8. No me tragué el cuento
No me tragué el cuento
Incliné el cuerpo hacia la ventanilla para dejarme asombrar por el Golden Sword. El emblemático edificio dorado destacaba de un modo asombroso por encima de los demás. Era el rey de la ciudad y miraba con elegancia y por encima del hombro al resto de las edificaciones de Shadow City.
Era la primera vez que lo veía desde tan cerca. El perímetro de seguridad abarcaba tanto el edificio como los cuatrocientos metros de alrededor, por lo que, si no tenías acceso, solo podías contemplar el orgullo de la ciudad desde lejos.
Mis ojos se perdieron en las placas doradas que lo cubrían por completo y estas hicieron que me sintiera minúscula e insignificante. Una punzada en el pecho me dijo que yo no encajaba en ese lugar.
Yo no debía estar allí.
Di un respingo cuando la puerta se abrió y el chófer me ofreció su mano enguantada para ayudarme a bajar como una auténtica dama.
Ryan ya me estaba esperando dos pasos más adelante con una de sus sonrisas de revista. Estaba tan embobada con el Golden Sword que ni me percaté de cuándo había bajado de la limusina.
Me aferré a su brazo y me dejé llevar hasta la puerta de entrada, donde dos hombres con traje negro, gafas de sol inútiles y pinganillo en las orejas controlaban que los asistentes estuvieran en la lista de invitados.
Las palmas me sudaban mientras esperábamos detrás de otra pareja hasta llegar a uno de los men in black . ¿Y si Ryan se había tirado un farol y no nos dejaban pasar? ¿Nos matarían? ¿Sacarían el cacharro ese para borrarnos la memoria?
Muchas películas había visto yo, porque no ocurrió nada extraño (ni emocionante, todo sea dicho). Ryan dio su nombre, me presentó como su acompañante y pudimos pasar tan ricamente.
Otro hombre con las mismas pintas que los de la entrada nos acompañó hasta el ascensor del fondo del majestuoso recibidor.
Apenas tuve tiempo de apreciar los detalles del espacio que nos recibía cuando el elevador abrió las puertas y entramos.
Era amplio, excesivo para solo dejar subir a dos personas; allí cabrían unas treinta.
Las paredes eran espejos y el suelo, una reluciente placa dorada.
No sé por qué me sorprendió que el ascensor nos llevara hacia abajo y no hacia arriba. Primero me confundió la dirección que tomó. Después, la cantidad de metros que bajamos. Fue como si nos llevara tres pisos por debajo de la planta de recepción.
Me agarré más fuerte al brazo de Ryan cuando las puertas que nos reflejaban volvieron a abrirse y dejaron que la fuerte música llenara mis oídos.
Estaba en una discoteca subterránea. No podía describirse de otra forma.
El ascensor nos había llevado a una gigantesca sala oscura, tenuemente iluminada, con algunos láseres de color fucsia que se movían de un lado a otro y un par de focos que destacaban la barra circular situada en el centro.
El lugar estaba atestado de gente elegante bailando, cantando y bebiendo.
Hombres enfundados en trajes de prestigiosas firmas, mujeres sensuales brillando en vestidos de lentejuelas, la bruma artificial que escondía los zapatos y envolvía el ambiente en misticismo, el olor a alcohol y perfume caro...
Parecía que el Golden Sword me había absorbido y llevado a otro mundo que jamás imaginé que escondía el edificio más elegante de América.
Dejé que Ryan me arrastrara entre el gentío hasta la barra central. No habíamos vuelto a hablar desde nuestras últimas palabras en la limusina, y el silencio entre nosotros empezaba a pesarme, más en un lugar como ese, lleno de completos desconocidos. Algo, no sabía qué, me hacía sentir insegura.
—¿Qué te apetece tomar? —me preguntó mi ex con una radiante y blanquísima sonrisa.
Me apoyé en la barra y observé a los camareros al otro lado sirviendo copas al resto de los invitados.
También vestían con traje, y me fijé en que se tomaban su tiempo en conseguir que los cócteles que preparaban quedaran perfectos—.
Es barra libre, así que pide lo que quieras.
—Un cosmopolitan.
—Perfecto. —Ryan hizo una señal a uno de los camareros—. Un cosmopolitan para la señorita de mis sueños y un bloody mary para mí.
