Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 59
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Capítulo 59

E l sonido de unas botas reverberaba a través de unos pasillos abovedados.

Tenía los ojos clavados en el suelo de mármol y solo los alcé cuando nos aproximamos a una puerta decorada.

Al otro lado, se extendía una lujosa sala del trono con unos rayos dorados colándose a través de las vidrieras situadas en lo alto.

El cuerpo que habitaba se movió con la familiaridad de alguien que ha caminado por estos salones miles de veces, con pasos confiados.

Mantuve la espalda erguida mientras me colocaba cerca del trono y me volvía hacia la multitud congregada.

Otros guardias estaban firmes alrededor del perímetro con los rostros tan inmóviles como las paredes de piedra que nos rodeaban.

Observé mientras la sala hacía una reverencia al unísono, notando cómo una presencia llenaba el espacio a mis espaldas. Por mucho que quise volver la vista, no pude.

—Como muchos de vosotros sabéis, hay una guerra fraguándose en nuestra frontera occidental. —Una voz fuerte de mujer resonó a través de la sala; cada palabra cortaba el silencio como una hoja—. Las innumerables bajas han sido devastadoras para la isla.

Su voz me sonaba, aunque no lograba ubicarla.

—Pero ahora hemos descubierto que alguien de nuestras filas nos ha traicionado.

Está trabajando en contra de nuestros planes de paz.

Alimentando un odio hacia precisamente quienes le ofrecieron refugio.

—Se detuvo, dejando que el miedo se propagase entre la multitud antes de proseguir—: Su nombre es Fia Riftborne.

«¿Cómo?».

Los murmullos se extendieron, haciéndose más fuertes a cada segundo que transcurría.

—Se ha unido al enemigo a través de una grieta entre mundos, ha huido a un reino de monstruos, buscando asilo allí antes incluso de que supiéramos las trampas que había dejado a su paso.

La voz se volvió más fría con cada palabra.

—Ya ha cometido su primer acto de traición, y uno tan oscuro que me resulta difícil expresarlo en voz alta. Uno cuyo objetivo es hacernos mucho daño. Aniquilar nuestro espíritu.

—¡Traidora! —gritó alguien entre la multitud, desencadenando una oleada de voces enfurecidas.

—Estad atentos, amigos míos —susurró la voz—, porque no ha actuado sola.

Se produjo un sonido de arrastre, del metal arañando la piedra.

Al fin, los ojos siguieron el movimiento, y la confusión me invadió ante lo que vieron.

Ma estaba allí de pie entre dos hombres con uniformes verde esmeralda que le sujetaban los brazos con las manos enguantadas mientras la arrastraban hacia delante.

Su cabello lleno de canas se le había soltado del moño y todavía tenía manchas de hibisco en las manos cuando la obligaron a arrodillarse ante el trono.

Quise correr, chillar, moverme, hacer cualquier cosa para detener lo que estaba a punto de ocurrir. Sin embargo, me quedé paralizada, atrapada en este cuerpo que no respondía a mis órdenes desesperadas.

—Maladea Thiston. Expón tus crímenes contra la Corona. —La voz destilaba maldad, casi regocijándose en su acusación.

Ma frunció el ceño cuando alzó la vista; a continuación, escupió en dirección al trono. El escupitajo de saliva aterrizó a pocos centímetros de los impecables escalones de mármol.

La multitud jadeó. El acero siseó contra el cuero cuando las espadas se desenvainaron.

—Si la traidora no confirma ni niega los cargos, entonces, me temo que no me deja otra opción. —La pausa flotó en el ambiente, cargado de anticipación—. Maladea Thiston, por la presente, se te acusa del asesinato del rey Sydian.

La conmoción se propagó por la multitud como una oleada antes de que la sala se quedara del todo en silencio. El corazón me retumbaba con tanta fuerza que podría haberse salido de esta caja torácica prestada.

—Se te encomendó proveer a la Guardia de Sídhe con unos tónicos destinados a facilitar la lucha contra nuestro enemigo. Te confiamos nuestras vidas, nuestro pueblo y el futuro de este reino. Y, aun así, esa chiquilla que trabajaba para ti te ha conducido a la oscuridad.

