Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 54
92%

Capítulo 54

L aryk me alzó entre sus brazos con la fuerza de una tormenta y estampó la boca contra la mía.

El olor familiar del ámbar quemado y el vetiver me envolvió como un fantasma; sesiones de entrenamiento que casi me hicieron perder el control, miradas ardientes a través de las habitaciones, cosas susurradas en los pasillos a oscuras.

Se me tensó el cuerpo, aguardando esa chispa, ese incendio intenso que me consumía antes cada vez que me tocaba.

No obstante, donde antaño había fuego, ahora había un hueco vacío.

Ni siquiera ardían ascuas en la distancia.

Una sombra se enroscó a mi lado y compuse una mueca; sentí el peso de unos ojos dorados sobre mi piel mientras me deshacía del agarre de Laryk. La confusión se le reflejó en los rasgos antes de que se fijara en las quemaduras por ácido que me marcaban la piel.

—¿Qué ha sucedido? —Se le oscurecieron los ojos.

—Narissa. —Su nombre sabía a veneno en mi lengua.

—¿Ha estado aquí? —La irritación le resplandeció en el rostro, atravesando esa máscara de control que siempre llevaba—. Es la tercera vez esta semana.

—No te preocupes. La he mandado a la cama. No se acordará de nada.

—Te ha herido —masculló, examinándome—. Sin duda, habrá repercusiones por ello.

—Estaré bien. —Traté de asegurarle, tentada de sacar a la luz lo que Narissa me había dicho, pero decidiendo resistirme.

—Sabía que estabas viva —susurró, y de pronto el cansancio que atormentaba sus ojos cuando entró se transformó en avidez.

—Tengo que contarte un montón de cosas, pero no me puedo quedar mucho tiempo. —Las palabras me salieron antes de que pudiera detenerlas.

Frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir? Ahora estás aquí. —Se acercó a mí con esa gracia depredadora que recordaba, pero di un paso atrás. El movimiento hizo que se detuviera en seco y ladeara la cabeza mientras reconsideraba la situación—. Estás en casa, Fia.

—Estoy aquí —susurré—, pero no me puedo quedar.

—¿Por qué? —Las palabras tenían un matiz de indignación.

—Intento explicártelo todo. Déjame…

—¿Cómo has escapado? —me interrumpió.

Me removí incómoda.

—No he escapado, Laryk. He venido aquí por mi cuenta.

Me miró de arriba abajo, arrugando la frente.

—Estoy aquí —repetí, midiendo cada palabra—. Pero no me puedo quedar.

—¿Por qué? —Su voz transmitía el peso de meses de búsqueda, de dolor. La confusión le atravesó las facciones. Llevó la mano a mi cara; no obstante, yo me aparté de su tacto. El peligro destelló en sus ojos esmeraldas.

—Tengo que hablar contigo sobre algo importante.

—Vale. —La palabra era suave, pero tenía la mandíbula apretada—. Sigue.

—Riftdremar, el levantamiento, esta guerra. Los espectros. Nada de lo que nos han contado es cierto. —Las palabras sonaban disparatadas incluso a mis propios oídos, y me obligué a respirar más despacio.

—¿De dónde has sacado eso?

—La arcanita —dije, observando cómo se le aguzaban los ojos ante la mención— no crea esencia, la almacena. Esas torres de Emeraal y Stormshire se extrajeron en Riftdremar. Esa es la razón por la que sucedió el levantamiento en primer lugar.

Alzó una ceja. Quizá lo había intrigado al fin. Sin embargo, todavía se notaba el recelo en sus hombros.

Inspiré hondo, observándolo procesar todo.

—¿Has oído hablar de un sifón?

—¿Un sifón? —La palabra le salió de la boca como si la estuviera paladeando—. No.

—Es una persona que puede controlar el flujo de esencia. — Bajé la voz—. Dime, ¿cuál es el foco del rey?

Alzó las cejas ante aquella pregunta tan directa, pero se apoyó contra el escritorio y se cruzó de brazos.

—Puede convertir el agua en hielo.

—¿Lo has visto alguna vez hacerlo?

