Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 57
95%

Capítulo 57

H abían transcurrido cinco días desde nuestro regreso de Sídhe.

Una vez que se diluyó la adrenalina, el dolor de las quemaduras por ácido de Narissa me golpeó con toda su fuerza.

Las primeras veces que intenté limpiarme las heridas, acabé rechinando los dientes y conteniendo los chillidos que amenazaban con despertar a toda el ala médica.

Había rechazado las pociones sanadoras; debíamos reservarlas para situaciones más extremas.

Los médicos se habían ofrecido a utilizar sus ataduras, pero me había negado también.

Sus poderes ya estaban lo bastante reducidos.

Ahora me hallaba sentada en una de las camas de la enfermería contemplando el rostro relajado de Lael mientras dormía.

Los médicos habían hecho un trabajo notable con sus quemaduras.

Aunque todavía se notaba el rastro de las heridas, el rojo furioso había disminuido hasta convertirse en rosa y la piel nueva ya se estaba formando en los bordes.

Se veía tan joven durmiendo… Una estampa que todavía me desconcertaba.

A pesar de todo su entrenamiento, a pesar de toda su dedicación al reino, no seguía siendo más que un muchacho que se había encontrado en mitad de fuerzas que escapaban a su control.

Aether ocupaba la silla entre nuestras camas con los ojos perdidos y sin mirar nada en particular. Las arrugas en torno a sus ojos se habían profundizado en los últimos días, aunque se negaba a admitir que necesitaba descansar.

—¿En qué estás pensando? —pregunté en voz baja.

Aether dirigió la vista a mí.

—Le he estado dando vueltas a tu conversación con Laryk. —Se detuvo—. Mencionaste algo de su atadura, su foco o como lo llaméis. Que no funciona contigo.

Asentí despacio.

—Así es.

—¿Estás segura?

La pregunta me pilló desprevenida.

—Sí, lo estoy. ¿Por qué?

Guardó silencio durante un momento mientras arrugaba el ceño de la forma habitual.

—Es que me pregunto si no es una estrategia.

—¿A qué te refieres?

Dirigió la vista a la ventana, se pasó la mano por el cabello ónice y soltó despacio un suspiro.

—Igual… —dijo al final— eres más fácil de manipular si crees que él no puede manipularte.

El enfado me encendió la cara.

—No… —repliqué, sacudiendo la cabeza—. Nos protegió cuando podría habernos entregado en cuestión de segundos.

—Lo sé. —La voz de Aether era amable, pero una oscuridad acechaba debajo—. Es que me pareció extraño lo rápido que decidiste confiar en él al final.

No. No podía ser. Yo confiaba en Laryk porque había decidido hacerlo. Me había enamorado de él porque…

Un movimiento en la cama de Lael me distrajo antes de poder terminar el pensamiento. Sus dedos apretaron las sábanas mientras abría los ojos. Aether se puso de pie al instante, y no pude evitar fijarme en cómo se le había desvanecido la dureza de la expresión cuando se acercó a la cama.

Lael parpadeó varias veces con la confusión pintada en la cara antes de que se abriera paso la comprensión. Cuando vio a Aether, se le dibujó una sonrisa bobalicona de oreja a oreja.

—¿Me he perdido el entrenamiento? —Su voz sonó áspera por la falta de uso—. Todo me da… vueltas.

Ese inusual hoyuelo apareció cuando Aether sonrió.

—Llevas durmiendo más de una semana.

—¿Una semana? —Lael trató de sentarse, doblándose un poco de dolor—. Pero si lo último que recuerdo… —Frunció el ceño mientras hacía memoria—. Había fuego por todas partes…

—No fuerces —le recomendó Aether, ayudándolo a recolocarse las almohadas—. Ahora estás a salvo.

A Lael se le abrieron los ojos como platos cuando me vio.

—¿Fia? ¿Qué haces aquí? —Paseó la mirada entre los dos con un interrogante claro en la cara.

—Solo te vigilo —respondí en voz baja—. Las pociones sanadoras de Ma parecen funcionar bien.

—¿Ma?

—Una amiga de Sídhe. Las ha creado ella. —Señalé los frascos al lado de su cama—. Han sido de ayuda para tu recuperación.

—¿Sídhe? —Abrió los ojos de par en par—. Pero ¿cómo…?

—Es una larga historia —contesté, intercambiando una mirada con Aether—. Hay gente buena en todas partes, Lael. A veces, en los lugares que menos esperamos.

Procesó esto con el joven rostro pensativo.

—¿Es allí donde fuisteis los dos? ¿A Sídhe?

—Entre otros sitios —murmuró Aether.

—Entonces ¿funcionó? —insistió Lael; su entusiasmo se abrió paso a través de su cansancio—. ¿Qué hicisteis? ¿Cambiasteis algo?

Aether bajó la mirada hacia él y al final esbozó una sonrisa plena.

—¿Por qué no vamos a descubrirlo? Mañana a primera hora. Después de que recuperes un poco las fuerzas.

Las verjas de Ravenfell chirriaron cuando las atravesamos con Lael apoyado ligeramente sobre Aether. Podría haber jurado que sentí una leve brisa en la cara cuando los campos marchitos aparecieron a la vista.

—Si vas a estar en plan madre todo el camino —le gruñó Lael a Effie cuando le acomodó el cuello—, me piro.

—Pero si apenas puedes caminar —replicó Effie.

—¿Puede alguien decirme de una vez a dónde vamos? —Le lanzó una mirada mordaz a Vexa, que le estaba dando vueltas a una de sus dagas entre los dedos.

