6. Adiós a mi fantástica vida de soltero #2
Tenía un pellizco en el estómago que sabía lo que significaba, pero que me negaba a reconocer.
El eclipse me había marcado; ya no podía hacer nada excepto resignarme a asumir que ahora pertenecía a una única mujer.
Me gustase o no, me enamorase o no, me pusiera cachondo o no, me había encadenado a la Caperucita bajo la lluvia.
Todos mis sentidos me gritaban, incluso ahogados en alcohol, que debía ir por ella.
El hecho de querer rechazar psicológicamente ese vínculo me producía picores, porque ahora, para mi cuerpo y mis instintos, lo primordial era ella.
Por más que mi mente luchara por todo lo contrario.
Resignado con el mundo y con ganas de patearle el culo a la vida, cogí y me senté a la mesa de los tortolitos europeos. Sin permiso, porque para qué, me puse al lado del gafotas que quería ir de buena persona y le pasé el brazo por los hombros.
—Eh, colega —le dije arrastrando las palabras—. Ha sido muy bonito lo de antes. Eso de ayudar a un extraño en apuros y tal. Te merecías un aplauso, pero aquí la gente es muy rancia...
No se me escapó el gesto que hizo el chaval, como si tratara de huir de mi aliento. Me molestó un poco. Odiaba los malos olores, y ahora me repugnaba ser causante de ellos. Así que abandoné la botella en la mesa y me prometí no volver a tocarla.
—Oye, tío, no queremos problemas —me dejó claro el chico.
Tenía el pelo castaño revuelto, los ojos de un color marrón claro y, a primera vista, no me lo pareció, pero el colega era alto y, por lo que palpaba bajo mi brazo, estaba fuerte.
Algo sorprendente, porque no me pegaban nada esos músculos con esa carita de buenazo escondida tras unas gafas de intelectual.
Pero quién era yo para juzgar.
—Tranquilo, que yo ahora ya tampoco —le contesté.
La mujer que acompañaba al gafotas —sí, lo iba a llamar así para mis adentros el resto de la noche— chasqueó la lengua y me miró con un asco al que no estaba acostumbrado por parte del sexo femenino.
Era bonita, pero que me mirara como si se hubiera encontrado un chicle pegado a la suela de los zapatos le restaba belleza.
—¿Estáis de luna de miel? —pregunté, más por destensar el ambiente que porque me interesaran sus planes.
—Solo de viaje —contestó la rancia antes de levantarse y mirar con cabreo a su pareja—. Voy un momento al baño.
Era una excusa, seguro. Me daba a mí que yo no le caía muy bien.
—Vaya, qué simpática —comenté, claramente con ironía—. ¿Lleváis mucho tiempo juntos?
—No más de ocho meses —me contestó el gafotas.
Se llevó una mano al colgante que tenía y empezó a darle vueltas entre los dedos de forma inconsciente.
Eso hizo que me fijara en lo que era, porque nunca había visto un collar así.
Parecía una esfera de cristal y dentro había algo que, aunque no lo veía muy bien, tenía toda la pinta de ser una pluma bastante hecha polvo.
—¿Y estás superenamorado y ese tipo de chorradas?
—El pobre infeliz me miró como si fuera de esas personas raras que preguntaban el signo zodiacal nada más conocer a alguien.
Suspiré y, no sé por qué razón, decidí abrirme como si fuéramos amigos de toda la vida—.
Verás, me importa una mierda tu vida sentimental, pero necesito sabiduría de algún patán que crea en el amor. Y tú, amigo mío, pareces uno de esos.
—Emm..., ¿gracias? Supongo.
—Sí, bueno, verás. Ahora mismo estoy un poco como arrastrándome por mi propia miseria, ¿sabes?
Me ha pasado algo que es un completo fastidio —proseguí, dando por supuesto que el chico me escucharía porque era de esas personas educadas—.
Mi vida era perfecta. De verdad, sin complicaciones ni responsabilidades más allá de mi trabajo.
Sin ataduras. Pero de repente... A ver cómo coño te explico yo esto...
Sí, de repente me he topado con alguien inesperado y ese alguien se ha convertido, así, de golpe, en el centro de mi mundo.
—Sé de lo que me hablas —murmuró a mi lado.
—¿Sí? Perfecto, entonces me entenderás —seguí, sin darle pie a más interrupciones, porque ese era mi momento, no el suyo—.
El problema es que ese vínculo que se ha generado entre nosotros me arrastra hacia ella en contra de mi voluntad.
Yo quiero seguir siendo libre como un pajarillo, pero mis instintos más básicos me la están jugando y me debilitan para que no sea lo suficientemente fuerte como para huir de estas cadenas que yo no pedí. ¿Lo pillas?
—Yo pasé por algo parecido hará unos dos años, así que te entiendo.