Se quedó paralizado, y casi pude ver cómo rebuscaba en sus años de recuerdos. Al final, sacudió la cabeza.

—No.

—¿Te has cuestionado alguna vez la fertilidad de la isla? —insistí—. ¿Cómo empezaron a cambiar las cosas poco después de la rebelión? Durante años, cada suceso era más milagroso que el anterior.

Su expresión cambió entonces.

—Estoy casi segura de que el rey es un sifón.

—¿Por qué?

—El lugar de donde vengo, a donde me llevaron esa noche en Emeraal…, está siendo drenado. —Las palabras me salieron más rápido ahora—. Hay una gran devastación, familias sufriendo, tierra descomponiéndose…, nada de comida para la gente.

—¿La gente? —Entrecerró los ojos de una forma peligrosa.

—Sí. No son espectros, Laryk. Son como nosotros. —Me acerqué más, deseando que lo entendiera—. Las sombras solo son una manera de ocultarse y protegerse. Todo este tiempo han creído que destruir la arcanita era la respuesta, pero no lo es. Nada de esto terminará hasta que el sifón se detenga.

—Sabía que había visto un cuerpo —murmuró casi para sí mismo. Comenzó a pasearse, deslizándose una mano por el cabello cobrizo.

—No son monstruos colándose desde otro mundo. Tienen vidas, posesiones, tierras. Niños.

Se detuvo de sopetón.

—Entonces ¿crees que el rey está sacando esencia de su reino y depositándola en Sídhe?

—No ocurrió de golpe. Se ha estado haciendo de forma sistemática, al menos durante la última década. —Contemplé su rostro—. Está almacenando esencia en la arcanita y distribuyéndola por Sídhe.

Laryk se pasó una mano por la cara de arriba abajo, deformando sus rasgos afilados, frustrado.

—No lo entiendo.

—Sé que es mucho…

—¿Por qué te llevaron con ellos? —Se le endureció la voz y los ojos esmeraldas le brillaron—. ¿Qué tienes tú que ver con nada de esto? —La ira se desató en sus rasgos—. Te alejaron de mí.

—Viste lo que hice esa noche. —Le sostuve la mirada fijamente—. Dudaste —añadí en voz baja, apartando la vista.

De pronto, estaba allí, agarrándome de los hombros, examinando mi rostro con una nueva intensidad.

—Solo dudé porque creí haber visto algo, a alguien, a través de la oscuridad.

Una figura detrás de ti. —Su voz derrochaba desesperación—.

No tienes ni idea de cómo he revivido ese momento una y otra vez en mi mente, el arrepentimiento que siento.

Debí haber co rrido hacia ti, debí haber luchado contra todo para llegar hasta ti.

—No te lamentes. —Me quedé mirando el suelo—. Si hubie ras intentado interceder, no habríamos sabido nada de lo que sabemos ahora. Seguiríamos sin tener ni idea de lo que está sucediendo de verdad, de las atrocidades que nuestro rey está cometiendo.

Se detuvo, buscando respuestas en mi rostro.

—Me llevaron… —tragué saliva con fuerza— porque soy una de ellos.

Laryk se quedó mirándome durante un largo instante antes de alzar la mano para recogerme un mechón de pelo blanco detrás de la oreja.

—No me importa.

—Debemos hacer algo, Laryk. No tenemos mucho tiempo antes de que muera todo el reino.

—Ellos han matado a cientos de nosotros —casi gruñó Laryk, clavando los ojos en los míos.

—¿Qué habrías hecho tú si hubieras sido ellos? —inquirí, prácticamente suplicándole que lo entendiera, que comprendiera la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Se quedó quieto y sacudió la cabeza con los ojos cansados.

—Esto es mucha información.

Me apoyé contra su escritorio y suspiré.

—Lo sé —susurré—. Pero es cierto.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó, acercándose a mi lado sin jamás apartar la vista de mi cara.

—Porque lo he visto. He visto la devastación allí. —Traté de que no se me quebrara la voz, pero fallé estrepitosamente—. Mi padre era de ese reino, Laryk. Pronto se convertirá todo en polvo. Toda una mitad de mí que no conocía hasta ahora.

