Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 53
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Capítulo 53

E n la zona en la que me había agarrado Narissa con el brazo, sentí un ardor tan agudo e intenso que casi hizo que me doblara. El ácido había disuelto la tela, abrasándome la piel mientras presionaba el arma más fuerte contra mi garganta.

—¿Sabes? —ronroneó contra mi oído—. Cuando dijeron que estabas viva, casi deseé que fuera cierto. Casi. —El filo del cuchillo se hundió un poco más profundo—. Laryk se quedó tan… devastado cuando desapareciste. Tardé semanas en ayudarlo a olvidar.

Le clavé el codo en las costillas, lo que me dio una fracción de segundo para liberarme y correr por la habitación, aún con el ardor del ácido arañándome el costado, pero no me dio tiempo a evaluar el daño. Narissa ya se estaba moviendo; sus dagas relucieron cuando se giró deprisa.

—¿En serio crees que podías volver aquí sin más? —Se pasó una hoja por la palma, dejando que la sangre se le acumulara en la mano—. ¿Después de todo?

Lanzó el chorro carmesí hacia donde yo me hallaba. Cambié de nuevo, pero no lo bastante rápido, por lo que unas gotas cayeron sobre mi hombro y chillé cuando comenzaron a comerse el cuero y la piel.

—Él es mío otra vez —dijo, dando vueltas despacio a mi alrededor—. Desde hace meses. ¿Pensabas que iba a esperar a un fantasma?

Alargué mi foco hacia su mente, intentando atrapar el resplandor plateado, pero era demasiado rápida. Anticipó mi inmovilidad y lanzó otro chorro de sangre que me obligó a abalanzarme detrás del escritorio de Laryk.

La mesa empezó a chisporrotear cuando su sangre se comió la madera.

Rodé lejos y me levanté en posición de combate justo al mismo tiempo que ella saltó sobre el mueble que se deshacía.

Su daga me atrapó el brazo antes de que pudiera esquivarla del todo, y sentí el filo del acero, seguido del familiar ardor de su sangre.

—Me lo contó todo de ti. —Se volvió a cortar, obligándome a retroceder—. Tus poderes. Tu debilidad. —Su sonrisa era despiadada—. Lo desesperada que estabas por su atención.

Me convertí en sombra y me materialicé a sus espaldas, propinándole una buena patada en la columna. Ella se tambaleó hacia delante, pero se volvió con un giro grácil, levantándose con sangre fresca en sus armas.

—Dime —soltó, lanzando gotas carmesíes en un arco amplio—, ¿de verdad creías que te quería? ¿O más bien solo fuiste un entretenimiento aparte de mí?

La provocación me afectó mucho más que sus hojas, pero dejé el sentimiento a un lado. Necesitaba concentrarme, necesitaba un tiro limpio a su mente. Aunque, cada vez que trataba de centrar me, ella me atacaba de nuevo.

Tenía ahora el uniforme hecho jirones, con las quemaduras extendiéndoseme por la piel en cada lugar en el que había caído su sangre. El dolor me complicaba la tarea de pensar, de mantener la forma de sombra más que unos pocos segundos. Me costaba respirar.

—¿Sabes lo mejor? —avanzó, cortándose el brazo para reunir más munición—. Cuando por fin dejó de llorarte, cuando regresó a mí… —le refulgieron los ojos—, era mejor que nunca.

Mi costado chilló en protesta cuando me lancé para esquivar otro chorro de sangre y rodé sobre mis pies detrás del maniquí de entrenamiento. El objetivo de cuero chisporroteó cuando el ácido impactó allí en su lugar.

—¿Quieres saber lo que dijo? —Se acercó con sigilo, con el brazo goteando sangre fresca sobre el suelo de piedra, creando pequeños cráteres en la superficie—. Cuando dejó por fin de susurrar tu nombre durmiendo.

Me disolví justo cuando atacó, volviendo a tomar forma junto a la pared de las armas.

