3. El olor a rosas por poco no acabó conmigo
El olor a rosas por poco no acabó conmigo
Rasqué a Cenizas detrás de las orejas, como a ella le gustaba, aunque sabía que ya, la pobre, no se daba cuenta de nada.
Intentaba evitar a toda costa viajar en avión o, como era el caso, en jet privado, porque a mi peque la ponía muy nerviosa volar y tenía que hacer uso de alguna droga para que se pasara el trayecto durmiendo.
Por muy natural que me dijeran que era el remedio, no me gustaba nada tener que apaciguarla de esa forma.
Mientras mi amiga cuadrúpeda soñaba felizmente, panza arriba sobre la moqueta azul, Johnny y yo pasamos tres horas y media estudiando los detalles de la misión.
Nos empapamos de los rostros de aquellos que nos iban a llevar hasta el vlader: Patrick Freeze, Boss y hermano de nuestro principal objetivo, Erik Freeze; Amelia Freeze, hija del Capo, queríamos pensar que era su mayor debilidad y estaba a punto de celebrar su decimoquinto cumpleaños, y el tipo de sonrisa de anuncio que resultaba ser una de las asquerosas arañas de la colmena.
Decidí que este iba a ser mi primera futura víctima, ya que era la figura que me parecía más accesible para empezar a tirar del hilo.
Además, tenía cara de que a la primera uña arrancada te cantaba La traviata .
Me empaché de información y guardé en la memoria los lugares clave por donde se creía que se movía la mafia nocturna, los marqué con una cruz en uno de los mapas plegados que había en la carpeta del caso y subrayé el primer local por el que me pasaría para hacer una visita: la boutique White Dreams.
Esperaba que no me saliera urticaria por estar rodeado de tanto vestido de novia.
Por supuesto, lo teníamos todo informatizado, pero a mí, al contrario que a mi compañero, me gustaba trabajar con papel y boli. Sería un chapado a la antigua, pero mi cerebro retenía mucho mejor los detalles si los escribía, los subrayaba y los marcaba a mano.
Para terminar, estudiamos al resto de los pesos pesados que eran leales a la colmena, e hicimos también un cálculo aproximado de los hombres con los que contaban para su seguridad. No eran pocos, pero nada con lo que no pudiéramos.
Dios santo, esta gente movía de todo: drogas, armas, trata de blancas...
Y estaba claro que sus trapicheos funcionaban de puta madre porque, al parecer, ningún humano en la ciudad sospechaba lo que realmente eran —además de mafiosos con los que ni la CIA quería meterse—, aparte de las arañas y las víctimas, por supuesto.
Pero estas últimas no contaban. Cosas de ser víctima: cuando te enterabas del percal, ya estabas más muerto que vivo y no le eras de utilidad a nadie.
Las restantes tres horas y media del vuelo las pasamos durmiendo en los butacones extracómodos, por solidaridad con Cenizas y porque no queríamos perder el tiempo al llegar. La misión empezaría nada más pisar tierra, así que teníamos que estar frescos como salmones para entonces.
Aterrizamos, cogimos los macutos con nuestras pertenencias —las justas, pues la SOF (Supernatural Operations Force) nos suministraba todo lo que necesitáramos.
Aun así, se les olvidaban cosas básicas como calzoncillos, cepillo de dientes o bolsas para recoger de la acera las necesidades de mi pequeñina y, por eso, siempre cargábamos con alguna mochila— y partimos en dirección al piso franco que se nos había asignado en la ciudad.
Y, joder, nada más pisar la calle entendí por qué esa mierda de sitio se llamaba Shadow City.
Yo me encendí un cigarrillo mientras miraba a mi alrededor y Johnny se quitó las gafas de sol al momento, porque en esa ciudad era ridículo llevarlas puestas.
La niebla campaba a sus anchas, provocando que ver dos calles más abajo resultara imposible.
Tenías que adivinar por dónde continuaban los edificios y, si mirabas al cielo, solo encontrabas un cúmulo de nubes grises.
«Ciudad Sombra», y tanto. El lugar perfecto para que la depresión se abriera paso en cada casa y sus habitantes tuvieran que andar tomando pastillas de vitamina D para compensar la oscuridad. Podía imaginarme a la gente dándose de puñetazos por un rayito de sol.
Sin duda, Shadow City era la ciudad ideal para una colmena. Los vampiros allí podían hacer vida diurna sin tener que preocuparse por morir achicharrados.
Con razón no levantaban sospechas...
Tiré un poco de la correa para indicarle a Cenizas que echaríamos a andar calle abajo. Por norma general, mi pequeña iba suelta allá donde fuéramos, pero todavía estaba atontada por las pastillas y necesitaba un par de horas más para volver a ser ella misma.
—Según las indicaciones que nos dieron —dijo Johnny—, deberíamos encontrar el vehículo aparcado a unos diez metros. ¿Qué has pedido esta vez, un Cadillac?
Expulsé el humo a través de una sonrisa de medio lado, manteniendo el cigarro en los labios, y admiré la silueta del coche que empezaba a dibujarse a través de la niebla conforme nos acercábamos.
—Un Ford Mustang Shelby GT500. Mi Eleanor.
