10. Qué mal lo iba a pasar conmigo
Qué mal lo iba a pasar conmigo
Soltó una gran carcajada, de esas de doblarse por la cintura y balancearse hacia delante y atrás, cosa que me divirtió y me preocupó a partes iguales, porque iba tan drogada que en una de esas se me caía de espaldas. Por suerte, y por cosas inexplicables que a veces suceden en el mundo, no ocurrió.
Pensé que su reacción debería haberme ofendido. Por norma general, cuando soltaba ese tipo de comentarios, las mujeres se rendían a mis pies o se mostraban tímidas para después, igualmente, caer rendidas a mis pies.
Busqué en mí la incomodidad que creí que debería sentir, pero no la hallé; en su lugar había satisfacción y una diversión diferente de la habitual, una a la que le gustaba cómo sonaba la risa floja de Red y que, en aquel momento, se propuso conseguirlo más veces cuando no estuviera tan perjudicada.
Miré sorprendido su mano cuando empezó a palmearme el pecho, los mismos golpes que le das a un colega en la espalda cuando sabes que está jodido, y, después, suavizó la risa hasta ponerse seria y atravesarme con una mirada felina.
—Lobito, mi mayor fantasía ahora mismo es...
—se mordió el labio y se puso de puntillas para susurrármelo al oído.
Yo me encorvé un poco, porque ni con esos zapatos me llegaba más arriba de la nuez.
Tragué saliva cuando me habló con la voz más seductora que jamás había oído y la marca en la palma de mi mano cosquilleó, al igual que algo bailó en mi estómago— quitarme los tacones y dejarme caer sobre el mullido sofá de mi casa, con una mantita por encima y sin preocuparme por el maquillaje.
Eché la cabeza hacia atrás con una sonrisa porque la cabrona me había hecho creer que iba a seguirme el rollo.
—Esa también puedo cumplirla —le susurré de vuelta, rozándole el lóbulo. Me gustó comprobar que, al menos, había conseguido erizarle la piel.
Así que la atraía, pero estaba decidida a ponérmelo difícil. Bueno, reto aceptado. Además, no me quedaba otra, porque las sensaciones que despertaba en mí mi mahni eran adictivas. Y eso que solo llevaba saboreándolas unos pocos minutos.
—Será mejor que te lleve a casa —le propuse, sin segundas intenciones, lo juro. Pero mi yo acostumbrado a hacer lo que quisiera con las mujeres me empujó a llevar la mano hacia su cintura y ella la esquivó con maestría.
—Eh, para el carro, que tienes las zarpas muy largas, me parece a mí. —Me apartó con un adorable empujoncito y miró a ambos lados, como ubicándose—. Vengo acompañada, así que no hará falta que me lleves a mi casa. Lo hará él.
—Él, ¿quién? ¿Has venido con tu novio? —sondeé, queriendo pensar que lo hacía no porque me importara, sino por averiguar más cosas que pudieran serme útiles sobre la araña.
—Pfff, más quisiera ese volver a ser mi novio.
—Estupendo, un ex, pues—. Oye, con tu altura, seguro que lo localizas mucho antes que yo.
—Me reí internamente con una maldad infantil.
Si ella supiera—. Es un chico con el pelo castaño claro peinado con gomina, delgado; lleva un traje gris oscuro de rayas y su sonrisa suele verse a kilómetros.
Me llevé los dedos al mentón y miré al techo, fingiendo que lo estaba pensando.
—Oh, pues... Ahora que lo dices —me demoré un poco, para darle más realismo al asunto—, me suena haberlo visto salir. Parecía que llevaba prisa. —No me pasó por alto la manera en que puso los ojos en blanco—. ¿Crees que podría ser él?
—La verdad, no me sorprendería. He tardado en darme cuenta, pero Ryan es un cobarde que huye de las situaciones incómodas y, por lo visto, yo me he convertido en una de esas situaciones.
—Ah.
«Sí, un poco incómoda sí que he hecho que se le vuelva la situación, al principito».
Entonces, como si algo le hubiera hecho clic en la cabeza, elevó los brazos y empezó a caminar hacia la pista, contoneándose por el camino, a punto de arrancar a bailar.
Era posible que estuviera más afectada por la droga de lo que creía, porque parecía olvidarse de lo que estaba hablando o haciendo en cuestión de un segundo.
Rápido, alargué el brazo y la sujeté por la muñeca.
—¿Adónde crees que vas? Voy a llevarte a casa.
Ella miró el punto por donde la estaba agarrando y una furia inesperada le empañó la mirada. Dio un tirón y yo permití que se soltara porque tuve la sensación de que el gesto había activado algo en ella. Algo indeseado.
—No vuelvas a cogerme así —me gruñó, apretando los dientes.
—Así, ¿cómo? —No creí que le hubiera hecho daño, pero quería estar seguro.
—Así como si pudieras manejarme a tu antojo. Así como Ryan.
Esta vez fui yo quien apretó los dientes. El Ryan ese ya me tenía hasta los cojones. «Nadie toca a mi mujer».
Ese pensamiento y la ira que se desató en mí me descolocaron.
Sabía que el vínculo me afectaría. Sabía que la marca podría cambiarme.
Pero no sabía hasta qué punto activaría ese estado primitivo de posesión.
