Capítulo 52
– ¿ C ómo murió el rey, mi bisabuelo? —le pregunté a Aether mientras planeábamos sobre las nubes. Hoy hacía menos viento, así que podíamos oírnos el uno al otro con más facilidad. Las alas de Nihr sobrevolaban justo por encima de las de Tryggar mientras nos dirigíamos al oeste.
—De algo del corazón —respondió Aether, alzando una ceja hacia mí—. ¿Por qué preguntas?
—He tenido otro sueño.
—¿Anoche? —preguntó.
Lo miré, percatándome del brillo en sus ojos.
—Sí.
—Me sorprende que te funcionara tanto la mente como para eso. —Esbozó una sonrisa traviesa.
—Supongo que la próxima vez tendrás que esforzarte más. — Me encogí de hombros y una calidez me subió por el cuello.
—Cuéntame ese sueño.
—No fue mucho, la verdad. Corto y más confuso que otra cosa. La hermana de la reina…
—¿Vilda?
—Sí, ella. Los pasillos del castillo estaban llenos de kalfar con ropa de luto. Y Vilda… salía de una habitación, parecía un poco perturbada, o enfadada, tal vez incluso triste. Era difícil decirlo.
Aether asintió, sopesando la información.
—En cuanto se marchó y se entremezcló con la multitud, me adentré en la habitación y vi al rey tumbado en el suelo. No se movía.
Ahora Aether tenía la vista posada en mí con el ceño fruncido.
—El rey murió el día del funeral de lord Skaldvindr —dijo—. Tal vez ella fue la que lo descubrió.
—Tal vez —repetí justo cuando las torres irrumpieron entre las nubes en la distancia. Descendimos y encontramos un lugar para que los vördr aterrizaran en una zona espesa de matorrales.
Examiné los alrededores mientras nos movíamos por el follaje denso. Habíamos volado durante casi todo el día; solo habíamos parado unas cuantas horas cuando los vördr necesitaron un descanso.
El sol se ponía en el horizonte, al oeste, justo más allá de Stormshire.
Se encontraba demasiado lejos como para distinguirlo con claridad, pero no cabía duda de que era Stormshire.
Otra hora atravesando los árboles, tras dejar a los vördr dentro del bosque en la base de una montaña, y llegaríamos allí.
Me temblaban un poco los dedos cuando saqué el rollo de pergamino que había robado del despacho de Laryk y lo extendí sobre un tronco caído.
Tenía que buscar sus aposentos primero y luego averiguar dónde estaría destinado el equipo V.
Se me hizo un nudo en el estómago al pensar en verlo otra vez, sobre todo después de lo de anoche.
Alcé la vista a Aether, que le estaba ajustando la montura a Nihr. Le caía el cabello por la cara mientras lo hacía, y de pronto se me vinieron recuerdos de la posada, de cómo se sentía ese mismo pelo retorcido entre mis dedos…
«Céntrate».
Me obligué a volver a concentrarme en el plano.
Cada general tenía su propia ala del fuerte, aunque no estaban etiquetadas por nombre.
Encontré la sección más pequeña y supe que aquella debía de ser la suya.
La unidad de Laryk era letal, pero no por su enorme tamaño, sino por los focos poderosos que albergaba.
Había unos cincuenta soldados en la facción Veneno, si no recordaba mal, cientos de ellos menos que en las demás. Tenía que ser su ala.
El fuerte en sí era una pesadilla: pasillos que se doblaban sobre sí mismos, pasajes ocultos entre alas, numerosas rutas de escape desde casi todas las habitaciones principales. Solo los muros exteriores eran el doble de anchos que cualquiera que hubiera visto antes.
—Esto no va a ser como colarnos en el cuartel —dije en voz baja, volviéndome hacia Aether—.
Básicamente, estamos adentrándonos en la parte de Sídhe más defendida y letal.
La unidad de Laryk es… —Me detuve y tragué saliva con fuerza—.
Bueno, digamos que no podemos permitir que nos vean. Sobre todo, tú.
Aether se apartó de Nihr y se colocó a mi lado. Su presencia ahora me resultaba distinta, íntima de una forma que hacía que me sonrojara, y tuve que esforzarme mucho para centrarme en el mapa que había entre nosotros.
—Háblame sobre su unidad —dijo; su tono había vuelto a ser el del soldado.
—Si nos encontramos con las personas equivocadas, puede ser catastrófico.
—Tracé el camino hacia el ala de Laryk—.
Tienen sobre todo habilidades elementales; fuego, agua, aire, incluso rayos.
—Vacilé, acordándome de aquellos de los que había oído hablar cuando me uní a la Guardia—.
Una tiene sangre que puede derretir directamente la piel.
—¿Y Laryk?
Su tono hizo que alzara la vista. Su expresión era ilegible, pero parecía haber perdido ese deje de preocupación del día anterior.
—Puede anticipar los movimientos de la gente incluso antes de que ellos decidan su próximo paso, ya sea en batalla o en negociaciones. —Me giré hacia el mapa, incapaz de sostenerle la mirada—. Jamás ha perdido una pelea.
