1. Esa noche me asignaron la misión #2
Se decía que él llevaba la marca en el hombro y ella en la sien porque, la primera vez que sus pieles entraron en contacto, Wendy estaba llorando.
Había perdido a su compañero en una cacería y buscó consuelo en el comandante, apoyó la cabeza en su hombro y...
¡buuum! Chispazo, cohetes, corazones eclipsados, marca, y de un segundo a otro descubrieron que el destino los había unido para siempre.
Me daba repelús solo de pensarlo.
Que yo supiera, ningún otro helsing había encontrado a su mahni. Y yo rezaba cada noche por que el eclipse no me alcanzara jamás.
Ellos parecían felices, sin duda. Se rumoreaba que habían dejado de tomar precauciones y buscaban tener un bebé. Qué cuqui. Pero no, nada fue cuqui en realidad.
Todavía recuerdo la cara desencajada del comandante cuando cruzó la puerta de la sala amarilla el día que la perdió. Su piel había empalidecido hasta límites insospechados y estaba empapado en sudor.
Wendy había desaparecido.
Los rumores decían que no pudo con la presión y huyó; otros comentaban que la raptaron. Yo no la conocí lo suficiente como para juzgarla, pero no me casaba con la actitud de un helsing que huyera por presión.
La cuestión es que nunca más se supo de ella, y no porque no nos esforzáramos en encontrarla. Hudson movió cielo y tierra para dar con su mahni. Hasta que, un año después, nos pidió que abandonáramos la búsqueda.
Se desmayó en el momento en que nos comunicó que Wendy había muerto. No sabía si se debía a esa conexión corazón con corazón que se creía entre un hati y su mahni, pero lo dijo tan convencido de ello que jamás pusimos en duda sus palabras.
—Tu jet a Praga despega dentro de cinco horas —oí que le decía el comandante a Cynthia, devolviéndome al presente. Había estado repartiendo misiones y ya solo quedábamos ella, su hacker, Johnny y yo. Solía desconectar cuando la cosa no me incumbía, no podía evitarlo—. Puedes irte.
No me molesté en girarme para despedirme de ella. La distancia iba a ser una bendición hasta que volviéramos a encontrarnos.
—Helsing Alexander Rivers.
—Sí, señor.
Me enderecé en la silla y, ahora sí, puse todos mis sentidos en el comandante Hudson.
—Hemos hallado una colmena en una ciudad llamada Shadow City, cerca de Nueva York. —Hudson se sentó a medias sobre su escritorio y apuntó con el mando a las pantallas que teníamos enfrente.
Un bloque de quince televisores ocupaba toda la pared. Estos podían mostrar imágenes individualmente o una sola imagen conjunta. Era una pasada.
En esos momentos me mostraban una única fotografía. El mapa en blanco y negro de los Estados Unidos con un puntito rojo parpadeando en un lugar concreto. La ciudad en las sombras, Shadow City.
—¿Nivel? —pregunté.
—De nivel cinco.
Giré la cabeza bruscamente en su dirección y lo miré con incredulidad. Habían pasado más de cuarenta años desde que acabamos con el último nivel cinco. Dar con uno de ellos era casi imposible.
—Santo Dios, un vlader... —murmuró Johnny a mi lado, pasándose las manos por el pelo, claramente alterado.
Hudson asintió y volvió a apuntar con el mando a las pantallas. En cuatro de ellas apareció un hombre que aparentaba unos treinta y cinco años, aunque todos los presentes sabíamos que tendría más de doscientos.
—El Boss, Patrick Freeze. Es el hermano de Erik Freeze, un capo de las colmenas, el vlader que es nuestro verdadero objetivo. Sin embargo, no podrás dar con él sin tratar antes con Patrick, pues, aunque hemos detectado su presencia, nunca se ha dejado ver.
Observé minuciosamente los rasgos de mi próxima víctima.
Fuerte, pero no lo suficiente como para resultarme un problema.
Ojos astutos, pelo negro con un corte clásico, peinado hacia atrás sin un solo cabello fuera de lugar, barba cuidada.
Sus ropas parecían caras; la gabardina negra le daba un toque misterioso y sofisticado a la vez.
Tenía un alto cargo en la colmena y le gustaba que los demás lo notaran.
Habría apostado todo cuanto tenía a que el Boss olía a un perfume de mil dólares.
—También hemos dado con su hija —continuó Hudson. Otras cuatro pantallas me mostraron a una cría de no más de doce años de facciones suaves. Lucía un vestido Gucci que seguro que costaba más que la moto que conducía Johnny.
—¿La hija de Patrick? —preguntó mi compañero.
—La de Erik. Amelia Freeze.
Esa respuesta llamó mi atención. Cargarme al hermano podría escocerle al vlader, pero si conseguía raptar a su hija... No aseguraba el tiro, pero sin duda era una buena baza para hacer que el chupasangre saliera de la guarida.
—Merece la pena intentar llegar hasta ella; con suerte, al padre le importará lo suficiente como para querer rescatarla —comenté.
—Tío y sobrina se están dejando ver por las fiestas de la alta sociedad últimamente. Creemos que están dando a conocer a Amelia, ahora que está a punto de cumplir quince años.
Quince. Vaya, no había acertado ni de lejos. Parecía más pequeña...
—Estoy seguro —continuó el comandante— de que ya están organizando el que será su primer festín como vampiresa.
Qué puto asco.
—¿Alguna araña a la que podamos asustar para que nos lleve hasta Patrick o Amelia? —pregunté.
Hudson me sonrió antes de hacer que las pantallas mostraran otro rostro. Esta vez, un humano de mierda —siendo una araña no merecía mejor apelativo—, bastante atractivo, tenía que admitir.
Un tipo alto, delgado, sonrisa de ensueño y vestía de traje. Perfecto para la portada de cualquier revista de hábitos saludables.
—Nuestra araña trabaja como encargado en una boutique de vestidos de novia y está haciendo méritos para conseguir que lo conviertan en uno de los suyos.
—Ya, bueno, pues pienso destruir sus sueños antes de que se cumplan —declaré.
Si los vampiros me parecían criaturas deplorables, todavía me lo parecían más las arañas.
Los primeros asesinaban humanos por diversión y porque necesitaban su sangre fresca para sobrevivir.
Pero ¿las arañas? Humanos que atrapaban a otros para que los vampiros se dieran un festín a cambio de que, con el tiempo, los mordieran y los convirtieran en uno más de su especie inmortal.
Rastreros montones de mierda, los llamaba yo.
Aniquilar a tu propia especie... ya había que estar mal de la cabeza.
—Bueno —dije alargando la palabra y frotando las manos como si fuera una mosca gigante con ganas de dulce—, ¿cuándo empezamos?
—Partís dentro de dos horas —sentenció Hudson apagando los aparatos—. El jet ya os espera en el hangar. Dispondréis de varios pisos francos en la ciudad y tendréis todas las armas y los dispositivos informáticos que preciséis. Buena suerte, soldados.