Eclipse en Shadow City 9. La chica de rojo #3
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9. La chica de rojo #3

Con los ojos abiertos como platos, se llevó las manos al peine, pero lo tenía tan metido en la carne que le resultaba imposible tirar de él, más cuando, encima, ya estaba resbaladizo por la sangre que manaba de las heridas.

Ese ya estaba acabado. No solo porque le hubiera perforado la garganta, sino porque mis peines eran de plata. Y no hay nada más letal para un vampiro que la plata, sin contar la luz del sol.

De todos modos, y por darme el gusto, lo rematé con un cabezazo y, sujetándolo por la camisa, lo alcé y lo lancé de tal manera que su cabeza atravesó la barandilla de vidrio.

Para mi sorpresa, nadie abajo gritó. Aunque sí lo hicieron las mujeres que hasta el momento habían permanecido en los sofás y que salieron disparadas, correteando como gallinas, hacia las escaleras.

No esperé a ver cómo reaccionaban los demás. De nuevo, haciendo uso de la botella de champán, golpeé en la sien al que tenía más cerca. Giré sobre mis talones y volví a estampar el vidrio frío en la nuca de otro. Tres fuera de combate.

Con un grito de guerrero ninja, un vampiro me atacó daga en mano. No entendí por qué hizo eso. Deberían estar más entrenados. Solo tuve que agarrarlo de la muñeca y retorcerle el brazo hasta clavarle su propia hoja en el corazón.

Ya solo me faltaba el rubito. El pobre empezó a recular como un pajarillo asustado. Quise ser su peor pesadilla, así que eché la cabeza hacia atrás sin apartar la mirada de la suya y le sonreí como un loco desquiciado para que se meara en los pantalones.

Di un par de pasos hacia él y, con un movimiento rápido, le lancé a la cabeza la botella —debía de ser de las buenas, porque ni por esas se rompió— y saqué la pistola que llevaba en la espalda.

Accioné el gatillo que activaba el mecanismo que la hizo cambiar al segundo.

Unos brazos metálicos y curvados salieron de los laterales y la culata se alargó sobre mi brazo hasta transformar una sencilla arma en una ballesta.

Me encantaba esa mierda. Esa y el peine eran mis armas favoritas.

Disparé la primera flecha de plata al corazón del querubín y respiré hondo y con satisfacción en cuanto su sangre me salpicó en la cara. Nada podía compararse con la sensación del líquido templado manchando mi piel mientras el cuerpo frío del que procedía rebotaba a mis pies.

Recogí con la lengua una de las gotas que me cayó en la comisura. La paladeé y dejé que mi bestia lobuna interior asomara la cabeza.

Todos los hombres alrededor de la mesa rectangular se pusieron en pie en cuanto el cuerpo del querubín se desplomó.

Pero no se movieron del lugar. Me observaban pausados, como si esperaran que fuera a soltarles una charla de qué venía buscando o si simplemente se trataba de un ajuste de cuentas con los murciélagos que acababa de dejar K.O.

Yo no era pacífico, y pensaba darles matarile después de un par de preguntas, de todos modos. Pero fue el movimiento de Ryan el que me hizo actuar rápido.

Me tocó los cojones que quisiera huir de allí. No se lo iba a permitir, porque antes teníamos que tener una pequeña charla.

Di un salto y me lancé a lo bestia sobre la mesa, como si se tratase de una piscina y no de una superficie sólida.

Estaba seguro de que eso no se lo esperaban.

Tardaron un par de segundos en empezar a sacar pipas y a disparar como si les fuera la vida en ello.

Un momento... Sí les iba la vida en ello.

Yo, como me gustaban las cosas ordenadas, decidí empezar por los primeros en la mesa e ir avanzando conforme los machacaba.

Patada al de la izquierda y flecha en la frente al de la derecha. Patada. Flecha, flecha, flecha. Me quedé sin munición y estaba sudando como un cerdo.

De rodillas sobre la mesa, me quité la americana. Fue cuestión de un segundo, pero suficiente para que uno de ellos me acertara en el costado. La bala escoció como su puta madre, pero por cosas peores había pasado.

Ya con la chaqueta en la mano y unos giros de muñeca, atrapé con ella el arma del vampiro más cercano, conseguí arrebatársela y empecé a repartir disparos a los cráneos que se me cruzaban por delante.

El color de la sangre me cegaba. Era como bailar en el paraíso. Sonidos de huesos que se rompen, lluvia burbujeante de color burdeos, olor a óxido, tacto pringoso en las manos, los lamentos y la agonía antes de la muerte...

Mejor que una pieza de Chopin.

Con un mortal hacia atrás, bajé de la mesa y contemplé el macabro Guernica que había dibujado sobre la moqueta. Solo por aclararlo, lo del mortal hacia atrás no era estrictamente necesario, pero quien tiene estilo no puede evitar hacer ese tipo de cosas.

El sonido de una suela de zapato despegándose de la pringosa moqueta hizo que saliera disparado hacia el ingenuo Ryan, que debía de pensar que podría irse de rositas.

