Eclipse en Shadow City 4. Fue por culpa de Cenizas
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4. Fue por culpa de Cenizas

Fue por culpa de Cenizas

Llegué a casa con una sensación extraña.

Por un lado, parecía que había conseguido lo que quería.

Iba a cerrar un capítulo porque, ya decidiera volver o no con Ryan, al menos, mi cabeza dejaría de darles vueltas a las posibilidades, a si lo que vi fue de verdad lo que ocurrió o, por el contrario, me monté mi película.

Además, iba a tener la oportunidad única de asistir a una fiesta, nada más y nada menos que en el Golden Sword y, para añadirle salsa al guiso, podría elegir cualquier vestido del White Dreams.

Pero, no sabía bien por qué, había algo que no me dejaba estar tranquila. De hecho, estuve tensa todo el camino hasta casa. Me incomodaba la compañía de Ryan, y no entendía el motivo, porque parecía que estaba siendo amable y comprensivo; ni siquiera había insistido en subir.

Me había pasado dos meses llorando día sí, día también. Eso significaba que seguía enamorada, ¿no? Que me dolía que no estuviéramos juntos... ¿O solo era el orgullo herido por haber sido engañada?

Estaba hecha un lío. Quería y no quería ir a esa fiesta, del mismo modo que quería y no quería oír lo que Ryan tuviera que decirme.

¿Y si era verdad que malinterpreté la situación?

¿Volvería con él? Hasta esa tarde había tenido claro que la respuesta habría sido sí, pero ahora que realmente cabía esa posibilidad, una alarma dentro de mí me gritaba que no lo hiciera.

Estaba agotada mentalmente. Dejé la americana en el perchero de la entrada y abandoné el bolso de mano y las llaves en el mueble recibidor.

Después fui a la cocina, abrí la nevera en busca de no sabía qué, y me quedé mirando el interior medio vacío como si allí estuvieran las respuestas que necesitaba. Por supuesto, no las encontré. Me dije que empezaba a ser urgente salir a hacer la compra y agarré lo único que tenía sin caducar.

Bebí directamente del brik de leche. Jamás haría algo así delante de nadie; en realidad, me parecía una guarrada beber a morro, pero en la intimidad de mi casa y con un colapso emocional en camino, podía hacer lo que me viniera en gana.

Me senté en la encimera de la cocina y dejé que cayeran los tacones al suelo.

Mientras apuraba lo que quedaba de leche en el cartón, hice rodar los tobillos y estiré los dedos de los pies.

Qué gozada. Adoraba lucir unos buenos stilettos ; no me veía a mí misma caminando por las calles en zapatillas de deporte.

Lo más plano que me ponía eran unas botas tipo biker , pero, por norma general, me movía con zapatos de tacón de aguja de quince centímetros.

Bajé de un salto, tiré el brik al cubo de la basura correspondiente y me dejé caer a plomo en el sofá con la esperanza de relajarme.

Sorpresa. No lo conseguí. Mi cabeza no me daba tregua y, al final, iba a tener que hacer lo de siempre: mi lista de pros y contras. Parece que Ryan sí me conocía bien...

¿Debería aceptar la cita?

PROS

CONTRAS

Me vendrá bien saber la verdad, y es genial que quiera sincerarse.

Sea o no cierto lo que vi, la cuestión es que me lo quiso ocultar. Me engañó.

La cita es en una fiesta exclusiva. Jamás volveré a tener una oportunidad así.

¿Qué pinto yo allí?

Podré lucir un vestidazo.

Solo conozco a Ryan, ¿me presentará como su pareja? Me da miedo la incertidumbre.

Es guapísimo.

Se lo tiene un poco creído.

Parece que está luchando por mí, eso significa que le importo, ¿no?

Ya, pero no me valoró en su día.

Nos llevábamos bien, prácticamente no discutíamos.

Claro, porque yo cedía siempre en los planes que él proponía.

Empate. Pues menuda mierda.

Tal vez lo mejor fuera llamar a Claudia; ella siempre me aconsejaba bien.

Me levanté, dispuesta a ir a por el bolso de mano que había dejado en la entrada para coger el móvil, pero de camino me arrepentí. Mejor no volvía a calentarle la cabeza con el tema, pobre, ya debía de estar harta de esa historia.

Tenía que tomar la decisión por mí misma.

