Capítulo 57 #2
Vexa desenvolvió la tela y reveló dos dagas que me dejaron sin aliento.
El recuerdo de otra entrega ceremonial me vino enseguida a la mente: cuando estuve parada delante de la Guardia de Sídhe mientras me otorgaban la daga con esmeraldas incrustadas en la empuñadura, símbolo de todo lo que querían que yo fuera.
De todo lo que no era. Pero estas… eran las más bonitas que había visto nunca.
Las empuñaduras de obsidiana estaban envueltas en cuero negro y tenían puntos desgastados ya marcados en el agarre, como si aguardaran a mis manos.
Unos sellos intrincados habían sido grabados en los pomos.
Y las hojas estaban hechas de oro sólido, al igual que la espada de Aether.
Sin embargo, lo que me llamó la atención fueron las pequeñas esquirlas violetas incrustadas justo encima del guardamano, refulgiendo a la tenue luz.
—Vexa… —jadeé al darme cuenta de los fragmentos cristalinos—. Estos son de…
—¿La arcanita? Así es. —Los sostuvo en alto, manteniendo el trapo negro entre su piel y las armas—.
Cada una ha sido marcada con un sello de unión.
En cuanto tu piel toque las empuñaduras, te reconocerán como su dueña.
—Había una mezcla de orgullo y nervios en su voz, como si no estuviera segura de cómo iba a recibir este regalo.
—¿Qué significa eso exactamente? —pregunté, incapaz de apartar la mirada de las hojas. Parecían palpitar con vida propia, todo lo contrario al peso frío y ceremonial de mi daga de Sídhe.
—Siempre volverán a ti en una batalla. Da igual que las arrojes, que las pierdas o que te las quiten.
Encontrarán su camino de regreso. —Su sonrisa se hizo más grande—.
También te llamarán, como un susurro al fondo de tu cabeza.
Nadie más será capaz de usarlas en tu contra.
Te pertenecen a ti, única y exclusivamente a ti.
Sentí un nudo en la garganta ante sus palabras.
—Vexa, esto es demasiado…
—Te las has ganado —me interrumpió; su tono no admitía réplicas—. Además, necesitaba un reto. Hacía mucho que no forjaba algo digno de un guerrero en condiciones.
De pronto, comprendí algo que había leído en los archivos.
—Las piedras de arcanita… —Alcé la vista hacia ella—. Hace un siglo, se forjaban armas aquí con ellas. Los guerreros podían de a lgún modo conectarlas con sus ataduras a través de los cristales.
—Quería comprobar esa teoría. —Vexa me guiñó un ojo—. Hay un motivo por el que he forjado dos dagas y no una espada. —Desvió la mirada a Aether—. Él me ha ayudado a encontrar textos antiguos sobre armamento cristalizado. Las técnicas se habían perdido desde que comenzó la sequía.
Clavé los ojos en Aether, que nos observaba con una intensidad silenciosa. Por supuesto que había estado en el ajo.
—¿Y bien? —Vexa extendió las dagas—. Veamos si funcionan.
Con dedos confiados, cogí un arma en cada mano. En el instante en el que mi piel tocó las empuñaduras, lo noté, eran como dos latidos nuevos acompasándose a mi propio ritmo. Las armas parecían cantar contra mis palmas; su peso era perfecto.
Invoqué mis sombras, dejando que se enroscaran en torno a las hojas. A la vez, accedí a las profundidades de mi espina dorsal, tirando de la conocida telaraña iridiscente.
La respuesta fue instantánea. Violenta. Preciosa.
El cristal derecho estalló en luz, inundándose de una energía perlada que combinaba con mis ojos. Pura luz de las estrellas capturada en la piedra. El cristal izquierdo devoró toda la luz a su alrededor, llenándose de sombras retorcidas que parecían respirar.
Luz y oscuridad. Equilibrio.
—Por el Vacío —susurró Vexa—. Míralas, Aether.
—Responden a las dos partes de Fia —dijo en voz baja, acercándose para examinar las hojas—. Es increíble.
—Prueba a arrojarlas —añadió ella enseguida, parpadeando para alejar la emoción.
Titubeé solo un momento antes de girarme y lanzar las dos dagas a un árbol inerte que había a casi diez metros. Dieron en el blanco, enterrándose bien adentro en el tronco con un golpe seco satisfactorio.
Entonces, lo sentí. Un tirón. Como si unos hilos invisibles nos conectaran.
Con un solo pensamiento, las dagas se soltaron y giraron a través del aire como estrellas letales antes de golpear con fuerza mis manos expectantes. La sensación era electrizante, como encontrar miembros que no sabía que me faltaban.
«Qué puta pasada».
—Vaya —dijo Vexa con una sonrisa—, eso sí que ha hecho que todas las noches en vela en la forja merezcan la pena.
—No sé cómo agradecértelo —solté con la visión borrosa. Intenté recordar la última vez que alguien me había entregado algo tan significativo. Si es que alguna vez alguien me había entregado algo tan significativo.
—Tú solo úsalas bien. —Me agarró del hombro con fuerza—. Y trata de que no te maten antes de que pueda hacerte un set de cuchillos arrojadizos a juego. —Se detuvo, y luego me atrajo para darme un abrazo brutal—. Ahora eres una de nosotros —susurró.
Con un último guiño a Aether, Vexa se giró y se dirigió de vuelta al fuerte, dejándonos solos en el campo. Vi cómo se marchaba, con las dagas cálidas contra mis palmas, sintiendo por primera vez que de verdad encajaba en un sitio.
—Entonces… —Me volví hacia Aether, aún maravillada por cómo los cristales palpitaban con la energía doble—. ¿Estabas en el ajo?
Ese hoyuelo apareció cuando sonrió.
—Vexa se ha pasado todas las noches en la forja mientras te recuperabas. Yo he buscado en los archivos cualquier cosa de ayuda. —Clavó los ojos dorados en los míos—. Queríamos que tuvieras algo digno de lo que eres.
—¿Y qué soy exactamente? —Las palabras salieron con más suavidad de la que pretendía.
—El arma del reino, por supuesto. —Se aproximó más y pasó los dedos por una de las esquirlas de arcanita—. Así es como llamamos a nuestra líder, a nuestra reina. —Sacudió la cabeza con una expresión maravillada en la cara.
—Haces que parezca mucho más impresionante de lo que soy.
—¿Yo? —Se puso serio—. Tú sobreviviste a la tortura de Valkan.
Me salvaste la vida. Descubriste la verdad sobre los sifones y la arcanita.
Nos pusiste en contacto con una resistencia creciente en Sídhe.
Y ahora… —Paseó la mirada por el campo donde las diminutas briznas de césped se abrían paso entre la tierra marchita—.
Ahora, estás devolviendo a la vida un reino que muchos habían dado por perdido.
El color me subió por el cuello antes de poder pararlo.
—No he hecho nada de eso sola.