Eclipse en Shadow City 3. El olor a rosas por poco no acabó conmigo #2
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3. El olor a rosas por poco no acabó conmigo #2

Cenizas se colocó a mi lado dispuesta a acompañarme, como siempre.

—Toma. —Mi compañero me lanzó el pequeño intercomunicador, que me acomodé en el oído, y él hizo lo mismo con el suyo—.

Todavía tardaré un par de horas en hacer que todo esto esté en condiciones para trabajar —dijo, abarcando con un gesto de la mano lo que había repartido por el salón—, pero, por lo menos, mantenme informado.

—No creo que nada se tuerza hoy —lo tranquilicé.

—Nunca se sabe. A lo mejor el modelo de Colgate te sorprende y resulta ser cinturón negro de taekwondo.

—Lo habríamos visto en los informes.

—Ya... También es verdad. Aun así, sabes que el reglamento obliga a que estemos constantemente comunicados durante las misiones y...

—Que sí, que sí... —lo interrumpí, y salí por la puerta con la esperanza de que no siguiera dándome la chapa por el pinganillo.

Por suerte, Johnny continuó con sus Legos tecnológicos ultramodernos y se olvidó de mi existencia.

Puesto que la boutique White Dreams estaba a unos tres cuartos de hora del piso franco, decidí hacer el recorrido a pie para que Cenizas terminara de despejarse y tuviera todos los sentidos al cien por cien.

El cielo seguía encapotado y, aunque aún no eran ni las cuatro de la tarde, las farolas ya estaban encendidas, intentando en vano abrirse paso entre la niebla. El clima envolvía las calles en un halo místico y fantasmagórico.

Pese a ello, sus gentes parecían acostumbradas y se movían ágiles, sin importarles la poca visibilidad. Sus andares, rápidos y nerviosos, me recordaban a sus vecinos neoyorquinos. Siempre con prisas, siempre como si llegaran tarde a todos lados. Qué estrés.

Cenizas parecía no sentirse a gusto; la notaba tensa y en alerta, con el hocico apuntando ligeramente hacia arriba, la cola tiesa y los ojos bien abiertos. Fiel como ninguna otra criatura, no se despegaba de mi lado, adaptando su ritmo al mío.

Llegamos al White Dreams diez minutos antes de su cierre. Aproveché para inspeccionar el perímetro y me coloqué frente a un escaparate desde el que podía vigilar la entrada de la boutique a través del reflejo sin levantar sospechas.

Los minutos se me hicieron eternos. La vigilancia y los ratos de espera eran lo que peor llevaba de mi trabajo. Cinco minutos bien me parecían cinco horas.

Al fin, atisbé movimiento en la tienda. Salió un grupo de mujeres que intuí que serían las últimas clientas; al poco salió una chica y, momentos después, mi víctima.

—Objetivo a la vista —susurré para Johnny—. Voy a por él.

—¿Es seguro? —preguntó el hacker a través del intercomunicador.

—Sí —le confirmé—. No hay riesgo de... —Me interrumpí porque antes de darme la vuelta atisbé otra figura saliendo del White Dreams—. Mierda. No está solo. No puedo proceder ahora mismo.

—Informa.

—Es una chica, no puedo verle bien el rostro desde aquí, estoy observando a través del reflejo de un escaparate a una distancia considerable y no me quiero arriesgar a girarme.

Podría llamar la atención si me acerco para ver mejor.

—Intenté fijarme en ella, cualquier detalle podía ser crucial—.

Es menuda, pelirroja, y parecen enfrascados en una conversación intensa.

—¿Son pareja?

—No me lo parece... —Me concentré en la actitud de ella.

Aunque me daba la espalda, pude ver cómo uno de sus pies apuntaba hacia la carretera y no hacia su interlocutor; tenía los hombros en tensión y cambiaba de manera intermitente el peso de una pierna a otra—.

No. Definitivamente da la sensación de que ella no está cómoda y quiere irse, pero él es insistente.

No entendía por qué, pero mi humor empezó a torcerse considerablemente. Cuanto más los veía discutir en la puerta del local, más ira sentía sin motivo aparente.

Aunque no era el único. Cenizas se mantenía en guardia a mi lado, no se movió del sitio, pero empezó a gruñir irritada. Si yo hubiese sido un perro, de seguro habría hecho lo mismo.

Sacudí los hombros para quitarme esa sensación de encima, pero entonces esa araña asquerosa agarró del brazo a la chica y el gesto hizo que las venas me palpitaran bajo la piel de pura rabia.

Apreté los puños y contuve con un esfuerzo espectacular las ganas de cruzar la calle y desfigurarle la cara al capullo por atreverse a tocarla de esa forma.

—Xander, ¿me estás escuchando? —La voz de Johnny me hizo parpadear desconcertado.

—¿Qué? —«Joder, ¿me ha estado hablando?».

—Te preguntaba si ves viable la operación.

—Ah, pues... —Volví a mirar a la pareja y me cagué en mi suerte cuando vi que se largaban juntos—. Cambio de planes. El objetivo se marcha con la chica. —Desvié la mirada de ellos a la boutique y estudié el sistema de seguridad cutre y barato que tenía instalado. Pan comido—. Voy a entrar.

—¿Dónde?

—¿Dónde va a ser? A veces me cuesta recordar que eres inteligente... Pues en la boutique.

Tras asegurarme de que la araña y su acompañante ya no quedaban a la vista, me dirigí al White Dreams y me agaché para acariciar a Cenizas a la espera de que los viandantes se alejaran del local.

—¿Puedes desactivar la alarma y las cámaras? —pregunté por el intercomunicador.

—Imposible, hasta dentro de, al menos, una hora, no tendré listos los equipos.

Puse los ojos en blanco.

—Tanta tecnología y, cuando uno realmente la necesita, no está disponible.

—Puedes ir a tomarte un café mientras tanto.

—Ya. También podría reventar la cerradura, cargarme la alarma y tú, después de una hora, te encargas de eliminar las imágenes que las cámaras van a grabar en cinco, cuatro, tres, dos... —Me levanté, giré sobre mis talones y, con una patada rápida a la altura del pomo, abrí la puerta—. Uno.

Cenizas se coló entre mis piernas y yo, en menos de tres segundos, vigilé que nadie alrededor nos hubiera visto, entré y trituré la alarma con un cabezazo bien dado.

—Genial. Ahora todo el mundo sabrá que alguien ha entrado en la boutique —se quejó mi compañero.

Cerré, por así decirlo, la puerta. Más bien, la encajé, pero por fuera parecería que estaba cerrada y nadie notaría el golpe a menos que se acercara.

—No se enterarán hasta el lunes y, además, no saben qué andamos buscando. Probablemente pensarán que se trata de un robo cualquiera.

—Así que encima vas a quitarles dinero de la caja... —empezó a recriminarme Johnny.

Sonreí porque de verdad me hacía gracia que un tío que se dedicaba a ayudar a un cazador a atrapar y matar tuviera tantos remilgos a la hora de cometer delitos menores.

Fui en busca del espejo más cercano. Por suerte, allí había cientos de ellos. Tal y como sospechaba, con el cabezazo se me habían escapado algunos mechones blancos del sitio que les correspondía.

Saqué uno de mis peines y empecé a pasar las púas por el tupé cuando lo percibí de repente. Un intenso olor a rosas me atizó tan inesperadamente que me hizo perder el equilibrio y tuve que apoyar las manos a ambos lados del espejo para no caerme al suelo.