Capítulo 58
A ún no habíamos llegado a la cama, ni siquiera a la puerta principal de su cabaña, antes de que sus labios encontraran de nuevo los míos.
—Lo que he dicho iba en serio —murmuró contra mi piel—. Cada palabra.
Recorrí con los dedos las quemaduras del Vacío a lo largo de su cuello, sintiendo cómo se le tensaban los músculos bajo mis caricias.
—Lo sé.
Presionó la frente contra la mía; nuestras respiraciones se entremezclaban.
—Jamás he deseado algo de la manera que te deseo a ti.
—Entonces, tómame —susurré.
Me agarró de la cintura mientras me guiaba por la puerta. Cuando la espalda se me pegó contra la pared, se detuvo y me miró a los ojos.
—¿De todas las formas que quiera? —Su rostro poseía una curiosidad peligrosa.
En vez de contestar, tiré de él para darle otro beso. Sus sombras se curvaron a nuestro alrededor mientras nos movíamos juntos por la oscuridad hasta que toqué con las piernas algo sólido.
Me tumbó sobre la cama con una caballerosidad que contrastaba mucho con el hambre de sus ojos. La luz tenue se filtraba por la ventana, captando el metal de sus piercings, haciéndolos brillar contra su piel.
—No deberías quedarte mirándome así —dijo, y ese hoyuelo apareció cuando me dedicó una sonrisa.
—Y tú no deberías llevar tanta ropa. —Mis dedos encontraron los cierres de su uniforme.
Su risa fue grave y alta mientras me atrapaba las manos entre las suyas.
—Vas a tener que ser más rápida. —Me dio un beso en la palma—. Porque tengo planes para ti esta noche.
—¿Planes? —Arqueé una ceja, intentando ignorar cómo se me aceleró el pulso por su tono.
—Ajá… —Se cernió sobre mí—. He hecho un juramento, ¿recuerdas? Ahora tengo que adorarte como te mereces.
Las palabras se me enredaron en la lengua.
—Aether…
—Empezando por aquí —murmuró, presionando los labios contra mi garganta—. Y aquí. —Otro beso contra mi clavícula.
Trazó con la boca un camino hacia abajo mientras me desabrochaba la camisa. Antes de darme cuenta, me la estaba abriendo, exponiéndome a él.
—Divina —añadió en voz baja, deslizando las manos hacia el cierre de mis pantalones. En un instante, me los quitó también.
Me encontraba bocarriba sobre la tela, desnuda por completo mientras él se deleitaba con la vista. Alzó con suavidad uno de mis pies antes de besarme el tobillo y hacer que me revolviera.
—Te estás tomando tu tiempo, desde luego —susurré.
—Paciencia. —Me rozó con los dientes la piel de la pantorrilla—. ¿Cómo si no puedo demostrar que soy un devoto? —Arqueó una ceja con el labio ya curvándosele en las comisuras.
Se me pusieron los ojos en blanco mientras se me escapaba una carcajada, pero eso no detuvo a mis brazos de alcanzarlo a él otra vez.
Quería borrarle esa sonrisa de suficiencia de la cara, a ser posible con la boca.
Él tan solo me sonrió, sacudiendo la cabeza, continuando su subida enloquecedoramente lenta por mis piernas.
Cuando sus labios al fin llegaron a mi cadera, no pude evitar soltar un ruidito. Me miró con los ojos oscuros de deseo. Esa mirada debería ser ilegal. Desde luego, la manera en la que me hacía sentir lo era.
—La gente adora en los altares, ¿no?
Asentí, sintiéndome casi aturdida.
—Tus caderas pueden ser el mío. —Pude notar su sonrisa traviesa cuando las palabras resonaron contra la parte interior de mi muslo. Abrí las piernas por voluntad propia.
Su jugueteo hacía que el cuerpo me pidiera más.
Intenté arquear las caderas hacia su boca errante, pero él soltó un sonido de desaprobación y me retuvo con firmeza contra el colchón con un brazo.
Me mordió la parte interior del muslo, provocándome un gemido antes de pasar a mi otra pierna y dejar un rastro de calor a su paso.
Iba a volverme loca.
—Aether —susurré con la voz entrecortada por la desesperación.
—¿Sí? —Su aliento avanzó con sigilo sobre mi piel, haciendo que me estremeciera—. Dime lo que quieres.
Apenas podía pensar con lucidez; cada una de mis terminaciones nerviosas vibraba de expectación.
El modo en el que me sostenía, el control de sus movimientos a pesar del deseo de sus ojos, era enloquecedor.
Esto difería mucho de nuestra primera vez, cuando nos dejamos llevar por la desesperación y la necesidad.
Ahora, él parecía decidido a tomarse su tiempo, a reducirme a nada más que deseo.
Me había pasado toda la vida huyendo del poder, del deseo, de cualquier cosa que amenazara con consumirme. No obstante, la manera en la que me tocaba él ahora me hacía querer arder.
—Yo… —Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta mientras me rozaba con los labios la piel sensible del interior del muslo de nuevo.
—¿Tú qué? —Ese puñetero hoyuelo apareció cuando sonrió contra mi piel—. Usa tus palabras, princesa.
El título que una vez fue una burla ahora ostentaba una deliciosa veneración. Le enredé los dedos en el pelo mientras él continuaba su tortuoso y lento recorrido.
