2. La cagué al decir que sí #2
Ryan aprovechó que ya no quedaban clientes en la boutique para nadar a mi alrededor como un tiburón, recordarme los buenos tiempos, los mejores momentos que vivimos, las caricias..., hasta dio detalles de los instantes más íntimos.
Me tenía nerviosa. Intentaba pasar de él, pero me era imposible, y conseguía que todos esos recuerdos hicieran que me tambaleara por dentro.
Yo no abrí la boca. Terminé de dejar la boutique como si nadie hubiera estado en ella, esperé a que saliera Stefanie y cerré el local, acompañada, cómo no, de Ryan.
¿Así fue como me conquistó? ¿Insistiendo? No lo recuerdo.
No. Diría que era yo la que le iba detrás.
Como fuera. Terminé de cerrar White Dreams y estaba más que dispuesta a seguir ignorando a mi ex hasta que soltó el comentario que me condenó.
—De verdad, princesa, que puedo entender cómo te sientes. —Me retuvo cogiéndome de la mano, forzándome a prestarle la atención que yo no quería darle—. Pero te juro por enésima vez que lo que viste no es lo que crees.
—Ah, ¿no? —Me zafé de su agarre, pero no me fui.
Era momento de zanjar las cosas—. Dime que no había una rubia despampanante en tu despacho, a solas contigo, y que en el momento en que entré te estaba haciendo un chupetón en el cuello, o lamiéndote, o lo que fuera, me da igual.
—El recuerdo me encendió de rabia—. Se os veía en una situación muy íntima y, sinceramente, no parecía que estuvieras incómodo.
Así que permíteme mantener el poquito de dignidad que me queda y deja que me vaya, que bastante tengo ya con ser la cornuda del barrio.
Eché a andar, pero de nuevo me agarró, esta vez con más fuerza, por el antebrazo. Lo fulminé con la mirada. Una promesa silenciosa de «o me sueltas o te abofeteo, tú verás».
—Solo escúchame —me suplicó.
—No tengo por qué escuchar excusas baratas que seguro que te...
—Lo que viste es cierto —volvió a interrumpirme. Pero esta vez, me quedé callada. ¿Lo iba a reconocer?—, pero sigo diciéndote que no es lo que crees. De verdad... Tiene su explicación, y no tiene nada que ver con ponerte o no los cuernos. No era algo íntimo, como dices.
—Pues no lo entiendo —dije con firmeza, pero noté que algo en mí flaqueaba. Mierda.
Al fin, me soltó, y solo cuando sentí la sangre de nuevo circular por mi brazo me di cuenta de lo fuerte que me había estado agarrando.
Bajó la mirada en una actitud abatida y, cuando volvió a hacer contacto visual conmigo, consiguió romper mis barreras. Parecía realmente arrepentido y dolido con la situación.
A lo mejor sí me estaba diciendo la verdad...
Comencé a agobiarme. Las dudas, la presión de tomar una decisión, el miedo a equivocarme, a ser engañada, a volver a sufrir... Todo se me estaba haciendo bola, y solo quería irme de allí.
—Escucha, princesa. Te conozco. Sé que ahora necesitas tu tiempo para analizar todo esto y harás tu clásica lista de pros y contras antes de darme una respuesta.
—Correcto. Me conocía demasiado bien—. Pero yo no puedo aguantar más, llevo dos meses intentando hablar contigo y no haces otra cosa más que darme largas sin ofrecerme la oportunidad de explicarme.
Hagamos una cosa —tomó mi barbilla y fui incapaz de apartarme—, mañana por la noche dan una fiesta privada en lo alto del Golden Sword. Ven conmigo. Allí te lo explicaré todo.
Dudé. Cómo no iba a hacerlo, y ya no solo por el temor a que me mintiera y me engatusara, sino porque el Golden Sword era el edificio más importante de la ciudad.
Se llamaba así porque era el más alto de Shadow City, y su estructura estaba bañada en color dorado.
Un edificio que resplandecía aun sin que le diera la luz del sol.
Un lugar extremadamente vigilado al que solo podía acudir la crème de la crème .
Allí era donde se reunían gobernantes, altos mandos, gente importante del mundo moderno y con tanto dinero como para limpiarse el culo con billetes de diez mil dólares cada vez que cagaban y seguir siendo ricos.
—No nos van a dejar entrar, lo sabes.
—Te dejarán pasar porque serás mi acompañante, y yo tengo invitación a la fiesta.
Me quedé helada con su respuesta. Una invitación así no caía del cielo, te la tenías que ganar, y ahora me estaba acojonando pensar cómo se habría ganado Ryan la suya.
Estaba intrigada, por supuesto, así que dudé.
A ver, asistir a una fiesta en el Golden Sword era algo a lo que muy pocos podían aspirar, y esa oportunidad en verdad me llamaba a gritos.
Por otro lado... Quizá estaría bien oír qué tenía Ryan que decirme y, después de eso, podría tomar una decisión definitiva y en firme, sin darle más vueltas a la cabeza.
Podría cerrar el capítulo.
—Pero yo no tengo nada que ponerme. Esas fiestas son elegantes y...
—Lo sé, de etiqueta. Por eso, princesa, escoge cualquier vestido de la colección de fiesta de la boutique. Considéralo una disculpa por habértelo hecho pasar tan mal sin motivo.
Me mordí el labio. Sin duda la oferta era más que tentadora y, pensándolo bien, no tenía nada que perder, ¿no?
Por lo menos escucharía lo que tenía que decir y, me gustase o no, entendería lo que había pasado.
Además, por otro lado, estaría disfrutando de una buena fiesta con un vestido que solo en mis sueños podría lucir. Así que...
—¿A qué hora me pasas a buscar?
Y, sin saberlo, acababa de meterme en la boca del lobo.