Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 56
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Capítulo 56

N os escabullimos de Stormshire en nuestras formas umbrías.

La orquestación de Laryk de los movimientos de la Guar dia creó la tapadera perfecta para escaparnos: patrullas posiciona das de forma estratégica, lo bastante separadas para dejarnos vía libre hasta la brecha.

Parecía una victoria, un primer paso real hacia el cambio.

El vuelo de vuelta a Ravenfell fue largo, pero el corazón me iba a mil con cada batida de las alas de Tryggar.

Lo habíamos conseguido. No solo habíamos destruido los juramentos de sangre, sino que también habíamos asegurado una alianza que podría cambiar el rumbo de esta guerra.

De hecho, el compromiso de Laryk con nuestra causa suponía más que solo una alianza, suponía esperanza.

Esperanza auténtica para ambos reinos. Una esperanza auténtica de verdad.

Ya me había puesto en contacto a través del espejito de Raven y le había pedido al equipo que se reuniera de inmediato para hablar a nuestro regreso.

Pero no había esperado encontrarme a los cuatro generales aguardándonos en la sala de guerra, con Urkin observándome con los ojos entrecerrados cuando entré.

La desaprobación que irradiaba era palpable; estaba claro que mi excursión no autorizada a Sídhe no me había granjeado ningún favor.

Aether se adelantó y le entregó la caja de pociones sanadoras a Rethlyn.

—Lleva esto a la enfermería de inmediato —dijo—. Para Lael.

Rethlyn asintió, ya dirigiéndose hacia la puerta, pero intercambió una mirada conmigo un instante y un destello de alivio se le reflejó en los rasgos.

—¿Y bien? —La voz hosca de Urkin devolvió mi atención a la mesa—. ¿Qué habéis descubierto?

Me acerqué al centro de la habitación, sintiéndome más ligera de lo que me había sentido en semanas. El peso de sus miradas ya no me intimidaba, no cuando tenía noticias tan alentadoras que compartir.

—Hemos forjado una alianza con el general Laryk Ashford —empecé a contar, observando cómo cambiaban sus expresiones del escepticismo al interés—.

Ya está posicionando sus fuerzas para debilitar a la Corona desde dentro.

Y los juramentos de sangre… —no pude contener la sonrisa que se me dibujó en los labios— se han destruido. Todos.

Vexa soltó un silbido bajo desde donde se encontraba cerca de la pared.

—Lo habéis conseguido de verdad.

—Hay más —proseguí—. Ya se está formando una resistencia en Sídhe.

Gente que ha visto a través de las mentiras o aquellos que han sufrido desgracias a manos de la Corona, que quieren ayudar a restaurar el equilibrio.

Que quieren un cambio real. —Las palabras reflejaban toda la esperanza que sentía arder en el pecho—. Ya no estamos solos en esta lucha.

A Urkin se le tensó la mandíbula.

—¿Y tú confías en estos… aliados? ¿En este… general? —Su voz destilaba décadas de escepticismo—. ¿En la misma gente que se ha beneficiado del robo de nuestra esencia?

—Son personas que han abierto los ojos. A las que se les ha contado el engaño de Sídhe. Que nos creen —insistí—. Una vez que otros se enteren de la verdad…

—Si se enteran —interrumpió Theron; estaba claro que su mente analítica ya estaba sopesando todos los resultados posibles—, ¿cuántos se volverán contra su propio rey?

—No lo sé —respondí con honestidad—, pero se merecen saberlo antes de tomar su propia decisión. Seríamos los monstruos que ellos afirman que somos si matamos a los que ignoran la verdad sin tener necesidad de hacerlo —repliqué; el tono autoritario de mi voz me sorprendió.

Urkin me sostuvo la mirada, pero no encontré resistencia.

—Queremos que la verdad se extienda para poder crear grietas en la lealtad inquebrantable a la Corona.

Porque, cuanta más gente tengamos de nuestro lado, mejor.

Pero no confundáis mi duda con debilidad.

O ignorancia —proseguí, acercándome unos cuantos pasos hacia los generales—.

Aquellos que elijan ser leales al rey sufrirán el mismo destino que su monarca.

Sé que esto no terminará con una solución preciosa y perfecta sin violencia.