Cerré los dedos en torno a una espada corta, pero ella ya se encontraba allí y me cortó el muslo con la daga antes de poder bloquear el golpe.

El dolor fue agudo e instantá neo, aunque nada en comparación con la quemazón siguiente cuando derramó su sangre sobre la herida.

—Dijo que no eras nada más que una niñita perdida… — apro vechó su ventaja cuando di un traspié— jugando a ser una solda do.

Mi espada acudió al encuentro de su siguiente golpe; el sonido del metal reverberó por la estancia. Sin embargo, ella ya estaba lista y utilizaba la mano libre para lanzarme sangre a la cara. Apenas me giré a tiempo y noté cómo me abrasaba la mejilla.

—Tu problema —continuó, alejándose de mi contraataque con un giro— es que jamás supiste lo que de verdad necesitaba. —Otro corte, otra quemadura—. Lo que merecía.

Intenté centrarme en su mente de nuevo y alcanzar ese resplandor plateado, pero se movía demasiado deprisa. Cada vez que me acercaba, me obligaba a girar o esquivar, rompiendo mi concentración.

El dolor de su ácido se estaba volviendo insoportable; se pro pagaba como fuego a través de mi piel.

No hacía más que crecer; la agonía me consumía la mente al completo como un veneno hasta que algo dentro de mí se quebró.

Las sombras a nuestro alrededor comenzaron a palpitar con mi rabia, oscureciendo la habitación hasta que se transformó en el Vacío.

Dejé que la oscuridad tomara el control, convirtiéndome en pura sombra cuando me moví.

El próximo chorro de sangre de Narissa pasó de manera inofensiva a través de mi niebla.

Y, antes de que pudiera incluso moverse, me materialicé detrás de ella y le golpeé la columna con el codo.

Se tambaleó hacia delante y aproveché la ventaja, disolviéndome y volviendo a tomar forma en rápida sucesión.

—¿Qué pasa? —me burlé cuando giró con violencia, tratando de rastrear mis movimientos con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad—. ¿Es que no puedes golpear lo que no puedes ver?

—Eres una de ellos —masculló, cortándose el brazo otra vez, pero yo ya me había ido.

Las sombras se doblegaban a mi voluntad ahora, en respuesta a mi furia.

Aparecí junto a ella y le barrí las piernas.

La cabeza le impactó contra el suelo de piedra; sin embargo, rodó lejos antes de que pudiera inmovilizarla.

Narissa paseó la mirada rápidamente por la habitación; su confianza se quebró al fin. Arrojó chorros de sangre a la desesperada, pero yo estaba en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. Atrapé su muñeca con la bota y mandé una de sus dagas a la otra punta de la estancia.

Esta era mi oportunidad; una mínima vacilación mientras forcejeaba contra mi agarre. Dejé que mi telaraña saliera hacia ella, bailando a través de la oscuridad como oleadas de estrellas en el cielo nocturno. Se abalanzó hacia delante y atrapó su mente antes de que pudiera moverse de nuevo.

No obstante, en lugar de encontrar resistencia, en lugar de tener que abrirme camino, atravesé sus barreras mentales con sor prendente fuerza. Como una puerta que se astilla bajo demasiada presión.

Los recuerdos se sucedieron rápidamente como hojas en una tormenta, y de repente ya no me hallaba en los aposentos de Laryk.

El mundo se inclinó y se encogió a mi alrededor; mi perspectiva cambió hasta que me encontré viendo a través de otros ojos.

La mesa ante mí parecía altísima y el techo tan lejano que me mareaba.

Observé mientras mis piececitos me llevaban hacia delante. Una melena de cabello rojo sangre me caía por los hombros, destacando sobre el delicado encaje de un vestido verde. El comedor se extendía ante mí; había insignias militares y emblemas de teniente reluciendo en su lugar en las paredes.

