Eclipse en Shadow City 6. Adiós a mi fantástica vida de soltero
25%

6. Adiós a mi fantástica vida de soltero

Adiós a mi fantástica vida de soltero

No estaba en condiciones de volver al piso y aguantar la murga que tuviera que darme Johnny, por no sé qué formas que tenía de hacer las no sé qué cosas con las que él no estaba de acuerdo.

Parecía que me hubiera pegado la fiesta del siglo. Todo daba vueltas en mi cabeza, y mi nivel de euforia estaba por las nubes. Lo mismo que sentía cuando arrasaba con la licorería y después me daba un atracón de sangre fresca.

Pero eso no era todo; las neuronas debían de estar haciendo obras en mi cerebro, porque el dolor de cabeza que tenía era como para buscar alivio en la muerte. No respiraba otra cosa que no fuera olor a rosas y, además, tenía que luchar contra un nuevo instinto que me instaba a perseguir a Red.

Por si fuera poco, Cenizas empezó a gruñirme como si estuviera enfadada conmigo.

—Más te vale no seguir con esos humos, porque todo esto es culpa tuya —le eché en cara a mi compañera, que me desafió con un último ladrido y me dio la espalda.

—Buenas noticias, colega —oí que me decía Johnny—. Ya tengo todo el equipo...

—Oh, cállate.

No lo dejé terminar de hablar. Me arranqué el intercomunicador de la oreja, lo lancé al suelo encharcado y lo pateé hasta mandarlo bien lejos de mi vista.

Estaba cabreado, no, lo siguiente. Empapado, con la cabeza martilleándome, el escozor en la mano recordándome el puto vínculo del eclipse que me hacía estar ansioso por volver junto a la chica de la capa roja; mi pequeña se había enfadado conmigo...

Tenía que matar a alguien con violencia o perder el sentido con unos cuantos tragos.

Por suerte para quien fuera a convertirse en mi desahogo sanguinario, encontré un bar a pocos pasos de donde ocurrió el drama del eclipse.

Entré en un local cuyo rótulo iluminado con luces rojas rezaba GO IN & DRINK . El nombre del bar ya me decía que allí era donde debía terminar la noche.

No estaba tan mal como parecía desde fuera.

Era estrecho, así que para llegar a las mesas del fondo tenía que pasar primero por la barra.

Podría definirlo como el típico bar de carretera sin ser un bar de carretera.

Por lo menos, no apestaba y las botas no se quedaban pegadas al suelo.

Eso ya era todo un logro, teniendo en cuenta el tipo de lugar.

Me senté en uno de los taburetes libres de la barra y di un par de golpes sobre la madera para llamar la atención del camarero.

—Whiskey con hielo. Irlandés, como Dios manda. No la mierda de whisky que suele servirse por estos lares.

El hombre al otro lado de la barra me miró de mala gana, cosa que no podía importarme menos, y empezó a buscar lo que le exigí entre las botellas que tenía a la espalda. No tardó en servirme lo que había pedido, me lo bebí de un trago y le reclamé otro en tiempo récord.

Estaba sirviéndome ya el cuarto cuando decidí echar un vistazo a mi alrededor.

Tres tipos solitarios aferrados a la barra, dos chavales intentando sacar tabaco de la máquina, una pareja aburrida en una de las mesas al fondo y, lo interesante, cuatro chicas que buscaban llamar la atención con sus risas exageradas junto a la ventana.

Observé detenidamente al grupo, tratando de discernir cuál de ellas tendría la suerte de ser la que me follara en el baño.

La verdad, no le habría hecho ascos a ninguna, e incluso era posible que estuvieran dispuestas a una orgía, pero el lavabo tenía pinta de estrecho y, entre los efectos del eclipse y el alcohol, no creía que pudiera satisfacerlas a todas. No esa noche.

Hice ademán de levantarme, pero Cenizas me devolvió a mi sitio con una clara amenaza. En cuanto intuyó mis intenciones, se alzó sobre sus cuatro patas y me gruñó mostrándome todos sus dientes. Hembras...

—No pretenderás que de verdad me ate a una sola chica solo porque me haya eclipsado, ¿no? —le hablé, porque sabía que era más lista que el hambre y podía entenderme.

—¡Eh, tú! —me espetó el camarero con una actitud que poco o nada me gustaba.

Puso ante mí otro vaso de whisky dando un golpe sobre la mesa y me quedé mirando el líquido ambarino, analizando el gesto.

«El gordo va a acabar mal como siga por este camino...

»—. Los perros no están permitidos en mi bar, así que ya estás sacando al chucho fuera.

Cerré los ojos unos segundos, intentando calmar el fuego que se desató al instante en mi interior, con la fuerza de un volcán que acababa de entrar en erupción. Iba a darle una oportunidad para que razonara.

—Uno, cerdo verriondo... Búscalo en el diccionario, que seguro que no sabes lo que es.

—El mareo me obligó a hacer una pausa. Eructé, me disculpé ante el resto de los clientes, esperé a que mis ojos volvieran a enfocarse en el seboso y proseguí—: Uno, no vuelvas a llamarla chucho.

Es despectivo y poco educado por tu parte.

Dos, amasijo de excrementos con patas, mi perra se queda.