Me agarró de la mano y trazó la marca de riftborne con los dedos mientras una lágrima se me deslizaba por el rostro.

—¿Y tu madre? —preguntó.

—De Riftdremar. Ambos fueron asesinados por la codicia. Por la codicia del rey. No perderé nada más por ello. —Me giré hacia él con ojos ardientes.

Me examinó, observándome de arriba abajo callado mientras los pensamientos me iban a mil por hora. Pasaron segundos, luego minutos. Y estuve a punto de ahogarme en el silencio si él no decía nada.

—No permitiré que eso ocurra —respondió al fin, y lo soltó con un tono grave mientras extendía un brazo para secarme una lágrima que me caía por la mejilla.

—¿En serio? —pregunté; sentía que el corazón me iba a explotar o se iba a quebrar, no sabía cuál de las dos. Una parte de mí había temido muchísimo que no me creyera.

Asintió despacio.

—Podemos trabajar juntos. Podemos buscar la manera de detener esto. —Se giró y empezó a pasearse otra vez con energías renovadas—. Será complicado…

—Ya he destruido los juramentos de sangre que había en Luminaria. —Las palabras hicieron que se detuviera a medio paso.

—¿Todos? —Arqueó una ceja.

—Todos.

Se le dibujó una sonrisa en los labios, una que en el pasado conocía muy bien. Volvió a mí a grandes zancadas.

—Eres brillante. —Se acercó—. Por eso me enamoré de ti.

Las palabras me provocaron un vacío en el pecho, dejando tras de sí una tristeza distante.

—Los dos juntos… Piensa en lo que podríamos hacer, Fia.

— Su voz ahora era más grave, más intensa—.

Podríamos destruir este reino y reconstruirlo como quisiéramos.

Detener a ese ladrón, devolverle la vida a ese reino moribundo.

—Me trazó la mandíbula con los dedos—. Tu poder, Fia. Imagina lo que podrías hacer.

Observé aquellos ojos esmeraldas que una vez lo significaron todo para mí y al fin lo comprendí.

Aquellas palabras en aquellos labios me habrían derretido hacía meses, habrían llenado el vacío en mi interior que años de aislamiento habían forjado.

Laryk me quería, sí, a su manera. Sin embargo, su amor lo determinaba el potencial, el poder, lo que podría hacer por él.

Y supe con certeza que ya no iba a ser suficiente; tal vez lo podría haber sido antes, pero ya no.

Así que di un paso atrás y sentí cómo el aire entre nosotros se volvía gélido.

—Necesito tu ayuda, Laryk. Necesito tu ayuda para arreglar esto, para volver a equilibrar este mundo, pero no así. —Mi voz apenas era más alta que un susurro.

El dolor le cruzó el rostro antes de que la rabia se apoderara de él.

—¿Qué estás diciendo?

—He de volver allí. A Umbrathia.

—No. Acabo de recuperarte, Fia. No puedo permitir que te marches otra vez. No sabes lo que aquello supuso para mí.

—Lo siento, Laryk —contesté en tono suplicante. Abrí la boca y después la cerré. No supe qué más decir, cómo formular las palabras.

—¿Por qué te comportas de este modo? —Entrecerró los ojos de forma peligrosa.

—Porque… —Me callé cuando él avanzó hacia delante y tiró de mí contra él de nuevo.

—Para, Fia. Nada tiene por qué cambiar entre nosotros. —Me envolvió con los brazos, asegurándome contra su pecho—. Haré lo que necesites que haga. —La mirada en sus ojos… La desesperación provocó que la culpa me invadiera.

Porque no era él. Era yo. Yo era la que había cambiado.

Bajó la cara y el aliento me calentó el rostro justo antes de que sus labios sellaran los míos de nuevo.

Entonces, las sombras irrumpieron.

Aether se materializó en una oleada de oscuridad, apartándo me del agarre de Laryk y poniéndose delante de mí con un movimiento fluido.

No obstante, Laryk había anticipado el movimiento: su daga ya estaba presionada contra la garganta de Aether.

Los dos hombres se encontraban casi pecho con pecho; la figura imponente de Aether obligaba a Laryk a alzar la vista; ojos dorados contra esmeraldas en una lucha de voluntades.