Ma apretó la mandíbula, pero permaneció callada, desafiante.

—Has colado una botella de vino envenenado en nuestro envío más reciente, uno dirigido al propio rey.

Los jadeos se extendieron entre la multitud y unas voces gritaron de horror y rabia. Sin embargo, Ma se limitaba a mirar hacia la voz, inmóvil y con los hombros erguidos pese al agarre de los guardias.

—Por tal ofensa, no tengo más remedio que sentenciarte a muerte.

Se me heló la sangre en las venas.

«No. No. No».

Los vítores estallaron en la sala, rebotando en el mármol y el cristal hasta que se convirtieron en un rugido ensordecedor.

La furia amenazó con quemarme viva.

—Los que estáis de pie delante del trono, volveos para mirarme. —La voz se abrió paso a través del caos—. ¿Quién se presenta voluntario para llevar a cabo la tarea?

Despacio, cada guardia, incluido el del cuerpo que yo habitaba, se giró hacia el trono. Cuando mis ojos prestados se alzaron hacia arriba, el tiempo pareció congelarse.

La mujer sentada en el trono dorado llevaba la corona de la reina Ophelia y vestía las familiares sedas esmeralda de la realeza de Sídhe. Sus bucles rubios le caían por los hombros tal y como recordaba de los pasillos de palacio.

Pero esos ojos…

Esos inquietantes ojos ónice.

«No».

Mirándome desde arriba, se encontraba el rostro de Vilda Valtýr, tan joven y llena de vida como había aparecido en mi último sueño.

Recordé a aquella chica a la que jamás permitían asistir a bailes, siempre a la sombra de su hermana duskbound.

Y luego pensé en cómo nunca me había enterado de cuál era su atadura.

La comprensión me golpeó como un puñetazo. Mi mente se negaba a aceptar lo que tenía justo delante de mí, incluso aunque las piezas encajaban entre sí con una claridad devastadora.

Por los Esprithe.

Vilda Valtýr no estaba muerta: ella era el sifón.

La sorpresa me atravesó, y hasta en este cuerpo prestado sentí cómo perdía el control. Laryk dio unos pasos adelante de la fila de guardias. Cada uno de ellos arrancaba chillidos silenciosos de mi garganta.

«No».

La reina le tendió una espada con esmeraldas incrustadas, y aquello me dio arcadas.

Las voces a mi alrededor se volvieron apagadas y amortiguadas, como si me estuviera hundiendo bajo el agua. A través de la neblina, escuché que alguien dijo mi nombre, pero parecía que procedía de otro mundo.

El cuerpo que habitaba permaneció inmóvil mientras Laryk desaparecía de la vista.

«¡No!». Recé para que mi boca gritara, recé para que mi cuerpo se moviera, para que detuviera lo que estuviera sucediendo a mis espaldas. Pero no podía moverme. No podía moverme, joder.

Cuando Laryk regresó unos segundos después, la hoja prístina se había llenado de carmesí, y algo en mi interior se hizo añicos por completo.

Abrí los ojos de par en par y vi unas vigas de madera a centímetros de mi cara.

La oscuridad estalló a mi alrededor como una tormenta; los muebles se astillaron conforme mis sombras arrasaban la cabaña.

El cristal se rompió, la madera se rajó, y, en algún lugar bajo el caos, escuché a Aether llamarme.

Caí sobre la cama con la respiración saliéndome en jadeos entrecortados y el cuerpo empapado de sudor. Aether llevó las manos a mi cara al instante y su tacto me ancló mientras los temblores me recorrían entera.

—¿Qué ha ocurrido? —Sus ojos dorados buscaron los míos, llenos de preocupación.

Parpadeé y contuve el sollozo que amenazaba con brotarme de la garganta. La imagen de la espada de Laryk cubierta de sangre ardía en mi cabeza.

—Guerra —solté con la voz destrozada—. Vamos a la guerra.