Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 55
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Capítulo 55

L o s dos hombres permanecieron inmóviles en su postura letal, sin querer ceder primero. Despacio, Laryk desvió los ojos esmeral das a mí y vi cómo la comprensión se le reflejaba en la cara. Bajó la daga mientras retrocedía un paso y paseaba la mirada de Aether a mí.

Entonces, echó la cabeza hacia atrás y se rio con una carcajada aguda que resonó por la estancia.

—Oh, estupendo. —La sonrisa no le llegó a los ojos—. Bueno, eso lo explica todo ahora. Tu repentino cambio de lealtades.

—No es por eso. —Me moví para situarme al lado de Aether; mi hombro apenas le rozaba el brazo.

Laryk endureció la mirada ante nuestra proximidad, pero su sonrisa solo se volvió más cruel.

—Aunque supongo que no debería sorprenderme.

Parecía que te apasionaba mucho tu lugar en la Guardia después de esa noche en Emeraal.

Que estabas muy ansiosa por complacer una vez habías sido satisfecha.

—La expresión de sus ojos me hizo arder ante la acusación—.

Recuerdas esa noche, ¿no, Fia? Porque yo desde luego sí, con todo lujo de detalles.

Aether se abalanzó hacia delante con las sombras derramándosele, pero Laryk ni se inmutó. Tan solo giró la daga entre los dedos y ladeó la cabeza.

—Admito que hace bien de perro guardián.

—Mejor que el último hombre que tenía que protegerla. —La voz de Aether era mortalmente suave a pesar de la curvatura de sus músculos tensos—. El que dudó, el que se quedó mirando cómo se la llevaban.

—Déjame adivinar… —dijo Laryk en voz mucho más baja, con ese peligroso filo de vuelta—. Tú eres la sombra que vi esa noche. La que estaba junto a ella. —Clavó la mirada en Aether con renovado interés—. El que se la llevó.

—¿El que se la llevó? —Las sombras de Aether palpitaron—. ¿O más bien el que la salvó de un reino que la habría matado en cuanto hubiera descubierto lo que era?

—¿Y qué es exactamente? —Laryk me miró con fijeza—. Ya que al parecer tanto sabes de ella ahora.

—Más de lo que tú supiste nunca. —Sus palabras estaban llenas de hielo.

Laryk apretó con fuerza la daga.

—Yo la entrené. La convertí…

—En un arma. —La interrupción de Aether fue afilada—. En algo que podías usar.

Laryk soltó otra carcajada, pero esta vez carente de humor.

—Me preocupaba por ella. Que es más de lo que puedo decir de lo que quiera que sea esto. —Nos señaló—. Dime, Fia, ¿te rompieron? ¿Te convirtieron en su arma en su lugar?

—Ya basta —exigí.

—¿Es así? —Los ojos esmeraldas de Laryk ardían—. Porque, tal y como yo lo veo, parece que solo has cambiado la mano que empuña el arma.

Las sombras de la habitación se oscurecieron ante sus palabras, y sentí cómo la rabia de Aether crecía a mi lado. El aire se volvió denso con ella.

—Parad los dos. —Mi voz cortó de cuajo la actitud de ambos. Quería añadir algo más, decirles que yo no era un arma que fuera a empuñar nadie; al menos, ya no. Pero no era el momento, no si queríamos convencerlo para que colaborara con nosotros.

Me planté entre los dos hombres y volví la cara a Laryk.

—Esto es mucho más grande que nosotros. Dejando a un lado los sentimientos personales, he sido testigo de lo que ocurre más allá de estas fronteras. He visto cómo los niños se mueren de hambre, cómo las familias lo pierden todo. Esto es cuestión de vida o muerte.

Me taladró con la mirada, y, tras la máscara, pude percibir el sufrimiento, el dolor de lo que estaba presenciando, de perder algo que había estado buscando.

Atacaba como un animal herido, pero yo debía intentarlo todo para abrirle los ojos.

Para volver a ese lugar en el que habíamos estado apenas unos minutos antes.

La ira ardió en mi pecho y, por un instante, no supe decir con cuál de los dos estaba más cabreada.

Aether lo había prometido. Me había jurado que se quedaría al margen, que confiaría en que yo manejaría esto. Y entonces había intervenido como un tonto celoso.

Tenía ganas de gritarles a los dos. A Laryk por ser tan cabezota, joder. Y a Aether por no confiar en mí, por creer que necesitaba que me rescatara como si fuera una damisela en apuros.

Pero no podía concederme el lujo de enfadarme ahora mismo. Tenía que reconducir esto antes de que se saliera por completo de control.

—Una vez me dijiste que creías que Sídhe había cometido errores tras el levantamiento. —Observé su cara, en busca de cualquier reacción—. Así que eso me lleva a pensar que, si estuvieran haciendo algo horrible, tú no lo tolerarías. Tú lucharías en contra.

Desvió la mirada con la mandíbula apretada.

—Siempre has sabido que algo no estaba bien. Incluso antes de ver la figura a través de la oscuridad en Emeraal, incluso antes de discutir con Mercer, de discutir con el rey…

—¿Viste eso? —Volvió la cabeza al instante hacia mí.

—Sí. —Di un paso adelante—. Vi cómo trataste de decirles a los demás que había algo más en esta guerra. Que algo nunca te había encajado. La cicatriz de tu cara, tu habilidad para anticipar sus movimientos… Siempre has sabido que había algo raro, Laryk. Y tenías razón. Todo el tiempo.

