Capítulo 57 #3
—No —coincidió él—. Pero nos has dado algo que habíamos perdido. Algo que incluso yo había olvidado que fuera posible.
—¿El qué?
—Esperanza. —Me sonrió mientras me tomaba de la mano y tiraba de mí a través del campo muerto.
—Todavía queda mucho por hacer —admití.
—Las tropas de Valkan son la amenaza más inmediata —acabó diciendo Aether en voz grave—. Prevemos que su hermano reclame su título pronto.
—Lo sé. —Observé cómo el viento susurraba por la tierra gris, levantando polvo en el aire—. Y tenemos que darles tiempo a nuestros aliados en Sídhe para que planten sus semillas. Para que crezcan en número.
—¿Confías en que Laryk lo haga?
La pregunta no tenía ningún tono de juicio, solo de preocupación tácita.
—Confío en que nos ayudará —respondí despacio—. Aunque sus motivos no sean del todo puros.
—Dos guerras —replicó Aether en voz baja—. Una fraguándose al sur y otra en un reino a un mundo de distancia. Ambas con el poder de destruirlo todo.
Sentí el peso de todo aquello. Hace meses, me habría derrumba do bajo semejante presión, habría salido corriendo ante cualquier in dicio de responsabilidad.
No obstante, mientras miraba al otro lado de este campo marchito, hacia el fuerte que una vez había sido mi prisión, me di cuenta de lo mucho que había cambiado.
Recordé todas esas veces en Sídhe que me había atemorizado todo lo que me rodeaba, pero sobre todo yo. Querer cosas, desear, tener esperanza. Nunca me había permitido hacerlo. Sin embargo, ahora ardía con tanta intensidad en mi interior que no podía negar que había echado raíces para siempre.
Me fijé en el eclipse sobre nosotros, en los rayos de sol que sobresalían detrás de una luna que intentaba ocultarlos, como si fuera un reflejo de mis pensamientos.
El sonido de una hoja deslizándose contra el cuero me devolvió a la realidad. Me giré para encontrarme a Aether desenvainando su espada, aunque tenía los ojos clavados en el territorio más allá.
—¿Sabes? —preguntó con un tono extraño—. Hay una antigua tradición en Umbrathia. Una que viene y va a lo largo de la historia, según me han dicho.
Se volvió para encararme con una expresión en cierto modo mucho más seria que antes.
—Si alguna vez ha habido un momento más digno de ello, ese sería este.
Antes de poder procesar sus palabras, Aether arrodilló una pierna delante de mí y apoyó la espada sobre su regazo.
—¿Qué estás…?
—Jamás he comprendido la devoción por los poderes supe riores —dijo, cortándome—. Jamás he entendido por qué la gen te reza a dioses que guardan silencio mientras un reino muere. — Apre tó la mandíbula—. Jamás me he entregado a nada parecido. Jamás he sentido la llamada.
—Aether…
—He estado aquí treinta años —continuó— tratando de comprender este mundo.
Por qué llegué aquí. Si incluso tenía un propó sito o si esto era algún tipo de castigo por cualquier atrocidad que hubiera cometido en mi otra vida.
Creo que ahora lo entiendo. —Aether pasó la vista por el campo, deteniéndose en la arcanita, donde se acumulaba la esencia justo bajo su superficie cristalina—.
Todas esas décadas aquí, todas esas noches en vela buscando cualquier sig nificado a mi existencia…
, han sido para que pudiera encontrarte.
El viento atrapó su cabello e hizo que le cayeran unos mecho nes oscuros por la cara cuando volvió a clavar los ojos en los míos. El corazón me retumbaba en el pecho ante la honestidad brutal de su mirada.
—Me entrego a ti —dijo con la voz del todo serena—. Mi vida, mis sombras, mi lealtad…, todo te pertenece ahora. No porque seas la heredera de este reino, sino porque eres lo único en lo que siempre he querido creer.
Me puse de rodillas enfrente de él, sintiéndome de repente indigna de tal devoción.
Este hombre, que podía doblegar ejércitos a su voluntad, que podía destrozar la realidad con un pensamiento, que me había atraído por completo a su órbita incluso aunque los dos nos habíamos resistido, se estaba ofreciendo a mí como si yo fuera algo sagrado.
Alargué una mano para retirarle el cabello de la cara.
—No necesito un siervo. Te necesito a ti.
La intensidad de sus ojos casi me dejó sin aliento cuando me miró. Y no pude contenerme más. Me abalancé, enredándome a su alrededor, y deslicé los labios por su cuello y por sus mejillas hasta que me encontré con los suyos.
—Fia —murmuró contra mi boca antes de echarse hacia atrás y coger mi cara entre las manos—. Es tremendamente irrespetuoso interrumpir a un hombre cuando te está jurando su vida.
—Se me ocurren otras formas de expresar eso —susurré, inclinándome contra la mano que me sujetaba y mordiéndole el labio inferior.
Me estudió un instante, deslizando las manos por mi melena antes de presionar los labios contra mi garganta.
—¿Ahora? —murmuró en un tono peligroso.
—A menos que creas que tu juramento pueda esperar…
La flexión de su cuerpo a mi alrededor me interrumpió, y, en cuestión de segundos, me hallé entre sus brazos mientras me llevaba a través del campo hacia las profundidades de un bosque retorcido y desolado.