Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 58 #2
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Capítulo 58 #2

—Te aseguro que, en lo que a ti respecta, todo es cuestión de instinto. —El calor de su cuerpo contra el mío provocó que se me escapara un jadeo de los labios—. Pero sí que disfruto viendo cómo te corres.

—No te pega ser tan creído —logré responder, aunque no pude evitar recorrer con los dedos los relieves marcados de su pecho.

—¿No? —Los ojos dorados le resplandecían por la diversión—. Y aun así parece que no puedes apartar las manos de mí.

—Podría parar —amenacé, pero mis manos ya estaban buscando la cinturilla de sus pantalones.

—No te atreverías. —Atrapó mi labio inferior entre los dientes.

Se me aceleró el corazón mientras lo ayudaba a deshacerse de la barrera que quedaba entre nosotros.

Cuando capturó mi boca con la suya otra vez, el beso fue profundo y voraz, estaba lleno de promesas.

Sentirlo contra mí hizo que envolviera las piernas alrededor de su cintura por instinto, atrayéndolo más.

—¿Despacio y constante esta vez? —murmuró contra mis labios, temblando por la contención.

—Ya me has torturado bastante —contesté, alargando el brazo entre los dos para agarrarle la polla.

Su respuesta fue un gemido profundo mientras sus caderas arremetían contra mi mano.

—Mira quién está impaciente ahora —me burlé, aumentando la presión de mi agarre mientras movía la mano hacia arriba por su miembro.

—Fia —jadeó contra mi cuello—, me vas a matar.

—Pues menuda forma de morirse, la verdad —susurré, sonsacándole otra carcajada profunda antes de bajar la mano por su polla de nuevo. Cuando levantó la cabeza, algo tras sus ojos pareció quebrarse.

De pronto, estaba sentado, clavándome los dedos en la carne mientras alzaba una de mis piernas por encima de su hombro y me atraía hacia él. Una mirada depredadora había reemplazado al humor de hacía unos segundos.

Me apretó con más fuerza el muslo, con la otra mano entre mis piernas, colocándose en mi entrada.

—Estás muy mojada —musitó con la voz ronca.

Se me escapó un gemido de la garganta mientras él metía la punta de su polla en mi interior, lo justo para hacerme anhelar más.

Abrí la boca para suplicar, pero él se quedó mirándome con un deseo salvaje en su expresión.

Entonces, se retiró con un gruñi do. Toda su postura era desencarnada y desenfrenada, al borde de un precipicio peligroso y excitante.

Continuó su tortura silenciosa; los ojos se le oscurecían a cada movimiento hasta que se detuvo.

—Tengo intención de devorarte —sus palabras salieron ásperas mientras me agarraba del tobillo— hasta que no puedas recordar nada más que mi nombre.

Y, en un movimiento fluido, embistió contra mí, balanceando mi cuerpo contra las sábanas mientras yo gritaba. Él soltó un gemido mientras me sujetaba de la cadera. Salió y solo se detuvo unos segundos antes de enterrar cada centímetro en mi interior.

Otra vez.

Y otra.

Sus movimientos eran implacables, cada acometida más profunda que la anterior. La posición me dejó por completo a su merced, con la pierna apoyada en su hombro mientras el control comenzó a quebrarse detrás de aquellos ojos de oro líquido.

La estructura de la cama protestaba bajo nosotros; el cabecero golpeaba la pared con cada movimiento devastador.

Clavó los dedos en mi cadera, manteniéndome exactamente donde me quería mientras el cuerpo me temblaba debajo de él.

Si así era cómo morían las estrellas, entre llamas, furia y perfecta destrucción, entonces me dejaría arder con ellas hasta que no hubiera nada más que oscuridad infinita.

Las sombras que salían de él parecían resplandecer con nuestra necesidad compartida, oscureciendo la habitación hasta que no quedamos más que nosotros, más que este momento perfecto de conexión.

—Los ruidos que haces —gruñó con la voz ronca—.

Quiero oírlos más. —Me sujetó con más fuerza la pierna, ajustando el ángulo hasta que un gemido salvaje se me escapó de la garganta, y él se quedó clavado en el sitio, embistiéndome cada vez más rápido—.

Eso es —susurró, observando mi reacción con aquellos ojos imposiblemente oscuros—.

Pero todavía no estás gritando. —Un fuego líquido me inundó cuando me agarró la pierna libre y se la puso encima del otro hombro.

Sus empelladas jamás cesaron mientras presionaba las manos contra mis muslos hasta que casi me tocaron el pecho.

La presión iba creciendo, casi insoportable a cada movimiento que me acercaba más a ese abismo perfecto.

—Aether —jadeé, clavándole los dedos en los brazos.

—Lo sé —gruñó, los últimos vestigios de su control estaban empezando a desvanecerse—.

Puedo sentir lo cerca que estás. — Las sombras a nuestro alrededor se precipitaron hacia mí, acompasándose a su ritmo cada vez más frenético hasta que las detuve; mi mente se agudizó cuando las redirigí de vuelta a sus quemadu ras del Vacío.

El gemido que se le escapó casi hizo que me corriera.

