Eclipse en Shadow City Scarlett. Presente
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Scarlett. Presente

Scarlett

Presente

—Me arrepentí cosa mala de no haber ido con Eleanor —termina de contar Xander. En serio, ¿no se da cuenta de lo estúpido que suena al referirse a su coche de esa forma?—. Ya me veía llegando al piso a nado y aguantando la peste a perro mojado que dejaría Cenizas en mi habitación.

—Pobre Cenizas, no digas eso —la defiendo, poniendo cara lastimera.

—Las verdades duelen, nena. Daría mi vida por mi pequeña, lo sabes, pero las cosas como son. Apesta cuando se moja, no se puede defender lo contrario porque sería mentira, y no de las piadosas.

Al final, consigue hacerme reír. La verdad es que me he encariñado de esa bestia a la que él llama «pequeña», y sé lo mucho que la quiere. Estoy segura de que cuando afirma que daría la vida por ella no está exagerando; lo haría de verdad, y esa es otra de las muchas cosas que me atraen de él.

—Madre mía... —murmura Claudia con la vista fija en la superficie de la barra, como si le estuviera dando vueltas a algo—. ¿La araña esa trabaja en la boutique White Dreams?

Xander y yo la miramos perplejos, ¿de verdad todavía no ha atado cabos?

—¡Tita Red!

La pequeña Lis irrumpe en la cocina y corre hacia mí con los pies descalzos y su mata de pelo rizado rebotando como muelles con el trote.

Me bajo del taburete y abro los brazos para recibirla como hago siempre.

De un salto, me rodea la cintura con las piernas, el cuello con los brazos, y nos damos nuestro beso de hadas.

Consiste tan solo en frotar nuestras narices como los esquimales, pero nos gusta creer que son besos de hadas y lo hemos convertido en nuestro saludo personal.

—¿Cómo estás, bichito?

—Pues bien, como siempre —me contesta. La mitad de las veces tengo la sensación de que tiene diez años y no cinco—. Mamá no me deja estar aquí con vosotros.

—Porque estamos hablando de cosas de mayores —responde la aludida—. ¿Por qué no estás con tu padre?

—Sí que está conmigo.

Robin entra, luciendo tan solo unos calzoncillos de Bob Esponja, y lo primero que hace es venir a darme dos besos. Luego se gira y le ofrece una amplia sonrisa a un Xander que debe de estar alucinando con la visión del hombre semidesnudo.

Yo ya estoy acostumbrada a verlo de esa guisa. El marido de mi prima alega que se siente incomodísimo con ropa dentro de casa y que, si alguien no quiere verlo en calzoncillos, que no vaya de visita. A mí me parece bien.

—Hola —el hombre en ropa interior ofrece su mano a Xander y este la aprieta y la sacude de arriba abajo, devolviéndole el saludo—, soy John, el marido de Claudia y el papá de este monstruito con rizos llamado Lis —dice, alborotándole el cabello a la niña—. ¿Y tú eres?

—Xander, el futuro marido de tita Red.

La saliva se me va por el otro lado y tengo que soltar a la cría porque me pongo a toser como si no hubiera un mañana.

Se está pasando de la raya con eso de ir por ahí con la seguridad de que soy su chica.

Solo fue un beso, por el amor de Dios...

Bueno, quizá hubo algo más, pero yo todavía intento guardar distancias hasta tener claros mis sentimientos.

Sin embargo, el puñetero se pasea por la casa de mi prima como si lleváramos años saliendo juntos.

—Este tío cada vez me gusta más —suelta Claudia mientras me ofrece un vaso de agua con una sonrisa estúpida y una mirada llena de diversión. Después vuelve a dirigirse a su marido—: ¿A qué se debe la grata interrupción de una historia digna de ser escrita?

—Tu hija tiene hambre.

—Está bien, le prepararé una tortilla —comenta poniendo los ojos en blanco, como si le supusiera un mundo—. Esperadme en el comedor; dentro de un rato se la llevo.

—¡No! Tortilla no —se queja Lis.

—Sí, tortilla sí. No me voy a marear ahora con recetas.