Le pasé la correa a Johnny y me adelanté para admirar la fabulosa máquina.
Rodeé el vehículo tomándome mi tiempo; me permití unos minutos para deleitarme con cada curva y cada detalle de esta bestia que sería mía durante el tiempo que estuviéramos allí.
Acaricié la pintura negra y, finalmente, me agaché para coger las llaves escondidas en el tubo de escape.
—Eso, algo sencillito para pasar desapercibidos mientras espiamos, cazamos y matamos chupasangres. —Johnny y su sarcasmo. Lo cierto era que siempre me había resultado divertido—. Y, encima, económico. Para ahorrar costes a la agencia.
—La SOF está forrada, y lo divertido es jugar con juguetes caros, amigo. —Lancé el cigarrillo al suelo y ayudé a Cenizas a subir al asiento trasero—. Me chutaron esa mierda y me juego la vida cada minuto del día, qué menos que disfrutar de los lujos que puede ofrecerme esta putada de trabajo.
Monté en Eleanor, me aferré al volante y aspiré el fabuloso aroma a nuevo mientras esperaba a que Johnny aplastara su culo con complejo de pobre en el asiento del pasajero.
En un santiamén, y con mi compañero aferrándose a cada superficie que podía darle un mínimo de estabilidad, conduje hasta uno de los pisos francos que teníamos disponibles en la ciudad. No era gran cosa, pero tampoco le faltaba de nada, y había suficiente espacio para los tres.
Lo primero que hice fue dar de comer a Cenizas. La pobre tendría que conformarse con pienso hasta que pudiera salir a comprar unos buenos chuletones. Luego fui directo a la que sería mi habitación.
Me gustaba. Espaciosa, con una cama inmensa, un enorme armario de pared a pared y, lo más importante, baño privado, al que solo se podía acceder desde el propio dormitorio. Colores: blanco, gris y negro. Detalles cromados en plata. Sin estampados ni decoraciones inútiles. Perfecto.
Miré entre la ropa que había en los cajones y el armario y, tras asegurarme de que estuviera todo lo que había exigido en mi lista, cogí un conjunto limpio y me metí en la ducha.
Para cuando salí y crucé el comedor camino de la cocina, Johnny ya tenía todos sus cachivaches informáticos acaparando la mesa y parte del sofá. Ni me miró cuando pasé por su lado, enfrascado en su mundo de cables y chips.
No me molesté en decirle nada; el modus operandi de mi compañero era siempre el mismo, y sabía que hasta que lo tuviera todo como él quería y funcionando correctamente, no saldría de su burbuja. Así que preferí dejarlo entretenido con sus cosas y me fui a buscar lo mío.
La cocina era estrecha, también muy austera, como el resto del piso. Tenía lo justo y necesario: un par de fogones, un horno demasiado pequeño, un microondas, el fregadero y, la parte interesante, dos neveras.
Abrí la primera, la que quedaba más cerca de la puerta de entrada, y me encontré con el clásico refrigerador vacío, a excepción de los diez viales cuyo líquido morado me ayudaría con la regeneración y la cicatrización.
La cerré y me dirigí a la segunda. Nada más agarrar el tirador, pude oír el mecanismo de lectura de huella dactilar, seguido del sonido de varios engranajes. Cuando la sinfonía de metales girando, friccionando y chocando entre sí finalizó, tiré y, esta vez, hallé lo que quería.
Los fluorescentes en su interior parpadearon durante unos segundos hasta quedar fijos, iluminando un estrecho pasillo atestado de armas de todo tipo.
Entré y eché un rápido vistazo por los estantes acristalados.
Había de todo y para todos los gustos, desde cuchillos, hachas, navajas y cualquier tipo de objeto afilado, a pistolas, metralletas, revólveres, granadas, un lanzallamas...
Por supuesto, también estaban los mimados del laboratorio, objetos curiosos y aparentemente inofensivos, pero realmente letales: bolígrafos con los que podíamos disparar un pequeño dardo con una toxina venenosa; gafas cuyas lentes podían ser extraídas con el fin de ser lanzadas como un disco, tan afiladas que si las arrojabas con la fuerza suficiente podían cortar hasta el hueso; zapatos con cuchillas ocultas en las suelas que se accionaban con un golpe de tacón; un collar que incorporaba un láser de luz ultravioleta...
En resumen, una infinidad de aparatitos divertidos.
Mi intención esa tarde era dar con un simple humano y secuestrarlo para que nos contara todo lo que necesitábamos saber.
Es decir, dónde se encontraba la colmena y los bichejos que formaban parte de ella.
Dudaba mucho que una araña supiera la ubicación y los movimientos del Capo, pero si nos llevaba hasta los vampiros que lo protegían, ya era un buen punto de partida.
Así que me equipé ligero. Cogí tres peines que deslicé en las correas internas de mi chupa y un 44 Magnum cargado con balas de plata, solo por si acaso, entre la cinturilla del pantalón y la parte baja de mi espalda.
—¿Sales ya? —me preguntó Johnny cuando pasé de nuevo por la puerta del salón.
—Sí, voy a ir a por esa araña, a ver qué tiene para contarnos.