El deseo que puso mi vida patas arriba
El deseo que puso mi vida patas arriba
Me sequé la cara con la toalla y salí del baño mirando al suelo, tratando de disimular mi vergüenza. Recogí mi cabello cobrizo en lo alto de la cabeza con un moño suelto, que es como a mí me gustaba ir por casa, y me dirigí al salón, donde Claudia me esperaba con su infinita paciencia.
Esa era la segunda vez que la llamaba por lo mismo, aunque en esta ocasión la cosa había sido grave. Había estado a nada. A. Nada. De volver con mi ex.
Me senté a su lado en el sofá de tela celeste, plenamente consciente de mis lastimeros ojos hinchados, hartos de llorar por un tío que no merecía la pena. Porque no la merecía, ¿verdad?
—¿Estás mejor? —me preguntó Claudia con voz dulce.
Miré sus ojos asiáticos, heredados de su madre, y asentí, aunque se me escapó un sonidito lastimero de «estoy a punto de echarme a llorar otra vez y no quiero». Apreté los labios y solté el aire con fuerza para contenerme.
—Está siendo muy insistente, y yo ya no sé qué creer —le comenté con un hilo de voz. Sabía que aquello no era explicación suficiente, pero fue lo único que conseguí que saliera por mi boca.
Me sentía absurda. Tenía la autoestima por los suelos y me daba rabia no ser capaz de valorarme más a mí misma.
—¿Tengo que recordarte que lo encontraste en su despacho con una tía lamiéndole el cuello?
—No tienes que recordármelo, no. —Suspiré agotada—. Pero esta mañana ha empezado a rememorar nuestros momentos juntos, lo bien que lo habíamos pasado y los planes que hemos dejado a medias antes de... Bueno, antes de eso.
—Ya, pero es que eso pasó.
—Él dice que no es lo que parecía.
—¿Que no es lo que parecía? —repitió Claudia, tan indignada que daba la sensación de que la cornuda fuera ella—. Pero si me dijiste que viste claramente cómo tenía a una rubia pegada a la yugular.
—Y la cabrona tenía un cuerpo de infarto, todo hay que decirlo. Entiendo que se fijara en ella y me olvidara, porque...
—Será mejor que te calles si no quieres que te silencie yo incrustándote el mando de la televisión en la garganta —me amenazó, agitando el arma en cuestión delante de mis narices.
—De todos modos, él insiste en que eso no fue lo que pasó —le dije, tratando de reconducir la conversación—. ¿Y si es verdad? ¿Y si mi imaginación me jugó una mala pasada? Al fin y al cabo, solo tuve tiempo de abrir la puerta, mirar y salir corriendo.
—Claro, claro... ¿Y si resulta que el pobre se había cortado afeitándose y esa mujer era tan solo una buena samaritana que lo estaba ayudando a ponerse una tirita con la boca porque no tenía manos?
—Eso no tiene sentido. —Me eché a reír.
—Pues igual que lo que tú tratas de decirme. No intentes convencerte ahora de lo contrario ni dejes que él te coma la oreja con mentiras y recuerdos azucarados. Sé fuerte. El capullo te puso los cuernos; ahora que apechugue.
—Joder, prima, eres muy dura a veces. Pero tienes razón. —Cogí un cojín y lo abracé al tiempo que subía los pies al sofá—. Dejarlo fue la mejor decisión que pude tomar. Además, segundas partes nunca fueron buenas, ¿no?
—Yo nunca he estado de acuerdo con esa afirmación, pero en tu caso, está clarísimo que no iría bien la cosa. —Se acercó para darme un beso en la sien que me arrancó una sonrisa—. Siento no tener filtros contigo, pero solo de pensar que ese cucaracho pueda volver a hacerte daño...
Dejó la frase macerándose en el aire y fue hacia la cocina. No me hizo falta mirar en su dirección para saber lo que estaba haciendo.
Tal y como sospechaba, apareció de nuevo con dos copas en una mano y una botella de vino blanco sin abrir en la otra.