Entiendo la importancia de nuestro objetivo.

Vamos a derrocar un reino que lleva siglos consolidado.

La habitación permaneció en silencio; todos los ojos estaban fijos en mí.

Despacio, me giré hacia Aether, que me estaba mirando con la misma expresión que en las pruebas: recostado, con los ojos negros y entrecerrados, la mandíbula tensa y la boca curvada en una sonrisa. De orgullo. Del tipo más oscuro.

A continuación, Urkin se puso de pie y todos lo miraron a él mientras se dirigía a la parte delantera de la habitación.

—He vuelto de Stravene esta mañana —dijo; su voz ronca tenía un filo que no era capaz de identificar—. El Consejo está… interesado en las pruebas que Aether recopiló sobre tu linaje.

Entonces, el general Karis se levantó con una expresión ilegible.

—Las fuerzas de la Umbra encuentran las pruebas irrefutables. —Su tono era autoritario, pero su rostro se volvió amable cuando dirigió la vista hacia mí—. Todos los generales coincidimos en esto; consideramos que tu derecho es legítimo.

—Su conocimiento de Sídhe ha sido inestimable —añadió Talon desde su esquina, tamborileando los dedos contra la pila de archivos colocados delante de él—. El riesgo que asumió infiltrándose en la Guardia…

—En Umbrathia siempre ha ocupado el trono un duskbound —lo cortó la general Taliora, sacudiendo la cabeza—. Siempre.

—Como puedes ver, tienes nuestro apoyo. —Urkin apretó un poco la mandíbula—. Sin embargo…

—¿Por qué esa duda? —La voz de Aether era afilada cuando se levantó de su asiento.

Observé cómo Taliora y Talon intercambiaban una mirada que me provocó un nudo en el estómago. Fuera lo que fuera lo que se avecinaba, estaba claro que no era lo que esperábamos.

—El Consejo es precavido —replicó Urkin.

—Por supuesto que sí. —La exasperación de Vexa rompió el clima de tensión mientras clavaba su daga en la mesa de madera delante de ella.

—Fia no ha crecido aquí. —La voz de Karis era comedida, diplomática—. Ha pasado muy poco tiempo con nuestra gente. Se cuestionan su habilidad para liderar.

—Todos los gobernantes han descendido de este único linaje. —Rethlyn dio un paso al frente; el orgullo le teñía la cara—. Es su derecho.

—Bueno, eso nos lleva a otra cuestión. —Urkin me sostuvo la mirada—. Entienden que las pruebas son contundentes, aunque no creen que sean suficientes para respaldar tu reclamación.

Debería haber sentido la misma indignación que destilaban los rostros de mis compañeros, pero no pude.

La verdad era que ni siquiera yo lo sentía real todavía.

Las dudas del Consejo tan solo eran un reflejo de las mías.

¿Cómo alguien que se había pasado toda su vida siendo una extranjera podía afirmar de pronto ser la heredera a un trono que ni siquiera sabía que existía?

—Ha de haber un modo de convencerlos. —La voz de Raven interrumpió mis pensamientos—. Algo que no hayamos encontrado en los archivos, ataduras que funcionen con magia de sangre, algo.

—Me han asegurado que lo buscarán —respondió Karis.

—Ella ha sido la que ha descubierto la verdad sobre los sifones. La que ha imbuido la arcanita. —A Effie le ardían los ojos—. Tendrán que reconsiderarlo una vez que…

Urkin hizo que se callara alzando una mano.

—Le presentaremos todo esto. Y buscaremos una solución.

No obstante, hasta entonces, hay cosas más importantes de las que preocuparse.

—Dirigió la vista hacia mí una vez más—.

La amenaza de Sídhe y la de Draxon; ambas se nos vienen encim a a la vez a pesar de los logros de Fia al otro lado de la brecha.

El Consejo —continuó Urkin, cambiando el peso de un pie a otro mientras se apoyaba en la mesa— ha estimado que sería decisión mía cuánta autoridad deberías ostentar sobre las fuerzas de la Umbra.

Un nudo de ansiedad se me formó en el estómago mientras se intercambiaban miradas por la habitación. Incluso el arma de Vexa había dejado de vibrar al fin.