Una mujer se encontraba sentada en una mesa gigantesca y le temblaban los hombros mientras se llevaba un pañuelo a la cara. Alzó la vista cuando me acerqué, y vi los rasgos de Narissa en ella. En su madre. Se limpió las lágrimas enseguida y se enderezó en la silla.

—No va a volver, ¿a que no? —Noté que se me movieron los labios, pero mi voz era pequeña y triste—. De la isla al otro lado del mar.

La mujer se levantó y vino a arrodillarse delante de mí. Su perfume olía a jazmín y a sal, como si hubiera estado junto al océano.

—No, cariño. No va a volver.

—¿Está muerto? —La voz de la niña se quebró. La mujer se puso de pie de un salto y se agarró del borde de la mesa cuando perdió la compostura.

—No —logró decir al fin con voz cruda—. Pero ojalá lo estuviera. —Se dio la vuelta y se marchó con pasos inseguros, huyendo de la habitación.

A través de los ojos jóvenes de Narissa, vi cómo su madre entraba tambaleándose en el salón y se sujetaba a los muebles.

—Ojalá estuvieran los dos muertos —sollozó—. Esa puta y él. —Le fallaron las piernas y se derrumbó en el suelo; sus gritos resonaron en el mármol.

El regreso a la realidad me impactó como una ola.

Estaba en los aposentos de Laryk otra vez, y Narissa se encontraba de pie delante de mí, balanceándose un poco con los ojos desenfocados.

Me abalancé sobre ella antes de que pudiera recuperarse y mi foco se abrió paso a través de nuestra conexión de nuevo.

«Márchate», ordené por el vínculo, notando que su resistencia se disolvía como si fuera humo. «Límpiate. Vete a la cama. Olvida lo que has visto aquí esta noche».

Mis manos se movieron solas y le secaron la sangre de la cara con la manga y le alisaron el cabello oscuro. Cuando al fin liberé su mente, ella trastabilló hacia atrás, parpadeando confusa. Me disolví en sombra cuando se giró y observé cómo salió por la puerta aturdida.

Me dejé caer de rodillas, recuperando el aliento y secándome el sudor de la frente. Unos momentos después, Aether se materializó de las sombras con los ojos desorbitados.

—¿Qué ha ocurrido? No he escuchado nada.

—Su voz era frenética mientras me examinaba: la ropa hecha jirones, las quemaduras por ácido en mi piel expuesta.

En un instante, se movió y me ayudó a levantarme del suelo.

Y, entonces, llevó las manos a mi cara, apretando la mandíbula mientras evaluaba mis heridas.

—Estoy bien. Creía que no había nadie en la habitación —susurré, dejando que me atrajera hacia él.

El sonido de una llave girándose en la cerradura nos hizo separarnos, pero no antes de que Aether me agarrara del brazo.

—Aether, tienes que desaparecer ahora mismo. —Vaciló un segundo—. Estoy bien, Aether. Vete —siseé, y entrecerró los ojos antes de desvanecerse.

La puerta se abrió.

El general Laryk Ashford entró tranquilamente en la habitación y cerró la puerta a sus espaldas.

Se pasó una mano por la cara y la bajó antes de sacudir la cabeza.

Tenía los hombros hundidos por el cansancio cuando fue hacia el escritorio; su impecable uniforme negro ahora se encontraba arrugado.

Parecía mayor en cierto sentido, estropeado por el paso de los meses desde la última vez que lo había visto.

Dio tres pasos antes de quedarse paralizado.

Primero se fijó en los daños de la mesa y luego rastreó la habitación, dándose cuenta de las manchas de sangre de las paredes, del maniquí de entrenamiento que se derretía y de las armas desperdigadas.

Al fin, desvió la vista al suelo, a donde yo estaba.

Jamás seré capaz de expresar con palabras la mirada que le cruzó la cara cuando sus ojos encontraron los míos.

—¿Fia? —La palabra apenas fue un susurro al tiempo que venía hacia mí corriendo.