3. El olor a rosas por poco no acabó conmigo #3
La sensación de mareo me recordó a la primera vez que desperté después de la mutación.
Como era evidente, todavía no controlaba que a partir de ese momento viviría con todo multiplicado por diez.
Era tremendamente rápido, tenía tanta fuerza que rompí el lavamanos al apoyarme en él para cepillarme los dientes, también la capacidad de ver en la oscuridad, y había desarrollado el oído y el olfato de un gran depredador, oh, y lo más flipante, apenas envejecería.
Todo espectacular, todo maravilloso, todo superguay, excepto el gusto; eso era lo único que había ido a menos.
Ahora cualquier cosa me sabía a arena de gato (y nadie querría saber por qué podía hacer esa comparación).
El tema era que, después de chutarte el liquidillo verde que modificaba la genética (si tenías suerte y no te mataba en el proceso), te entrenaban.
De manera que hacía ya mucho tiempo que había aprendido a controlar cada uno de mis sentidos para no volverme loco con tanto estímulo y, de paso, no partir huesos con un simple y amistoso apretón de manos.
Sin embargo, en ese momento todo me daba vueltas, porque lo único que le llegaba a mi cerebro era el seductor y femenino olor a rosas, por más que yo luchaba por controlar mi olfato.
Apreté los párpados y dejé de respirar, pero incluso así podía sentir el aroma penetrando por cada poro de mi cuerpo. Estaba siendo violado por un perfume riquísimo, ¿no había leyes contra eso?
Abrí los ojos y lo que vi en el espejo me hizo dar un paso atrás. Parpadeé e intenté aclarar mis pensamientos porque ya empezaba a sospechar que me estaba volviendo loco. Más de lo que ya lo estaba. Volví a acercarme y, por un par de segundos, el reflejo me devolvió lo que, en efecto, no imaginaba.
En mis iris turquesas chisporroteó algo. Parecían diminutos rayos plateados, como si en mis ojos se estuviera desatando una tormenta. Ahora, volvían a estar como siempre, pero si de algo estaba seguro era de que no se había tratado de una alucinación.
Tendría que dar parte de esto y preguntar al comandante Hudson. Solo esperaba que no fuera algún efecto secundario del suero que se estuviera manifestando ahora, casi cincuenta años después.
—Xander —oí que me llamaba Johnny—, ¿todo bien por ahí dentro?
—Sí —contesté sacudiendo la cabeza para intentar concentrarme—, es solo que aquí hay demasiadas rosas y casi me llevan para el otro barrio con tanto perfume.
Eché un vistazo a mi alrededor. Las paredes estaban cubiertas de arriba abajo con papel de estampado floral, pero solo encontré un ramillete de rosas de verdad en un florero de cristal. Del todo insuficiente como para haberme afectado de ese modo, pero no pensaba decírselo a Johnny.
—Lo que a lo mejor acaba contigo es verte rodeado de tanto vestido de novia —se burló el hacker.
—Es posible que salga de este sitio con una importante reacción alérgica y tenga que echar mano de un vial para sobrevivir.
Johnny soltó una carcajada que, a su vez, me hizo reír, y seguí a Cenizas escaleras arriba. Siempre hago caso del instinto de mi pequeña.
Mi compañera cuadrúpeda se detuvo frente a una puerta con una placa dorada en la que se leía SR. SMITH y que, curiosamente, no estaba cerrada con llave. Lo cual me desilusionó, porque donde no había cerrojo rara vez había algo de valor para nosotros. De todos modos, entré.
Pasé de la excesiva y cargante decoración y presté atención a los detalles.
Las superficies brillantes, sin una sola mota de polvo, las papeleras vacías y los lápices ordenados por tamaño sobre el escritorio, me decían que me había topado con un tío pulcro, meticuloso, que se preocupaba por las apariencias y las primeras impresiones.
Esto último solía ser común entre las arañas.
—Hay un portátil sobre la mesa —informé a Johnny mientras Cenizas trotaba por la habitación, olfateando cada rincón.
—¿Llevas el USB?
—Negativo. —Mierda, siempre se me olvidaban esas tonterías informáticas.
—Entonces no puedo acceder. ¿Ves viable traerlo?
—Lo estaba pensando, pero lo descarto. Quiero que parezca un robo común. Si me llevo el portátil, además del dinero, podrían sospechar que no fue un golpe rápido sin más intención que hacerse con unos cuantos billetes. Paso de que la policía se ponga a investigar.
—Tienes razón. Entonces, ¿qué?
—Echaré un vistazo, a ver si con suerte doy con algún hilo del que tirar.
No tenía muchas esperanzas de encontrar nada, y las pocas con las que empecé se fueron diluyendo conforme abría libros, armarios y cajones, sin resultados positivos.
Hasta que me dio por abrir el portátil, solo por si había suerte y el muy imbécil se lo había dejado encendido. No fue el caso, pero sí que di con algo.
Una elegante invitación en papel nacarado con letras doradas descansaba sobre el teclado.
—Bingo.
—¿Qué tienes? —me preguntó Johnny con interés.
—Planes para el sábado noche. Necesitaremos ropa elegante.
Lo dejé todo como estaba y abandoné el White Dreams con la sensación de que me había tocado la lotería. Aunque me gustaban la acción y la sangre, de vez en cuando apetecía que las cosas marcharan sin esfuerzo.
Crucé la puerta con Cenizas a mi lado y..., claro, no todo en esta vida podía ser arcoíris y mariposas. El universo tendía a compensar las cosas, y a mí me había dado información fácil a cambio de una tormenta del copón.