9. La chica de rojo
La chica de rojo
Lancé la llave de Eleanor al valet que se acercó a recibirme.
—Escucha, guaperas —le dije cuando pasó por mi lado, dispuesto a sentarse en mis exquisitos asientos de cuero—. Un dedo roto por cada arañazo que le vea, ¿estamos?
El valet asintió con mirada de conejo en mitad de la carretera y, cuando me sentí satisfecho con la amenaza, subí los escalones que me llevaban a la boca del Golden Sword.
Encendí un cigarrillo y me puse a fumar a un lado de la puerta principal.
Aproveché para estudiar los movimientos de los hombres apostados a cada lado de la entrada.
Enseguida reconocí al de la derecha. Solo tenía que dirigirme a él en el momento en que el otro acompañara a algún invitado hasta el ascensor del fondo.
—¿Tienes acceso a las cámaras? —pregunté a Johnny por el intercomunicador. Sonreí entre calada y calada para disimular cuando una pareja pasó por mi lado.
—Confirmo —me respondió. Por el tono serio de su voz, ya sabía que estaba concentrado al cien por cien en la misión—. Las cámaras me muestran el hall, el interior del ascensor, y tengo imágenes de la fiesta en la sala inferior desde ocho ángulos diferentes.
—¿Alguna señal del Boss o de la hija del vlader?
—Dudo que veamos a Amelia en algún evento antes de su cumpleaños. En cuanto a Patrick... Nada. —Durante unos segundos solo oí el sonido del teclado del ordenador—. Tampoco veo a la araña.
—No creo que se pierda la velada. Este tipo de eventos seguro que lo hacen sentir importante.
—Si finalmente va, es posible que incluso lleve consigo alguna ofrenda para los vampiros.
Yo también lo creía. Expulsé el humo, disfrutando de la textura amaderada que se instalaba en mi lengua.
—¿Le has dado el chuletón a Cenizas? —Cambié de tema. Quería asegurarme de que mi pequeña había disfrutado del caro manjar que había comprado para ella. La mejor carne para la mejor compañera.
—Tu fiera no dejó de babear sobre mí hasta que se lo di.
Sonreí y lancé la colilla al impecable suelo del edificio de niños ricos, esperé a que el enchaquetado de la izquierda acompañara a un invitado de avanzada edad al ascensor y me acerqué al que quedaba a la derecha.
—Vengo a segar lo que el sol no abrasa —le dije, tan natural como si le estuviera deseando buenas noches.
El tipo asintió y me llevó hasta el ascensor en cuanto el otro ocupó de nuevo su lugar.
La SOF tenía infiltrados en todos los países.
La mayoría de ellos habían sido capturados en alguna misión y habían tomado la inteligente decisión de colaborar con nosotros a cambio de no morir de una forma tremendamente dolorosa y lenta.
Así pues, en el menú de topos contábamos con humanos, vampiros, fantasmas, licántropos...
Incluso teníamos un espía dentro de los Yume No Doragon, los dragones de sueños, el clan más temido de la yakuza.
La agencia les pagaba una buena suma de dinero por cada ápice de información que nos ofrecían o por haber prestado su ayuda a cualquiera de los helsings en alguna misión, como en este caso, mi colega de las gafas de sol.
Los agentes los distinguíamos fácilmente porque todos esos reinsertados tenían una fina línea roja tatuada en vertical en el dedo meñique.
Dejé atrás al topo que me había dado paso y aproveché los espejos del amplio ascensor para asegurarme de que iba impecable.
El traje negro se me ajustaba como un guante. Tendría que haber llevado camisa blanca, pero la falta de elasticidad de la prenda la volvía incómoda a la hora de ponerme violento, así que la sustituí por una camiseta de algodón. Tampoco quedaba mal. Quien tiene percha puede lucir lo que quiera.
Saqué de los bolsillos interiores de la americana uno de mis peines y perfeccioné el tupé. Me eché un último vistazo y, joder, con ese traje estaba tan bueno que yo mismo me habría echado un polvo.
Al fin, las puertas del elevador se abrieron... Siempre me he preguntado por qué se llama así. Elevador. De elevar... Pero si también baja... En fin, incógnitas de la vida. Como iba diciendo, las puertas se abrieron y me dejaron ver la cueva de los murciélagos.
Aunque mi olfato me informó de que en la fiesta había tanto humanos como chupasangres.
Salí dispuesto a ir directo a la barra circular que había justo en el centro de la sala.
Apenas me entretuve un poco con alguna que otra vampira que desconocía el término «sutileza».
De nuevo, me jodió estar eclipsado. Era plenamente consciente de que, en otras circunstancias, no habría descartado disfrutar de los placeres en lentejuelas que la fiesta me ofrecía en bandeja, antes de ir por faena.
Pero, por desgracia, el vínculo había conseguido que los intentos de seducción de cualquier mujer que no fuera Red no me provocaran absolutamente nada.
Ya podía hacerme un striptease Megan Fox, que me pondría lo mismo que una sardina haciendo pole dance .
—La luz aquí es escasa —murmuré para Johnny—. Incluso con mi visión, me costaría reconocer al camarero que trabaja para nosotros.