—No te valora. Ergo, no te merece —sentenció mientras vertía la dulce bebida en la copa que me había entregado—. Aun así, sabes que, decidas lo que decidas, aquí estaré para apoyarte.
Sabía que así sería.
Podría decir que Claudia y yo nos criamos juntas. Ella era tan solo un año mayor que yo y, como nuestros padres vivían en el mismo barrio, casi siempre estábamos una en casa de la otra. Años después, seguimos sus mismos pasos y ahora somos también prácticamente vecinas.
Es cierto que estuvimos separadas durante un tiempo.
Como toda adolescente, yo tenía mi grupo de amigos, ella el suyo, y además conoció a Robin con tan solo dieciséis primaveras.
No lo recuerdo con exactitud, pero diría que pasamos unos cinco años sin vernos.
Aunque ese tiempo no afectó en absoluto a nuestra relación.
En cuanto nos reencontramos, retomamos la amistad que tuvimos de niñas y así seguimos hasta la fecha.
—Venga —dijo alzando la copa, esperando que yo chocara la mía con la suya—, vamos a olvidarnos un ratito de tu jefe y veamos una película.
O dos. —Hizo una pausa para dar unos cuantos sorbos—.
O tres. Las que hagan falta hasta que vuelva a recuperar a mi amiga, esa tan optimista que siempre me dice que las cosas pasan por algún motivo y...
—Alzó las cejas en mi dirección, esperando que yo continuara.
Sonreí y bebí el contenido de mi copa antes de agregar:
—Y por mucho que estés sufriendo en estos momentos y no puedas ver la luz, algo mejor te está esperando.
—Así se habla.
Acto seguido, se apoderó del mando del televisor y empezó a buscar qué ver al mismo tiempo que desbloqueaba el móvil.
Claudia se volvió una experta en multitarea en cuanto nació su pequeña, Lis.
Ella afirma que es un superpoder de madre y que el gen mutante aparece desde el momento en que te ponen la epidural.
—¿No deberías volver ya para acostar a Lis? —pregunté. No quería que mis problemas emocionales fueran un inconveniente para la conciliación familiar.
—Tonterías —contestó tajante. Terminó de escribir por el móvil y lo bloqueó con una sonrisa que confirmaba que no habría problema—. Acabo de avisar a Robin de que llegaré un poco tarde. Él se encarga del pequeño monstruito.
—¡Oh! Entonces, genial. Veamos La La Land .
—Ni de coña. La has visto ya ochenta veces en estos últimos dos meses, y paso de que sigas en el mismo bucle. Hay que avanzar, ¿recuerdas?
—La veo porque me encanta, no porque me sirva de terapia para digerir mejor la ruptura.
—La ves porque te encanta y, efectivamente, porque la usas como terapia para echarte a llorar y decirte a ti misma que las lágrimas son por Sebastian y no por Ryan.
Cierto. Me conocía demasiado bien.
—Así que esta noche elijo yo —continuó tozuda.
Poco después alzó la copa, victoriosa, porque había encontrado lo que ella consideraba la película perfecta para verla poniéndonos finas de vino.
— Tiana y el sapo ..., ¿estás de coña?
—Pues claro que no. Es la película ideal para no pensar, con canciones motivadoras, y estupenda para que la podamos ir comentando conforme el vino nos suelta la lengua.
Por cierto —hizo una pausa excesivamente dramática—, acabo de caer en que el personaje de Sebastian en La La Land está interpretado por un Ryan. Irónico, ¿no?
—Pues ahora que lo dices...
Nos terminamos la botella en la primera media hora de película, así que solo prestamos atención a los primeros quince minutos.
El resto lo vimos entero, pero los diálogos se nos pasaron por alto porque Claudia y yo no dejábamos de destripar el cuento: que si no besaríamos un sapo ni muertas, que si nos daba pena Tiana por seguir trabajando incluso casada con un príncipe, que si la canción del malo era lo mejor de la película, que si lo que necesitábamos era una segunda parte, pero solo de la luciérnaga y su Evangeline...
