Eclipse en Shadow City Xander. Presente
13%

Xander. Presente

Xander

Presente

—Me atrevería a decir que a ninguno de los presentes nos sorprende que la cagaras así —le dice Claudia a Scarlett—. Mucho menos a mí —se mete la última palomita en la boca y sacude las manos en el pantalón—, porque no es nada nuevo que no me hagas caso.

—Bueno, sí, la cagué. Pero no todo fue malo —le responde mi chica.

—Ah, ¿no? —Sonrío, mostrando el colmillo derecho, y busco su mirada esmeralda con una ceja arqueada.

Scarlett evita hacer contacto visual, pero deja asomar una sonrisa juguetona que dispara todas las ganas que tengo de volver a comerle la boca.

—No. Pude quedarme un vestido que me hace lucir espectacular.

—¡Pum!, acaba de disparar una bala verbal a mi ego.

Y, encima, a la condenada le divierte. Se lame el labio superior intentando, de un modo inútil, contener una risilla de niña que ha roto un jarrón y ha escondido los pedazos.

Cosa que solo consigue que tenga que contar hasta diez para no abalanzarme sobre ella y sentarla sobre el mármol, conmigo entre las piernas.

Para evitar una empalmada inapropiada, decido encaminarme hacia la barra. Por pocos pasos que eso me suponga, es mejor que sufrir calores esporádicos bajo el marco de la puerta de una cocina que no es la mía.

Además, esto tiene pinta de ir para largo.

Me siento en el taburete al lado de Scarlett, y Claudia queda entre ambos, todavía de pie al otro lado de la barra, observándonos como si fuésemos sus actores de telenovela favoritos.

Enseguida me doy cuenta de que el cambio de posición ha sido una idea pésima. El olor a rosas entra en plan tsunami por mis fosas nasales y se adueña del control de mi cerebro. Colapsa mis sentidos y me vuelve idiota, para hablar claro.

Cosas del eclipse.

Por unos segundos me dejo llevar por mi instinto animal y paseo los ojos por todo ese cuerpo que me pone febril.

Detallo las ondas de su cabello pelirrojo, largo hasta las clavículas y decorado con un pañuelo celeste anudado en lo alto, a juego con el color de su camisa de cuadros, que se ajusta a la cintura con un nudo.

Me pierdo un poco en esos ojos verdes como las hojas de los almendros y en las preciosas pecas que endulzan su cara y la hacen parecer traviesa a la vez.

Prefiero no continuar el recorrido más allá de su ombligo porque esas piernas son mi perdición.

Sé de sobra cómo se le ajustan las mallas de cuero negro a las caderas, a los muslos, cómo le marcan el culazo que tiene, la curva que hacen al ser llenadas por los gemelos y cómo dejan al descubierto el más seductor de los huesos en el tobillo.

Por supuesto, mejor ni pienso en los zapatos de tacón rojo que luce.

Mi imaginación es desbordante, y ese brillante charol en sus pies despierta ideas que no me convienen ahora mismo. Es verdad, los zapatos. Son los mismos que llevaba puestos ese día.

—Todavía recuerdo lo tenso que me puse al ver cómo te agarraba —doy voz a mis pensamientos y sonrío para mí sacudiendo la cabeza.

Cómo han cambiado las cosas...—. Ya entonces quise pegarle una buena paliza a ese imbécil.

No sabía bien si era por su estúpida cara de póster para dianas o por la forma en que te presionaba...

Ahora entiendo que había algo más por lo que mi reacción fue, quizá, desmesurada.

Scarlett encoge su naricilla como un conejo cursi y se esconde un poco entre los hombros.

Ya le expliqué todo sobre la marca, y es plenamente consciente de lo que ella significa para mí, del eclipse que nos une irremediablemente y que hace que se me vaya la cabeza de forma absurda por cada nimiedad que le atañe.

Jamás he sido posesivo con nadie. A decir verdad y concretando, nunca me ha importado nadie. Pero con ella... Madre mía, se me va la puta pinza. Reventaría a cualquiera que se atreviera a soplar en su dirección.

Scarlett abre la boca en una «O» enorme antes de hablar.

—¿Cómo que te pusiste tenso cuando viste cómo me agarraba? —Ups. Su ceño se frunce lentamente y pone los brazos en jarra. Una postura que me resulta graciosa porque su intento de expresión enfadada contrasta con sus piernas elegantemente cruzadas—. ¿Es que nos viste?

Asiento, pero no digo más, solo por ver cómo evoluciona su reacción. Podría pasarme el día estudiando sus gestos.

Se queda callada unos segundos, congelada en expresión y postura. Lo único que varía es el color en sus mejillas, que empiezan a volverse más rojas.

—Y... ¿nos oíste? —pregunta con inseguridad. Casi puedo ver las piezas del puzle equivocado juntándose en su cabeza.

—No. —Suspira aliviada, y a mí me hace hervir la sangre pensar que pueda avergonzarse por algo así delante de mí.

¿Cuándo aprenderá a sentirse confiada y segura de sí misma?

—. Mientras hablabais, yo estaba conversando con Johnny a través del intercomunicador, así que no pude escuchar nada de lo que dijisteis.

—Oh, bien. —Entonces cambia y, de nuevo, vuelve a mirarme con sospecha—. ¿Me estabas espiando?

—Nena, se te olvida que, por entonces, yo no tenía ni idea de quién eras y espiarte no estaba entre mis tareas.

Parpadea un par de veces, como si acabara de darse cuenta de ese pequeño detalle.

—Es verdad...

—Estaba haciendo mi trabajo, recababa información y dio la casualidad de que os pillé saliendo de la boutique.

—Te compro el argumento —interviene Claudia—. Aunque, por como lo has contado —continúa—, sí que parece que más que a trabajar te dedicabas a fisgonear.

—Lo cierto es que la intención era dar con la araña —explico—, secuestrarlo e interrogarlo.

Pero tuve que cambiar los planes en el último momento e improvisé.

—Miro a Scarlett. Esto sí que no se lo he contado antes—.

Forcé la cerradura y entré a la boutique en busca de información que pudiera ser de utilidad.

Ella abre unos ojos como platos y me da un tortazo en el brazo, haciéndome reír de nuevo.

—¡Así que sí que fuiste tú! Qué feo me parece que te hicieras el tonto cuando te comenté que teníamos que cerrar porque estaban reforzando la seguridad de la tienda.

—Culpable —admito, encogiéndome de hombros.