—Déjamelo a mí. Tú ve hacia la barra. —Obedecí. Cuando el hacker se concentraba, perdía toda jovialidad—. El más alto, el que lleva la cabeza rapada.
—Lo tengo.
Esquivé culos prietos y espaldas anchas.
Parecía que habían hecho un casting de belleza antes de enviar las invitaciones.
Aunque, en el fondo, no me sorprendía. Los vampiros eran los seres más clasistas de la Tierra.
Allí donde hubiera lujos, fiestas exclusivas, cuerpos de infarto, estilo y oliera a dinero negro, probablemente también encontrarías chupasangres.
Fui directo al barman que respondía a las características físicas mencionadas por Johnny y me senté en uno de los taburetes. En cuanto me preguntó qué quería tomar, le solté la misma frase que al trajeado de la entrada.
—Vengo a segar lo que el sol no abrasa.
El chico, vampiro, por el olor que emanaba, comprobó que nadie más nos estuviera prestando atención.
—¿Qué necesita de mí, soldado? —Directo y presto a ayudar. Ya me caía bien.
—Por ahora, que me sirvas un whisky y que estés atento. Procura atender tú a los humanos. Si alguno te pide un bloody mary, infórmame.
—Hecho.
El chico volvió a sus tareas y, tras servirme la bebida, observé cómo procuraba cumplir con la parte de atender a los humanos que se acercaban a la barra.
—La araña está en la cueva —me avisó entonces Johnny—, y parece que trae carnaza.
Como si simplemente quisiera echar un vistazo a las mujeres en la pista, me puse en pie y di la espalda a la barra, apoyando los codos sobre esta sin soltar el vaso de whisky.
Desde mi posición, busqué el ascensor y enseguida di con mi objetivo. Su estúpida sonrisa, no sabía por qué, pero me pedía a gritos que le partiera los dientes a golpes.
Entonces me fijé en su acompañante.
Dejé que el whisky bailara sin sentido en mi paladar.
El corazón me golpeó y agradecí que, por fin, una mujer que no era mi mahni me hiciera sentir una punzada en la entrepierna.
Quizá el eclipse no era un vínculo tan potente como creía, porque aquella personificación de Afrodita consiguió que me olvidara de todo lo demás.
La obra de arte que se aferraba al brazo de la araña lucía una melena del color del fuego, tan ardiente como toda ella. Las ondas de su cabello bailaban como llamas hasta sus hombros blanquecinos. Y ese vestido... estaba hecho para atrapar todas las miradas.
Quise saber cómo sería cubrir ese cuerpo con la misma suavidad con la que la tela definía cada una de sus curvas.
El color rojo vivo parecía pintado sobre el lienzo que era ella.
Formaba parte de un escote pronunciado que mostraba lo suficiente como para hacer perder la cabeza a cualquiera, pero no tanto como para dejar de ser elegante.
Las mangas largas se le ajustaban como una segunda piel, al igual que el resto del vestido que se perdía en la bruma artificial que cubría el suelo del local.
Se movía como si el mundo fuera suyo, pero con el punto justo de inseguridad.
Eso también me gustó.
Mis ojos se demoraron sobre todo en su cuello, y mi imaginación me llevó a preguntarme si sería capaz de rodearlo por completo con una sola mano.
Maldije la falsa penumbra del lugar. Demasiado oscuro como para ver con claridad.
Demasiado iluminado como para que mis capacidades de visión nocturna sirvieran de algo.
Lo maldije, porque me habría gustado poder verle bien el rostro.
A esa distancia solo le intuía unos ojos grandes y unos labios a juego con todo lo demás.
El color rojo se había convertido en mi nueva obsesión.
Rojo.
Red.
Deseché el recuerdo de la Caperucita que me había eclipsado y me concentré en esa nueva atracción, pues la mujer que ahora se acercaba a la barra con mi futuro catador de instrumentos de tortura había conseguido hacer que mi pecho vibrara de una forma que jamás había experimentado.
No varié mi postura cuando tomaron asiento a un par de metros de mí. Fingí seguir buscando mi próximo ligue con la mirada mientras apuraba la bebida.
—Dime si nuestro camarero los atiende —solicité a mi compañero.
Era extraña esta nueva faceta en mí, pero la presencia de la chica de fuego me ponía... ¿nervioso?
—Efectivamente.
Bien. Parecía que todo estaba controlado.
Hasta que al tamborileo en mi caja torácica se le sumó un hormigueo en la piel. Sentí un escalofrío que dejó paso a un irracional miedo, como si mi instinto me estuviera gritando la palabra «peligro». Extraño, porque el peligro solía excitarme, no acojonarme.
Tragué saliva y pasé el último sorbo de whisky con la intención de aligerar esa incomodidad a la que no estaba habituado. No sirvió de nada. Mis sentidos hiperdesarrollados parecieron responder a esa alarma activada a razón de nada y se abrieron para mí.
Fue entonces cuando supe a qué fue debido. Y el miedo se multiplicó al mismo tiempo, a la misma velocidad y con la misma intensidad que mis ansias de matar.