Por lo menos, se me pasó la tontería esa de querer volver con mi sapo, bueno, con mi ex, y estaba tan animada que me dolían los abdominales de la risa floja que nos había entrado.
Estaba en ese punto entre la carcajada fácil y la necesidad de dormir cuando Claudia tiró de mí y me llevó a trompicones hasta la ventana de mi habitación. La abrió con tanta fuerza que creí que iba a romper el cristal.
Para variar, en Shadow City estaba lloviendo a mares, y el agua no tardó en empaparnos la cara, el pelo y la ropa. Ya no hablemos de cómo quedaron el suelo y las cortinas. A Claudia, sin embargo, no parecía importarle: apoyó las manos juntas en la repisa y alzó la vista al cielo, como si rezara.
—¿Qué se supone que estamos haciendo? —pregunté, imitando su postura sin entender siquiera por qué lo hacía.
—Vamos a pedir un deseo a la estrella esa que brilla. Como la rana, a ver si se nos cumple.
—Pero si no se ve ni una estrella con esta lluvia —dije, conteniendo a duras penas la risa.
—Bueno, pero sabemos que están ahí, en el cielo, mujer de poca fe. —Entonces me dio un empujón con la cadera para colocarse en el centro de la ventana—. Por favor, estrellita, deseo tener el cuerpo de Wonder Woman, pero sin matarme a hacer ejercicio y, por supuesto, nada de dietas. Gracias.
—No me puedo creer que hayas pedido eso —solté tras una carcajada—. Déjate de perder kilos, eres preciosa.
—Ya, bueno, gracias por el piropo, pero me encantaría que esta riñonera que se ha instalado debajo de mi ombligo desapareciera por arte de magia —comentó, pellizcándose la carne—. De ahí el deseo. Venga, te toca. A ver qué pides tú, listilla.
Me coloqué frente a la ventana y dejé que el agua me enfriara las mejillas mientras pensaba qué deseo pedir. Por seguir con la broma, intenté imaginar algo aún más absurdo e imposible que lo que había pedido Claudia.
Así pues, eché un vistazo por mi habitación en busca de inspiración, y la encontré en mi mesilla de noche.
—Por favor, estrellita en el cielo... —La risotada de Claudia me distrajo un momento y tuve que apretar los labios para contener la risa—. Esto no es serio... Por favor, estrellita —probé otra vez—, a mí mándame un tremendo macho que sea como mi crush literario.
—Uh, yo quiero otro de esos.
—Tú ya has gastado tu deseo; haberlo pensado mejor antes.
—Tendría que haber dejado que lo pidieras tú primero para copiarte.
Me apresuré a cerrar la ventana y me llevé a Claudia al lavabo para secarnos, porque el agua ya empezaba a hacernos tiritar.
—Tonterías aparte, ¿te encuentras mejor? —me preguntó pasándose la toalla por el pelo.
Me paré a pensarlo antes de contestar, porque era fácil decir que sí ahora que estaba en compañía y con el puntito de felicidad que nos ofrecía el alcohol.
Pero, tras darle un par de vueltas, me di cuenta de que así era.
Me sentía más segura con la decisión que había tomado hacía un par de meses y esperaba no volver a derrumbarme. Al menos, a corto plazo.
—Sí, estoy mucho mejor. Gracias por haber venido al rescate.
—Para eso estamos —me contestó antes de darme un cálido abrazo—. Bueno, va siendo hora de que vuelva con mi príncipe azul.
—Llévate mi paraguas.
Claudia vivía a diez minutos de casa, pero sesenta segundos bajo esa lluvia eran suficientes para dejarla empapada y a punto de pillar una pulmonía.
La acompañé hasta la puerta, le prometí por cuarta vez que no volvería a llorar por el cucaracho, y se marchó con mi paraguas gris como una Mary Poppins improvisada.