Hice una bola con la lista de pros y contras que no me había servido para nada, paseé por el piso, ahuequé los cojines... Me mareé de tanto pensar y terminé en el punto de partida. Necesitaba la sabiduría de mi prima.

Volví al recibidor, abrí el bolso y tuve un paro cardíaco. No estaba. Mi móvil no estaba.

Me subió un sofoco importante por el cuerpo y entré en modo pánico. Toda mi vida estaba en ese móvil, no podía haberlo perdido por nada del mundo.

Busqué en los bolsillos, miré de nuevo en el bolso, debajo de la mesa, fui a la cocina e inspeccioné todas las superficies, el sofá, cada rincón de la casa... y nada. El aparato había desaparecido y, con él, la poca calma que residía en mi interior.

Tras una pérdida de tiempo increíble lamentándome de mis decisiones y mi maldita mala suerte, me di una ducha, para ayudarme a apaciguar los nervios y pensar un poco como una persona normal.

Y entonces, así, sin más, mientras me secaba bien entre los dedos de los pies porque uno de mis mayores temores en la vida era tener hongos, lo supe.

El móvil se había quedado en la boutique. Con toda la insistencia de Ryan, había tenido que dejarlo en el cajón del mostrador.

Por no perder más tiempo, y porque no pensaba hacer ninguna otra cosa que no fuera ir, coger el móvil y volver, me puse lo primero que pillé.

Una camiseta negra ajustada de manga al codo, unos pantalones del mismo color, y me encasqueté otra vez los zapatos de charol rojo que había dejado tirados en el suelo de la cocina.

Estaba ya con las llaves, las del local y las de mi piso, en la mano, cuando el repiqueteo más reconocido de Shadow City contra las ventanas me dio el parte meteorológico.

Encima, llovía. Alargué la mano hacia el paragüero bajo el mueble de la entrada solo para que la ausencia de contenido en él me recordara que mi paraguas se lo había prestado a Claudia la noche anterior.

De verdad que yo no sabía qué le había hecho al karma, pero era un verdadero cabronazo cuando se lo proponía.

Asqueada con la vida, di media vuelta para coger la capa impermeable que tenía para esas situaciones y que, por suerte, también era roja y combinaba con mis stilettos y mis uñas. Ya conforme con mis elecciones, salí de casa.

Una vez en el portal, me puse la capucha y me adentré en el que parecía el parque acuático del infierno.

Hacía tiempo que no llovía con esa intensidad.

El agua caía con tanta fuerza que daba la sensación de que estaba furiosa, cabreada y en guerra con los relámpagos que iluminaban las calles intermitentemente.

Me bajé un poco más la capucha y sujeté por dentro los bordes de la capa, tratando de cubrirme todo lo posible. De todos modos, el paraguas de poco habría servido con una tormenta como esa.

No tardé ni un minuto en sentir los pantalones empapados pegados a las piernas, y mis pies casi podían nadar dentro de los zapatos encharcados.

Aligeré el paso y caminé con la cabeza gacha porque el agua salpicaba con tanta rabia que apenas me dejaba ver.

Por suerte, la boutique me quedaba bastante cerca, a no más de quince minutos andando, así que en poco más de media hora volvería a estar en casa, calentita y feliz, con mi móvil en la mano.

Me estaba dando ánimos a mí misma con la idea de que en nada estaría chateando con Claudia bajo una manta en el sofá de mi hogar cuando el semáforo que me permitiría cruzar y llegar hasta la tienda que me iba a ofrecer unos minutos de cobijo se puso en verde.

Apenas pude dar dos pasos. Una enorme mole negra de, como mínimo, setenta kilazos de bestia se me echó encima con las fauces abiertas, estampó sus patas delanteras en mi pecho y me tiró al suelo con tanta fuerza que creí que me habría roto el coxis.

Me ocurrieron mil cosas a la vez.

Para empezar, me cagué viva cuando el monstruo de dientes de tamaño exagerado se abalanzó sobre mí sin piedad, así que grité hasta desgañitarme.

El grito fue interrumpido por un alarido cuando caí de culo contra el asfalto y vi las estrellas.

A su vez estaba intentando que el animal del averno no me devorara y le pedí por favor, como si pudiera entenderme, que no me matara. Se lo grité como mínimo cinco veces.

