9. La chica de rojo #4
Apretó los labios y negó con la cabeza. «Así que eso sí lo sabes, cabrón». No le di la oportunidad de retractarse, directamente le clavé el colmillo en la frente y le grabé la última letra que completaba el mensaje que quería que los vampiros vieran.
Levanté con brusquedad a la araña y le di un empujón hacia las escaleras para que entendiera que le permitía huir, por el momento, pero antes...
—Por cierto, Ryan. —Se detuvo a media carrera y me miró con pánico en las pupilas—.
Por ahora, te dejaré vivir. Pero, como vuelvas a tocar lo que es mío, y con lo que es mío me refiero a la pelirroja que has encerrado en el baño, voy a ir a por ti.
Te perseguiré y te daré caza solo para saber a qué huele tu miedo; después empezaré a arrancarte tiras de piel desde el nacimiento de las uñas, haré lo mismo con los párpados y seguiré tirando del pellejo hasta que me supliques que te mate y, una vez en este punto, te daré fin de una forma lenta, hundiendo las manos en tu carne hasta agarrar tus costillas y romperlas una a una.
—Esperé algún tipo de respuesta, pero la araña se había quedado muda y solo sabía temblar.
Así que dejé de perder el tiempo y le hice saber con un gesto de la cabeza que podía marcharse.
—Crees que nos llevará directos a la colmena, ¿no es cierto? —me preguntó Johnny.
—Eso espero. Seguiremos sus pasos de cerca.
—¿No deberías haber dejado algún vampiro vivo para interrogarlo?
—Todavía no están muertos. Pero no, ninguno de estos me va a ser más útil que la araña.
—Bien, entonces. Buen trabajo.
—Claro que ha sido un buen trabajo: lo he hecho yo.
Recuperé mi americana antes de bajar al baño, justo la puerta de al lado de donde estaba mi mahni. Me moría de curiosidad por saber cómo reaccionaría mi cuerpo al verla de nuevo, frente a frente. Pero así no estaba presentable para una primera cita.
El único humano que había dentro me miró de arriba abajo nada más cruzar la puerta, y debió de ser asombroso lo que vio, porque salió a toda prisa dejándome solo.
Busqué el vial que llevaba en el bolsillo de la americana y maldije entre dientes cuando encontré el frasco hecho pedazos.
Luego me quité el intercomunicador y lo lancé a uno de los retretes.
Sabía que Johnny no iba a quitarme el ojo de encima, pero no me apetecía que también escuchara la conversación que pensaba mantener con mi mahni.
Me deshice de la camiseta agujereada, empapada en sangre, y, como no disponía de apósitos, hice una bola con papel higiénico y taponé la herida para que, al menos, dejara de chorrear.
Me lavé la cara y quité los restos rojos de mis brazos y mis manos bajo el grifo, retoqué el tupé despeinado con otro de mis peines y me puse de nuevo la americana.
No era mi mejor aspecto, pero no podía hacer más.
Hice tres respiraciones profundas, di algunos saltos cortos en el sitio y me di un par de bofetadas para darme ánimos. Sí, por primera vez, me ponía nervioso entrarle a una tía.
Seguía pensando que el vínculo era una mierda. Todo era mucho más fácil cuando nada me importaba.
Salí y, sin darme tiempo de replanteármelo, di varios golpes contra la puerta del baño de chicas. Demasiado fuerte, podría ser.
Red tardó en reaccionar. Esperé paciente, porque sabía que al estar drogada podría llevarle tiempo llegar hasta la puerta, y, al cabo de un buen rato, abrió.
Sentí una especie de vértigo extraño al verla. Me recordó a aquella vez que tuve que lanzarme desde un helicóptero sin paracaídas, sin tener muy claro si iba a salir invicto.
Por su parte, se me quedó mirando embobada, como si estuviera preguntándose si lo que veía era o no real. Ladeó la cabeza, cerró la puerta, la volvió a abrir y empezó a reírse como una desquiciada.
Tuve que recordarme que la habían drogado y que probablemente no era tan rara en una situación normal. O eso quería creer, porque, si no, estaba jodido.
—¿De verdad estás aquí? —balbuceó.
Empezó a palparme el pecho con la yema de los dedos y tuve que reírme ante la situación. Yo la tomé por loca, pero mi aspecto tampoco es que fuera el de una persona cuerda.
—¿Me reconoces, Red? —Utilicé el tono de voz aterciopelado que me daba ventaja en el arte del coqueteo.
—Claro que sí. —Se aferró a las solapas de mi americana para no perder el equilibrio—. Eres mi lobo feroz. —Aulló y luego estalló en una risa que no me disgustó en absoluto. De hecho, mi sonrisa en ese momento era completamente auténtica—. ¿Has venido para verme mejor?
No contuve la risa; no podía, la situación era, como poco, cómica. Estaba seguro de que cuando le recordara todo eso, se moriría de vergüenza. O no. Tampoco la conocía como para saberlo.
—Mejor no sigas por ahí, pelirroja. ¿Recuerdas cómo continuaba el cuento, Caperucita? Después del «para verte mejor» viene el «para comerte mejor».
Se puso roja como un tomate y, tras unos segundos, sus ojos acuosos se fijaron en mi torso. Dio un paso atrás y apoyó la espalda en el quicio de la puerta.
Me sorprendí al desear que no se hubiera alejado de mí.
—¿Por qué vas sin camisa? —me preguntó entonces.
Eso elevó la traviesa comisura de mi labio.
—Para encarnar todas tus fantasías, nena.