—Hasta ahora —soltó en voz baja, casi para sí mismo.
—Aether, no estamos aquí para luchar contra Laryk. No estamos aquí para luchar contra nadie.
Puse los ojos en blanco y me centré, en cambio, en la tarea que teníamos por delante.
—El problema no es solo entrar. Es desplazarnos por el fuerte sin alertarlos. Un movimiento en falso y…
—Entonces, no hagamos movimientos en falso. —Me apoyó la mano en la parte baja de la espalda; el roce hizo que me inundara una calidez a pesar de la gravedad de la situación.
—Soleil dijo que los generales estarían en una asamblea la mayor parte de la tarde.
Y, ya que no ha habido ataques desde hace meses, puede que hayan bajado la guardia.
Tendremos que aprovecharnos de ello. No se van a esperar ninguna infiltración.
Si acaso, habrá más guardias patrullando alrededor de las torres de arcanita.
—¿Y qué probabilidad hay de que hayan cambiado cosas des de que se dibujó este mapa? —preguntó Aether, trazando los pasillos con los dedos.
—No lo sé. —Admitirlo me dejó un regusto amargo—.
Sin embargo, la estructura básica tiene que ser la misma.
No es momento de hacer renovaciones precisamente en mitad de una gue rra.
—Señalé los numerosos corredores marcados—.
Estos tie nen más probabilidad de estar vacíos.
Se hallan en el lado noroeste; son los que están más lejos de los campos de entrenamiento y la arcanita.
Un crujido entre los árboles hizo que nos tensáramos, pero solo era un pájaro alzando el vuelo. Aun así, la interrupción sirvió como recordatorio de lo expuestos que nos encontrábamos, incluso bajo el crepúsculo cada vez más profundo.
—Deberíamos acercarnos más —dijo Aether, ya enrollando el mapa—. Ver mejor las rotaciones de la guardia antes de que anochezca.
Asentí.
—Hay otra cosa que tenemos que tener en cuenta. —Lo agarré del brazo antes de que se pudiera girar—. Si nos encontramos con alguien…, no puedes matarlo.
Entrecerró los ojos un poco.
—Fia…
—Lo digo en serio. Ahora mismo no tienen ni idea, no saben lo que está sucediendo de verdad. Y algunos de ellos eran mis amigos. —Las palabras parecían pesar—. Si nos descubren, yo me ocuparé, intentaré borrarles la memoria. No haremos nada más.
Se quedó mirando mi expresión durante unos segundos antes de asentir.
—Además —dije, acercándome a él, sintiendo esa atracción familiar.
Lo cogí de la mano, tratando de ignorar cómo se me estremeció la piel ante su tacto—.
Si esto va a funcionar… —Le sostuve la mirada y observé cómo se le oscurecía un poco—.
No puedes revelarte bajo ningún concepto.
Necesito que confíes en que yo me ocuparé. Necesito que confíes en mí.
Se le tensó la mandíbula; el conflicto era evidente en su expresión.
—Sí que confío en ti. —Entrelazó los dedos con los míos—. Pero si te pasa algo…
—No va a pasar nada. —Le di un apretón en la mano—. Pero mostrarte puede arruinar todo este plan. Si te ven, no sé cómo con traatacarán, pero… —alargué el brazo y le toqué la cara— no dudarán.
—¿Y si Laryk intenta hacerte daño? —Las palabras le salieron graves, casi como un gruñido.
—No lo hará. —Sin embargo, incluso mientras respondía, me invadió la incertidumbre.
Sabía que nunca me haría daño físico, pero no tenía ni idea de cómo reaccionaría a la verdad, no solo de Umbrathia o el rey, sino de cómo ya no le pertenecía a él.
Ya no—. Solo… prométemelo. Prométeme que te quedarás oculto a menos que no haya ninguna otra opción.
Sus ojos buscaron los míos por un largo instante antes de soltar un lento suspiro.
—Vale. —La palabra parecía dolerle físicamente—. Pero en cuanto…
—En cuanto haya algún peligro real, puedes entrar en modo «Destructor de reinos» con todo el mundo —traté de contestar con guasa, pero su expresión permaneció seria.
—No te veré morir. —Bajó la voz, y aquel filo peligroso volvió.
Una ramita se quebró en la distancia y ambos nos tensamos; por instinto, nos acercamos más. Cuando nada emergió de la oscuridad creciente, me giré y me lo encontré con los ojos fijos en mí, ardiendo con una intensidad que hizo que el corazón me diera un vuelco.
—No tengo planeado morirme —respondí en voz baja—. Pero he de hacer esto a mi manera. Él ha de escuchar la verdad de mí. —Me detuve—. Y, si te ve primero…, jamás escuchará nada de lo que tengo que contarle.
Aether se limitó a asentir y dio unos cuantos pasos hacia mí, penetrándome con la mirada.
