Eclipse en Shadow City Scarlett. Presente
42%

Scarlett. Presente

Scarlett

Presente

Claudia me abraza con la misma ternura que lo haría con su hija, como si lo que ha narrado Xander acabara de ocurrir.

—Ay, Scarlett, cariño, de verdad que tenemos que encontrar la forma de superar esa fobia que tienes. —Deja de rodearme con los brazos para acariciarme la mejilla—. Lo pasas siempre tan mal...

Ya de adultas, y una vez independizadas, Claudia se ha encargado de acompañarme a las vacunas y los análisis de sangre.

Sé que formo shows que dan vergüenza y muy pocas personas tratan de entenderme; se limitan a soltar frases como «pero si eso no es nada» (ya sé que no es nada, sé que apenas voy a sentir dolor, pero de eso se tratan las fobias, de miedos irracionales), «madre mía, ni que te estuvieran matando» y, mi preferida, «anda, que ya eres mayorcita, los niños se comportan mejor que tú» (no me digas...

, es que resulta que hago esto queriendo, me encanta montar estos espectáculos, vomitar, ponerme a tiritar, sentir que el corazón se me sale por la boca y ser el centro de atención de una forma tan patética).

Mi prima sabe que no solo lo paso mal en el momento, sino también con todo lo que viene después.

El bochorno que siento al recuperar el control de la situación es de las peores sensaciones que existen.

En cuanto pasa el episodio, solo pienso en salir corriendo de dondequiera que esté porque siento las miradas, los juicios que hace la gente sobre mí, cómo cada par de ojos me ridiculiza y cómo cuchichean sin tratar de evitar que los oiga.

Por eso, no quiero que nadie que no sea ella esté a mi lado y vea esta faceta ridícula de mí misma.

Xander descubrió esta parte que siempre trato de mantener oculta, prácticamente, nada más conocernos. Ni siquiera sabía mi nombre cuando ya me vio en mi estado más débil y vergonzoso. Me siento como si le hubiera desvelado algo extremadamente íntimo, un secreto inconfesable.

Ahora, después de su parte de la historia, me duele saber que no fue distinto de los demás, que lo primero que se le pasó por la cabeza era que estaba loca.

Puede que, por eso —y porque, aunque me lo niegue a mí misma, lo cierto es que sí me importa la opinión que tenga de mí—, agacho la cabeza y trato de darle a entender por qué actúo así.

—Lo peor es que, cuando la fobia me alcanza, no soy consciente de lo que estoy haciendo realmente.

—Miro a Xander y, por un momento, temo que se ría de mí.

Pero permanece callado, con la sien apoyada en los nudillos, observándome—.

El momento en el que veo la sangre, o intuyo que la habrá, creo que voy a poder controlarlo.

Intentando adelantarme, empiezo a convencerme de que la herida no es, o no va a ser, para tanto.

De que la sangre no es más que un líquido de color rojo.

De que mi miedo no tiene ningún sentido.

»Pero no importa lo mucho que me lo repita, mi cuerpo actúa con voluntad propia, y a la que siento la presión en el pecho y el nudo en la barriga que provoca que me aoville... Ahí ya sé que he vuelto a perder y que el miedo ha vuelto a ganar.

Xander me aparta un mechón de la cara y busca mi mirada, dejando la suya transparente, permitiendo que escarbe en ella para encontrar sinceridad.

—Lamento haberte hecho sentir incómoda.

—Tranquilo. Supongo que es lo normal si ves a alguien... reaccionando así de raro. Que lo primero que pienses sea que estoy loca.

El helsing niega con la cabeza.

—No lo pienso.

—Pero lo pensaste.

Tras un breve y denso silencio, vuelve a atrapar uno de mis mechones y lo enrosca y lo desenrosca repetidas veces en su dedo.

—No tengo excusa. Lo pensé. Y me siento mal por ello. Nunca me había encontrado un caso así, y ya sabes que para mí la sangre, las heridas graves y la muerte son algo tan rutinario como lavarse los dientes.

Asiento. Lo entiendo. Lo increíble es eso, que entiendo cómo pueden sentirse los que están a mi alrededor, cuando ninguno de ellos me entiende a mí. Ni siquiera lo intentan.

Excepto Claudia.

—El caso es... —continúo—, y te lo comento por si me volviera a pasar estando contigo...

, que en cuanto entro en ese estado de pánico pierdo el control de lo que estoy haciendo.

No soy consciente de que grito, no sé que me balanceo abrazada a mis rodillas o que he empezado a vomitar, que me pongo pálida, tirito y sudo...

Todo eso lo sé después, una vez que llega la calma.

Pero mis recuerdos de esos minutos son confusos, borrosos, como si los hubiera soñado o hubieran ocurrido hace tiempo, aunque, en realidad, acaben de pasar.

Sé muchas de las cosas que hago porque Claudia me las ha contado o porque una enfermera me ha llamado la atención porque gritaba.

—¿Has intentado que algún profesional te ayude con eso? —pregunta Xander. Creo que no sabe muy bien ni qué decir.

—He ido a sesiones con varios psicólogos y, como no funcionaban, llegué incluso a hacer hipnoterapia.

Reconozco que con este último método algo de mejora ha habido.