De un empujón, lo senté en uno de los sofás, lo cogí por el cuello de la camisa y lo aprisioné contra el respaldo. La lamentable araña que había perdido su perfecta sonrisa intentó defenderse lanzando los puños al aire, tratando, creía yo, de golpear mi cara.

—Oye, llevo pendientes en ambas orejas —le dije educadamente—, ten cuidado con esos manotazos, no vaya a ser que me tires de uno de ellos. Te advierto que duele un montón, y no quieres saber cómo me pongo cuando algo me duele un montón.

Busqué cualquier cosa que me fuera útil cerca de nosotros. No había mucho donde elegir: el imbécil de Ryan con su perfecto traje, el sofá bajo este y... «Oh, perfecto».

Alargué el brazo hacia la cabeza del vampiro agonizante que quedaba a dos palmos de Ryan, le abrí la boca, le pedí perdón por lo que estaba a punto de hacer y, con un par de tirones fuertes, le arranqué uno de sus colmillos. El tío chillaba como un cerdo en el matadero. Glorioso.

—Esto servirá —le hice saber con orgullo a mi víctima humana—. Por cierto, estás muy guapo con este traje, ¿te lo había dicho? Te sienta mejor que el gris que llevabas ayer por la tarde.

Su expresión de profundo horror me alegró el día.

—Oye, Ryan, ¿conoces el juego ese del ahorcado?

No dijo nada, y acerqué el colmillo para que entendiera mis intenciones. Lo hizo y, por ello, asintió de forma desesperada. Le tenía tanto asco a ese tío que disfrutaba muchísimo más del olor procedente de su miedo que de cualquier otro.

—¡Genial! —Sin dejar de mostrarle mi entusiasmo, le clavé la punta del colmillo en la frente y empecé a deslizarla, abriéndole la piel hasta hacerle tres rayas horizontales, una al lado de la otra.

Tuve que sujetarlo con más fuerza porque el príncipe era un quejica y comenzó a moverse y a lloriquear como un crío—.

Deja de culebrear o no me quedarán rectas, y eso afeará mucho la cicatriz.

Venga, empecemos. —Le di un par de palmaditas en la mejilla, para que entendiera que iba de buen rollo—.

Cada vez que no me guste una respuesta, te daré una letra.

Yo de ti, intentaría no conseguirlas todas.

»Te he estado investigando, Ryan Smith, y he descubierto que te encanta codearte con unas alimañas que infectan sin miramientos y, además, tú las ayudas a proliferar.

Como exterminador, estoy aquí para acabar con la plaga; no sé si me sigues.

Voy a ser claro, para no llevarte a confusión.

Quiero aniquilar el problema de raíz y, para ello, debo dar con Erik Freeze, vlader y Capo de la mafia nocturna, líder de la colmena.

—Hice una pausa dramática, para dejarle asimilar la información—.

Ahora te lanzo mi pregunta: ¿dónde se esconde Erik Freeze?

La araña empezaba a apestar a sudor y respiraba como si tuviera una bolsa atada al cuello. La sensación de poder que tenía cada vez que sometía a alguien con ese tipo de agresiones me resultaba adictiva. Podría hacer eso todos los días y no me cansaría.

—Lo juro —empezó. Mal íbamos—. No tengo ni idea.

—Respuesta incorrecta.

Me incliné sobre él y me empapé de sus gritos mientras escribía la primera letra sobre la raya de la izquierda.

Sentí una punzada en el costado, seguida de una sensación húmeda y tibia que ya conocía demasiado bien.

Miré a la zona afectada y chasqueé la lengua al ver el estropicio.

Por suerte, había sido un tiro limpio y la bala no había quedado atrapada en el músculo ni había dañado ningún órgano.

Tenía que darme un poco deprisa si no quería perder demasiada sangre.

—Probemos otra vez —ronroneé a mi ratoncillo.

—No, por favor... —balbuceó. Que rogaran también era una de mis partes favoritas del juego.

—Va, te quedan dos oportunidades. ¿Dónde se esconden el Boss, Patrick Freeze y su sobrina Amelia?

Empezó a gritar desesperado, como un loco poseído por algún demonio. Solté una carcajada seca. De verdad, si me conocieran, se quedarían quietos y callados, porque así me aburrirían y conseguirían que, al menos, terminara todo rápido.

—¡Que no lo sé! Nunca me han llevado con los grandes, eso solo ocurre en el ritual de cambio, y a mí todavía...

—¿Todavía te falta entregar una víctima?

Tragó saliva, intuyendo lo que iba a pasar. Suspiré con hastío.

—Efectivamente —le confirmé—, esa respuesta no es de mi agrado.

Intentó patalear como la cucaracha que era, pero no consiguió deshacerse de mí mientras, con esmero, le grababa la segunda letra con el colmillo.

La sangre empezaba a resbalarle hacia los ojos, y el olor comenzó a hacerme desear beber de ella. Luego recordé el asco que me daba el tío. Necesitaba acabar con eso cuanto antes y tomarme el vial de curación.

—Último intento. ¿Dónde está la colmena?