5. Xander. Lo que menos quería que ocurriera
Xander Lo que menos quería que ocurriera
A Caperucita no se le daba bien disimular. No podía verle los ojos bajo la capucha roja, pero no era difícil adivinar que estaba desgastando mi imagen de tanto repasarme.
Sacudí la mano que mantuve en todo momento estirada conforme me escaneaba, para que reaccionara. Funcionó. La leve inclinación de cabeza que hizo me indicó que, al fin, había reparado en la ayuda que le ofrecía para levantarse.
Pasaron algunos segundos sin que moviera un solo músculo, imaginaba que sopesando si podía fiarse de mí o no.
Hacía bien; mi pequeña acababa de lanzársele encima y yo, pensando que sería una sanguijuela chupasangre, la había encañonado con el revólver.
No había sido precisamente una presentación amistosa, y con toda probabilidad me estaba tomando por un psicópata de manual.
—No voy a hacerte daño —intenté tranquilizarla—.
Verás, Cenizas no suele abalanzarse sobre alguien a menos que sea para destrozar la cara de personas muy muy muy malas.
Por eso estaba decidido a volarte la cabeza...
Sí, la verdad es que es un poquito desagradable cuando mi pequeña se pone en plan asesina y se dedica a masticar mejillas, arrancar mandíbulas y jugar un rato con los ojos como si fueran pelotas antes de aplastarlos con las patas y lamerse el jugo que se le pega a las uñas.
Por eso yo... —De pronto me di cuenta de que la estaba cagando.
La respiración de la chica se había vuelto errática y su miedo apestaba, tan fuerte como el olor a orina que desprendían los pasos subterráneos de las estaciones de metro, y recordé que las personas normales no estaban acostumbradas a ese nivel de violencia.
No solía tratar con humanos fuera del negocio, así que podría decir que era novato en eso de socializar. Como todavía no se había inventado una máquina del tiempo y volver al pasado para cambiar todo lo que había dicho no era posible, decidí lucir mi mejor sonrisa y fingir que nada iba en serio.
—Qué va, estaba bromeando —comenté, rezando porque se lo tragara, se pusiera en pie y se fuera tranquilamente, dejándome a mí con mis cosas.
No contestó, y estaba empezando a ponerme nervioso porque la paciencia no era mi fuerte. Menos aún desde que entré en la boutique, porque todavía me picaba el molesto olor a rosas en la nariz.
Retiré la mano que le estaba ofreciendo para rascarme y solté aire por las fosas nasales como un toro embravecido. El puto perfume no se iba ni a tiros, y estaba desquiciándome porque necesitaba mi olfato intacto para el rastreo y la caza.
La chica apretó los labios y yo resoplé ya cansado del tema.
—Oye, no me está dando ningún brote psicótico, ¿vale? —le aclaré—. Solo me pica la nariz y me estoy cansando de estar perdiendo el tiempo bajo esta tormenta, ¿tú no?
No supe qué fue lo que la hizo cambiar de parecer.
A mí me dio la sensación de que le había hablado más borde que el resto de las veces, pero quién sabía.
Por lo menos, conseguí que relajara los labios y se sentara de medio lado, dispuesta a levantarse.
Por la postura que adoptó y lo empapada que estaba, me recordó a una versión sirena de Caperucita Roja.
Fue entonces cuando me fijé en los taconazos que calzaba. ¿Quién se ponía unos zapatos así con esa lluvia? Lo cierto era que la respuesta no me importaba, pero sí lo que ese charol rojo despertaba en mí.
El tacón de aguja, la forma puntiaguda que cubría sus dedos y el hueso marcado del tobillo que quedaba al aire me hicieron tragar saliva y lamerme los labios.
De pronto, quise ver más, no solo la piel que había bajo esa ropa pegada; también me entró la curiosidad por saber qué rostro escondía la capucha.
Agarré las llaves que vi tiradas junto a sus tacones y se las tendí, dejando que colgaran desde un llavero con forma de libélula. Aproveché el movimiento que hizo al recogerlas para bajar la cabeza y ver lo que tanto me intrigaba.
Y vaya si me gustó lo que vi.
Lo primero en lo que reparé fue en sus labios.
El superior sobresalía con sutileza del inferior y tenía muy marcado el arco de Cupido, punto que absorbió toda mi concentración cuando una gota de agua cayó de la punta de su nariz y se deslizó por ese pico pronunciado en el labio hasta casi introducirse en su boca.
Me entraron ganas de recoger esa traviesa gota con la punta de la... Sacudí la cabeza para quitarme esa imagen de la mente. Esos labios eran demasiado sensuales, y que estuvieran húmedos solo incrementaba la tentación de hacerlos míos.
Cerré el puño para contener las ganas de hacer como Cenizas y lanzarme sobre ella e investigué un poquito más. Y lo que descubrí acrecentó mis ganas de seducir a aquella desconocida.
Si sus labios llamaron mi atención, sus pecas se convirtieron en mi obsesión.
