Eclipse en Shadow City 1. Esa noche me asignaron la misión
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1. Esa noche me asignaron la misión

Esa noche me asignaron la misión

Ahogué el gemido de Cynthia cubriéndole la boca con la mano. Sus hermosos ojos azules se perdieron en el éxtasis, y aproveché el momento para acelerar el ritmo y embestir duro hasta correrme.

Yo no era de los que se quedaban abrazando a su ligue hasta que se apaciguaran los latidos de ambos. En cuanto culminé, me separé de ella, tiré el condón a la papelera y subí los calzoncillos y los pantalones, que tenía arrugados en mis tobillos.

Empecé a recuperar el control de mi respiración en cuanto me hube cerrado la bragueta.

Aproveché la ventaja que me ofrecía vestirme en tiempo récord y observé con descaro cómo Cynthia se abotonaba la camisa.

Sabía que se estaba recreando en esconder esos gloriosos pechos, y yo no pensaba meterle prisa.

Sin apartar la mirada de su escote, saqué el peine que siempre guardaba en el bolsillo interior de mi chupa de cuero y me atusé el tupé hasta asegurarme de que volviera a quedar perfecto.

La helsing bajó de la mesa del comedor común de un salto, recogió su larga melena azabache en una perfecta cola de caballo y se acercó a mí, juguetona.

Mi cuerpo no tardó en reaccionar a su cercanía. Las cosas como eran: la soldado era guapísima y, encima, era una de las mejores cazadoras que teníamos.

—Vaya, vaya... —me ronroneó al oído. Tiró del aro que colgaba de uno de mis lóbulos con los dientes y... hora de anunciar el fin del partido—. ¿Listo para otro asalto, Xander?

La sacudida que sentí en los pantalones me tentó a decir que sí, pero...

—Yo nunca repito, ma chérie . —Me alejé de ella dando un par de pasos hacia atrás, marcando una distancia prudencial, y le guiñé un ojo, pensando que estábamos en la misma onda—. Ya deberías saberlo. Creí que Alia te había informado al respecto.

Alia fue mi polvo de la semana pasada. Una tigresa. También, la hacker que hacía equipo con Cynthia.

Me di cuenta de que no estábamos para nada en la misma onda cuando cerró los puños con fuerza y abrió las aletas de la nariz.

—No puedes estar hablando en serio... —murmuró entre dientes.

Situé las manos a la altura del pecho, mostrándole las palmas con toda la intención de que entendiera que no quería problemas.

—Oye, compañera. —Le ofrecí mi mejor sonrisa y el discurso memorizado para todas las que se ponían a la defensiva.

Ni que yo les hubiera prometido amor eterno...

—. Créeme, es mucho mejor así. Para qué poner en riesgo lo que puede quedar como un buen recuerdo.

Yo creo que es mejor guardar en la memoria este feliz asalto y no fastidiar nuestra relación de colegas llevando esto más allá de lo que es.

—Y, según tú, ¿qué es?

—Un buen revolcón con el que desahogarnos.

Juro que pude oír cómo le chasqueaba la mandíbula. Di otro paso atrás porque solo la había visto apretar los dientes así antes de sacarle los ojos a su víctima.

—Eres todavía más capullo de lo que imaginaba...

—Ah —la interrumpí alzando un dedo—, pero aun imaginándolo, te has liado conmigo.

No fue buena idea puntualizar eso. Cynthia cerró los ojos e hizo un par de respiraciones profundas. Agradecí que se decantara por eso y no por estrangularme las pelotas.

—¿Cómo puedes tener tan poca empatía? Qué triste debe de ser vivir siendo tan frío...

—Qué va, se vive bien. —Encogí un solo hombro—. Mi existencia es mucho más tranquila desde que guardé mi corazón en el rincón más oscuro de un congelador cochambroso.

Ella encogió un lado de la nariz, retrayendo el labio superior en el proceso. Incluso haciendo esos gestos raros, seguía siendo un espectáculo de mujer.

—Y además tienes los cojones de vacilarme, después de haber estado jugando conmigo.

—Primero, no pienses que la gente te vacila solo por tener más sentido del humor que tú.

Segundo, estoy harto de que las mujeres siempre estéis pidiendo a gritos que los hombres seamos sinceros, pero cuando lo somos, nos tacháis de poco empáticos.

¿En qué quedamos? Me parece un poco injusto el tema.

La helsing me observó como si estuviera viendo un perro verde comiendo abejas. Al ver que no reaccionaba, creí que necesitaba más información.

—¿De verdad mi actitud te ha sorprendido?

—le pregunté, dejando caer los brazos a los lados—.

En ningún momento te di a entender que buscaba nada más que esto.

Yo soy así, no es nada nuevo. Me gusta plantearme un reto, perseguirlo hasta que lo consigo y, una vez que obtengo mi premio y le saco brillo, lo desecho y vuelta a empezar.

—¡¿Acabas de decir «obtengo mi premio y le saco brillo»?!

La cagué al cubrirme la cara con los antebrazos en cruz porque Cynthia intuyó mi movimiento y pasó de querer propinarme un puñetazo a darme una patada donde más duele. Vi las estrellas.

Qué cojones, vi la galaxia entera.

El calambrazo de dolor fue tan intenso que me dejé caer al suelo hecho bola como un armadillo. Ni siquiera me di cuenta de en qué momento Cynthia salió del comedor y me dejó solo con mi sufrimiento.