Intenté apartar a la criatura que arremetía contra mi cara con todas mis fuerzas, pero el animal era todo músculo, potencia y babas, y de nada sirvió que forcejeara contra él porque en menos de medio minuto noté su hocico contra la piel.

Grité de nuevo, iba a arrancar a llorar, acojonada. Era el fin. Moriría despedazada por un monstruo de enormes dientes afilados y... ¿y una lengua húmeda y suave?

Seguía sin poder moverme porque el animal tenía todo su peso sobre mí, pero pude notar el animado contoneo de sus cuartos traseros, y me di cuenta de que lo único por lo que luchaba era por lamerme la cara una y otra vez.

Y, entonces, me reí. Por lo absurdo de la situación.

Dejé de hacer fuerza y le rasqué donde suponía que era debajo del hocico mientras la fiera no me permitía ni abrir los ojos con los lametazos que me daba.

—¡Cenizas, aparta!

Una voz rasposa y grave hizo acto de presencia, amortiguada por el sonido de la lluvia.

—¡Cenizas, aparta! ¡Aparta!

El animal que tenía encima debía de ser Cenizas, porque enseguida dio unos pasos atrás y se sentó al lado de unos pies masculinos enfundados en unas botas de cuero por las que se remetían unos pantalones negros.

Subí gradualmente la mirada por unas piernas anchas e interminables, intenté no recrearme en cierta parte íntima, detallé un cinturón con hebilla de plata desgastada y... «¿Qué coño es...?».

Con el culo pegado al suelo, retrocedí como pude y creí que el corazón me iba a estallar en el pecho. Ya ni el grito me salía.

Miré alrededor en busca de ayuda, pero no había nadie en las calles con esa lluvia. Joder, ahora sí que iba a morir, a manos de un psicópata que vete a saber qué creía que había pasado.

—No le he hecho nada a tu perro, lo juro —conseguí decir, mostrando las palmas de las manos en son de paz.

El tipo, que me apuntaba con un revólver, ladeó la cabeza y yo cerré los ojos con fuerza, preparándome para el sonido atronador del disparo. Esperaba que, al menos, fuera rápido y no doliera.

—Vaya, ¿todavía tienes cara? Esto sí que es nuevo.

No entendí la pregunta. Abrí un ojo y miré al tarado desde debajo de mi capucha. Vi cómo guardaba el arma a la espalda y se acuclillaba para ofrecerme la mano, entendí que con la intención de ayudarme a despegar mis nalgas frías del suelo.

Fue entonces cuando algo en su rostro llamó mi atención. Me pareció ver algo en sus ojos, como unos pequeños rayos chisporroteando en sus iris. Quise fijarme mejor, pero entonces cesaron y me ofrecieron una vista espectacular.

Me perdí en el intenso color turquesa de su mirada.

Jamás había visto unos ojos iguales. Las vetas aguamarina que adornaban el iris tenían un efecto hipnótico, pero no era solo eso, era lo que se encontraba también detrás.

Había suspicacia, inteligencia, misterio...

Era una mirada de alguien con mucha historia que contar y secretos que ocultar.

No tenía ni idea de por qué pensaba esas cosas, pero no pude desviar la vista del hombre que tenía a escasos centímetros de mí.

Era guapo de un modo extraño y atrapante.

Piel morena que me recordaba al caramelo tostado, facciones crudas y marcadas, bien afeitado, nariz recta y masculina y, lo que habría llamado mi atención antes que sus ojos, probablemente, de haberlo visto en otras circunstancias: su pelo.

Tanto las cejas como el cabello eran de color blanco, este último peinado a la antigua, con un tupé estilo años cincuenta.

Si me hubieran puesto cada una de esas características por separado, habría afirmado que no funcionaban juntas, pero estaba claro que me habría equivocado porque, sin duda, encajaban a la perfección y mostraban un cuadro que dejaba sin aliento.

También estaba su olor a tabaco y a menta.

Pero no había sido ese perfume lo que me había alterado, no, sino las otras notas sutiles que emanaban de él y que me recordaban a la gasolina.

No por el aroma en sí, sino por esa sensación de querer aspirar algo que sabes que es tóxico y peligroso, algo que a la mínima chispa puede entrar en combustión y prender en llamas.

Pero, aun reconociendo el riesgo, seguirás inhalándolo porque te engancha.