7. A lo femme fatale
A lo femme fatale
El sonido del claxon proveniente de la calle me alertó de que la limusina ya me esperaba abajo. Eso, y la llamada de Pete, el portero, con su «Ryan Smith solicita que la informe de su llegada, señorita Joy».
La excesiva cordialidad de Pete me hizo reír. Solo me llamaba «señorita Joy» cuando Ryan estaba delante. Decía que era un estirado que se las daba de caballo semental cuando no era más que un burro con traje. Su frase favorita: «tú vales mil veces más que él».
Nos llevábamos bien. De vez en cuando, le bajaba un café y nos poníamos al día con los cotilleos del bloque.
A Pete no se le escapaba una y, claro estaba, mis asuntos tampoco eran un secreto para él.
Por lo que haber visto a Ryan de nuevo, sabiendo que hacía ya dos meses que lo había dejado, lo tendría en ese momento ávido de información.
Por mi parte, lo admitía. Estaba nerviosa.
Terminé de pintarme los labios frente al espejo de la entrada. Escogí un labial de un intenso color rojo, a juego con el vestido, las uñas y las sandalias de tacón. Los looks a lo femme fatale eran mis favoritos, y esa noche no iba a ser menos.
«Estarás nerviosa, pero ni eso hace que dejes de lucir como una auténtica diva», me di ánimos.
Me tomé unos segundos más para contemplar mi reflejo.
Todavía no tenía muy clara cuál iba a ser mi estrategia.
Primero, escucharía la explicación que Ryan tanto insistía en darme.
A partir de ahí, o bien volvía con él, cosa que a cada segundo que pasaba tenía bastante claro que no iba a ocurrir, o bien continuaba con la fiesta por mi cuenta y simplemente dejaba que él me admirara desde lejos.
Lo único que tenía claro era que no quería resultarle indiferente. Y con ese vestido lo iba a lograr.
Una parte de mí me decía que lo que buscaba no era recuperarlo, sino vengarme. Atraer su atención para que viera lo que había perdido. Si no fuera así, ¿para qué iba a elegir un vestido tan provocativo, si cada vez tenía más claro que no quería volver con él?
Pues sí. Quería sentir el poder de tenerlo rogando a mis pies, para decirle a la cara y con gusto «No».
Mi cambio de actitud me parecía algo asombroso.
Dos noches antes estaba llorando y arrastrándome por los rincones de casa porque, teóricamente, echaba de menos a Ryan.
Ahora que él demostraba su interés en mí y que quería recuperarme, me daba cuenta de que realmente estaba muy bien sola y que, simplemente, buscaba llamar su atención para demostrarle que, como decía Pete, yo valía mil veces más que él y que cualquier otra mujer con la que pretendiera liarse.
—Vas a conquistar lo que quieras con estos tacones, reina. —Me despedí de mi reflejo con una sonrisa coqueta y la barbilla bien alta.
Bajé en el ascensor y Ryan abrió la puerta trasera de la limusina en cuanto me vio salir.
El primer impacto no fue el deseado. Sí noté cómo los ojos de mi ex se agrandaron al verme y pude apreciar el movimiento de su nuez al tragar saliva.
Pero el capullo, ni con ese vestido de diosa, fue capaz de decirme nada más que un «buenas noches, princesa» antes de que subiera al vehículo.
Ni bella, guapa, hermosa o preciosa. Nada.
Con razón mi autoestima se había jodido —no mucho, porque yo sabía que era atractiva, pero sí lo suficiente como para sentirme menos que antes— los años que pasé con él.
Yo lo veía como a alguien que estaba muy por encima de mí.
Sentía que yo tenía la suerte de poder estar con alguien como él y no me cansaba de recordarle lo guapísimo que estaba siempre.
Mientras que él jamás me había adulado o había apreciado las horas que me pasaba arreglándome para estar a su altura.
Sería idiota...
Una vez acomodados en los asientos de cuero, se pasó el trayecto hablando de idioteces a las que no presté la más mínima atención.
Yo iba a disfrutar de una fiesta exclusiva y a escuchar sus excusas de por qué lo pillé como lo pillé en el despacho hacía dos meses.
Pero empezaba a pensar que esa conversación no se iba a dar en toda la noche, porque el par de veces que le saqué el tema, lo eludió diciendo que primero debíamos disfrutar del evento.
El iluso intentó en varias ocasiones besarme en los labios, pero yo giraba la cara para que el beso de Judas quedara en mi mejilla.
—No habrá beso hasta que haya explicación —le dejé claro en una de las cobras que le hice. En realidad, no iba a volver a besarlo jamás, lo había decidido, pero eso él no tenía por qué saberlo.
—Está bien —terminó cediendo, para mi sorpresa, poco antes de que la limusina se detuviera—. Entremos y te lo explico mientras tomamos algo, ¿te parece mejor así?
—Perfecto.