Xander. Presente
Xander
Presente
Claudia se ha pasado toda la narración mirándonos sin interrumpir, con los codos sobre el mármol blanco de la barra y la barbilla apoyada en los nudillos. No ha sido capaz de cerrar la boca hasta ahora.
Solo cuando se da cuenta de que no prosigo con mi parte de la historia, se endereza de nuevo y se lleva las manos a los riñones para arquear la espalda.
Pestañea mirando al techo y, tras un par de estiramientos, vuelve a fijar los ojos en nosotros.
—No, ahora en serio. ¿Cómo os conocisteis?
Sonrío al ver cómo Scarlett aplasta la palma de la mano contra su frente y revuelve los ojos.
—Lo que pasó fue exactamente eso —le contesta, perdiendo la paciencia.
Su prima se cruza de brazos y me mira a mí en busca de confirmación. Yo me limito a asentir y a disfrutar de la escena.
—Vale, a ver... —Claudia se pinza el puente de la nariz y comienza a negar con la cabeza—.
Joder, esto es demasiado para mí. Necesito un momento para asimilarlo porque estoy tan en shock con cada puñetera cosa que contáis que mi cuerpo no reacciona.
—Todavía con los dedos en el tabique, mira a su prima con el rabillo del ojo—.
Me harías un favor si ahora me dijeses que esto es una broma y que me estáis grabando con una cámara oculta.
Scarlett forma una línea fina y recta con los labios apretados y niega con la cabeza.
—En ese caso... —Claudia suspira y mira al techo durante unos pocos segundos antes de romper el silencio—. ¿Sabéis qué? Vamos a mi dormitorio, que aquí la espalda me está matando y ya estoy cansada de estar de pie.
La seguimos, porque tampoco nos deja otra opción, y entramos en una de esas habitaciones de matrimonio que parece que han querido decorarse con gusto, pero las fotos de la pareja que hace vida en ella se cargan cualquier intento de elegancia.
—En la cama solo puedo estar yo —nos informa la anfitriona, dando un salto que la posiciona en mitad del colchón—; vosotros podéis sentaros ahí.
Señala una butaca individual, con brazos altos, situada en una esquina.
Solo hay una forma de estar cómodos ahí, y la idea ya me encanta. Así que no pierdo el tiempo y me dejo caer en el mullido asiento sin dejar de mirar a Scarlett, que, a su vez, parece que tampoco me pierde de vista a mí.
No soy de insinuar cuando doy una orden. El simple gesto de palmearme el muslo creo que deja claras mis intenciones.
—¿De verdad no vas a permitir que me siente contigo en la cama? —le recrimina a la prima, que niega con la cabeza.
—Vas con ropa de calle. Parece que no me conoces...
Me inclino hacia delante para llegar hasta mi pelirroja, que todavía se esfuerza por mantener sus sentimientos bajo llave, y tiro de su muñeca sin importarme si soy brusco o no. La quiero sentada en mis piernas, y eso es lo que la obligo a hacer.
—Anda, nena, deja de perder el tiempo, que no encontrarás un asiento más cómodo que mis piernas en tu vida —la chincho.
—Permite que lo ponga en duda —murmura. Pero no hace por levantarse, y tampoco aparta el brazo con el que rodeo su cintura.
—Oh, ya verás cómo sí. Te lo voy a demostrar... —le susurro a la vez que entierro la cara en su cuello y le acaricio la piel con la punta de la nariz. Su estremecimiento me hace salivar, y de pronto la ropa me molesta.
Claudia chasquea los dedos hacia nosotros para llamarnos la atención, como si fuésemos niños en el recreo.
—Eh, los sobeteos a otra parte, que tengo la regla y estoy falta de cariño —nos regaña—. Oye, Xander, por curiosidad, ¿de qué raza es Cenizas?
Esta tía es de lo que no hay: continúa la conversación como si tal cosa.
—Un perro carnicero alemán —suelto con orgullo—. Mi pequeña es una rottweiler que hace honor al término con el que se conocía antiguamente a esa raza.
