Eclipse en Shadow City 10. Qué mal lo iba a pasar conmigo #2
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10. Qué mal lo iba a pasar conmigo #2

Parecía que iba a empezar a reírse, pero entonces la cabeza se le fue para atrás y sus rodillas perdieron fuerza.

La sujeté por los hombros, aun a riesgo de que pudiera volver a exigirme que no la tocara.

Por suerte, no lo hizo. Se llevó una mano a la cabeza y poco a poco volvió a ir cogiendo estabilidad.

—Creo que voy bastante perjudicada... —balbuceó.

Tenía la frente perlada de sudor, y empecé a preocuparme de veras.

Sabía que no le iba a pasar nada; la droga que suelen utilizar para llevar a las víctimas a los vampiros no suele ser demasiado dura; no les interesaba gastar dinero para el poco tiempo que le quedaba al humano. Pero, aun así, me jodía verla mal.

Sin soltarla, la llevé hasta la barra. No opuso resistencia cuando la senté en el taburete y se mantuvo callada y como ausente hasta que puse en sus manos la botella de agua que había pedido.

—Creo que me gusta que tomes el control... —El sonido leve de su voz se perdió entre la música y el crujido del tapón de la botella de agua, que empecé a abrirle—. Aunque está bien que tengas claro que no eres mi dueño.

Comenzaba a creer que tenía cierta obsesión con eso de querer sentirse libre. Supuse que tendría algo que ver con sus relaciones anteriores. ¿Con la que tuvo con Ryan?

—Por ti estaría incluso dispuesto a dejar de ser el amo para ser tu lobito domesticado.

Me puse las manos bajo la barbilla como un cachorrito indefenso y conseguí que volviera a reír.

—No te pega nada.

—¿Cómo que no? —Exageré la pregunta. Ahora que había conseguido que se relajara, no quería que volviera a encerrarse en esas barreras que alzaba contra mí—.

Dejaría incluso que me pisotearas con esos taconazos que llevas.

—Volvió a reír con ganas, y yo apreté un poco más.

No podía evitarlo, estaba en mi naturaleza—.

Pero... solo con esos taconazos puestos y nada más.

Alcé las cejas repetidas veces para dar énfasis a una idea que podía sonar a broma, pero que estaba más que dispuesto a poner en práctica.

—Eres un caradura —dijo con humor.

—Un caradura muy guapo.

—No estás mal... Lástima que no seas mi tipo. —Me hizo gracia cómo se cubrió la boca para que no la viera reír.

—Eso ha sido un golpe bajo. —Me llevé una mano al pecho, fingiendo estar ofendido—. ¿Y qué debería hacer para ser tu tipo?

—Para empezar, no amenazarme con un revólver en nuestro primer encuentro habría sido un bonito detalle.

—Espero que creas en las segundas opor...

—¿Qué es esto? —me interrumpió, mirando con el ceño fruncido la boca de la botella.

Una gota de color burdeos bajaba por el lateral del envase, abriéndose camino hasta perderse en el dedo índice de Red. Justo entonces, otra gota cayó y resbaló de la misma manera que la primera.

Miré hacia arriba y maldije en voz baja. Justo encima de nosotros, asomando a través del cristal roto de la barandilla del reservado vip, como si fuera un cotilla de manual, estaba la cabeza del mastodonte con mi peine clavado en la garganta.

Sus ojos abiertos de par en par, como dos canicas vacías, faltos de toda vida, nos observaban desde su posición y culminaban una composición que a mí me resultaba poética, pero que, probablemente, para Red fuera bastante macabra.

Seguí con las pupilas el camino de otra gota espesa que salía del borde de la herida abierta por una de las púas, bajaba por el peine y se dejaba caer hasta la botella de mi pelirroja.

—Eso... eso es... ¿sangre? —La voz le tembló de tal manera que dejé de deleitarme con mis dotes artísticas para devolver mi atención a su rostro.

Estaba pálida como los propios vampiros y gotas de sudor brillaban en su frente, como si hubiese enfermado de pronto.

