Eclipse en Shadow City 9. La chica de rojo #2
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9. La chica de rojo #2

Siempre había pensado que era más animal que persona. Que lo que fuera de lobo que me habían inyectado había aplastado la mínima parte humana que había en mí.

Qué equivocado estaba.

Porque ahora, justo en el momento en que el olor a rosas me golpeó la nariz, fue cuando realmente descubrí que el lobo dormía y había despertado para salir a cazar por su Caperucita.

Porque ella. La chica de rojo. Red. Era mía.

—Me cago en la puta... —murmuré—. Tenemos un problema. Uno de los gordos.

—¿Qué ocurre? —preguntó Johnny—. No capto ningún movimiento sospechoso a través de las cámaras. ¿Qué ves?

—Es ella. —Hice rodar el cuello para soltar la tensión.

—Ella, ¿quién?

—La acompañante de la araña. Es mi mahni.

Silencio.

—Vamos..., no me jodas —suspiró el hacker. Ya podía imaginármelo quitándose las gafas para pellizcarse el tabique—. ¿Estás seguro?

—Tanto como que el peor Batman de la historia ha sido el interpretado por Ben Affleck.

—Mierda. Sí que estás seguro entonces... ¿Qué hacemos?

Con el índice, tiré del cuello de la camiseta. De pronto, todo me asfixiaba.

—Continuaremos con la misión, como estaba previsto.

Pero no sé cómo manejaré la situación porque, ya te aviso, la cosa tiene pinta de ponerse muy fea.

—Y lo dije porque me picaba la piel con el esfuerzo de no acercarme a ella.

Porque cada vez que imaginaba a cualquiera, y más a Ryan, tocándola, mi visión se nublaba con rojo sangre.

—¿Tan fuerte es el tema? —Noté la preocupación al otro lado del intercomunicador.

—No lo sé. El único ejemplo que tengo es el de Hudson con Wendy, y tampoco lo viví muy de cerca. Pero... sí puedo confirmarte que algo muy chungo en mí me está incitando a reventar cabezas.

—Está bien, analicemos la situación. Escúchame... —Obviamente, no lo hice. En cuanto empezó con sus excesivas preocupaciones de siempre, mi cerebro desconectó.

Mis neuronas ahora solo parecían responder a una cosa, y esa era mi mahni, la hermosa sirena que no sospechaba que estaba nadando entre tiburones.

En ese momento percibí cómo ella se alejaba de la barra con esa araña que no tenía ni idea de con quién estaba jugando. Tenía suerte de que todavía nos hiciera falta para llegar hasta el Boss.

Unos golpes en el hombro me hicieron volverme. El barman rapado estaba inclinado sobre la barra. Que hubiera venido expresamente a decirme algo no auguraba nada bueno, más cuando sus últimos clientes habían sido precisamente ellos.

—Has dicho que te avisara si algún humano pedía un bloody mary —me dijo, ignorando cómo mi mandíbula crujía—. El tipo que va con la pelirroja acaba de hacerlo, soldado.

Inspiré mientras notaba cómo los nervios se me crispaban.

—¿A ella la has...?

—Sí, he puesto droga en su copa. —Hizo una pausa, imaginé que porque se me debió de marcar alguna vena en la sien—. Tuve que hacerlo.

—Tuviste que hacerlo... Claro.

Apreté tanto los dedos que el vaso se hizo añicos bajo mi agarre. «No te lo cargues. Es uno de los nuestros», me convencí... momentáneamente.

Ignoré la sangre que empezó a manar de los cortes que me hice. El control me estaba abandonando poco a poco, por más que intentaba aferrarme a él.

Pero la sangre, y no precisamente la mía, tendía a llamarme en los momentos más difíciles.

Volví a girarme y, sin perder de vista a mi mahni y a la araña, comencé a pasearme lentamente entre la multitud que se movía frenética.

Estaba haciendo lo que mejor se me daba. Por lo que había venido a este mundo. Cazar.

De pronto, los vi moverse. Me quedé en mi lugar, pues no quería seguirlos tan de cerca. Uno, porque no estaba seguro de poder mantenerme en mis cabales. Dos, para no levantar sospechas.

—El objetivo se mueve —murmuré para Johnny—. Síguelos e infórmame de los pasos de Ryan. Apuesto a que no tardará en llevarnos hasta algunos miembros de la colmena.

La preocupación me había puesto una soga al cuello y cada vez me faltaba más el aire.

La marca en la palma de la mano me ardía conforme pasaban los minutos y, de algún modo, sabía que eso era a causa del efecto de la droga en ella.

El eclipse me avisaba de que mi mahni necesitaba protección.

Y yo me estaba volviendo loco tratando de hacer las cosas bien y luchando contra ese veneno que me instaba a llevármela de allí e incendiar el local con todas esas sanguijuelas dentro.

¿Tenía que acostumbrarme a esto? Si me sentía así por una puta droga... No quise imaginarme cómo se rompió Hudson cuando le arrebataron a Wendy.

Eso era desquiciante. Si por algo yo no quería eclipsarme con nadie...

—Parece que la ha obligado a encerrarse en el lavabo —me comentó Johnny al cabo de unos minutos.

—¿Dónde está él?

—Está subiendo a la sala vip. Queda justo encima de la barra central. Cuento, al menos, doce vampiros, y me jugaría el puesto a que todos van armados.

