Eclipse en Shadow City Scarlett. Presente
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Scarlett. Presente

Scarlett

Presente

Aliso mi camisa de cuadros celeste y blanca, que llevo anudada a la cintura, mientras mi cabeza se mantiene ocupada analizando lo que Xander acaba de decir.

Así que... la misma noche en la que pedí mi deseo, a él lo destinaron a Shadow City. Parece demasiada casualidad. Y yo no creo en las casualidades.

¿Serendipia? ¿Destino? ¿O realmente que lo destinaran a mi ciudad sí tiene algo que ver con el deseo que pedí? Lo cierto es que ya son muchas las señales como para descartar esto último.

—Por cierto —tomo la palabra. Me acaba de venir una pregunta a la mente. No tiene nada que ver con lo que quería explicarle a Claudia, pero siento curiosidad—, ¿dónde está situada la base en la que trabajas?

—Cambiamos de ubicación cada seis meses —responde Xander sin variar su postura—, y no puedo decirte dónde está actualmente, desde donde me asignaron esta misión, porque desvelarlo podría poner en peligro a toda la organización.

—No puedo evitar que una punzada de decepción se refleje en mi mirada.

Soy así, incapaz de ocultar mis emociones—.

Al menos, no puedo decírtelo delante de tu prima.

No reprimo mi sonrisa. Su respuesta para mí significa «confío en ti», y esa certeza hace que mi corazón se caliente un poquito.

—Vale, yo tengo varias preguntas —nos interrumpe Claudia.

—Adelante. —Xander le da pie a preguntar con un asentimiento de cabeza.

—¿Para quién trabajas? ¿Perteneces a alguna agencia secreta o algo así?

¿Eres espía? —Mi prima empieza a disparar preguntas casi sin respirar y, obviamente, sin dar tiempo a responder—.

Has hablado de vampiros... Perdona, pero ahora no sé si es que vas muy drogado o que usáis ese término para hablar de los delincuentes en general.

—Xander abre la boca para contestar, pero Claudia sigue con su retahíla—: ¿Qué es un «helsing»?

Bueno, y, ya que estamos, ¿qué son un «helsing» y el resto de las palabras raras que has dicho en apenas unos minutos?

Porque a mí, «helsing» me recuerda a Van Helsing.

—Y se echa a reír con esa última ocurrencia.

—Pues no vas mal encaminada —le responde Xander.

Mi concentración se desvía a ese mechón blanco que escapa muchas veces de su cuidado tupé y le cae sobre la frente.

Es una tentación. Siento la necesidad de enroscarlo en mi dedo y...

—. De hecho, el nombre que se nos dio es en honor a ese legendario personaje, ya que nuestra labor es cazar...

Se calla cuando la palomita que le lanzo se estrella de pleno en su frente. Diana. Aguanto las ganas de celebrar mi maravillosa puntería para volver a tomar el control de la conversación.

—Resérvate esa información para luego, que, como empecemos con los saltos y a detallarle cada cosa que contemos a destiempo, le vamos a hacer un lío.

—Poso mi mano con gentileza en el antebrazo de mi prima—.

Poco a poco lo irás entendiendo todo, te lo prometo.

Pero no quiero que te satures de información antes de tiempo.

—Está bien, está bien —se rinde Claudia—. Contadlo como os dé la gana, pero si me quedo con dudas, pienso freíros a preguntas después.

—¿Más todavía? —pregunta Xander por lo bajo y con ironía.

—Te he oído.

—Si no hubiese querido que me oyeras, no lo habría dicho en voz alta.

—Bueno, ya está bien —los freno, estirando los brazos a ambos lados para que no comiencen una discusión sin sentido.

—Sigue, prima. —Claudia entorna los ojos y desafía a Xander con una mirada asesina antes de volverse hacia mí—.

Por lo que has dicho antes, intuyo que la noche siguiente os conocisteis, ¿no?

¿Cómo fue? —Levanta un dedo para que le permitamos hacer una puntualización—.

Por cierto, que conste que estoy muy enfadada contigo porque no me hayas contado antes todo esto, pero puedo dejar esta discusión para luego, cuando estemos a solas.

Estoy a punto de responder, pero me muerdo el labio con las palabras en la boca. Que sienta que la he decepcionado, por poco que sea, me entristece.

—La verdad es que la historia tiene gracia... —comienza Xander, sacudiendo la cabeza con una risilla que me resulta impertinente.

—No, no tiene ni pizca de gracia —aseguro—. Estaba anocheciendo, caía el diluvio universal y Cenizas me pilló desprevenida.

—Sigue diciéndote eso, a lo mejor terminas convenciéndote... —se burla el helsing, y prometo que recurro a toda mi bondad y paciencia para no pegarle dos gritos.

—¿Y qué hacías tú en la calle por la noche, si tu turno ya había terminado y caía el diluvio universal? —me pregunta Claudia.

—Todo tiene su explicación —digo con un suspiro.