—Estás disfrutando de esto demasiado —dije, aunque la acusación perdió su mordacidad cuando salió más como un gemido.
Su risa baja retumbó contra mí.
—Por supuesto que sí. —Me rozó la piel con los dientes—. Me encanta verte así, sonrojada y retorciéndote debajo de mí.
Quise contestar con alguna ocurrencia ingeniosa, pero, cuan do deslizó la boca más arriba, todos los pensamientos coherentes abandonaron mi mente. Su aliento susurraba sobre mi clítoris, provocándome escalofríos en la piel.
—¿Aquí es donde me quieres? —Acarició con los labios mi centro. Se tomó mi gemido en respuesta como una afirmación y por fin presionó la lengua contra mí.
El cuerpo se me había retorcido tanto por la anticipación que el movimiento repentino hizo que pusiera los ojos en blanco. Otro círculo con su lengua y estallé en llamas. Casi fue demasiado. Los muslos comenzaron a cerrárseme y él me los abrió de nuevo con fuerza.
Aether parecía estar memorizando cada uno de mis movimientos y reacciones, reparando en cada jadeo y estremecimiento, aprendiendo con exactitud lo que me hacía gritar su nombre . Me inmovilizaba con manos firmes mientras movía la boca sobre mí , negándose a dejarme escabullirme.
El ritmo jamás flaqueó mientras lo hacía; su determinación crecía con cada sonido que se me escapaba de los labios.
Unos zarcillos oscuros empezaron a filtrársele de las quemaduras del Vacío y a enroscarse en el aire como humo.
Me acariciaron la piel acalorada hasta que se detuvieron, pasaron por uno de mis pezones y me provocaron un jadeo por la nueva sensación.
Las sombras parecían seda y hielo a la vez, trazando caminos de una tortura deliciosa a través de mi piel.
La forma en la que nuestras oscuridades se fusionaban ahora era distinta. Ya no eran dos fuerzas individuales que colisionaban, sino algo inevitable. Como si nuestras mismísimas esencias se buscaran la una a la otra y reconocieran a su otra mitad.
—Mírame —me ordenó entre movimientos. Al clavar la vista en él, pude haber jurado que tenía una sonrisa en los labios mientras se detenía. Se le movieron los hombros cuando me retiró la mano del muslo. Exhalé con dificultad al tiempo que él deslizaba un dedo en mi interior.
Se me arqueó la espalda en respuesta y se me cayó la cabeza contra el colchón de nuevo.
—No te escondas ahora, princesa. —Su aliento jugaba con mi sensibilidad—. Quiero verte.
Permití que mis brazos se deslizaran por las sábanas y me incorporaran lo suficiente como para apoyarme en los codos, y, en cuanto hicimos contacto visual de nuevo, su boca volvió justo a donde la quería; su lengua regresó a ese baile devastador de antes.
La pasión de sus ojos combinada con la presión de sus dedos me provocó oleadas de placer por el cuerpo. Las sombras se volvieron más intensas y se enroscaron alrededor de mis extremidades, filtrándose en lo más profundo de mi ser.
El resto se desvaneció hasta que solo quedó el filo de ese dulce olvido una vez más, y me estaba precipitando hacia ese abismo; su boca me lamía, sus dedos se introducían más al fondo mientras las sombras me inundaban, llenándome con esa oscuridad embriagadora que había llegado a conocer tan bien.
Se me oscureció la visión durante un segundo mientras las absorbía; el placer casi fue demasiado de soportar.
La combinación era el tormento más exquisito, algo que nunca había experimentado antes.
La presión continuó, creando algo devastador; el asalto amenazó con deshacerme por completo. Se me empezó a volver borrosa la visión por los bordes; mi mundo se redujo a este instante, a nosotros.
—Córrete para mí —murmuró.
Y, entonces, caí por el abismo del acantilado.
Unas oleadas de placer me inundaron. Las sombras a nuestro alrededor latieron con fuerza, acompasándose al ritmo de mi liberación mientras Aether me acompañaba con sus movimientos, suavizándolos a medida que yo descendía de las alturas.
Se alzó y se colocó de rodillas. En un movimiento fluido, se quitó la camisa por encima de la cabeza y me dio un momento para admirar la manera en la que los músculos se le movían bajo la piel marcada por el Vacío, el modo en el que se iban estrechando hasta formar una V perfecta.
Las quemaduras trazaban patrones como humo por su pecho y sus brazos; la bruma negra aún emanaba de ellas como vapor.
—¿Ves algo que te guste? —Ese hoyuelo apareció cuando me pilló mirándolo.
—Ya sabes lo guapo que eres —contesté en voz baja, estirando un brazo hacia él.
Aether se inclinó sobre mí.
—¿Guapo? —Me dio un beso en el cuello—. Así no es como suele describirme la gente.
—¿Letal entonces? —sugerí, recorriéndole el pecho de arriba abajo con los dedos—. ¿Misterioso? ¿Melancólico?
—Mucho mejor.
—Es evidente que lo que fuera que aprendieras en tu vida pasada está dando sus frutos —me burlé, aunque me encontraba sin aliento—. Tal vez perder tus recuerdos no sea tan trágico después de todo.
Su risa fue grave y profunda mientras los músculos se le flexionaban contra mi piel.