—Hemos de irnos —dije, echándole un vistazo a Tryggar, que se encontraba persiguiendo algunos roedores entre los árboles a lo lejos. Y me giré hacia mi bolsa…
Pero, antes de que pudiera cogerla, Aether me agarró de la muñeca y me atrajo de vuelta hacia él. Enredó la otra mano en mi pelo mientras su boca acudía al encuentro de la mía, y de pronto nada más importó. El beso fue profundo, voraz, lleno del deseo residual de la noche anterior.
Me golpeé la espalda con un tronco duro cuando me presionó contra un árbol y me aprisionó el cuerpo con el suyo. Deslizó las manos por los costados y me sujetó las caderas. Cuando me rozó el labio inferior con los dientes, no pude evitar que se me escapara un ruidito de la garganta.
—No deberíamos… —conseguí decir entre besos, pero mis manos ya lo estaban atrayendo más, traicionando mis palabras.
Su barba incipiente me raspó la mandíbula mientras me deslizaba la boca por el cuello, haciendo que me estremeciera.
—Lo sé —admitió en voz baja contra mi piel.
Los cascos de Nihr hicieron crujir las hojas a nuestro lado, re cordándonos dónde nos encontrábamos, lo que estábamos a pun to de hacer.
—Tenemos que centrarnos —murmuré, aunque todavía me aferraba a su ropa de cuero.
Presionó la frente contra la mía, respirando hondo.
—Luego —prometió. Se me aceleró el pulso, salvaje e imprudente.
El fuerte emergió de la oscuridad como una bestia, todo bordes puntiagudos y sombras; su piedra oscura parecía devorar la poca luz de la luna que quedaba.
Se me encogió el corazón a medida que nos acercábamos; algo iba mal.
Los muros estaban repletos de guardias, con los emblemas plateados reluciendo como estrellas a medida que se movían en perfecta sincronización. Eran demasiados.
—Joder —solté en voz baja, observando cómo pasaba otra patrulla.
—Están por todos lados —dijo Aether.
Compartimos una mirada de duda antes de difuminarnos en oscuridad, moviéndonos entre las sombras como bruma. Cada guardia por el que pasábamos hacía que el corazón se me parara, aunque sabía que no nos podían ver. Sus conversaciones resonaban por los muros a medida que nos colábamos.
—… tercera ronda de esta noche. Órdenes del general.
Sus palabras hicieron que se me helaran las venas.
Saqué el rollo otra vez después de materializarnos en un armario de suministros, comprobando nuestra posición.
El plano era exacto, cada pasillo se encontraba donde debería, pero la seguridad no era la que esperábamos.
Los guardias se apostaban en cada intersección principal; las patrullas se movían en formación.
Esto era un ejército preparándose para una guerra.
Los guardias no eran el único problema. Cada recoveco, cada esquina a oscuras que pudiera proporcionarnos refugio, estaba iluminado por antorchas que ardían con demasiado resplandor para esas horas de la noche.
Seguimos el camino del mapa hacia el ala de Laryk; nuestra oscuridad fluía como agua a través de los pasillos, cambiándose y adaptándose a cualquier sombra que pudiéramos encontrar. Mi telaraña notaba decenas de mentes moviéndose por el fuerte, todas siguiendo los mismos patrones.
Al final, llegamos al corredor que daba a los aposentos de Laryk. Extendí mi foco, examinando el espacio más allá. No brillaba ninguna mente en su habitación, aunque el pasillo estaba lleno de guardias.
—Espera aquí —le dije a Aether en voz baja mientras nos pegábamos a una esquina ensombrecida—. Vigila el corredor.
Irradió tensión ante mis palabras, pero no se movió. Lo habíamos hablado. Tenía que confiar en mí.
—Ten cuidado. —Lo oí sisear a mis espaldas.
Me deslicé por la pared como bruma y me materialicé en los aposentos de Laryk por primera vez; todos los sonidos más allá de la puerta ahora se habían silenciado por completo detrás de las gruesas capas de piedra.
El espacio era mayor de lo que me imaginaba: un escritorio inmenso a un lado, armas expuestas en las paredes, un maniquí de entrenamiento colocado en una esquina.
Me fijé en algo que no se encontraba en el plano: un arco de piedra nuevo se había tallado en la pared más lejana y daba a lo que parecía un enorme baño.
El polvo de la piedra aún permanecía en las grietas.
La habitación parecía vacía, pero una sensación de alerta me recorrió la nuca. Algo iba mal. Me dirigí al escritorio de Laryk y me fijé en los marcadores tácticos dispersos por los mapas y en la copa de vino a medias junto a ellos. Estaba manchada de una leve marca de pintalabios en el borde.
Me giré de pronto, examinando la habitación mientras se me aceleraba el corazón. Ahí es cuando lo sentí: el frío acero contra la garganta, un brazo como el hierro alrededor de la cintura. El olor penetrante y metálico de la sangre me inundó las fosas nasales e hizo que se me revolviera el estómago.
—Hola, Riftborne. —La voz de mujer que escuché contra mi oído era suave, pero contrastaba con la fuerza con la que me presionaba la hoja—. Bienvenida a casa. —Algo húmedo caló en mi ropa de cuero donde su brazo me estaba agarrando. Y entonces solo hubo dolor.
«Narissa».