Eclipse en Shadow City 2. La cagué al decir que sí
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2. La cagué al decir que sí

La cagué al decir que sí

Otra noche sin descansar bien, otra vez con resaca y, otra vez, con un aluvión de emociones y dudas que me estaban haciendo estallar la cabeza.

Ayudé a la futura novia a bajar del pedestal cilíndrico lacado en blanco, con cuidado de que no tropezara por culpa del pomposo vestido y los tacones, y salimos de nuevo del probador hacia la pequeña pasarela frente a su madre, sus dos hermanas y su futura cuñada.

La chica tenía muy claro el corte y el estilo que quería llevar, pero yo, nada más verla, supe que no era lo que le iba a favorecer.

Estas cosas, una ya con su experiencia de más de nueve años atendiendo novias, se veían a la legua.

Pero no podía ir y decirle directamente que lo que quería no era lo que necesitaba o que no le quedaría como esperaba, porque esa ilusión formaba parte de la novia y no estaba en mi mano arrebatársela tras cruzar la puerta.

En la recepción del White Dreams, la boutique de vestidos de novia más reputada de la ciudad, empezaba la magia. Y yo era su hada madrina.

El truco estaba en dejarlas caer en su error, que se probaran lo que venían buscando y que ellas solas se diesen cuenta de que lo que tenían en mente no era lo adecuado para ellas.

En esta ocasión, Cloe, mi clienta, iba ya por el quinto vestido equivocado. Ella estaba empeñada en llevar un palabra de honor y, cuanto más pomposo y más de princesa de cuento, mejor. Quería ser una Cenicienta en su día, pero el tul no favorecía su figura.

Cloe no dejaba de andar de un lado para otro, mirándose desde todos los ángulos posibles en los espejos y buscando a través de ellos las expresiones de sus acompañantes.

En el momento en que vi la decepción en sus ojos, decidí intervenir. Era mi turno. Aquí era cuando el hada madrina sacaba la varita y hacía su magia.

—Si no es indiscreción —me aventuré—, ¿dónde vais a celebrar la boda?

—Oh —Cloe parpadeó, saliendo de sus pensamientos grises—, pues vamos a casarnos en el Royal Sunshine.

Tomé nota mental. El Royal Sunshine, uno de los hoteles más lujosos al este de Shadow City. Un edificio elegante, con amplios ventanales, moderno, con suelos de mármol pulido. ¿En qué momento esa chica pensó que un vestido tan pomposo encajaría bien en ese ambiente?

—¿Me permitirías seleccionar un vestido para ti? Creo que tenemos el indicado, pero el corte dista de lo que venías buscando. —Lancé el anzuelo.

Con un suspiro de desgana, Cloe asintió.

—Está bien —me dijo—, pero ya será el último que me pruebe, estoy algo cansada.

«Por supuesto que será el último que te pruebes, porque este va a ser el elegido». Le sonreí con dulzura y la acompañé de vuelta al amplio probador.

—Una última pregunta —le dije antes de ir en busca de la prenda—, cuando sales de fiesta y quieres destacar, viéndote bonita y sintiéndote segura y confiada, ¿qué color de labial eliges?

La futura novia me miró frunciendo el ceño. Casi pude ver interrogantes bailando por toda su cara. Aun así, contestó.

—Rojo.

—Perfecto.

No tardé más de cinco minutos. Tenía clarísimo qué necesitaba Cloe.

De vuelta en el probador, la chica miró con desaprobación lo que traía entre las manos. No me importaba, no me amedrentaban sus prejuicios porque yo sabía lo que me hacía.

Le puse el maravilloso vestido blanco y se lo ajusté bien a la cintura y a las caderas con alfileres.

Después, le prohibí que se mirara en el espejo, cosa que le hizo gracia y empezó a soltar una risilla nerviosa.

Estaba impaciente por verse; seguro que intuía lo mismo que yo, que ese era el indicado.

Bajó del pedestal y, antes de que pudiera salir a ver a sus acompañantes, le recogí rápidamente el cabello castaño en un moño improvisado y le maquillé los labios de un bonito color burdeos.

Ahora sí, estaba lista para deslumbrar.

En cuanto puso un pie en la pasarela, su madre empezó a abanicarse con la mano para evitar llorar. Cosa que no logró. Su hermana se contagió y finalmente la cuñada suspiró un «estás preciosa».

Mi clienta ahogó una exclamación al darse la vuelta y contemplar su reflejo. Empezó a contonearse, a girar a medias el torso para verse la espalda, y acarició con los dedos todos los detalles del vestido.

Había elegido para ella un corte sirena, con escote de pico y espalda abierta con transparencias.

Realzado en encaje con un glitter sutil, el impresionante vestido era elegante y majestuoso a la vez.

Ceñido a la cintura, marcaba su figura femenina y realzaba sus curvas, acabando en una sinuosa falda con cola real de metro y medio.

La novia no podía apartar la vista de su reflejo, y yo aproveché el shock para entregarle un ramo de rosas rojas y completar el look con un velo sencillo y muy transparente que dejé caer desde debajo del moño improvisado.

Y... Tres, dos, uno... Cloe se cubrió la boca con ambas manos y rompió a llorar de pura felicidad.