No quería dejarme llevar por mis sentimientos y por esa energía extraña que me atraía hacia sus ojos violetas...
No quería. No quería porque era la novia de mi amigo y sabía que, si seguía mi instinto, acabaríamos pasándolo mal, pero hay fuerzas contra las que es absurdo luchar.
—El caso es un poco distinto porque yo no quiero, no por no hacer daño a terceros, sino porque no me apetece sufrir y sacrificarme por alguien. Eso no puede traer nada bueno.
—Discrepo. Aunque sufras, yo creo que... —trató de seguir hablando, pero lo corté.
—No me vayas a soltar lo de que merece la pena...
Eso está ya muy trillado. En resumen. Mi corazón está ahora encadenado a esa chica que ha aparecido de la nada para joderme la vida, y no puedo liberarme por más que lo desee.
Mi alma le rinde pleitesía a ella, que, ojo, no sé ni su nombre.
Como una polilla con la luz, me atrae. Pero yo no quiero, porque, además, he visto con mis propios ojos cómo esta mierda de vínculo te arruina la vida.
—Pensé en Hudson, en cómo sufrió, cómo pasó a convertirse de la noche a la mañana en la sombra de sí mismo cuando Wendy desapareció.
Yo no quería eso para mí, que mi existencia, mi felicidad y toda mi vida dependieran de otra persona—.
Créeme, si me rindo a esto..., una parte de mí moriría si le pasara algo a ella. Y eso me aterra.
—Y si no te rindieras e hicieras el esfuerzo por mantenerte alejado de esa chica, pero le pasara algo, ¿crees que no sufrirías igual?
Lo pensé un momento. Estaba mareado y las ideas me daban vueltas en la cabeza, pero ni la borrachera que llevaba encima me hacía olvidar el momento en que Hudson cruzó la puerta como un moribundo y nos dijo que sabía que Wendy, su mahni, había muerto.
No había estado con ella, ni siquiera conocía su paradero, pero sintió su muerte.
—No, creo que lo sentiría de todas formas...
—En ese caso, no me parece que merezca la pena huir de lo inevitable.
—Palmeó un par de veces mi hombro y, raro en mí, pero no me molestó.
Al contrario—. Con un vínculo así, si es tan poderoso como dices, el sufrimiento está servido en bandeja.
Pero... —Hizo una pausa y cogió aire, como si de pronto le costara respirar.
Continuó dándole vueltas al colgante entre los dedos—.
Yo viví una vez algo parecido, ¿sabes? En mi caso, perdí a mi chica de algodón de azúcar y no puedo recuperarla, es completamente imposible, y estoy seguro de que ella no querría que la encontrara.
—Suspiró y no me atreví a interrumpirlo, porque por algún motivo me vi reflejado en ese chico que nada tenía que ver conmigo—.
Ahora soy feliz con María, he conseguido rehacer mi vida...
Pero nada, te lo aseguro, nada puede compararse con las sensaciones que experimentas con un vínculo como el que describes.
Yo daría lo que fuera por revivir dos segundos del tiempo que pasé con aquella chica.
Quise aliviar la sensación de ahogo que sentía con algún comentario ácido. Era lo que mejor se me daba, afrontar situaciones incómodas con humor. Pero nada me salía. No tenía fuerzas para restar importancia a lo que desde ese momento tenía que empezar a asumir.
Y era que ya no solo era un helsing con una misión. Ahora también era un hati comprometido con mi mahni, a quien debía proteger con mi vida porque sabía que no podía ser de otro modo.
Desde el momento en que el eclipse había marcado nuestra piel hasta el último día de nuestras vidas, yo sería suyo. Y no había nada que pudiera hacer para cambiar eso.
—¡Estoy harto de que te cargues todos los intercomunicadores y tenerme que pasar la tarde buscándote! —La voz de Johnny me arrancó del sitio y de mi paz temporal.
Me levanté y, sin despedirme, fui hacia él, que ya estaba rascando a Cenizas detrás de la oreja. Mi compañera era una vendida cuando le interesaba.
—Tranquilo, que ya íbamos para el piso —le comenté, tratando de pasar el tema por alto.
—Que me tranquilice... ¿Me vas a explicar qué ha pasado? ¿Has estado a punto de disparar a una humana?
Claro, olvidé que el intercomunicador lo lancé después del eclipse.
—Cenizas se le tiró encima. —Bajé la voz y salí del bar seguido de mis dos compañeros. Por suerte, ya no llovía—. Creí que era una de ellos.
—¿Por qué iba Cenizas a atacar a alguien que no fuera...?
—Escucha, Johnny, nada de eso importa ya.
Me detuve y le mostré la palma de mi mano al hacker de la SOF. Se ajustó las gafas en la nariz y pasó el dedo índice por la marca. Tardó en asimilar lo que era, pero cuando lo hizo...
—Oh, mierda, Xander...