El insensato se atrevió a dar con el puño sobre la barra en mis narices, intentando imponerse.

—He dicho...

—Ya sé lo que has dicho —lo interrumpí, para que no me crispara más—. A ver, pero ¿a ti qué cojones te pasa? Tienes allí cuatro perras más —dije, señalando hacia el grupo de chicas que, de pronto, habían enmudecido. Parecían ofendidas—, ¿y solo te molesta la mía? Eso es discriminación.

Los murmullos y los ceños fruncidos empezaron a hacerse visibles entre las féminas, excepto en una de ellas. La chica de cabello rubio y minifalda me sonrió y alzó el chupito en mi dirección antes de bebérselo. Esa. Esa iba a ser la que me tirara.

—Las normas son... —Volvió a joder el camarero.

Como era lógico, para todos menos para él, no lo dejé acabar.

Lo cogí de los cuatro pelos que tenía en la cabeza y le estampé la frente en la barra, con la mala suerte de que el vaso de whisky que estaba en medio se rompió con el golpe de su frente y se le clavó en afiladas esquirlas.

Fui rápido, no me entretenía con idiotas que no tenían ningún valor para la misión.

—He dicho que mi perra se queda —le repetí al oído antes de soltarlo.

—Pero ¿qué haces, tío? —El gafotas que estaba sentado con su novia al fondo venía en nuestra dirección. Otro con complejo de héroe, supuse.

Puse los ojos en blanco cuando lo vi saltar por encima de la barra y ofrecer su ayuda al camarero, que no hacía otra cosa que parpadear conmocionado y chorrear sangre por la cara.

Los chicos que estaban intentando sacar tabaco salieron por patas, y el resto de los clientes solo se quedaron a cotillear, murmurar y, algunos, a mirarme con miedo.

La gente normal de verdad que me exasperaba.

Cogí la botella de whisky y, ya que mi vaso ahora formaba parte del destrozo en la cara del camarero, bebí a morro.

Con tranquilidad, saboreando el dulzor del licor —o lo habría saboreado de haber podido—, observé cómo el chico de gafas y camiseta de Iron Man atendía las heridas del hombre que se había atrevido a llevarme la contraria.

El chaval no era de allí, eso seguro. Tenía más pinta de ser español, italiano o de por ahí. Qué más daba.

Volví a mirar al grupo de bombones al lado de la ventana. Temía haber asustado a la rubia, pero, por suerte, sus ojazos azules seguían pendientes de mí.

Estaba dispuesto a demostrarme a mí mismo que lo del eclipse no era más que una leyenda, una patraña tan inútil como la Navidad.

Una redonda dibujada mágicamente en la palma de mi mano no iba a venir a decirme con quién podía o no acostarme, reprimir mi masculinidad y obligarme a estar pendiente de una persona a la que ni conocía ni pretendía conocer.

Con un gesto le di a entender a la Barbie en minifalda que fuera al lavabo, y eso hizo. Se excusó con las amigas y, coqueta, se dirigió al baño.

Esta vez ignoré los gruñidos de Cenizas, dejé que me siguiera hasta la puerta para así cerrársela en el hocico y que entendiera que iba a seguir haciendo lo que me viniera en gana.

—Has estado un poco brusco antes —me dijo la rubia mientras dejaba que la pusiera contra la pared.

—No me gusta que me toquen los huevos —le contesté. Enterré la nariz en su cuello, puse uno de sus muslos sobre mi cadera y llevé su mano a mi entrepierna—. Excepto tú. Tú me puedes tocármelos cuanto quieras.

No me gustaba besar bocas que no sabía si habían visto una pasta de dientes en días, pero con todo lo demás era muy entregado.

Le bajé la tira del top con los dientes hasta dejar su pecho expuesto y no me demoré en empezar a chupar y a morder su pequeño pezón rosado. Ella parecía tener prisa por sentirme, desabrochó mis pantalones y empezó a estimularme a través de la tela del bóxer.

A esas alturas de la película yo ya solía tenerla más tiesa que el Empire State, pero en ese momento mi polla seguía mirando al suelo, y no al techo.

Probé otra postura, giré a la rubia y empecé a rozarme contra su culo en lo que repartía besos por su nuca.

Tampoco parecía funcionar y, desesperado, le subí la falda y metí los dedos entre sus muslos en busca de la humedad que me pondría a mil.

Los flujos en ella los hallé, pero mi empalme seguía desaparecido.

—Déjalo ya —me espetó molesta, y trató de apartarme.

—No. Solo necesito unos minutos más y...

—He dicho que lo dejes. —Me dio un codazo, se bajó la falda y empezó a caminar hacia la puerta—. Está claro que no te funciona. Más perro ladrador que mordedor.

No tenía ni idea de lo mucho que me había jodido esa última frase. Tanto o más que tener que asumir que mi propio cuerpo estaba jugando en mi contra.

Frustrado, me lie a puñetazos contra la pared y no me detuve hasta que se me pelaron los nudillos y el escozor de las heridas se superpuso a mi cabreo.

Sin prestar atención a la imagen que mis puños podrían dar, pasé el peine por el tupé para volver a dejarlo perfecto, salí, ignoré al grupo de chicas que ahora reían por lo bajo, cogí mi botella de whisky y empecé a beber como si fuera zumo de naranja.