El eclipse me había transformado en un lobo real, capaz de acorralar y atacar por puro instinto, sin razonar, con tal de mantener a su luna a salvo... Con tal de mantenerla conmigo.
Sentía una especie de dependencia insana.
Intenté imaginar una situación normal en la que ahora esa chica de rojo se fuera por su lado y yo por el mío. Imposible. Ahora que la tenía al alcance de la mano, me daba cuenta de que no iba a dejarla marchar.
No tenía ni idea de cómo lo haría, pero de mi lado no se iba a ir, o me volvería loco. Era como si, de la noche a la mañana, tuviera un órgano vital más cosido a mi corazón. Sin esa nueva parte unida a él, dejaría de latir.
Su cara volvió a relajarse, cerró los ojos y comenzó de nuevo a contonearse al son de la música.
—Te han drogado, Red. —Intenté hacerla entrar en razón, apartando a los cuerpos que se le acercaban más de la cuenta—. Te voy a llevar a casa y...
—Yo no quiero irme.
Me pellizqué entre los ojos, tratando de encontrar eso que llaman paciencia.
—Hace menos de cinco minutos me has dicho que querías estar en tu sofá con una manta.
—Bueno, pues he cambiado de idea.
Dio una vuelta sobre sí misma, despacio, haciendo eses con la cintura y las caderas, acariciándose los brazos por encima de la cabeza.
Entreabrió los ojos para mirarme a través de las espesas pestañas y sonrió al tiempo que empezaba a remangarse el vestido hasta los codos.
—Hace calor aquí, ¿no crees?
Claro que lo creía. La temperatura subía por momentos y yo no estaba acostumbrado a quedarme solo mirando.
El tiempo dejó de existir mientras Red, sin pretenderlo, desprendía sensualidad por cada poro. El olor a rosas quedó suspendido en el aire, entre nosotros dos, y todo se volvió todavía más confuso de lo que era en el momento en el que mis ojos se perdieron en su tatuaje.
«Está marcada por y para mí». Sentí ese orgullo de saber que me pertenecía de alguna forma.
Entonces entendí que había estado siempre huyendo y renegando del eclipse cuando, en realidad, este formaba parte de mi naturaleza.
Era curioso, pero saber que la tenía a ella me hacía sentir pleno, completo y más yo que nunca.
Necesitaba que ella quisiera encajar en todo eso. Yo estaba dispuesto a ponerlo todo de mi parte para conseguirlo, para enamorarla y que tuviera esa misma necesidad de mí, tanto como si también fuera una helsing.
Di un paso hacia ella, y el movimiento hizo que volviera a levantar barreras.
—Para el carro, lobito. Se mira, pero no se toca. Yo no soy como esas —me dijo sin dejar de bailar, pero manteniéndose a cierta distancia de mí.
Me estaba torturando y dejé escapar el aire, consciente de que eso no había hecho más que empezar.
—¿Quieres decir que no eres de las que les gusta divertirse? —le pregunté dando otro paso hacia ella.
Esta vez no se apartó, pero se aseguró de que hubiera un palmo de distancia entre nosotros, lo cual me puso peor que si estuviera tocándola.
—Por supuesto que me gusta divertirme. Mírame...
—Tuve la sensación de que esa última palabra la dijo totalmente en sentido literal.
Así que lo hice. La miré de arriba abajo, alimentándome de cada uno de sus movimientos.
Para cuando volví a mirarla a los ojos, vi cierta picardía traviesa en el color verde de sus iris—.
No soy de las que les gusta que las utilicen.
«Uh».
Alzó la barbilla de tal manera que notaba su respiración acelerada y caliente en la mía. Tentado de llegar a más, pero sin querer ahuyentarla, puse mis manos a cada lado de ella, como si la acariciara, pero dejando un espacio entre las palmas y su cuerpo.
Red las miró, pero al ver que respetaba su norma de no contacto, sonrió y exageró los movimientos, obligándome a seguir su contoneo con las manos. Suave a la izquierda. Suave a la derecha. Subí a las costillas, bajé a la cintura, luego di forma a las caderas...
El aire atrapado entre sus curvas y mis dedos lo sentía caliente, como cuando te acercas demasiado al fuego.
La garganta se me secó y me pasé la lengua por los labios en busca de algo de humedad.
Me moría por rozar su boca con la mía, por sentir la textura de esos labios gruesos pintados de rojo pasión. Iba a volverme loco por esa forma de corazón que todavía no podía besar.
—Yo no tengo pensado utilizarte, Caperucita. Al menos, no de la forma que crees. —La voz se me tornó ronca por la falta de aire.
—No te creo —me susurró, con un tono tan aterciopelado que pude sentir su tacto en mi cabeza—.
Se ve a la legua que eres de los que creen que pueden hacer todo lo que quieran con las mujeres sin esperar represalias ni que sus acciones tengan consecuencias para ellos.
De esos que nunca están satisfechos. —Me encantó la cara de chulilla que puso antes de continuar—. Un chico duro.
—Te equivocas —le dije, y media sonrisa me hizo mostrar uno de mis colmillos—. No soy el chico duro. Soy el chico al que le gusta dar duro. —Esperé hasta ver cómo sus mejillas hacían juego con su vestido—. Pero entiendo que es fácil equivocarse.