—Una rottweiler muy, pero que muy grande —puntualiza Scarlett.
—Tampoco es un gigante —aclaro—, pero sí que es más corpulenta que cualquier otro perro de su raza.
Verás, fue la primera y única muestra no fallida de un compuesto químico creado por los laboratorios más destacados del Gobierno.
—Claudia abre los ojos de par en par, pero no me interrumpe—.
Cenizas fue el único animal que sobrevivió a la mutación genética de la misma fórmula que después nos inyectaron a los soldados.
—Vale, estoy flipando —comenta la mejor amiga de Scarlett, que se ha abrazado a su almohada como si le estuviera contando una historia de terror—. ¿Me estás queriendo decir que experimentaron con vosotros?
—Cenizas sí fue un experimento. Lo mío ya fue creación.
—Es increíble... ¿Cuántos hay como tú? —me pregunta con curiosidad. Me mira entre intrigada y admirada, como una frikifan.
—No puedo darte una cifra exacta, pero sí decirte que somos unos cuantos los que sobrevivimos a esa mierda y fuimos entrenados para formar la élite de los helsings.
—Todavía alucino —añade, y su admiración empieza a darme grima—. Así que os mutaron y crearon, no sé, como una especie de supersoldados... ¿Eres nuestro verdadero Capitán América?
Me echo a reír. De verdad, qué pena de mundo, que aún cree en los héroes.
—Te aseguro que no tengo nada que ver con el Capitán América.
—¿Eres humano? —me pregunta. Y podría pensarse que me escuece. Que echo de menos esa parte vulnerable de mí, el querer ser normal.
Pues no. Me encanta ser el monstruo en el que me han convertido, sentirme poderoso y por encima de todos los demás.
—No. —Le sonrío de medio lado, mostrando un afilado colmillo, y le dedico una de mis ensayadas miradas asesinas, que hacen que más de uno se mee encima—. Y todavía no estás preparada para saber lo que soy.
Me gano un manotazo en el muslo por parte de mi chica y suelto la clásica risa de villano de Disney.
—No hagas eso, que la vas a asustar —me hace ver mi pelirroja.
A Claudia se le ha apagado toda la ilusión, y puedo ver cómo su garganta se mueve cuando traga saliva. Bravo por mí, debería aplaudirme.
—Voy a intentar resetear mi cerebro y olvidar lo siniestro que ha sido eso —retoma la conversación la prima de Scarlett—. En serio, tío. Por tus futuros hijos con mi prima, no vuelvas a hacerlo.
La supuesta futura madre de mis hijos le lanza un cojín a la cara, y de verdad que empiezo a pensar que la dueña de esta casa merece un monumento. Joder, le concedería el honor de ser mi colega y todo.
—Y escucha —vuelve a dirigir sus ojos negros hacia mí—, como todavía creo que necesitaré varios días para digerir tanta información, digamos, extraña, paranormal, mágica...
Da igual, voy a ir a por las preguntas cuya respuesta espero ser capaz de asimilar.
¿Por qué culpaste a mi prima de haberte arruinado la vida?
Quiero decir, tu perrazo se le echó encima, provocando que, con seguridad, se le escapara algún tufillo.
No me interrumpas para tratar de negarlo, Scarlett.
Luego le apuntas con un arma, después le quemas la piel y, encima, le sueltas ese comentario de lo más rancio.
—Hace una pausa para dirigirse a su prima—: Por cierto, amiga, me acabo de convertir en tu fan.
Aparte de elegir el nombre de Red, que me parece la hostia, básicamente porque te lo puso mi hija, coges y le robas la pistola a un psicópata que podría haberte hecho picadillo.
Psicópata que resulta estar buenorrísimo y que te beneficias, fijo.
Mi ídolo. No tengo otras palabras con las que definirte.
—A Scarlett se le escapa la risa y, tras ese importante y acertado apunte, Claudia vuelve a dirigirse a mí—: Ahora, contesta.