No importaba a cuántas novias viera en la misma situación y reaccionando exactamente de la misma manera; el momento en que encontraban su vestido era mágico, y yo me contagiaba de esa felicidad que impregnaba el ambiente.

Me excusé con la novia para darles un momento de intimidad a ella y a sus acompañantes y me encaminé a la mesa que teníamos al otro lado, dispuesta para servir copas de champán.

Casi tomé la decisión de dar media vuelta y decirle a mi clienta que la burbujeante bebida para el brindis se nos había acabado. Porque ahí, esperando el momento de atacar, estaba Ryan Smith. Mi ex y, por desgracia, también mi jefe.

Estaba guapísimo, como siempre. Apoyado en la mesa donde aguardaba el champán y dedicándome una sonrisa de película.

Llevaba puesto su habitual traje gris, con camisa blanca y corbata negra, todo a medida.

El corte de la americana le enmarcaba a la perfección los hombros, anchos y rectos, y el nudo, un poco flojo, de la corbata me hizo recordar todas las veces que se la había ajustado antes de estampar un beso en sus labios.

Tragué saliva, respiré hondo e intenté calmar los latidos de mi corazón. Me concentré en servir las copas y evité mirar esos ojos verdes que siempre me atrapaban y me encendían sin remedio.

No sabía cómo lo hacía, pero su mera presencia me atontaba y tenía que esforzarme para recordar que ya no estábamos juntos. Que me engañó con otra en su despacho, en esa misma boutique, mientras yo atendía a las clientas.

Era un hijo de puta. Pero era un hijo de puta guapísimo que sabía lo que todavía provocaba en mí.

—¿Sumando un éxito más, princesa? —preguntó, como si tal cosa, en cuanto deposité las cinco copas sobre la mesa. Las dos últimas tintinearon porque mi maldito pulso tembló al oír su voz llamándome «princesa».

Esa palabra, saliendo de sus labios, causaba estragos en mi raciocinio.

El cabrón sabía cómo debilitarme.

Un sonido a mi izquierda me hizo desviar la mirada y, de reojo, atisbé la sombra de Stefanie tras el mostrador.

Supe en ese momento que la muy lagarta de mi compañera estaba poniendo la oreja otra vez, así que bajé la voz todo lo que pude para que a la chismosa le costara seguir el hilo de la conversación.

Si es que eso iba a convertirse en una conversación.

Siempre había sospechado que mi compañera andaba detrás de Ryan, e intuía que esperaba confirmar que nuestra relación estaba rota para clavar las uñas en su presa.

—¿Qué estás haciendo aquí, Ryan? —le pregunté a media voz mientras me mantenía ocupada vertiendo el líquido dorado.

Por norma general, solo se le veía el pelo por el White Dreams de lunes a miércoles. Su fin de semana empezaba los jueves y —¿hola?— estábamos a viernes.

—Me da que ya conoces la respuesta —me susurró, inclinándose hacia mí.

Un escalofrío me recorrió la espalda al notar su aliento en mi hombro y por poco no derramé el champán.

—Estoy ocupada, como ves. —Enderecé la espalda para parecer segura de mí misma y cogí tres de las copas servidas. Ryan se apresuró a agarrar las otras dos.

—Deja que te ayude.

Permití —qué remedio me quedaba— que me siguiera de vuelta a la pasarela.

—Te hice una pregunta y todavía estoy esperando una respuesta en firme —murmuró a medio camino.

—No sé de qué pregunta hablas. —Claro que lo sabía.

—Pues te la recuerdo: ¿estás dispuesta a darme otra oportunidad?

Frené en seco y lo encaré. No pensaba mantener esa conversación delante de mi clienta. Ni delante de la cotilla de Stefanie, ya puestos. Resultaba humillante.

—No sé a qué juegas, Ryan. Me hiciste muchísimo daño...

—Lo sé —me interrumpió, pero no le permití robarme la palabra.

—No, no lo sabes porque no lo has sufrido, así que eres incapaz de entender cómo me siento.

—Apreté la mandíbula para recuperar por un momento la compostura y evitar que se me quebrara la voz.

No iba a permitir que me viera débil—. Cuando...

—Dudé, pero esta vez lo miré a los ojos, y no me dejé encandilar por ellos—.

Cuando te vi con ella... sentí... Dios, fue como si me hubieras clavado un cuchillo en el pecho.

Jamás había sentido un dolor tan intenso. Tan agudo. Creí que no podía respirar.

Su mirada se quedó pendiendo de la mía, no sé por cuánto tiempo, y de repente me sentí desnuda, vulnerable.

Fui yo la que rompió el contacto visual y volví a caminar hacia la novia que esperaba al otro lado con su familia.

Ryan vino detrás de mí con las dos copas restantes. Repartimos las cinco con una sonrisa radiante, impostada, como si estuviésemos en un anuncio de la teletienda. Trabajar de cara al público te preparaba para las mejores actuaciones de Hollywood, sin duda.

Mientras las mujeres brindaban, yo rezaba interiormente para que mi ex se marchase.

Alerta de spoiler : no lo hizo, y continuó insistiendo.

Se quedó dando vueltas por la tienda mientras yo finiquitaba mis tareas. Cobré el vestido de la novia, lo envolví con mimo para dejarlo en la sala de arreglos, me despedí de las chicas y cerré caja.