Él se quedó mirándome mientras su expresión flaqueaba antes de que la máscara volviera a su sitio.

—Sé que probablemente me odies ahora mismo. Pero no permitas que eso te impida hacer lo correcto.

Tensó la mandíbula; un músculo le palpitó bajo la piel.

—¿De verdad podrías volver a lo de antes, sabiendo lo que sabes? —Las palabras salieron como una súplica—. ¿Podrías seguir ayudando a Sídhe a drenar un reino que no ha hecho nada para provocar semejante robo?

—No tengo pruebas de eso. —El gruñido de su voz traicionó su mirada.

—Laryk —comencé a decir con los ojos brillantes por las lá grimas—, hace un momento me has creído. ¿Qué ha cambiado?

—¿Cómo puedo estar seguro de que no te han manipulado? —Desvió la vista a Aether—. ¿De que no es algún tipo de patraña elaborada?

—No tengo otro modo de demostrártelo más que mi palabra.

Ni siquiera tú puedes acceder a mi mente, ¿piensas que le iba a permitir a alguien más que me hiciera eso a mí?

Yo tampoco lo quise creer al principio. Me rebelé contra la verdad con todas mis fuerzas.

Pero luego lo vi. Lo viví. Es cierto, y solo va a ir a peor.

—Mi voz se volvió más firme conforme avanzaba—.

Todas las señales están ahí, Laryk. Solo tienes que querer verlas.

Se notaba el fuego en mi voz mientras hablaba.

—Esto continuará, la codicia, la opresión. El rey jamás se va a detener. No a menos que rompamos este bucle.

La duda se apoderó de su rostro cuando se dio la vuelta y se pasó la mano por el cabello cobrizo.

—Quiero que colaboremos juntos. Porque, de lo contrario… —Tragué saliva con fuerza—. De lo contrario, se avecina de ver dad una guerra. No estos ataques a la arcanita. Una guerra sangrienta de verdad. De las que destruyen continentes.

Se giró hacia mí rápidamente con la cabeza inclinada.

—¿Es eso una amenaza?

—No es una amenaza, es algo inevitable. —Mi voz transmitía firmeza ahora—. Umbrathia se está inquietando y su gente, desesperando. No hay muchas otras formas de que esto acabe.

Laryk desvió los ojos esmeraldas hacia Aether, estudiándolo.

—Entiendes la gravedad de lo que me estás pidiendo que haga. —Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. No era una pregunta exactamente.

—Sí. —Lo miré a los ojos—. Y no te lo estaría pidiendo si creyera que existe otro modo.

Se quedó observándome un buen rato, más que antes, mudando un poco su expresión. Una parte de mí quería alargar la mano y reconfortarlo, ahorrarle el dolor que estaba sintiendo, pero esa idea me pareció egoísta y cruel. Sobre todo, cuando para él significaría algo que para mí no.

Al final, asintió.

—Si accedo a esto, todos los ataques de tu reino deben parar. De inmediato —escupió las palabras en dirección a Aether.

—Llevamos meses sin atacar. Desde la noche que la encontramos. —La voz de Aether era mortalmente tranquila.

Laryk curvó el labio.

—Quieres una alianza, pero sigues mintiendo.

Me giré hacia Aether; sin embargo, su confusión era un reflejo de la mía.

—El último fue bastante horrible. —Laryk bajó la voz—. Y distinto a vuestro habitual jueguecito de sombras. Todo un poblado fue aniquilado, les cortaron las gargantas, les drenaron la sangre, dejaron cuerpos cubriendo el suelo. Civiles.

La comprensión me golpeó como un puñetazo. Los soldados de Draxon. Valkan no había mentido. Habían estado aquí.

A Aether se le puso rígida la mandíbula mientras nos mirábamos en silenciosa comprensión.

—No hemos sido nosotros. —Su voz era un murmullo bajo.

—Valkan, una vergüenza de lord. Lideraba un ejército de rebeldes con el propósito de terminar con esta guerra ellos mismos a toda costa —expliqué—. No representa el punto de vista del resto de Umbrathia.

—Pero fue una masacre brutal. —Laryk apretó la mano sobre la daga sin dejar de mirar a Aether—. Cometida por monstruos de tu reino.

—Nos hemos encargado. —Aether dio un peligroso paso hacia delante—. Su líder está muerto.

—Qué oportuno. —Laryk también avanzó.

Las sombras se oscurecieron bajo la piel de Aether.

—Lo he matado yo.

—¿Y se supone que debo fiarme de tu palabra?

—Lo hizo para salvarme. —Las palabras me salieron antes de poder evitarlo.

—¿Para salvarte? —Algo cambió en la voz de Laryk mientras me recorría con la mirada y se detenía en mi cuello. Se fijó en las cicatrices que había bajo las recientes quemaduras de Narissa; aún tenía la prueba de la tortura de Valkan grabada en la piel.

La rabia se apoderó de su semblante y se giró hacia Aether.

—¿Has permitido que le ocurra eso? —soltó con un gruñido; los nudillos blancos en torno a la empuñadura de la daga.

La acusación impactó a Aether y vi cómo retrocedía físicamente conforme bajaba la vista al suelo.

—Laryk. —Me puse entre los dos otra vez—. No es culpa suya. Y nos estamos quedando sin tiempo. Ya no tienes que preocuparte por los hombres de Valkan. Nosotros nos encargaremos de ellos. Si accedes a colaborar, no habrá más ataques. Tienes mi palabra.

Laryk suspiró y se giró para agarrar el filo de la mesa.