—¿«Señorita de mis sueños»? —repetí con incredulidad. Nunca me había dicho nada por el estilo estando juntos.
—¿Acaso no lo eres?
Puse los ojos en blanco, aunque se me escapó una sonrisa. Ser la mujer de los sueños de alguien no estaba nada mal. Tomé la fina copa en cuanto me la tendió el camarero y esperé a que le sirvieran el bloody mary a Ryan.
—Bueno, ¿vas a dejar de esquivar el tema? —le pregunté tras dar un primer sorbo a mi bebida. Estaba exquisita, el mejor cosmopolitan que había probado.
—¿Qué tema? —Ryan posó su mano en la parte baja de mi espalda, que el vestido dejaba al aire, y me acercó a él todo cuanto pudo.
No negaré que algo me removió por dentro. Sentí ese cosquilleo previo a los besos, esos nervios de intuir qué quiere de ti la otra persona, y una sonrisa traviesa trepó por mis labios.
—Ya sabes qué tema —le contesté juguetona. Ryan tenía el don de hacerme flaquear cuando dejaba salir su lado seductor—. Tú, una chica que no era yo, en tu despacho...
Me detuve cuando un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
En ese momento fui consciente de que el camarero que preparaba el bloody mary no dejaba de observarme.
Y no era con una de esas miradas sutiles con intención de coquetear o de, simplemente, admirar mi silueta femenina.
No. Era una mirada fría y afilada que no hacía juego con su sonrisa.
No me quitaba el ojo de encima, y me dio tan mal rollo que tuve que mirar hacia otro lado.
—Ven. —Ryan cogió, por fin, su copa en cuanto el camarero creepy se la tendió y presionó levemente mi cintura para llevarme a la pista entre la multitud—. Vamos a bailar un poco y, mientras, te doy mi versión de los hechos.
Se colocó a mi espalda y, con las manos en mis caderas, me incitó a moverme.
No opuse resistencia y empecé a contonearme como sabía que le gustaba, sugerente, sensual, pero sin perder la elegancia.
Él siguió mis movimientos y acercó sus labios a mi oreja para que pudiera oírlo por encima de la música.
—La mujer con la que me viste es una clienta. —El calor de su aliento me hizo cosquillas en el cuello, y por un momento deseé que besara mi piel—. Pero de un negocio que nada tiene que ver con los vestidos de novia.
Giré en el sitio y apoyé las manos en su pecho, sin dejar de seguir el ritmo de la música.
—¿Y qué negocio es ese? No sabía que te dedicaras a alguna otra cosa; nunca me lo contaste.
—No podía decírtelo, y sigo sin poder hacerlo. —Arrugué la nariz, no me gustaban las explicaciones a medias—. Pero lo que viste fue la prueba para cerrar el acuerdo que me metería en... ese negocio del que no puedo hablarte.
Puse un poco de distancia entre él y yo con un giro. Tanto secretito no me estaba haciendo gracia.
—¿Y esa prueba consistía en dejar que esa tipa metiera la nariz en tu cuello? —le pregunté molesta.
Parpadeé varias veces, pues un repentino mareo hizo que me tambaleara y, por un momento, mi visión se enturbió. Cuando recuperé el control, miré mi copa y no entendí el porqué del vahído. Aún no me había bebido ni la mitad del cóctel.
—Escúchame —dijo, y no me gustó el modo en que me agarró la muñeca—, te lo voy a contar.
Total, si para lo que te queda... Si esto sale bien, Scarlett, seré inmortal.
—¿Qué? Se había vuelto loco. Sus ojos desquiciados me lo decían—.
Esa mujer estaba probando mi sangre, para saber si podría soportar el cambio.
¿Y sabes qué? —Empezó a reírse de una forma que me hizo retroceder.
Estaba perdiendo la cabeza—. Que sí soy apto para ser uno de ellos.
—Uno de ellos..., ¿de quiénes? —pregunté sin entender.
Di un sorbo más y todo a mi alrededor empezó a darme vueltas.
La música parecía que sonaba lejos, la voz de Ryan apenas era un eco en la lejanía y no tuve fuerzas ni para seguir sujetando la copa, que se hizo añicos al caer al suelo—. No me encuentro... bien.
