Eclipse en Shadow City Xander. Presente
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Xander. Presente

Xander

Presente

Claudia planta un humeante bol entre ella y Scarlett justo cuando esta última termina de contar la historia esa de pedir un deseo.

Sinceramente, todavía no entiendo qué diablos tendrá eso que ver con todo lo que le ha pasado estos días, pero qué sabré yo de los pensamientos que rondan esa bella cabecita suya.

Ambas apuran sus copas y Claudia no pierde tiempo en volver a llenarlas hasta arriba, como si estuviera sirviendo vasos de agua y no un vino que, por lo que intuyo, es bastante peleón.

Por mi parte, no he probado ni una sola gota de ese veneno blanco que enturbia la mente. Debo mantenerme despejado para seguir cazando, que es lo que tendría que estar haciendo en vez de quedarme aquí compartiendo recuerdos e información clasificada que no debería revelar.

No obstante, mi preciosa chica —ella todavía no lo ha asumido: le gusta recrearse en las dudas y hacerse la difícil. Pero sí, es mi chica— casi me ha implorado que la trajera con su prima porque sentía la imperiosa necesidad de soltar todo lo que debería ser secreto por la boca.

Por supuesto, esta decisión nos pone a ambos todavía más en peligro de lo que ya lo estamos. Pero, qué puedo decir, con mi pelirroja soy un blandito. Ella pide y yo le doy.

Ojalá me pidiera otro tipo de cosas que me muero por darle.

Tiempo al tiempo. Saliva y paciencia. Y, por favor, que sea más saliva que paciencia.

—¿Estás intentando decirme que tu deseo borrachil se ha cumplido? —le pregunta Claudia a Scarlett, rompiendo el silencio.

Mi diosa pelirroja asiente con la cabeza y se mete un puñado de palomitas en la boca.

En otros tiempos, y con otro tipo de chica, me habría acercado sin avisar, la habría agarrado por la muñeca, como si tuviera pleno derecho a hacerlo, y habría lamido la sal de esos dedos antes de meterle la lengua hasta la campanilla, para, después, darme un festín con cada pequita, averiguar si cada una de ellas sabe diferente y terminar volviendo a meterle la lengua entre los labios.

Unos labios de otro tipo, para que se me entienda bien.

Pero con Scarlett la cosa no funciona así, y debo admitir que, aunque me frustra, también me divierte.

Esta chica es un peligro para mí.

—¿Y bien?, ¿dónde está? —continúa Claudia—. Porque, como sea verdad, te digo yo que le pongo una reclamación estelar al encargado del bazar de los deseos. Ni un kilo he perdido. Ni uno.

—¿Acaso no es evidente? —le responde Scarlett haciendo un gesto con la cabeza en mi dirección.

No estoy entendiendo una mierda, y juro por Bulma y A18 que odio no entender una mierda de algo. Sobre todo, cuando ese algo claramente me compete.

Claudia deja de masticar. Tampoco traga, y me preocupa el sabor rancio que la palomita empapada en saliva pueda empezar a adquirir.

Aunque a ella no parece importarle y se toma su tiempo en desviar la mirada hacia mi persona y, sin una pizca de decoro, recorre mi cuerpo de arriba abajo con esos ojos rasgados que tiene. Joder, ¿de verdad son familia?

Dejo de recostarme en el marco y meto las manos en los bolsillos, solo por moverme y recordarle que no soy una estatua de cera que pueda admirar durante horas.

—¿Me estás diciendo que esta versión de piel morena de Channing Tatum disfrazado de Danny Zuko es tu crush literario? —vuelve a preguntarle a Scarlett, sin dejar de analizarme. Al menos ya se ha tragado la palomita, gracias a Dios.

—No estoy seguro de si debería sentirme ofendido o halagado —confieso. La verdad es que se habla poco de ese tupé bien conseguido que luce el protagonista de Grease , pero no tengo ni idea de lo que es un crush literario, y todavía no he decidido si me gusta que me otorguen ese título.

—No es la versión de piel morena de... —Scarlett es puro fuego durante un segundo, pero su voz pierde fuelle al escanearme con sus ojos verdes, justo como ha hecho su amiga un minuto antes—. Joder, odio que tengas razón.

«¡¿Qué?!».

—A ver, cariño. —Claudia acaricia el brazo de mi chica como lo haría con un cachorrito abandonado—. Reconozco que el macho que está en la puerta de mi cocina está buenísimo...

—Gracias. —He sentido la necesidad de interrumpir. Es la primera cosa «bonita» que me ha dicho esta mujer desde que hemos entrado en su casa.

—De nada, corazón. —Me sonríe de vuelta y se centra nuevamente en Scarlett—.

Pero eso no significa que haya salido de un libro.

Te lo demostraré. —Claudia vuelve a clavar sus ojos oscuros en mí, y puedo ver cómo busca complicidad en este perfecto desconocido—.

Señor-que-todavía-no-me-ha-dicho-su-nombre, ¿verdad que tiene padre y madre?

—Verdad. Los tuve —confirmo.

Mierda, ahora entiendo por qué habla de mí con adjetivos o comparaciones. He accedido a sus dominios sin ni siquiera presentarme. Qué sinvergüenza.

Casi sonrío al reconocer cuán acertada es esta última afirmación.

—¿Lo ves? No puede ser tu crush literario porque nació, no fue vomitado por unas páginas.

Quien las entienda, que las compre. No pienso entrometerme en esa discusión.

—Vaya, no me digas... Ya sé que no es exactamente él —le responde Scarlett algo sulfurada.

Qué mona está cuando el enfado le sonroja las orejas—.

Pero sí que es como mi crush literario. En.

Todos. Los. Sentidos. —Se toma un momento para fulminar a su prima con la mirada—.

Y tengo pruebas, pero todavía no las voy a exponer porque, si no sigo un orden cronológico, me pierdo en la historia. Por cierto, Xander...

—Ah, Xander. Por fin. Es maravilloso conocer, al menos, el nombre de tu héroe.

Tengo que hacer un esfuerzo para no reírme del comentario tan desacertado de Claudia. «Héroe», dice; si ella supiera...

Scarlett pone los ojos en blanco, pero decide ignorar a su amiga para seguir hablando conmigo.

—¿Qué estabas haciendo tú esa misma noche? —me pregunta.

—No lo sé. Quizá si me dices a qué noche te refieres...

—La noche en que pedí el deseo fue justo la anterior a la que nos conocimos.

—Ah, sí —digo, mostrando uno de mis colmillos en mi mejor sonrisa picaresca—. La noche en la que Cenizas te hizo chillar como si te hubieras encontrado a Voldemort.

Scarlett se cruza de brazos, orgullosa e indignada.

—Yo no chillé de ninguna manera.

—Sí que lo hiciste.

Me resulta de lo más placentero irritarla con tonterías. Me vuelve loco cuando levanta la barbilla, arruga esa naricilla pecosa y se le enrojecen las puntas de las orejas.

—No es verdad, pero paso de discutir porque eso no viene al caso ahora. ¿Qué hiciste esa noche?