Tan delicadas y hermosas como copos de nieve posándose con suavidad sobre la hierba recién cortada.
Y no podría habérseme ocurrido mejor símil, porque sus ojos...
Oh, por favor, que me cortaran el cuello y vertieran mi sangre en un cáliz para vampiros si esos no eran los ojos más espectaculares de la galaxia.
De un verde tan vivo que me entraron ganas de arrancárselos y quedármelos para que no miraran en ninguna otra dirección que no fuera la mía.
—¿Cómo te llamas, preciosa? —me oí preguntar. Sinceramente, no fui consciente de que lo hacía hasta que el sonido de mi voz me sacó de mi ensimismamiento.
Iba a mentirme. Lo supe en cuanto apretó un poco los labios y se pellizcó el lóbulo de la oreja.
—Red —contestó casi en un susurro. El oído humano no habría alcanzado a oírla bajo esa lluvia. Pero el mío sí.
No pude evitar que mi habitual sonrisa maliciosa hiciera acto de presencia. Básicamente, me hizo gracia que me dijera un nombre para nada común, cuando estaba claro que me estaba ocultando el verdadero. También el hecho de que el nombre elegido fuera un color. Ese color en concreto.
Se me escapó una risa ronca y me rasqué la barbilla con tal de disimular y que no pareciera que me estaba burlando de ella. Aunque sí lo hacía.
—¿Ibas a casa de la abuelita, Caperucita Red? —El inapropiado comentario me salió sin pensar. El sarcasmo formaba parte de mí y sabía que no era lo más adecuado si quería llevármela a la cama y pasar una buena noche, pero es que me lo había puesto a huevo.
—No está bien que te rías del nombre de una chica a la que acabas de conocer y que, por cierto, tu perro casi mata y luego tú amenazas con un arma —me contestó airada.
Esta vez sí había levantado la voz. Parecía que estaba cogiendo confianza.
Y eso estaba bien porque me gustaban las mujeres con carácter.
—No me estaba burlando, nena. —Sí lo hacía—. Es solo que me parece irónico que una chica que se llame Red, envuelta en una capa roja, acabe topándose con el lobo.
Para que entendiera a qué me refería, le mostré el dorso de mi mano izquierda, con la que había querido ayudarla a levantarse poco antes.
En ella podía verse el tatuaje de una ballesta, en realidad, solo parte de ella, cuyo arco se dibujaba sobre mis nudillos y la flecha asomaba por el dedo corazón.
Detrás del arma, los ojos desafiantes de un lobo terminaban de tintar todo el dorso de la mano.
Eso fue lo que pudo atisbar, ya que el resto del tatuaje subía por mi brazo, abarcaba el pecho izquierdo y finalizaba en el cuello.
Todo, en ese momento, oculto tras la camiseta blanca y la chupa de cuero que llevaba con el cuello alzado.
Había conseguido ruborizarla. Y me encantó la forma en que puso los ojos en blanco y resopló, tratando de disimular y ridiculizarme. Así que quise tirar un poquito más y saber hasta dónde era capaz de ponerse tan colorada como su supuesto nombre.
—¿Vas a portarte bien y llevar al lobo a tu cabaña? Creo que necesita quitarse la ropa para secarse. —Suavicé el tono a propósito. Sabía el efecto que mi voz naturalmente ronca provocaba en las féminas, pero si además la arrastraba..., eso las volvía locas.
Abrió la boca exagerando el gesto de sorpresa, y eso me hizo ensanchar la sonrisa. Me estaba divirtiendo, no lo iba a negar. El flirteo era una de mis partes favoritas; lo disfrutaba casi tanto como un orgasmo.
—¿De verdad este tipo de cosas te suelen funcionar? —me preguntó. Me gustó que no especificara en «funcionar para qué»; los dos sabíamos a lo que se refería, y que no se hiciera la tonta le sumaba puntos.
—No es que suelan funcionarme. Es que siempre me funcionan —quise aclararle, y no estaba vacilando, era totalmente cierto.
De pronto tiritó y recordé que nos estaba cayendo agua con la misma intensidad que si nos hubiéramos colocado bajo una cascada. Red ignoró de nuevo mi mano y trató de levantarse sin ayuda, pero no subió más de cinco centímetros cuando volvió a dejarse caer en el asfalto con un quejido.
Arrugué el entrecejo. No solo por el sonido lastimero que profirió, sino porque su mueca de dolor hizo que sintiera una punzada extraña en el centro de mi pecho.
¿Me preocupó? Sí, así fue, aunque en ese momento me costó reconocerlo, porque yo no me preocupaba por nadie más que por mí mismo y por Cenizas.
—¿Te has hecho daño? —pregunté, dejando mi yo capullo a un lado.
—No es nada, una molestia por el golpe que me he dado al caer —dijo frotándose con la mano la parte baja de la espalda.
Suspiré con alivio porque, si hubiera sido grave, no podría ni haberse tocado la zona.