—Vampiros —me dijo, acercándose para susurrármelo al oído.
Lo empujé y me separé de él dando bandazos hacia atrás.
—¡¿Vampiros?! —grité, y el muy imbécil me chistó haciéndome callar.
Menuda pérdida de tiempo—. Pero ¿tú te crees que soy idiota o qué?
—Se echó a reír, y eso no hizo otra cosa más que enfurecerme—.
¿Sabes?, eres un pijo presumido que no merece que malgaste ni un minuto de mi vida con tus tonterías.
Un vampiro, sí... Un chupasangre es lo que has sido toda la vida, consumiéndome la energía y la autoestima.
Qué tonta he sido. Una ridícula... —Tuve que agarrarme a la manga de su chaqueta para no caer de morros al suelo con el mareo que llevaba—.
Pero, tranquilo —continué diciendo, a pesar de que ya no sabía ni dónde miraba—, que ya encontraré un tío que merezca la pena y sepa conquistar a una mujer como yo.
Alguien que no invente mentiras disparatadas por encubrir su infidelidad. Asqueroso...
Quise escupirle, pero cuando lo intenté, la baba resbaló por mi barbilla y solo conseguí avergonzarme a mí misma.
—Oye, estás borracha y me estás abochornando.
Me quejé cuando Ryan me cogió con excesiva fuerza del brazo y me arrastró con brusquedad entre la gente que seguía bailando ajena a todo.
—Suéltame, bruto.
Siguió tirando de mí con tanta fuerza que notaba cómo me ardía el brazo en el lugar donde sus dedos apretaban. Me empujó a la puerta del lavabo y, con los ojos nublados de furia, me señaló con el dedo.
—Entra ahí y échate agua en la nuca, en la cara o donde quieras para refrescarte.
—Con un gesto de la cabeza me hizo ver unas escaleras que quedaban a su derecha y que yo no había visto hasta el momento.
Parecía que daban a una zona más privada.
Pude ver que esa planta terminaba con una barandilla a la altura de la barra central, desde donde los que estuvieran allí arriba podrían ver todo lo que ocurría aquí abajo—.
Voy a subir a la zona vip, donde esperan mis nuevos socios, para comprobar que todo vaya bien.
Luego bajaré a por ti. No salgas hasta que te lo indique y procura no avergonzarme.
Como ni siquiera era capaz de pronunciar palabra, le saqué la lengua solo para irritarlo aún más, entré en el baño y cerré la puerta de golpe.
Curiosamente, por mal que me encontrara, no tenía ganas de vomitar. Así que hice mis necesidades, salí del cubículo y me apoyé en el mármol del lavabo para mirarme al espejo.
Estaba borracha, pero seguía estupenda.
La cabeza continuaba dándome vueltas. No entendía cómo había llegado a ponerme así si ni siquiera había apurado la copa.
Aparté las ondas de mi cabello, dejé que mi mano se mojara de agua fría bajo el grifo y me humedecí la nuca. Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, disfrutando del frescor que me proporcionaban las gotas que empezaban a resbalar por mi espalda.
Permanecí con los ojos cerrados y las manos sobre el mármol no sé cuánto tiempo. Parecía la única forma de dejar de sentirme como si estuviera en la cubierta de un barco en mitad de la tormenta.
Oí cómo un par de veces se abría y se cerraba la puerta, alguien con tacones atravesaba el espacio, una cisterna, el sonido del grifo a mi lado...
Mujeres que iban y venían, y ni una sola se paró a preguntar si estaba bien, cuando debía de ser más que evidente que no lo estaba. Cosas de gente rica, supuse.
Y entonces, al cabo de vete a saber cuánto rato de estar allí metida, aporrearon la puerta con fuerza.
Supuse que sería el gilipollas de mi ex.
Pensé en no salir, pero ¿de qué me serviría, además de para cabrearlo todavía más?
Me encontraba fatal y necesitaba irme de allí.
A la mierda sus socios y a la mierda la fiesta exclusiva para la que me había vestido como para pasar por la alfombra roja de los Oscar.
Así que abrí los ojos y comprobé que todavía veía como si me hubieran lijado las pupilas. Caminé despacio, para no caerme, hacia la puerta, la abrí y... Definitivamente, ese no era Ryan.