Eclipse en Shadow City Xander. Presente
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Xander. Presente

Xander

Presente

—Joder, joder, joder... —Claudia repite esa palabra en bucle y cambia mil veces de postura sobre el colchón, apretujando el cojín con fuerza—.

Sabía que Ryan era un cabrón de manual y todas las pistas me llevaban a pensar que era la araña, pero, mierda...

Confirmarlo me da escalofríos. Y, encima, coge y te encierra en el lavabo...

¿Perdona? —Se lleva las manos a la cabeza con la mirada perdida en sus cavilaciones y, después, me clava sus pupilas llenas de odio, aunque no va dirigido a mí—. Dime que te lo cargaste.

—¡Claudia! —Se escandaliza Scarlett, mientras que yo no puedo hacer otra cosa más que sonreír.

—No adelantemos acontecimientos...

—Y luego está lo de la rubia con la que lo pillaste —continúa la prima de mi chica, todavía dándole vueltas al asunto—, ¿la tipa esa era vampiro? —Nos mira a los dos, esperando una respuesta.

—Eso parece —responde Scarlett.

—Madre mía, no me dan las neuronas para procesarlo. —Se dirige a mí de nuevo—. Entonces, ¿hablamos de vampiros reales y no forma parte de vuestra jerga de agentes secretos para hablar de los delincuentes?

—En todo momento te he estado hablando de vampiros reales. —Arqueo una ceja—. Que yo sepa, nunca he dado a entender que me refería a criminales comunes. ¿Qué sentido tendría que nos llamáramos helsings y que la agencia tenga por nombre Supernatural Operations Force?

—Oye, no me presiones, ¿vale? —Con los nervios, deshace su coleta para luego volver a recogerse el pelo con la goma—. Mi cerebro intenta encontrarle un sentido lógico a tanta locura y, para eso, inventa cosas.

—Pues solo atiende y asume de una vez lo que te estamos explicando —murmuro.

Ella cierra los ojos y realiza varias respiraciones profundas antes de serenarse y retomar la conversación.

—Por favor —dirige sus ojos rasgados a Scarlett—, al menos dime que quien había al otro lado era Xander —ruega. Pone sus manos entrelazadas bajo la barbilla y mira a Scarlett como un cachorro de minino en una película de animación infantil.

—Pues... —empieza a decir mi pelirroja. Pero la distraigo a propósito, solo porque me divierte saber que puedo, cuando arrastro un dedo por el surco que forma su espalda, en ese pedacito de piel suave que queda al aire entre la camisa y el pantalón.

Estoy enganchado a sus reacciones. Ahora, por ejemplo, me hechiza la forma en la que se le eriza la piel y ella, rotando los hombros, intenta disimular el cosquilleo que le provoca mi contacto.

—Oye, ¿y tú dónde se supone que estabas? —El nuevo y repentino cambio de tema de Claudia consigue que vuelva a prestarle atención—. ¿Ese vínculo no debería avisarte cuando ella corre peligro o algo así?

Me echo a reír; casi parece que la prima de mi chica sepa más cómo funciona el eclipse que los propios helsings. Debería llevarla a la central para que nos dé una charla de esas del tipo «Educación sexual» que hacen ahora.

—Pues, verás...