Volví a estirar la mano hacia ella y, esta vez sí, aceptó que la ayudase y, de haber sabido lo que ocurriría después, habría reculado y salido corriendo sin mirar atrás.
Me agarró para levantarse, pero no se sujetó a mi mano, sino que asió mi muñeca y yo la suya.
Tiré de ella hacia arriba y, poco antes de que terminara de ponerse en pie, lo sentí.
Como si un relámpago hubiese trepado por mi cuerpo desde la palma de mi mano, se abriese camino hasta mi corazón y explotara tan fuerte como una granada.
En el lapso de tiempo en que sentí que todo mi ser se desintegraba para, después, recomponerse en un yo con un instinto completamente diferente y con unas prioridades que no me convenían, no pude despegar mi mano de su muñeca.
Nos quedamos como enganchados, del mismo modo que un cuerpo al calcinarse en una verja eléctrica.
Y lo comparé con eso porque el contacto ardía como el mismísimo infierno.
Ella gritó y yo apreté los dientes con fuerza cuando, de pronto, unos chispazos azules brotaron del punto en el que mi mano se aferraba a ella y pudimos ver cómo el agua que caía justo ahí se evaporaba antes de entrar en contacto con nuestra piel.
Poco después, el dolor empezó a remitir y solo pude soltarla cuando los mini fuegos artificiales cesaron.
Ella se llevó la muñeca a los labios y sopló varias veces como si estuviera enfriando una sopa.
Con mi altura no me costó distinguir lo que trataba de calmar.
Lo primero que vi fue el tatuaje de una rosa a color.
Una. Puta. Rosa. Y no era un diseño discreto o esos garabatos pequeños que estaban de moda entre las pijas, no: era una rosa cuyo tallo empezaba en el pliegue del codo y los pétalos finalizaban casi en el talón de su mano.
No supe bien el motivo, pero en aquel momento ese dibujo se grabó a fuego en mi cerebro y lo recordaría a cada segundo. Al igual que el aroma de dicha flor, que comenzaba a sospechar que no pertenecía a la tienda, sino a ella.
Me acojoné al pensar lo que eso podría significar y entonces me fijé mejor en la zona que ella soplaba con afán, de donde salía un poco de humo, como si se hubiera quemado la carne.
Y, en cierto modo, así fue. Un círculo al rojo vivo se dibujaba rodeando parte del tallo de la rosa, por debajo de los pétalos.
—Vamos, no me jodas... —murmuré.
Miré la palma de mi mano. No quería porque sabía lo que encontraría, pero mejor afrontar los miedos de cara y así poder lamentarme después de mi mierda de suerte con un buen whisky calentándome la garganta.
Efectivamente, allí estaba. La jodida señal. El maldito eclipse abarcaba toda la palma de mi mano, marcándome como a la vaca que ahora formaría parte del apestoso ganado de esa chica que se hacía llamar Red.
—Pero ¡¿qué acabas de hacerme, gilipollas?!
El grito histérico de «mi-puta-mierda-mala-suerte-mahni» me sacó de mis pensamientos autodestructivos y mis repentinas ganas de suicidarme. Porque a ella no podría matarla debido al eclipse, así que...
—Oye, cálmate, nena. Ni que lo hubiera hecho queriendo.
—¿¡Qué es esto?! —volvió a gritarme. Casi me estampó su tatuaje en la cara de lo cerca que me puso el antebrazo.
La aparté de un manotazo, malhumorado como nunca.
—Eso, cariño, es lo que acaba de convertirme en tu futuro acosador y, para mi desgracia, también en tu protector. —La señalé con el dedo índice, dando rienda suelta a toda mi mala hostia—. Y tú, nena..., tú acabas de joderme la vida.
La cabeza me iba a estallar. Me cubrí la cara con las manos buscando reducir estímulos que contribuyeran a esa repentina migraña. Todo me daba vueltas, y el intenso olor a rosas no hacía otra cosa más que empeorar mi mal humor.
No esperaba en absoluto el tirón que noté a la espalda y que me hizo levantar la cabeza y mirar directamente al cañón de mi 44 Magnum apuntándome a la nariz.
La cabrona, además de estar buenísima, era más espabilada de lo que pensaba. Me había arrebatado el revólver en cuanto me había pillado con la guardia baja, y ahora me amenazaba con el arma mientras daba pasos hacia atrás.
—Venga ya —le solté con sorna—. Si se nota a leguas que no sabes usarla.
—Tú ponme a prueba, lobito.
El comentario me hizo reír, pero decidí dejarla ganar por esa vez. Levanté ambas manos, mostrándole las palmas para dejarle claro que pensaba dejarla marchar. Y eso fue lo que hizo.
En cuanto puso lo que consideró suficiente distancia entre ella y yo, dio media vuelta y salió corriendo con un estilazo que quitaba el hipo, luciendo como una auténtica diva esos taconazos de charol rojo bajo la lluvia.