Por lo menos, ahora, al ir a vacunarme, consigo no llegar al extremo de vomitar o caerme al suelo mareada.

Pero tu herida de bala... Eso era otro nivel.

—Eh —sujeta mi barbilla y me obliga a mirarlo de nuevo. No sé cuándo he dejado de hacerlo—, eso no es del todo cierto. Has conseguido controlarlo en otra ocasión, conmigo, ¿te acuerdas?

Niego con la cabeza.

—Tus asquerosos pies —me dice con cierto toque de diversión.

—Me mentiste —le recuerdo con una media sonrisa. Aquello fue raro, aunque todo lo que ocurre con Xander lo es.

Tengo un baúl en la cabeza donde almaceno momentos especiales con el helsing.

Son como fotografías en movimiento a las que recurro con asiduidad: la de cuando nos conocimos y acto seguido nos vinculamos, la de encontrármelo en el Golden Sword con traje y sin camisa y, sí, la de los pies asquerosos la guardo con cierto cariño.

En aquel momento lo sentí como algo íntimo, incómodo y tremendamente extraño.

Ahora, es uno de mis recuerdos favoritos.

Creo que fue cuando Xander empezó a colárseme dentro sin que me diera cuenta.

—Pero sabías que era mentira, ahí está lo importante. Intuías que había heridas, pero decidiste creerme y, pese a que no confiabas en mí, pusiste todo de tu parte por no dejarte llevar por el pánico.

—Sí. —Vuelvo atrás en el tiempo y pienso en ese preciso momento, sobre su cama.

Sabía que el nudo se estaba formando, pero lo ignoré.

Me concentré en Xander y conseguí no venirme abajo—.

Sí, es verdad. —Lo anoto mentalmente como un triunfo, aunque la euforia enseguida se desvanece—.

Pero, después, en el coche... Me desmayé.

—Bueno, ahí fue porque no tuvimos tiempo de reaccionar. —Ríe, imagino que ante la caótica escena que se le viene a la cabeza—. Pero sí existen momentos en los que has podido controlar tu fobia, así que estoy convencido de que lo conseguiremos. Juntos.

Tuerzo el gesto; eso es mucho decir y, sí, he mejorado con el tiempo, pero he tardado un mundo en dar cada pequeño paso.

—No hagas promesas que no puedas cumplir.

—No lo prometo, porque ni siquiera sé cómo hacerlo ni por dónde podría empezar, la verdad.

Pero sí que estoy dispuesto a intentarlo si me dejas.

Te demostré con tus grimosos pies que puedo hacerlo.

—El comentario me hace reír y consigue relajarme—.

Y mientras lo conseguimos, quiero que te apoyes en mí y me utilices como salvavidas.

Cuando vuelva a darte un ataque de pánico, déjate llevar.

—Lo miro extrañada. Precisamente, lo que menos quiero es dejarme llevar—.

Sí, nena, no me mires así. Vas a conseguir superarlo, eso lo tengo claro, porque tú puedes con todo lo que te propongas.

Seguro que serías capaz de escalar una montaña con esos taconazos.

—Vuelvo a sonreír. Creo que sería más fácil eso que superar mi fobia—.

Pero si vuelve a darte uno de esos ataques en el proceso, déjate llevar.

Permítete desahogarte y deja que tu cuerpo expulse todo ese miedo sin añadirle la presión de querer controlarte y no poder, solo porque te estén mirando o creas que estás haciendo el ridículo.

»Cuando ocurra, olvídate del resto y hazte a la idea de que solo estamos tú y yo.

No contesto. No puedo hacerlo. Él no tiene ni idea de lo que esas palabras significan para mí.

—¿Lo harás, nena? —me insiste, sin soltar mi barbilla—. ¿Me dejas estar ahí para ti?

Noto la mano de Claudia rodeando la mía y apretándola mientras yo asimilo todo eso. También siento en la espalda el calor que emana de Xander y el movimiento de su respiración, a la que, inconscientemente, acompaso la mía.

Mi fobia es lo que más vulnerable me hace sentir, por eso solo la conocen mis padres y mi prima. Y ahora, Xander. Puede que no lo parezca, pero para mí lo que él propone con tanta facilidad es un vínculo más fuerte que el del eclipse. Este lo forjamos juntos, voluntariamente.

Inspiro, asiento y espiro.

—Lo intentaré. —No le confirmo que lo haré porque, en el momento, no sé si seré capaz, aunque me gustaría—. Y... preferiría que dejásemos aquí el tema, si no os importa.

Ambos me sonríen con complicidad, antes de fingir que esa conversación no ha tenido lugar. Mi lado inseguro se lo agradece y, al fin, respiro aliviada.

—Bueno —empieza Claudia al cabo de unos segundos en silencio—, yo reconozco que todavía estoy asimilando que realmente existan los vampiros.

—Ah, pero ¿aún tenías dudas? —se burla Xander.

Ellos hablan y yo los observo mientras le doy vueltas al hecho de que es posible que ahora mismo esté sentada con las dos personas más importantes de mi vida, sin contar a mis padres.

Una de ellas lo ha sido desde siempre. La otra...

se ha ido construyendo una fortaleza en mi corazón a escondidas, poco a poco, piedra a piedra, y tengo la sensación de que ya no podré derribarla.

Eso me encanta y me asusta a partes iguales.