Ambos éramos monstruos a nuestra manera; ambos tocados por la oscuridad y marcados por poderes que ninguno entendíamos, no del todo.

Quizá ese era el motivo por el que aquello parecía tan correcto, tan perfecta y totalmente predestinado.

Como encontrar la pieza que faltaba de una espada hecha añicos.

Verlo encima de mí, abandonado por completo al placer, me hizo dirigirme hacia el precipicio. El cabello que por lo general llevaba hacia atrás ahora le caía por la cara; el sudor le relucía en el pecho mientras presionaba mis piernas más, inclinándose sobre mí hasta que estuve jadeando.

El nuevo ángulo me hizo ver las estrellas; cada embestida era más profunda que la anterior.

Cada centímetro de mí se sentía como una descarga, ardiéndome allí donde su piel tocaba la mía.

Mi cuerpo lo anhelaba de formas que nunca creí posibles, como si alguna parte de mí hubiera estado aguardando esto. Justo esto.

—Eres perfecta —jadeó con la voz entrecortada por el esfuerzo—. Tan perfecta, acogiéndome así…

Su voz, por lo general muy controlada, estaba muy ronca por la necesidad. Me provocó cosas que no era capaz de explicar. Cosas enloquecedoras y embriagadoras. Me hacía querer demostrarle que tenía razón.

Lo agarré de los brazos, sintiendo cómo sus músculos se flexionaban bajo mis dedos, y le clavé las uñas. Me penetró una vez más.

Y otra.

Y otra más.

—Por favor —rogué, aunque apenas reconocí mi propia voz—. Aether, necesito…

—Dime —me pidió, con su propia voz entrecortada—. Dime lo que necesitas.

—Déjate llevar conmigo —jadeé, y de pronto bajó el ritmo y lo reemplazó por una fuerza brutal.

Fue un tormento precioso y elec trizante mientras sentía cómo me invadía cada glorioso centíme tro de su polla, haciendo que perdiera la cordura.

Estaba temblando en el abismo de ese olvido de nuevo.

Cada terminación nerviosa pare ció estallar en llamas cuando tensó las manos alrededor de mis muslos y un gemido bajo retumbó en su interior.

—Córrete para mí —gruñó—. Quiero sentir cómo te dejas llevar.

Cuando el placer me invadió, se me arqueó la espalda de la cama, se me curvaron los dedos de los pies y la mente se me puso en blanco de un modo delicioso.

El éxtasis me recorrió las entrañas, cada oleada me amenazaba con arrastrarme más.

La sensación de oscuridad que me inundaba mientras él me llenaba era devastadora, como si me devorara y me reconstruyera a la vez.

Las sombras parecieron abrirse paso en fragmentos a través de mis venas hasta que me desmoroné a su alrededor.

Me dejé hacer pedazos. Me dejé romper. Él recogería cada pieza.

Aether perdió el control por completo entonces. Sus movimientos fueron más erráticos, desesperados, mientras sus propias sombras extinguían el resto de la luz; se hizo añicos un cristal en algún lugar más allá, al tiempo que él me seguía hacia ese perfecto olvido.

Nos quedamos así durante un largo instante, temblando y sin aliento. Cuando él al final se movió, fue para apartarme el pelo de la cara. Me bajó las piernas de sus hombros, ahora con manos delicadas y masajeándome los músculos que se habían tensado.

Los dedos le temblaban ligeramente contra mi piel mientras recuperábamos poco a poco el aliento.

Me pregunté si él sabía que le temblaban las manos, si se había percatado de cuánto había revelado de sí mismo en esos momentos de silencio.

Entonces, se tumbó junto a mí, examinando la habitación.

La destrucción en torno a nosotros se hizo evidente: los trozos de cristal de la ventana estaban esparcidos por el suelo de madera; las sábanas, arrancadas de la cama, y los muebles, descolocados.

—No quería… —empezó a decir, pero lo callé con un beso.

—Ha merecido la pena —contesté en voz baja contra sus labios.

—Creo que me has roto la cama —murmuró bajo una sonrisa.

—Estoy bastante segura de que has sido tú. —Me recoloqué para mirarlo mejor—. Aunque no me quejo.

Su risa fue grave mientras me atraía hacia su pecho.

—Solo tendré que construir una más robusta.

—Entonces ¿tienes intención de que esto se convierta en algo habitual?

—Pues claro. —Alzó una ceja—. Me tomo mis votos muy en serio.

Puse los ojos en blanco mientras me acomodaba contra él, con el sonido de los latidos de su corazón arrullándome antes de darme cuenta de lo tarde que se había hecho.

—Deberíamos volver al fuerte —murmuré, dándole un beso en el pecho.

Pero él me sostuvo contra sí, bloqueando mis movimientos.

—Mañana —susurró contra mi pelo—. Quiero una noche perfecta más contigo antes de que el mundo vuelva a derrumbarse a nuestro alrededor.

Y, con esas palabras, ya se me estaban cerrando los ojos; el sueño me invadió desde todas direcciones, maravilloso y agradable.

Hasta que comencé a soñar.