No podía decir que no lo mereciera, pero sigo pensando que su reacción fue injusta y desmesurada. Principalmente porque no era una desconocida; ella sabía cómo me las gastaba.

¿Eso de «perro ladrador, poco mordedor»? No era mi caso. Yo actuaba sin florituras y no adornaba las verdades. Directamente mordía; lo de ladrar era perder el tiempo.

Por eso me extrañó que Cynthia pudiera haber pensado, ni por un momento, que querría tener algo con ella más allá de apagar un calentón.

Era un tío egoísta y lo tenía asumido. Solo me importaban el dinero y mi propia existencia.

Sí, por mi trabajo podría parecer un héroe y, en cierto modo, lo era. Sería capaz de arriesgar mi vida por un compañero o por una causa que considerara justa, sin miedo a morir. Pero eso no era más que la superficie.

En el fondo, lo que adoraba de mi trabajo no era hacer el bien por la humanidad. Tampoco me movía ningún motivo digno de superhéroe ni un pasado trágico que justificara por qué seguía cazando como un helsing.

No, mis motivos no tenían nada de nobles ni de altruistas.

Lo cierto era que disfrutaba rebanando cabezas y desmembrando cuerpos. Me gustaba el subidón de adrenalina que me ofrecía la cacería, la sangre tibia salpicando mi piel, el olor a muerte... Era un chute de lo más adictivo.

Por no hablar del factor creativo. Una de las mejores cosas de este trabajo era imaginar una nueva forma de torturar y masacrar. Buscar maneras distintas de hacer sufrir a la víctima era uno de mis pasatiempos preferidos.

Los interrogatorios también tenían su parte estimulante. Eso de aterrorizar a la criatura, llenarle la cabeza de ideas horribles hasta conseguir que se hiciera pis encima, era divertidísimo. Y luego, más de lo mismo. Sangre, dolor, gritos, ojos desorbitados, huesos crujiendo...

Yo era una bestia violenta que, además, disfrutaba del dolor. Tenía dos opciones: volverme un sádico asesino perseguido por la ley, o trabajar para la ley siendo un sádico asesino.

Obviamente, me decanté por lo segundo.

Este trabajo me permitía dar rienda suelta a mi villano interior frío y sin sentimientos de una forma más o menos digna.

Añadir a todo eso que era un obsesivo del control. Me encantaba perder la cabeza con las armas, pero toda la caza debía estar perfectamente organizada, sin fisuras. Lo mismo con el resto de las cosas de mi vida.

El control es paz.

En cuanto a las mujeres... Ellas me definirían como el tipo que las hacía gemir y luego llorar.

Y me reafirmaba en que no entendía por qué. Siempre, siempre había sido claro con ellas. El problema era que parecía que nunca se tomaban en serio mis advertencias y después se sorprendían por algo de lo que ya las había informado.

El dolor entre mis piernas empezó a mitigar y comencé a levantarme del suelo cuando Scott abrió la puerta de golpe.

—Helsing Alexander Rivers —dijo con voz firme mientras me dirigía un saludo militar—, el comandante Hudson lo requiere en la sala amarilla de inmediato.

Fui el último en entrar en la sala amarilla, llamada así solo por el color chillón de su puerta.

Me cuadré con el saludo militar, ignorando cómo todos mis compañeros se volvían a mirarme para echarme en cara, de forma muda, que llegaba tarde...

Bueno, la mirada asesina de Cynthia estaba seguro de que se debía al motivo por el que llegaba tarde, precisamente.

Avancé hasta la primera fila, donde Johnny me había reservado un asiento a su lado, y me dejé caer sobre el frío metal.

El comandante estampó ruidosamente la suela de su bota contra el suelo para llamar nuestra atención y, acto seguido, tan diligente como siempre, empezó a repartir misiones entre los helsings.

No pude evitar volver a fijarme en sus pómulos marcados y las ojeras que cada vez eran más anchas alrededor de sus ojos marrones. La barba poblada y descuidada, sumada al traje viejo sin planchar, le daba un aspecto desaliñado, casi harapiento.

Me provocaba cierta incomodidad ver en lo que se había convertido.

Hudson Woods era un hombre de honor, no como yo. Él era un verdadero héroe, un soldado de los pies a la cabeza que jamás flaqueaba. Lo recordaba con una rutina estricta de dieta y entrenamiento; la disciplina era su forma de vida. Por no mencionar su aspecto.

Su cuerpo atlético y los rizos negros que le caían por la frente eran la mayor distracción para nuestras féminas.

Pero ahora... la pérdida de su mahni lo había dejado hecho mierda.

Era la prueba viviente de que, cuando un helsing encontraba a su mahni, todo lo demás dejaba de tener valor, incluso tu propia vida.

Cuando la marca se hacía presente, el corazón de un helsing pasaba a latir exclusivamente por y para su mahni.

Eclipsarse era un hecho tan insólito que solo se podría comparar con haberte topado con un unicornio azul en pleno cruce de Shibuya. Tan imposible que llegamos a creer que el tema de los hatis, es decir, los helsings, con sus mahnis, era leyenda.

Hasta que les ocurrió a ellos. Hudson Woods y Wendy Gray. Dos helsings, algo más insólito todavía.