Su cara de Novia Cadáver me sorprendió, pero me llamó la atención que no estuviera mirando hacia arriba, sino hacia abajo. En concreto, a mis abdominales. Y podía asegurar que mi torso trabajado no asustaba, precisamente.

Seguí la dirección de su mirada y comprobé que la herida de bala que tenía en el costado estaba dejándome el abdomen como si estuviera en La matanza de Texas .

—Oh, esto —dije con calma—. No te preocupes, parece muy escandaloso, pero no es para tanto. Una heridilla de bala que tendré que suturar. Me puse un buen pedazo de papel higiénico para taponarla, pero ya sabes...

Dejé de hablar al darme cuenta de que Red lo estaba poniendo todo perdido de agua. Temblaba tanto que era incapaz de mantener la botella quieta.

Se la quité antes de que continuara con la lluvia improvisada y atrapé su cara entre las manos, forzando que me mirara a los ojos, pero, aunque sus pupilas apuntaban a las mías, era como si no me viera. Estaba perdida en su mente.

—Eh, eh... —Quería llamar su atención, sacarla de ese trance. Nunca había visto que la droga afectara de esa forma a nadie—. ¿Estás bien, nena?

No contestó. En lugar de responder, se limitó a seguir temblando y empezó a hiperventilar y, seguidamente, me chilló como una loca.

—¡Tápate eso! —Me apartó las manos de su cara y se abrazó la cintura—. ¡Por favor, tápatelo! ¡Tápatelo!

—A ver, céntrate —le dije, buscando a una persona normal dentro de esa Red que había empezado a gritarme histérica—, no puedo taparme esto. Tengo que cosérmelo y limpiarlo para...

—¡Ah! —Me cortó con un grito que no entendí en absoluto a qué venía—. ¡No digas esas cosas! —Había perdido la cabeza. Me había vinculado con una tarada mental.

Cuando creí que no podía ser peor, ella se bajó del taburete y se sentó en el suelo hecha un ovillo, abrazándose las rodillas.

Lo juro, era una imagen digna de una película de terror, de esas de psiquiátricos donde sucedían cosas extrañas, pues mi mahni cada vez respiraba peor, sudaba más, palidecía por segundos y se balanceaba aferrada a sus rodillas.

—Oye... —Me agaché con cuidado, como si en una de esas pudiera girarse y morderme—. Dime... —murmuré con suavidad. Me acerqué y rocé su espalda húmeda—. ¿Qué te ocurre?

«No voy a llevarte a tu casa. Voy a llevarte al loquero».

—No puedo... No lo controlo. —Parecía que realmente se estuviera ahogando—. De verdad que no puedo...

Para colmo, empezó a llorar, y eso pareció empeorar su sensación de falta de aire.

—¿No puedes qué, Red?

—No puedo ver sangre. —Conseguí entender lo que decía, pero tardé en asimilar el hecho en sí—. Soy..., tengo hemofobia.

Tal y como lo dijo, como si al soltar esas palabras algo en ella se hubiera liberado, vomitó sobre mis zapatos y cayó desmayada sobre estos y la masa de olor fétido.

Fantástico. Eso era simplemente fantástico.

Un helsing, es decir, un puto cazador de vampiros, eclipsado por alguien que tenía pánico a la sangre y las heridas.

Estuve a punto de buscar dónde estaba la cámara oculta.

En lugar de eso, me tragué todas las maldiciones que se me ocurrieron y recogí a Red del suelo. Como no reaccionaba —y casi que mejor—, me la eché al hombro, como un cocinero hacía con los trapos, me concentré en el olor a rosas y no en el hedor de su pelo bañado en pota, y me dirigí al ascensor.

Aproveché el momento en que se abrieron las puertas para lanzar a mis espaldas una granada de luz ultravioleta y abandoné el Golden Sword cargando con mi chica que padecía hemofobia.

—Qué mal lo vas a pasar conmigo, nena.