—Vamos, cuqui —la llama su padre.

Salen de la cocina y las quejas de la pequeña Lis se van apagando conforme se alejan.

—Es una monada —interviene Xander al rato.

Claudia cierra la nevera tras coger un par de huevos y comienza a cascarlos y a verterlos en un cuenco.

—Sí que lo es. No nos podemos quejar, aunque sea un trasto, es muy buena y obediente si le explicas las cosas para que las entienda.

—El tintineo del tenedor contra el plato conforme bate los huevos nos acompaña en la conversación—.

Bueno, ¿y dónde está tu pequeña? Cenizas, ya la habéis mencionado unas cuantas veces y me pregunto por qué no la habéis traído.

—Porque no es pequeña para nada... —murmuro.

—Y porque ya bastante ibas a tener con recibir a un extraño y con todo lo que te vamos a contar. —Xander inclina la cabeza a un lado, como si reflexionara—. Sí, y también para no asustarte con el tamaño de Cenizas. Al principio puede imponer.

—Al principio dice... —vuelvo a susurrar.

—Vamos, pero si la adoras —replica y, de pronto, consigue que se me corte la respiración dándome un rápido beso en la comisura.

Ha sido cosa de un segundo, pero el calor de sus labios permanece en mi piel y mi corazón reacciona dando una voltereta y ovacionando al hombre que tengo enfrente.

Por suerte, Claudia redirige la conversación desde los fogones, ajena a todo lo que se mueve descontrolado dentro de mí.

—Tonterías, me habría gustado conocerla; Scarlett sabe que adoro los animales.

—Le da la vuelta a la tortilla y continúa—: Por cierto, hay algo que no termino de entender.

En todo momento habéis dicho que os conocisteis esa noche, pero la fiesta, en la que está clarísimo que ibais a coincidir, era al día siguiente...

—Porque sí nos conocimos esa noche —le reafirmo.

—Sí. En la fiesta nos vimos por segunda vez —le cuenta Xander.

Respiro hondo sin poder evitarlo. Tengo el corazón en la garganta. Entre el beso a lo Flash y el recuerdo de las dos primeras veces que nos vimos... Madre mía, el órgano vital me bombea a mil por hora.

«Céntrate. Lo que sientes es por culpa del eclipse, no es real».

Mi prima emplata la tortilla y se excusa antes de salir para llevársela a Lis, momento que el helsing aprovecha para sacar un tema que yo esperaba enterrar porque me hace sentir estúpida.

—Conque tita Red, ¿eh?

Ignoro la mirada inquisitiva que me lanza Xander y su sonrisa de diablo, porque como les preste atención, termina dándome un infarto en casa de mi mejor amiga.

—¿Qué creías?, ¿que se me había ocurrido justo en ese momento?

Me quito una pelusa imaginaria de la rodilla en lo que vuelvo a sentarme en el taburete, solo por hacer algo que no sea suspirar por Xander.

Pero parece que él no está para nada dispuesto a darme un respiro.

Se ha inclinado hacia mí y consigue hacerme temblar paseando el pulgar por las pecas de mi mejilla.

—En el fondo da igual el nombre o la forma en que me dirijo a ti, ¿no? Scarlett, Red, pelirroja, nena... —Su voz ronca rasca mi cordura y hace que me pierda en sus labios, que huelen a humo y a menta—. Da lo mismo porque, como hati, ya solo puedo reconocerte como mi mahni. Es decir, como mía .

Sus palabras y el roce sobre mi piel me dejan tan aturdida que no soy capaz de hacer otra cosa más que mirarlo y tratar de coger aire.

Por suerte para mí, Claudia vuelve a aparecer, cargándose toda la tensión acumulada en el ambiente. Contengo el impulso de abanicarme con la mano porque siento que la temperatura ha subido a cuarenta grados.

—Al lío. —Mi prima vuelve a posicionarse al otro lado de la barra, de pie frente a nosotros, y nos mira con ojos de abuela chismosa—. ¿Me vais a contar de una vez por todas cómo os conocisteis?