—Paciencia, pequeño nigromante. —Vexa sonrió—. Sigue quejándote y haré que camines más rápido.

—¿Debería buscar un lobo muerto otra vez? —preguntó Lael, pero se le dibujó una sonrisa en los labios.

—Estás muy despierto desde que te has levantado, Lael. — Rethlyn se rio y sacudió la cabeza—. Has estado pasando mucho tiempo con estos.

—A veces, prefiero la compañía de los muertos —replicó Lael—. Ahora mismo, seguro que tienen más energía que yo.

—Al menos los muertos saben cuándo callarse. —Raven se encogió de hombros y todos nos reímos.

La formación de arcanita emergió de la tierra gris más adelante; la esencia relucía dentro de su estructura cristalina. Aunque su fulgor había disminuido desde que la imbuí en Riftdremar, el poder seguía palpitando con firmeza.

Lael abrió los ojos como platos.

—¿Qué es eso?

—Arcanita —respondió Aether.

—Venga ya.

Avanzó él solo ahora, atraído por la luz del cristal.

Todos lo sentimos; esa atracción, esa desesperación por encontrar algún tipo de cambio.

Sin embargo, fue Lael el que lo notó primero.

Se puso de rodillas tan de repente que Aether fue a sujetarlo, pero fue entonces cuando vimos lo que lo había hecho arrodillarse.

—Césped —susurró con la voz rota. Pasó los dedos por encima de las delicadas hojas verdes que brotaban de la tierra muerta—. Césped de verdad.

Vexa dejó de darle vueltas a la daga, que se quedó quieta mientras la chica se arrodillaba junto a Lael. Entre el verde, unas flores cubiertas de espinas habían florecido; sus pétalos carmesíes y estambres delicados se alargaban hacia el infinito cielo gris.

—Lirios araña —le dijo Rethlyn en voz baja a Lael.

—Son justo como los recordaba —logró hablar al fin—. Crecían cerca de los cauces de los arroyos en Croyg. —Tenía los ojos vidriosos—. Jamás pensé que los volvería a ver.

Fui hacia el cristal. Cuando toqué la superficie con la mano, permití que la esencia se acumulase en mi columna antes de dirigir el flujo hacia la arcanita.

El proceso nunca me había aturdido antes; no obstante, en esta ocasión, el drenaje me impactó.

Tal vez me encontraba débil por las heridas, o quizá solo estaba cansada, pero me tambaleé un poco.

Al instante, Aether estaba ahí, agarrándome con firmeza de la cintura con una mano mientras la otra descansaba sobre mi espalda y entrelazaba los dedos en mi cabello blanco.

—Bueno, bueno. —La voz de Vexa rompió el silencio, haciendo que nos girásemos todos. Tenía los ojos abiertos como platos al tiempo que observaba cómo me sujetaba Aether—. Esto es nuevo.

Aether no se apartó; si acaso, me apretó un poco más fuerte.

—Parece que han cambiado muchas cosas en vuestro viajecito por los reinos. —Effie alzó una ceja, mirándonos con una sonrisa significativa.

—Lo sabía. —Raven sonrió y desvió la vista hacia mí—. Han sido las gafas, ¿verdad?

Reprimí una sonrisa, aunque se me escapó una carcajada de los labios sin que pudiera evitarlo. No tenía ni idea de qué responderles.

—¿Me estás diciendo… —Vexa se acercó con los ojos clavados en la cara de Aether— que nuestro melancólico comandante en serio…?

—Vexa —la amonestó Aether, pero ese puñetero hoyuelo apareció.

—No, no. —Ella levantó una mano—. Déjame saborear este momento.

Lael solo se nos quedó mirando mientras una tímida sonrisa se le extendía por el rostro. Cuando se percató de que yo lo estaba observando, volvió su atención a las flores.

Los murmullos se acabaron apagando mientras todos asimilábamos la estampa: los primeros brotes de vida que se habían visto en este reino en años.

—Seguro que hay más por ahí —comentó Vexa, desviando la vista al horizonte, donde se encontraba la brecha oculta a lo lejos—. Más arcanita enterrada entre las ruinas. —La intensidad regresó a su tono—. Solo tenemos que buscarla.

—Y luego ¿qué? —preguntó Lael con la cara juvenil seria de nuevo.

—Luego empezamos a prepararnos —dije, reclinándome sobre Aether, que apretó ligeramente el brazo alrededor de mi cintura—. Para lo que Draxon decida desatar sobre nosotros.

—Lael… —Effie dio un paso adelante, aunque no paraba de mirarnos a Aether y a mí con un deleite mal disimulado—, ya hemos estado fuera demasiado tiempo. Te estás poniendo pálido otra vez.

—Pero…

—No discutas con ella; solo lo empeorarás. —Rethlyn suspiró.

Aether alargó una mano y le alborotó con ella el pelo desordenado a Lael.

—Puedes venir mañana otra vez si te apetece.

—¿De verdad? —preguntó el chico con un brillo suave en los ojos.

—De verdad —respondí con dulzura.

Observamos cómo los demás se dirigían a Ravenfell, escuchando sus voces a través de la brisa. Solo Vexa se quedó.

—He estado esperando el momento adecuado —dijo ella, alcanzando su bolsa de cuero—. Aunque, conociéndoos, seguro que no habrá ninguno. —Le relucieron los ojos violetas cuando sacó un paquete envuelto con tela negra.