—Creo —dijo, midiendo cada palabra— que, si accedes a dejar de actuar por tu cuenta en las misiones y te comunicas de manera efectiva con el resto de nosotros, los generales y los umbríos, podemos trabajar juntos. Tu palabra valdrá lo mismo que la nuestra.

Contuve la respiración cuando se enderezó y se le suavizó un poco el rostro envejecido.

—Porque, a pesar de las dudas del Consejo, creemos que eres la heredera al trono. Y solo será cuestión de tiempo que asciendas. —Hizo un gesto alrededor de la habitación—. Hasta entonces, todavía tenemos batallas que luchar. Y pienso que será mejor que las libremos contigo a nuestro lado.

El alivio me invadió cuando Urkin asintió con una ligera sonrisa en los labios.

—Tenemos cosas que planear —soltó—, pero es tarde y todos necesitáis descansar. —Observó la habitación una última vez—. Podéis retiraros.

Mientras los demás salían en fila, Urkin me retuvo alzando una mano, con Karis detrás de él. Aether se quedó junto a la puerta con los ojos alerta a la luz de las velas.

—Hay otro asunto que debemos discutir. —Bajó la voz—. Ilsthyre, el sur de Draxon. Se suponía que estaba abandonado; sin embargo, nuestros exploradores han reportado que ha aumentado la presencia militar.

—¿Cuánto ha aumentado? —Aether se acercó más para estudiar el mapa que Urkin había extendido por la mesa.

—Han duplicado los cambios de guardia que esperábamos de las fuerzas de Valkan.

Están trasladando unos carros de suministros muy escoltados, pero no sale nada.

—Urkin señaló con el dedo la ubicación del asentamiento—.

Y todo esto ha continuado tras la muerte de Valkan.

Si acaso, se ha incrementado la seguridad.

—¿Quién está dando las órdenes? —pregunté.

—Suponemos que su hermano, Verick. —El nombre revolvió algo en mis recuerdos borrosos de Draxon.

Me dolía la cabeza mientras intentaba aferrarme a los fragmentos, a una conversación que había oído a través de una neblina de dolor y pérdida de sangre. Algo sobre Verick… Sobre sus dificultades para adaptarse a su nuevo puesto.

—¿Qué sabemos de él? —pregunté, frustrada por los vacíos en mi mente.

—No mucho. —Urkin intercambió una mirada con Aether—. Siempre ha vivido a la sombra de Valkan. Jamás ha mostrado mucho interés en la política o en dirigir ejércitos.

Otra palabra se me vino a la mente. «Sangreputrefactos » .

—Sea lo que sea, están custodiándolo muchísimo. —La voz de Urkin tenía un deje de preocupación—. Un líder débil desesperado por demostrar su valía que dispone de acceso a los recursos que Valkan haya dejado…

—Podría ser incluso más peligroso que su hermano —terminó Aether por él en un tono bajo.

Examiné el mapa, tratando de ignorar la creciente sensación de inquietud en mis entrañas.

—Tenemos que seguir vigilando —respondí—. Todos los vagones, todos los cambios de guardia. El más leve detalle puede ser de importancia.

Urkin asintió, aunque su expresión permaneció seria.

—A pesar de estas novedades, la situación permanece…

volátil pero invariable. —Recorrió con los dedos el borde de un marcador en el mapa—.

Sus simpatizantes no han hecho ningún movimiento contra nosotros.

Sin embargo, hemos doblado los centinelas en nuestras fronteras para prepararnos. Están listos para defender Ravenfell.

—Nuestros exploradores se mueven por el páramo entre los territorios —añadió Karis, con su rostro sombrío marcado de cica trices—. En círculos interminables, observando cualquier señal de represalia contra la capital.

A Urkin se le tensó la mandíbula.

—Están esperando algo. Reuniendo tropas, quizá. O buscando el momento oportuno para atacar. —Compartió otra mirada con los generales—. Pero cuando lo hagan…

—Nos encontrarán listos, Alteza. —Karis se giró hacia mí y me miró con mucha seriedad.

Urkin se enderezó y, cuando nuestros ojos se encontraron, su expresión adusta se había suavizado.

—Cualquier altercado en nuestras fronteras, cualquier mínimo indicio de movimiento en Draxon…, lo sabrás de inmediato.