sería uno de los clásicos bloques de la ciudad que contaban con escaleras de incendios, y todo lo demás sería pan comido.
Pero no podía ir de esa guisa. Por fabuloso que fuera el vestido, necesitaba algo más cómodo para salir de allí sin partirme el cuello.
Abrí el espectacular armario y comencé a rebuscar entre las prendas que olían maravillosamente bien.
Cuando ya tuve mi outfit de huida listo, me quité el espectacular vestido, del que me despedí con un beso, a pesar de la peste que desprendía.
Con la pena de saber que no volvería a verlo, me puse una de las camisetas básicas de algodón que había cogido.
El guaperas era tan alto que su camiseta me llegaba casi a las rodillas, pero, por si acaso, para que nadie pudiera verme las vergüenzas, completé el conjunto con un bóxer negro que me hacía las veces de pantalón corto.
Tuve un momento de colapso al ponerme este último.
No tenía mucho sentido, pero al ajustármelo me puse a pensar en su dueño, el hombre en traje-sin-camisa, en sus abdominales cincelados, y en que esos calzoncillos que yo llevaba ahora puestos habían estado cubriendo... otras partes interesantes de su cuerpo.
Sacudí la cabeza para volver a tomar el control de la situación y que me bajara el sofoco momentáneo. Di un par de palmadas para darme ánimos y volví a asomarme a la ventana.
Se diría que iba fresca para el tiempo que hacía, pero la adrenalina me tenía sudando como un cerdo siendo testigo de cómo asan a su familia en una barbacoa.
No temblé. No temí. Pero sí fui con tiento a cada paso, pisando firme antes de apoyar el peso sobre la pierna con la que iba a avanzar.
Seguí mi intuición y el recorrido que tracé mentalmente cuando miré hacia abajo por primera vez.
Y acerté. Tras caminar, con la espalda bien pegada a la fachada, por la cornisa y doblar la esquina, lo cual no fue nada fácil, vi las escaleras de incendios y di gracias al cielo. Literalmente, en voz alta.
El resto no tuvo mucha historia. Bajé las escaleras metálicas como si me persiguiera un león hambriento, me ubiqué enseguida —y me acojoné al percatarme de que vivíamos relativamente cerca, no hacía falta ni subirse al metro— y llegué casi sin aliento al portal de mi casa.
Antes de entrar, apoyé las manos en las rodillas y traté de que mi pulso volviera a un nivel aceptable que no me obligara a respirar con la boca abierta.
Cuando ya me vi capaz de incorporarme, busqué a Pete a través del cristal oscuro que había en un lateral del portal. Necesitaba que me abriera y me entregara las llaves de repuesto porque, al igual que mis zapatos de tacón, mi bolso había desaparecido.
—¿Scarlett?
Una rabia incendiaria me subió como el vapor de una locomotora antes incluso de girarme para verle la cara de payaso a mi ex.
Ya tenía el dedo incriminatorio preparado, apuntando a su persona, antes de que llegara a situarse frente a mí.
—¡Me abandonaste en el baño! —le grité. Y me importaba un comino que la gente me oyera.
—Precisamente, princesa, he venido a dis...
—¿Qué te ha pasado en la frente?
Se llevó la mano a la zona en cuestión, donde se veían unos profundos cortes dibujando las letras «SOF».
—Es una de las razones por las que te dejé sola en la fiesta.
Fruncí el ceño confundida, pues no recordaba que tuviera esas heridas antes de encerrarme en el baño.
—¿Cómo te has hecho eso? Y, ¿qué significa?
—Oye, eso es lo de menos ahora... —Estaba nervioso. Era la primera vez que veía que su perfecta sonrisa temblaba—. Tengo que hablar contigo.
No me dio tiempo a decirle que a mí no me apetecía una mierda escuchar nada de lo que tuviera que decirme. Es más, quería preguntarle por la droga, si había visto algo sospechoso. Lo demás me importaba entre cero y nada.
Pero la punta de una flecha dirigida a su entrecejo nos interrumpió.
El atractivo particular de Ryan desapareció tras una expresión de puro terror y, automáticamente, levantó las manos mostrando las palmas a la altura del pecho.
Yo seguí la forma de la flecha, la ballesta en la que estaba atrapada, los ojos de un lobo plasmados con tinta en la mano que la sostenía, la chaqueta de cuero que cubría el brazo, la nuez marcada en un cuello ancho y también tatuado, unos labios sensuales y ligeramente arqueados en una sonrisa retadora, que sujetaban un cigarrillo cuya ceniza se iluminaba intermitentemente y se reflejaba en unos intensos ojos color turquesa.
El lobo me había encontrado.
Un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza y mi reacción fue girar sobre mis talones hacia la puerta de mi portal para empezar a golpear hasta conseguir que Pete abriera. Pero la mano libre del lobo aferró mi muñeca antes de que pudiera dar un solo paso.
—Te dije que no volvieras a acercarte a ella.
La advertencia. La voz ronca a través de sus labios entreabiertos, que no dejaban escapar el cigarrillo, y el olor a humo, menta, cuero y ese matiz peligroso a gasolina... me hicieron estremecer. Sin embargo, me atrevería a admitir que lo que lo provocó no fue el miedo.
—Oye, no... —Ryan había palidecido al momento y tartamudeaba sin control. Me sorprendió, nunca lo había visto así—. No es lo que crees.
—Ah, ¿no?
El lobo escupió el cigarrillo, atinando con el lado que prendía en la punta de la nariz de Ryan, que reaccionó frotándose la zona que había sufrido el ataque.
Parecía Rudolf... Me habría reído de no haber sido esa la situación.
Lo cierto era que, entre la cara de pánico, las letras garabateadas en su frente al rojo vivo y la punta de la nariz roja por la quemadura, tenía un aspecto un tanto grotesco.
—¡¿Estás loco?! —Lo solté más bien como pregunta retórica.
Como era de esperar, el loco en cuestión me ignoró como un campeón.
—Largo. A menos que quieras que te abra un agujero en la frente —continuó amenazando a mi ex. Inclinó la cabeza de tal modo que me recordó a su perro momentos antes—. Justo en el centro de la «O», ahí quedaría incluso estético.
Ryan me miró, yo le pedí ayuda con los ojos, pero al príncipe se le fue el color azul y salió corriendo como la asquerosa rata cobarde que realmente era.