Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 51 #3
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Capítulo 51 #3

Le clavé los dedos en los hombros en el momento en el que esa tensión familiar empezó a formarse de nuevo.

Sus ojos se habían vuelto del todo feroces, observando cada reacción mía con una intensidad casi depredadora.

Cuando su nombre abandonó mis labios otra vez, sus sombras azotaron con más fuerza, pero él se contuvo.

Le arañé la espalda cuando arremetió de nuevo contra mí, haciendo que un sonido áspero le brotara de la garganta, a medias entre el placer y el dolor. Ahora tenía el cabello húmedo de sudor y los músculos le temblaban.

—Hazlo otra vez —ordenó con la voz irregular contra mi oído. Cuando obedecí y le pasé las uñas por los hombros, todo su cuerpo se estremeció. El movimiento me provocó una descarga eléctrica.

Cambió el ritmo, cada movimiento más devastador que el anterior. Cuando flexionó los músculos bajo mis manos, me incliné hacia delante y hundí los dedos en la curva de su hombro. El sabor a sal y humo me llenó la boca en el instante en el que soltó un gruñido grave que resonó a través de su pecho.

—Fia —gimió. Sus sombras palpitaron, a juego con la creciente presión entre nosotros. Pero, aun así, se seguía conteniendo.

Le mordí con más fuerza, arrancándole otro sonido áspero de la garganta. El brazo bajo mi muslo le tembló, pero su ritmo jamás vaciló. Si acaso, cada embestida se volvió más profunda, más fuerte, amenazando con lanzarme en caída libre.

Y, al fin, en el mismo momento en el que me estaba perdiendo de nuevo, su control se hizo añicos. Las sombras a nuestro alrede dor palpitaron a lo bestia cuando su ritmo se volvió más lento a medida que embestía mi cuerpo con el suyo, llevándose al límite.

Mi nombre salió de sus labios como una plegaria a la vez que nuestras sombras se fusionaban por completo, danzando juntas en perfecta sincronización. La oscuridad magnificaba todo: cada roce, cada movimiento, cada aliento compartido entre los dos.

—Déjate llevar conmigo —suspiró contra mi garganta con la voz quebrándosele.

El sonido de aquello, de él dejándose llevar al fin, hizo que el éxtasis me recorriera las venas.

Se me nubló la visión en los bordes, borrando todo mi mundo hasta que solo podía ver los ojos de Aether como un reflejo de los míos, llenándose con aquellos zarcillos negros hasta que no quedó nada más.

Y entonces estábamos cayendo, precipitándonos juntos hacia ese delicioso olvido.

Durante un buen rato, permanecimos allí contra la pared, con su cara enterrada en mi cuello mientras recuperábamos el aliento.

Su brazo me sujetaba con seguridad; ninguno de los dos quería moverse y romper este momento perfecto de conexión.

Cuando al final lo hizo, no pude contener el pequeño sonido de protesta que se me escapó a la vez que lo abrazaba con fuerza.

Su agarre se volvió tierno conforme me llevaba a la cama estrecha y me depositaba allí. Trazó un sendero con los labios desde mi sien a la mejilla antes de ir a mi boca. Entonces, se movió para tumbarse junto a mí, atrayéndome a su pecho.

El aire nocturno era frío en contraste con nuestra piel ardiente, pero ninguno de los dos se alejó.

Si acaso, nos apretujamos más, memorizando cada detalle de este instante: el latido rítmico y constante de su corazón, la forma en la que trazaba con los dedos patrones en mi costado, lo bien que parecíamos encajar.

Nos quedamos allí tumbados en un silencio cómodo, ninguno quería ser el primero en apartarse, en reconocer que el mundo seguía existiendo más allá de esa habitación. En algún punto de la noche, me quedé dormida.

Me encontré vagando por un pasillo larguísimo con las paredes de piedra cubiertas de tela oscura. Gente con ropa negra pasaba rozándome; sus rostros estaban llenos de lágrimas y los susurros resonaban por las paredes. El aroma del incienso funerario flotaba con intensidad en el aire.

Los pies me condujeron hasta una puerta al final del corredor, ornamentada y pesada, con un símbolo grabado que ahora reconocía como el de los Valtýr, la familia real, mi familia.

Cuando alargué la mano para coger el pomo, se abrió de par en par y me encontré car a a cara con Vilda, la mujer que debió de haber sido mi tía abuela.

Ella se sobresaltó ante mi presencia, y por primera vez la vi con claridad.

Tenía un rostro lleno de ángulos definidos y rasgos llamativos, enmarcados por esa melena oscura familiar que le caía en ondas por la espalda.

Pero lo que removió algo dentro de mí fueron sus ojos, negros como el ébano, con una lágrima asomando en las pestañas.

Me puso una mano en el brazo y el roce me provocó un escalofrío. Cuando alzó el mentón para mirarme de nuevo, un destello de arrepentimiento le cruzó el semblante. Me asintió una sola vez antes de marcharse, desapareciendo entre la multitud de dolientes como una sombra fundiéndose en la oscuridad.

Mis pies se movieron hacia delante por sí solos y atravesaron la puerta por la que ella acababa de irse.

La cámara que había al otro lado era grande y circular y estaba iluminada por candelabros de hierro que arrojaban sombras extrañas por las paredes.

Y, allí, tirado en el suelo, había un hombre, el mismo que había llevado a las dos muchachas al Vacío. El rey de Umbrathia yacía muerto.