Analicé el área indicada. Efectivamente, había una planta abierta cuya baranda de cristal finalizaba a la altura de la mitad de la barra circular, de modo que ese reservado, todavía más exclusivo, debía de medir aproximadamente la mitad que toda esa pista.

Una zona oscura, para dar privacidad en un local de por sí exclusivo, siempre me aportaba felicidad. Ahí era donde se escondían los especímenes interesantes.

Me alegré de no haberme cargado al camarero al instante. Porque gracias a él me hice con una botella de champán y conseguí acceso a la zona vip.

Antes de subir, me acerqué al DJ fingiendo un leve tambaleo.

—¡Eh, tú! —grité, e hice varios gestos con las manos para llamar su atención—. ¡Pon música de verdad y sube el volumen! ¡Que se note que estamos en una fiesta, y no en la boda de una pareja de sexagenarios!

Así, si la cosa se ponía tensa y había disparos, nadie allí abajo nos oiría.

El tipo me sonrió con malicia desde la tarima y aceptó mi reto. Por los altavoces empezó a sonar una versión cañera de «Chop Suey!» a toda hostia que me subió la adrenalina a las nubes.

Entre saltos, movimientos de cabeza y deslizamientos por el suelo mojado, llegué a la base de las escaleras que me llevarían al lugar donde esperaba deshacerme de toda esa tensión a la que me había sometido el vínculo.

Me sentía eufórico y con ganas de guerra. Y el DJ lo había clavado con la banda sonora para mi escena de acción.

—Subo —anuncié a mi compañero.

—Te estoy viendo, ¿recuerdas? Dales caña, colega.

Llegué al último escalón y mostré mi mejor sonrisa. Por desgracia, no me dieron tiempo a lucir mis dotes de actor porque, en cuanto pisé el reservado, las conversaciones cesaron y todas las caras enfermizas se giraron hacia mí.

Aquí el suelo estaba enmoquetado en rojo.

Yo jamás recomendaba ese tipo de superficie porque se manchaba con facilidad y, una vez que se empapaba de cualquier líquido, era prácticamente imposible de limpiar.

Había que cambiar toda la moqueta. Y eso era una faena. Para quien tuviera que hacerlo, claro.

—¿Quién diablos eres tú?

De los sofás redondeados a los lados se levantaron cinco tipos elegantes, dejando a sus conejitas sentadas en ellos.

A mí estos me daban exactamente igual, solo eran los típicos de seguridad, prescindibles para la mafia.

Un pequeño obstáculo para dar tiempo a actuar a los verdaderos mastodontes que rodeaban la mesa del fondo y protegían a quien yo todavía no conocía, pero seguro me interesaba.

Un leve movimiento en una esquina llamó mi atención. Oh, mira, ahí teníamos a Ryan.

Como un sabueso que acababa de encontrar una liebre, se me activó el modo destructor.

—Para ti, un problema que no podrás resolver.

—Sonreí. Me agradó no tener que interpretar un papel y pasar directamente a lo interesante—.

Y mi segundo nombre es «tu desgracia». Pero quiero ser famoso y que todos me conozcan como el puto helsing que arrasó vuestra colmena.

Así que tenéis suerte, porque dejaré a uno de vosotros vivir para que corra la voz.

Me dio que no le hizo gracia que me volviera viral. El rubito que me preguntó se vino hacia mí con el puño en el aire, coincidiendo justo con el primer wake up de la canción de System Of A Down y, joder, podría haberme corrido del gustazo que eso me provocó.

Detuve el golpe con el antebrazo y aproveché el movimiento para darle con la botella de champán que sujetaba en la otra mano, directamente en los huevos. Buscaba el dolor, siempre lo hacía. Y el grito que soltó el querubín fue como un chupito de felicidad para mí.

Al fin, estaba en mi salsa.

Uno de los otros cuatro idiotas reaccionó rápido, pero el muy cobarde vino a atacarme por la espalda.

—No, hombre, así no se hacen las cosas —le recriminé justo cuando lo detenía clavándole la boca de la botella en el esternón.

Se dobló por la cintura y ese segundo que mostró de debilidad me proporcionó el momento perfecto para partirle la mandíbula a otro de los suyos con el culo de la botella. Uno, dos, tres golpes y un magnífico espectáculo de dientes volando por los aires como palomitas recién hechas.

El más grandote del grupo tuvo la osadía de acercarse a mí como si fuera el abusón del patio.

Queriendo intimidarme con su altura y sus músculos desproporcionados.

Típico en ese tipo de gentuza: se creen que lo tienen todo ganado.

Por eso vino andando con los brazos abiertos a los lados y echando la cabeza adelante como un toro a punto de arremeter.

—Muéstrame lo que tienes, muñequito —me dijo.

¿Muñequito? Tuvo su gracia, supongo. Yo, por lo menos, me reí mientras sacaba uno de los peines del bolsillo interior de mi chaqueta. Me pasé las púas por el tupé y esperé a tener al mastodonte blancucho cerca.

No había terminado de dar el último paso cuando le clavé el peine en horizontal en la garganta. Las púas de plata perforaron su cuello ancho y, solo por si acaso no se había incrustado lo suficiente, le di otro golpe con la rodilla.